El fantasma carmesí 3 #12
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Arthur quedó espantado tras recuperar su forma humana, observando sin ninguna forma de ayudar a los agresores cuyas piernas fueron asimiladas y quebradas para luego caer encima de la sustancia que solía ser Hazel; sus rostros quedaron petrificados por el dolor, la piel se les caía dejando ver los músculos rojizos, la sustancia entró por su carne y sus venas, consumiéndolos de dentro hacia fuera, no todos pudieron gritar porque ella había asimilado sus cuerdas vocales, no todos pudieron patalear porque también había asimilado los brazos y piernas hasta dejar los nervios expuestos.

Los huesos se quebraban como papel, Arthur podía escuchar el crujido de los dientes y el engullir de una criatura monstruosa… Pero, no podía ser Hazel, no podía ser algo que ella hubiera elegido, porque en cuanto Arthur miró con detenimiento la extensión de aquella sustancia pudo reconocer los deformes brazos de la chica, sus ojos esparcidos y su hermoso rostro ahora convertido en una amalgama con dientes incrustados; la chica estaba sufriendo, y al gritar o reclamar ella también era consumida por su propia forma moribunda.

-Ar… Arthur… -gemía de dolor cuando lentamente, aunque de una forma tosca porque solo le servía una mano, se arrastró hacia él-.

Ayúa… Ayúdame.

En cuanto la chica fue sólida una vez más, él no dudó en cargarla en sus brazos, estaba desnuda y su cuerpo se mostraba deforme; tenía dientes incrustados, ojos adicionales que se dilataban con la luz, una figura cuyo sufrimiento era visible, lo que alguna vez fue cabello blanco se había convertido en una hilera de nervios expuestos, hasta la más suave brisa la torturaba, los brazos eran como patas de araña que apuñalaban su torso, sus había quedado ciega y sus colmillos atravesaban su propio rostro.

Arthur ni siquiera tuvo tiempo o interés en saber si los pobladores habían sobrevivido, tampoco en saber si los veinte que habían huido esparcirían el miedo que habían experimentado allí, en ese momento lo único que le importaba era el bienestar de Hazel, así que huyó, corrió con la chica en brazos hasta perderse por el bosque del que habían salido la primera vez, y nunca más se les volvió a ver.

De haberse quedado habría sabido un poco más: los pobladores consiguieron ganar esa guerra contra sus agresores, levantaron las armas y celebraron victoria cuando vieron como huían aterrorizados de su encuentro con Arthur, pero al no ver rastros de sus salvadores supusieron que simplemente se habían desvanecido como el misterio que eran.

Así comenzarían a contar historias de ambos, un muchacho de cabello carmesí como la sangre y una chica blanca como la nieve, que se aparecían cuando más los necesitaban, con habilidades únicas que rivalizaban con los mismísimos ángeles, o quizás los superaban, porque criaturas como ellos que luchaban por los justos nunca flaqueaban ante el mal.

“Puedo hacer que acabe en un segundo, solo debes decirme dónde están, eso es todo, una oración y el dolor cesará”

le confesó por última vez Ruby con un pensamiento, induciendo a Hazel en una especie de trance donde no fue consciente de su propio cuerpo, no podía ver todo lo que Arthur había caminado mientras la cargaba sin saber qué hacer, pues sus poderes no funcionaban con ella por más que lo intentara.

Arthur se perdió por el bosque, toda la tarde caminó sin descanso hasta llegar a un lugar donde descansar, hallando así un hermoso lago que reflejaba la luz, a la orilla formó una cama de flores donde dejó a Hazel para que descansara; sus extremidades poseían curvas imposibles, el cuello había desaparecido por lo que su mentón se unía a su torso, de los hombros salían extrañas protuberancias hinchadas que ardían brotando sangre y pus, pero lo más preocupante seguían siendo los nervios expuestos en su cabeza.

-No puede ser… -murmuró Arthur, presionando sus manos en el pecho de Hazel intentando curarla-: ¡Vamos, funciona! ¡¿Por qué no puedo curarte?!

Al tocarla, ahora debilitada podía acceder a su mente y a las puertas que representaban sus memorias, fue así como pudo sentir la presencia de Ruby rondando a la chica, no era más que una sombra como prueba de que ella estuvo allí antes que él, pero fue suficiente para saber que era la causante del mal que atormentaba a su amiga, una vez más, su hermana le estaba quitando toda su alegría como si nada, sin importarle siquiera lo que podría suceder con él cuando se volviera a quedar solo.

La mutación empeoró, la forma amalgama hizo que sus ojos salieran de sus cuencas, su forma ni siquiera parecía humana, los gritos impregnaron el lago conforme sus huesos se rompían y su figura se contorsionaba, lo único que quedaba eran sus ojos y su boca, todo lo demás fue una aberración andante que ya ni siquiera podía cambiar.

Su propia condición había sido su perdición, Ruby se aseguró de hacerle ver que la vida también era sufrimiento, le hizo desear la muerte a manos de su propio amado para acabar con el dolor, ese había sido el terrible castigo de la niña maldita que no iba a permitir que su hermano fuera feliz, a menos que fuera con ella.

-Me muero.

-le aseguró con una voz rota por tanto jadear, cansada de sufrir, agotada por el sufrimiento-.

Duele… duele mucho, haz que se detenga.

- ¡No, no vas a morir, hallaré la forma, siempre curo enfermedades, es lo que hago! -le reprochó con lágrimas brotando de su único ojo, hacía tiempo que no lloraba de la forma en que lo hacía, mucho tiempo en que no sabía lo que era perder a alguien que quería.

Pero, en el fondo, él sabía que estaba mintiendo, no podía curarla, por primera vez experimentaba la misma impotencia que sentían todas las personas cuando un ser querido enfermaba-

-Arthur… Yo… -jadeó, intentando hablar con propiedad, a pesar de que entre sus palabras solo había sufrimiento.

Quería decirle tantas cosas, quería decirle la verdad, cuanto lo amaba, todo lo que estaba dispuesta a hacer para que Ruby nunca lo encontrara-

En ese instante, aún con el dolor que representaba para él, y que seguía siendo incapaz de dejar ir cuando el momento llegaba, se inclinó suavemente para brindarle un pequeño beso en los labios; sabía que ella también soñado con eso, había imaginado como sería compartir un momento de intimidad, no le importó su cambio porque nunca se enamoró de su figura, sino de su corazón, y ella había llegado en el momento adecuado para recordarle que no estaba solo en el mundo, que no importaba cuán lejos vagara él siempre encontraría razones para volver a creer en el amor.

Arthur seguía aferrado al pasado, a las cosas malas que le habían ocurrido, pero eso no significaba que viviría por siempre atado a las partes más oscuras, pues siempre hubo un momento para la luz… y Hazel se había convertido en esa luz.

-Lo sé, nunca le dijiste nada sobre mí, también te quiero, Hazel, gracias por estar de mi lado.

-confesó Arthur, acariciando lo solía ser la mejilla de su amada-.

Todo va a estar bien, lo prometo.

-También te quiero… Arthur, me hiciste feliz, por favor no cambies, no dejes de ser quién eres cuando yo ya no esté, porque haces feliz a todos los que conoces, ese es tu mejor poder.

-suspiró la aberración, mientras sus lágrimas se escapaban a causa del dolor, tomó un largo suspiro que sonó más como un ronquido antes de hablar-: pero debes enfrentarla, no puedes huir por siempre, ustedes tienen todo el tiempo del mundo, ella no descansará hasta hallarte… Debes hacer que se detenga.

-No… -chilló Arthur, escondiendo su rostro con sus palmas-.

No sé si tenga la fuerza, tengo mucho miedo, no quiero estar solo.

Hazel, o lo que quedaba de ella para ese punto, sabía que no tenía mucho tiempo para hablar, el dolor ya comenzaba a ser tan insoportable que lo único que emitía eran ruidos como los de un cerdo en agonía.

-No te dejaré solo, nací de tu sangre, soy parte de ti quieras o no… Siempre seré parte de ti, por eso sé que eres más capaz de lo que crees, sé que puedes ganarle porque yo creo en ti, mi amor.

-confesó por última vez, antes de sucumbir por completo a su propio cuerpo-

Los poros de su cuerpo se abrieron dejando salir cientos de huevecillos que se deslizaron por su piel, sabía que ese simple beso hizo que diera a luz a centenas de hijos que nunca conocería, se enterraron en la tierra y se desvanecieron sin dejar que Arthur supiera realmente lo que representaban, pero ni siquiera así se arrepintió de su último beso; luego la sangre brotó de piel, desprendiéndose hasta revelar los músculos que no eran más que masa moldeable, cada uno de sus huesos se había quebrado y se extendían por debajo de su cuerpo provocando que el dolor del crujido perforara de adentro hacia fuera.

No podía tolerar verla así, sabía lo que le había pedido, pero no creía tener la fortaleza para hacerlo, era una petición impensable de alguien a quien se había atrevido a amar.

Matar conscientemente a Hazel era algo que jamás llegó a considerar después de conocerla, tal vez cuando pensó que era un peligro, pero ahora, después de tanto tiempo y de llegar a sentir una conexión era como arrancarse el corazón; vio ante sus ojos la horrida masa deforme que solía ser su amada, sufría y gemía, le pedía entre balbuceos que lo hiciera, le rogaba que acabara con su sufrimiento porque no era más que una incubadora sin raciocinio.

“Entiendo tus lágrimas, pero recuerda, me liberarás de este tormento.

Habré vivido poco tiempo, pero me diste más alegría de la que muchos experimentan en décadas”

le habló a través del pensamiento, recordándole cuanto había vivido gracias a él, los ratos divertidos jugando con los animales del bosque, columpiándose por los árboles, comiendo, bañándose y compartiendo más que muchos otros… Por eso lo amaba a pesar de lo que tenía que hacer.