El fantasma carmesí III El hada azul #2
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III El hada azul #2

Hubo un punto en que pudo presenciar a la mafia arrastrando a un hombre que había tenido el infortunio de estar en el lugar y momento incorrecto, ni siquiera tenía una deuda con ellos ni era alguna clase de policía encubierto, fue razón más que suficiente para actuar.

En las sombras tomó su mochila, se puso una máscara de zorro blanco y oscureció sus facciones, eso era lo único que necesitaba, pero en la ranura de la máscara era fácil distinguir su único ojo carmesí brillando desde las sombras como el cazador en el que se convertía cada noche.

Cuando alcanzó a los hombres él trepó por la pared, escondiéndose en la oscuridad, observando la forma en que, golpeando al sujeto, torturándolo por haber presenciado uno de sus crímenes, la mafia japonesa no dejaba cabos sueltos y trataban a sus enemigos con crueldad, aunque ni siquiera había que ser miembro de alguna banda para ser así de crueles y enfermizos, todos lo eran por igual sin importar de dónde vinieran.

Cuando pensó que ya había visto suficiente decidió actuar; se dejó caer en medio de los hombres, para los supersticiosos era fácil confundirlo con algún Yokai, se movía con la agilidad de un fantasma y la gracia de un zorro, de su espalda salían extremidades parecidas a tentáculos que los azotaban y desviaban los ataques, así el extraño enmascarado lograba defender a otro inocente que sentía el mismo temor y admiración que sentiría por una criatura paranormal.

Cuando acabó, habiendo derribado a los mafiosos sin matarlos, se limitó a guardar silencio y a caminar sin esperar las gracias ni dirigirle ninguna palabra a la víctima, no quería que le dijera que era su héroe como casi todos lo hacían, él solo los salvaba porque sabía que eso era lo que Hazel habría hecho.

Hazel… llevaba tiempo sin pensar en ella, al principio solía hacerlo cada noche cuando le hizo tanta falta tenerla entre sus brazos, no había día en que no entristeciera porque revivía la amarga soledad de la que ella lo había salvado.

Todos esos momentos con la chica hacían eco en su memoria, cuando miraba en derredor el espectro de Cassandra lo miraba con la misma tristeza, como si le reprochara por la muerte de esa criatura inocente que no tuvo la culpa de nada; había aceptado que su miedo y culpa convivían, detrás de su sonrisa serena y su expresión gentil seguía siendo ese chico solitario, pero había elegido estar más cerca de las personas para esconder su fragilidad.

Sin embargo, ni la violencia ni el dolor se detienen, reforzaba sus ideales con esas dos verdades y se impedía expresar sus sentimientos o volver a conectar con las personas a un nivel tan íntimo, se concentraba en ayudarlas y salvarlas; no dejaba que el paso del tiempo, ni las dudas sobre lo que podría haber sucedido si se hubiera esmerado en buscar a Sullivan, lo afectaran tanto como la necesidad de controlarse para pelear contra Ruby… Aunque a veces era inevitable detenerse a reflexionar, observando el mundo cambiante que iba evolucionando con una tecnología inigualable con ángeles cada vez más presentes.

“Han pasado cinco años, el mundo sigue avanzando, pero yo no he cambiado… El tiempo no tiene poder sobre mí.

Ruby aún me asecha matando a otros a su paso, el sufrimiento no se detiene, se asegura de mostrarme mis peores pesadillas, me arrebata la esperanza”

reflexionó bajo la fría noche, deteniendo criminales, entendiendo que cada vez seguía postergando su inevitable encuentro con la niña maldita, entendía que intentaba huir de sí mismo, Ruby nunca lo dejaría en paz, estaba condenado a su conexión hasta que uno de los dos muriera en las manos del otro.

Pasaban los días, las semanas y los meses, todo era igual, para ese punto ya era bastante popular más allá de las calles de Akihabara, pero, llegó un día en que el sentimiento de comodidad fue reemplazado por algo extraño, era como si estuviera donde no debería estar.

El muchacho comenzó a sentirse fuera de lugar, a pesar de seguir conservando la serenidad en su expresión y tratar a todos con amabilidad por igual, y de rechazar gentilmente las propuestas que se le presentaban, comenzaba a sentir que todo eso era un error porque ni siquiera debía estar allí en primer lugar… Por primera vez en un largo tiempo comenzaba a recordar que ni siquiera era humano para empezar.

Supo entonces que su recién descubierta incomodidad se debía a un hecho peculiar que no había considerado nunca: no estaba acostumbrado a que la tranquilidad durara tanto tiempo, su vida estaba tan cargada de dolor y violencia que se sentía como un extraño en una tierra que no le pertenecía, un lugar que no lo conocía ni lo quería, y que si lo llegara a conocer como realmente era llegarían a temerle como el monstruo que sentía que era.

Incluso cuando debía descansar el sentimiento lo alcanzaba, cuando observaba a la ciudad por la noche desde la cima de la torre de radio de Tokio, el hermoso espectáculo de luces sofisticadas le hacían pensar que él nunca cambiaría si decidía quedarse a vivir, en un lugar que revelaba un contraste tan remarcado entre el dulce camarero que le sonreía con ternura a los clientes y se había ganado cierta popularidad, y el salvador silencioso que por las noches traía pesadillas a los criminales con el rostro de un depredador.

Aquella no era más que una sombra que se arrastraba por las calles cazándolos, los criminales retrocedían antes de empezar un crimen porque temían que él estuviera en la oscuridad, asechándolos, listo para saltar sobre ellos.

-Oye, Arthur.

-llamó el señor Nakamura al otro lado del mostrador donde el muchacho siempre esperaba por un nuevo cliente mientras limpiaba-.

Quería preguntar algo que me ha rondado la cabeza, no tienes que responder si no quieres.

Se alejó de su momento de disociación y miró a su jefe, el hombre parecía preocupado o inquieto por la pregunta que estaba a punto de hacer, pero Arthur supo calmarlo sin sus poderes, tan solo esbozando la misma sonrisa de siempre que le hacía creer que todo estaba bien bastaba para calmar a la mayoría.

Era viernes por la tarde, en esos momentos era cuando los estudiantes visitaban locales como ese con sus amigos y parejas, por lo que no tardaría mucho en llenarse de clientela.

-Bueno, muchacho, has estado trabajando para mí desde hace un año, aún recuerdo cuando entraste por esa puerta, todas mis empleadas quedaron tan estupefactas que casi vertieron el café en las mesas.

-confesó el hombre con una pequeña carcajada al recordarlo-.

Nunca me ha gustado meterme en la vida de mis empleados, lo que hagan al acabar el turno es cosa suya, pero sinceramente la curiosidad me ganó e investigué un poco.

Arthur mantuvo la misma sonrisa, sabía que ese día llegaría tarde o temprano, su apariencia y sus cicatrices hacían que fuera objeto de interés para la mayoría, era cuestión de tiempo para que incluso su jefe decidiera buscar sobre él y encontrar algún dato interesante… Ni siquiera hacía falta leer su mente para saber lo que le preguntaría.

- ¿De casualidad eres familia de un hombre llamado Sean Sullivan?

-Sí, señor, él solía ser mi tutor.

-confesó con la misma serenidad, aunque al pensar en el doctor la pregunta hacía eco en su cabeza y le hacía cuestionarse qué sería del hombre, qué haría con su vida después de tanto tiempo-

-Ya veo, ¿Y sería molesto si pregunto por qué no vives con él? Digo, me alegro de que estés aquí y eso, pero no puedo dejar de preguntarme por qué estarías tan alejado de él.

-Porque él ya no me quería en su vida.

Su respuesta dejó a Nakamura perplejo, no tanto por el hecho en sí que solía ser más común de lo que podía pensar, sino porque Arthur aún conservaba la misma expresión serena, al menos eso intentaba, porque el muchacho actuaba con naturalidad ante esa declaración como si realmente nada le importara.

Arthur seguía convencido, a pesar de todos esos años, de que Sullivan nunca lo amó realmente, y con el paso del tiempo desde la muerte de Hazel realmente eran pocas las veces que se ponía a pensar en el doctor, lo único que podía hacer era desear que estuviera bien, después de todo no era como si pudiera hacer más por él si tanto lo odiaba como dijo aquel fatídico día.

Dejó salir un suspiro, se miró en el reflejo del mostrador y pensó en cuanto había cambiado desde entonces, aquel niño inocente fascinado por la luz del sol ya no existía, solo quedaba un muchacho lastimado que evitaba a toda costa enfrentar sus pesadillas, un fracasado y estancado en sus propias palabras.

“Ah, feo bastardo… Te estás poniendo feo y viejo, no es de extrañar que todos te abandonen, no engañas a nadie, sabes que no mereces estar aquí”

pensó con detenimiento, contemplando el espectro recostándose en el mostrador interrumpiendo su observación, sabiendo que el anillo en su dedo a veces se convertía en una carga por ser el eterno recuerdo de una familia muerta.

Su jefe decidió no seguir indagando en la vida de Arthur, sabía que cual fuera la razón para estar tan lejos de casa debía ser por algo que a él no le gustaba compartir, las personas como él debían tener sus razones, además, la sola idea de que su presencia atraía más clientela de lo habitual era suficiente para decidir callarse y dejarlo hacer su trabajo.

Cuando las clases terminaron los estudiantes rápidamente fueron a parar al local, Arthur trabajó bastante con los otros camareros para recibir las ordenes, se movió con fluidez esquivando a sus compañeros y llevando los pedidos a las respectivas mesas, recibiendo algunos números de teléfonos con corazones en ellos, a los que nunca llamaría porque ni siquiera tenía teléfono.

Estaba siendo un día tranquilo, se dijo a sí mismo que si pudiera dejar de lado el sentimiento que lo había abordado en días anteriores podría engañarse con una vida allí, seguir trabajando para sí mismo, ser un héroe, donde no dejaba que nadie volviera a entrar a su vida… Podría ser solitaria, pero era mejor que enfrentar sus miedos.

“¡Arthur, cuidado!”