III El hada azul
“Debes dar lo mejor, y eso es lo mejor que cualquiera puede hacer”
-Sebastián J. Grillo
“Hay muchos rumores locos por internet, ¿No lo creen? Como ese de que encuentran serpientes de dos cabezas en la India, o del chupacabras en México.
La gente inventa de todo para ganar sus quince minutos de fama”
susurraban jóvenes en los antros a los que iban después de las clases, lugares concurridos donde iban a tener citas, tomar batidos o comer postres, era muy frecuente cuando se trataba de pasar un rato divertido cuando se era adolescente.
“¡Leí uno muy loco sobre un pueblo en Rusia que aseguraba que un ángel los salvó de un tiroteo, ese debe ser el más loco!”
contestó uno entre el grupo, echando más leña al fuego de la conversación, notando, así que todos se mostraban entusiastas al hablar de esos temas que no pasaban a ser más que simples leyendas urbanas o chismes pasajeros.
Reían, jugaban e imitaban, raramente solían hablar de ese tipo de temas o rumores, pero se convertían en algo recurrente para aquellos aficionados a lo paranormal, después de todo, en la juventud todos se creían invencibles y creían saberlo todo.
“¡Yo leí ese recorte de periódico, decían que tenía cabello rojo como la sangre y le faltaba un ojo!”
agregado ese punto nadie dejaba de reír, consideraban aquel relato como nada más que una exageración de parte de los pobladores que fueron salvados por un desconocido, pero el tiempo convertía las verdades en mitos y las hazañas en meras exageraciones, era la realidad de toda gran historia.
Además, para los jóvenes de un país como Japón, tan lejos del lugar de los sucesos, no eran más que historias baratas para la complejidad social en la que vivían y los relatos a los que estaban acostumbrados en su cultura con héroes todopoderosos de la ficción.
En cuanto estuvieron listos para ordenar fueron atendidos por un camarero de lo más extraño, no tanto porque fuera un extranjero pues en los últimos años ya estaban acostumbrados a esos molestos visitantes, sino porque entre sus risas burlándose de las leyendas urbanas de otros países se quedaron en silencio al ver que el chico que les atendía encajaba con esa descripción: un cabello carmesí como la sangre, una figura hermosa y delgada profanada por las cicatrices que surcaban su rostro con un solo ojo sano, el otro se mantenía cerrado a causa de la cicatriz que lo surcaba, poseyendo así una mirada fragmentada.
El muchacho tenía una sonrisa serena, como si nada pudiera lastimarlo ni ofenderlo, se mantuvo en silencio con la pequeña libreta en mano para anotar la orden del grupo de estudiantes que seguían estupefactos por la figura de pie ante ellos.
- ¿Puedo tomar su orden, chicos? -preguntó con un perfecto dominio de su idioma a pesar de su apariencia de extranjero-
-Sí, claro… -habló el primero antes de tomar el pedido-
Arthur anotó todo con calma, les hizo una pequeña reverencia, y de la misma forma se movió por el local robándose la mirada de los clientes, pero él se mantenía firme y sereno, nunca hubo un ápice de nervios o timidez, para Arthur solo era otra tarde de trabajo, hacía tiempo que no había tanta clientela reunida, los estudiantes eran los mejores para dar buenas propias; aunque sabía perfectamente la razón por la que seguían yendo, en lugar de resaltarlo o pensar demasiado solo se concentró en sus tareas.
“¿Han ido a ese nuevo café en la calle Akihabara? ¡Tienen un mesero guapísimo, no puedo dejar de ir solo para mirarlo, quiero invitarlo a salir!”
susurraban los jóvenes por igual, esparciendo rumores sobre la procedencia de aquel muchacho que obviamente no era nativo, pero que había consolidado una reputación entre los estudiantes por su aspecto tan peculiar y su gentileza imperturbable; para Arthur era normal escuchar los susurros y pensamientos que formaban en torno a él, algunos con admiración, otros con envidia y la mayoría con fantasías extrañas sobre su figura, pero a él poco le importaba realmente mientras hiciera su trabajo.
Cuando llegó al país a través del mar tenía ciertas expectativas, tal vez esa distancia fuera más que suficiente para alejar a Ruby, pero también estaba allí buscando un lugar donde pudiera aprender de sí mismo y a controlar sus habilidades, sabía que si regresaba con la niña maldita no podía seguir siendo un niño frente a ella, de lo contrario terminaría por controlarlo como tanto deseaba… Al principio tomó el trabajo para pasar el rato mientras investigaba a dónde podía ir, algún lugar donde pudiera tener cierta conexión que le ayudara a enfocarse, pero con los meses llegó a encariñarse con su puesto, su jefe lo trataba bien y la mayoría de los clientes intentaban ligar con él con sus encantos.
-Oye guapo, ¿Te gustaría ir con nosotras más tarde? Solo seremos nosotras contigo.
-lo llamó una chica que encabezaba un grupo en su mayoría conformado por gyarus-
-Lo siento, no estoy interesado.
-respondía en cada ocasión, mostrándose cordial y gentil, además de enseñar el anillo de Cassandra como un recordatorio de que estaba comprometido, aunque en el fondo la razón era que sentía miedo de volver a amar y perder como pasó con Hazel-
La mayoría se marchaba desilusionadas, otras insistían con el paso de los días y sus constantes visitas, pero él siempre se mantuvo firme y cordial, su sonrisa era tan dulce que a pesar de sus rechazos lograba atraer más clientela; su jefe, al que solo se refería como señor Nakamura, estaba más que contento al tenerlo como empleado, era consciente de que su atractivo natural era un imán para los jóvenes después de clases, incluso algunos adultos comenzaban a asistir solo para conocerlo e incluso ofrecerle contratos como modelo o como parte de bandas juveniles, cosas que él también rechazaba con la misma amabilidad.
-Por favor, joven, tan solo considere la propuesta: la gente te ama, eres muy atractivo, cuando entramos había una fila de chicas que solo quieren conocerte, si fueras un ídolo pop serías el número uno.
-intentaban convencerlo con el paso de los días, a pesar de sus rechazos ellos insistían, venían a diario, pedían algo del menú y hablaban unos minutos con él-
-Me halagan, en serio, pero no podría jugar con los sentimientos, creo que soy feliz trabajando aquí.
-confesaba en cada oportunidad, brindando esa hermosa sonrisa que los animaba a venir otra vez-
Un día, el señor Nakamura estaba en el despacho cargando más sacos con granos de café para el mostrador, cuando se tomó un momento para descansar sintió algo de curiosidad por su empleado, pensó que tal vez era una tontería, pero decidió buscar su nombre por internet, probablemente un muchacho como él tenía perfil en alguna red social con muchos seguidores.
Filtró la búsqueda con el nombre Arthur Sullivan y lo primero que encontró, además de algunas coincidencias con apellidos diferentes, fue la página del doctor Sean Sullivan como ganador del nobel, algunos libros publicados y otros estudios interesantes, nada relevante… No fue hasta que encontró un blog de internet de hace varios años en el que el doctor pedía ayuda para encontrar a su hijo Arthur, no tenía una foto de él porque había perdido las copias, pero lo describía como un muchacho de cabello y ojos rojos.
Inmediatamente pensó que se trataba de su empleado, pero descartó el pensamiento al ver la fecha en que fue publicado dicho blog, el muchacho no encajaría en esa descripción a esas alturas porque ya tendría que ser un adulto, además de que el doctor nunca mencionaba que a su hijo le faltara un ojo.
Después de esa pequeña investigación decidió buscar el término chico de cabello carmesí, y lo que encontró fue esa historia de un pueblo en Rusia que fue salvado por un muchacho con esas características, a pesar de que no mencionaban el nombre de aquel ser misterioso que cambiaba de forma, la mención de su cabello y la falta de un ojo hacían que disipara sus dudas: Arthur era aquel chico que había salvado un pueblo.
La gente alrededor del mundo creaba otros rumores, como la forma en que un ente misterioso con un único ojo carmesí ayudaba a las víctimas de los crímenes, impedía asesinatos, curaba heridas, ayudaba al prójimo como un verdadero superhéroe, pero aquella criatura nunca les dirigía la palabra en ninguno de sus encuentros.
No obstante, al pensarlo de esa manera al señor Nakamura le costó mucho ver a su empleado Arthur, que parecía tan delicado y gentil, como una especie de vigilante trotamundos que ya había recorrido distancias tan largas por sí solo, era una idea descabellada.
“Un joven de cabello carmesí salvó a nuestro pueblo”
contaba la primera historia en la que se incluía a una chica de cabello blanco.
“¿Es normal que mis venas brillaran con un tenue tono carmesí antes de desvanecerse y que volvieran a la normalidad? Yo trabajaba en una tienda de conveniencia y un niño de cabello carmesí curó mis heridas”
relataba una vieja historia, la primera por antigüedad escrita por una tal Sharon.
“Mi madre, Margaret, me inspiró a estudiar medicina por su relato de un ángel de cabello carmesí, ¿Alguno tiene idea de a qué se pudo referir?”
cuestionaba otro blog de internet, escrito por Kevin Potter.
Todos los relatos se relacionaban por ese factor en común: un misterioso chico de cabello carmesí que dejaba su huella por donde pasara, era como el típico encuentro paranormal del que nadie tenía evidencia más que sus propias palabras, porque aseguraban con la vida que se trataba de un espectro o una criatura de la que jamás volverían a saber.
Después de cerrar ese día, Arthur se despidió con un apretón de manos, habían tenido mucha clientela por lo que el señor Nakamura incluso llegó a darle un poco de dinero extra en su pago, estaba contento con él; Arthur aceptó con la misma serenidad antes de disponerse a caminar por las mismas calles solitarias de siempre, ignorando las miradas desinteresadas y vacías mientras él buscaba el mismo peligro de siempre.