El fantasma carmesí 3 #11
79%

3 #11

Ya podía suponer por donde iba el asunto, ella era testigo de la clase de cosas en las que se podía convertir para causar un espanto a ese nivel, Arthur no los quería matar, aunque eso sería muy fácil, él quería provocarles la clase de terror que les impediría dormir las noches posteriores a su encuentro, dejaría de lado su humanidad por un momento para entrar en sus mentes y dejar su rostro grabado en sus memorias.

Cuando él lo dijo no lo hizo con orgullo ni con entusiasmo, sino con un profundo sentimiento de desdén, porque sabía que esa cosa en la que se tenía que convertir era lo más cercano a lo que Ruby era cada día de su vida.

Ella se limitó a asentir, a pesar de que lo hacía en contra de sus deseos, sabía que Arthur solo tenía buenas intenciones como siempre, por ello decidió darle su voto de confianza en que haría lo mejor, además, ella misma admitía en silencio que no podía hacer mucho al respecto sabiendo que su vida pendía de un hilo.

En cuanto todos los pobladores estuvieron de acuerdo partieron en diferentes direcciones para esconderse y esperar el momento para emboscar a los agresores, mientras Hazel se alejaba conteniendo las náuseas que sentía en el momento, todo para estar lo suficientemente apartada de Arthur como para vomitar el mismo maleficio de la noche anterior.

“No sé lo que será de mí, pero estaré a tu lado hasta el último segundo…”

confesó Hazel en voz baja, disipando la sangre de su mentón mientras se recostaba de un árbol, mirando en la distancia a su amado preparándose mentalmente para lo que estaba por venir, le dedicó una sonrisa en todo momento, era feliz solo con verlo, y esperaba que una parte de ella siempre estuviera con él a donde sea que fuera.

El tiempo avanzaba, para el mediodía todos estaban preparados, Arthur se había escondido en algún lugar, Hazel encabezaba a los pobladores armados mientras estos se ponían a cubierta; a ella le preocupaba que su condición pudiera empeorar en medio de la pelea, solo podía contar y rezar para que no sucediera, ya todos habían acordado lo que harían por lo que solo quedaba esperar la llegada de la guerrilla para actuar.

El silencio proclamaba el ambiente, ni siquiera el viento tenía presencia para ese momento, ellos eran lo único que quedaba para saber que alguien vivía en aquel pueblo, pero para aquellos recién llegados aquel solo sería un pueblo abandonado a su suerte, un poderoso sentimiento de desolación rondaba aquella tierra.

Gradualmente los cambios en el cuerpo de Hazel se hicieron más pronunciados e imposibles de contener, a veces sus extremidades se volvían gelatinosas, se convertía nuevamente en aquella sustancia, pero conforme su condición empeoraba se percataba de que su carne y huesos se entremezclaban, convirtiéndola por momentos en una amalgama horripilante… Por fortuna, para ese punto los humanos ya se habían puesto a cubierto, por lo que todos estaban escondidos y ninguno pudo notar el momento en que la hermosa chica se convirtió en una criatura horripilante.

Arthur podía sentir escalofríos por todo su cuerpo, no sabía por qué, pero el sentimiento era igual a un mal presagio, no temía por sí mismo, sino por algo que podía suceder.

Por el momento, se dijo, tendría que postergarlo y enfocarse en el presente, debía deshacerse del peligro que amenazaba al pueblo antes de seguir su camino con Hazel; no podía esperar para confesarle sus sentimientos, aunque al pensarlo acariciaba el anillo en su dedo y el espectro de Cassandra se proyectaba sentada a su lado.

“Es hora”

anunció Hazel a los pobladores en cuanto los pasos de la guerrilla hicieron retumbar la tierra, anunciando su llegada.

Los primeros hombres entraron cruzaron los límites del pueblo, no atacaron, esperaron hasta que el último de ellos estuviera a su alcance como había ordenado Arthur, debían asegurarse de que estarían presentes para conocer el terror que haría que nunca quisieran regresar.

Eran hombres adaptados al frío, fieles creyentes de que su gobierno era una tiranía, su anarquía llena de violencia, irónicamente, nunca veía un enfrentamiento directo de sus declarados enemigos, hacían todo cuanto les placía con los pueblos lejos de las grandes ciudades del país, sembraban drogas en los campos que antes se usaron para la comida e invadían lo que querían reclamar para sí mismos, usando a las personas como monedas de cambio en su trata de blancas;

aquellos hombres eran aterradores, pero más aterrador era saber que había gente que toleraba esa clase de violencia.

Cuando un grupo grande, un pequeño ejército de cincuenta hombres listos para acribillar a los pobladores y al supuesto monstruo que los supervivientes de la primera vez reportaron, se reunió frente a la entrada al pueblo, fuera del alcance del bosque, los pobladores comenzaron a disparar desde sus trincheras construidas rápidamente gracias a los esfuerzos de Arthur y Hazel.

Los disparos parecían venir de debajo de la tierra, para los agresores que era la primera vez que enfrentaban un pueblo que realmente se defendía por sí mismo, y los tomaron desprevenidos cuando lograron acabar con la primera hilera.

Arthur admiró desde su escondite la forma en que los pobladores atacaban, acompañados por Hazel quien se encargaba de recibir las balas que serían mortales y de curar las heridas que tenían salvación, convirtiéndose para los atacantes en una molestia que se mantenía firme entre ambos bandos, recibiendo los golpes sin chistar, sin alguna clase de armadura ni preocupación, con la belleza de un ángel y la destreza de una bestia.

Solo su presencia bastaba para producir cierto temor en los agresores que comenzaban a arrepentirse de su decisión, comenzando a retroceder, hasta que un frío sentimiento de perdición se cernió sobre ellos.

Detrás del ejército, habiendo salido de su escondite sobre los árboles, un muchacho de cabello y ojo carmesí se levantó con firmeza, más alto y fuerte que cualquier hombre, las balas se hicieron añicos contra su piel endurecida como el diamante.

Arthur abrió la boca y su mentón se desprendió hasta el nivel de su pecho, dejando ver en su interior una hilera de dientes deformes, aquella criatura en lugar de garganta tenía un vacío oscuro, era como ver dentro de un agujero negro donde los hombres vieron reflejados sus peores miedos; todo aquel que miraba dentro se hallaba consumido por un terror inimaginable, era algo indescriptible porque no había una sola versión de lo que podían hallar.

La criatura de extremidades largas se deslizaba por la nieve sin siquiera moverse, era como una estatua, el valle inquietante los consumía por el vago vestigio de humanidad que la bestia poseía; algunos incluso pensaron que se trataba de baba yaga o de un demonio que jugaba con las balas como si fueran uvas, para aquella criatura no existió límite alguno mientras los hombres seguían disparándole.

Los cincuenta se redujeron a treinta a causa de aquellos que tiraron sus armas y salieron corriendo, los otros se quedaron e intentaron bombardear a la criatura con disparos y granadas, todo en vano.

Hazel se levantó de su escondite, con los pobladores atrás después de cumplir con su papel, a pesar de que Arthur le había dicho que no lo hiciera, porque su curiosidad infantil podía más que su obediencia.

Desde la distancia observó la forma que Arthur había tomado, le pareció la cosa más aterradora que había visto en su vida, incluso más que la propia Ruby, porque nunca habría imaginado a su amado portando tal aspecto para provocar un terror letal en los humanos; en el vacío que solía componer su garganta había visto su peor miedo, y se sorprendió mucho al descubrir que se trataba de su muerte, tuvo un pequeño vistazo al futuro donde su cuerpo quedó malformado al punto de mezclar sus huesos y su carne con su verdadera forma.

Tuvo miedo al saber en lo que se estaba convirtiendo, pero el miedo empeoró al ver a su amado completamente solo, se había convertido en un errante una vez más, su tristeza lo consumió hasta dejarlo sin ánimos para vivir al punto en que Ruby pudo encontrarlo para convertirlo en su zángano y su vasallo.

El terror de la chica iba más allá de su propia muerte, le preocupaba lo que pudiera sucederle a Arthur cuando ya no la tuviera a su lado, y ese miedo produjo una inestabilidad mucho más grande de la que ya estaba experimentando por sí misma.

“Él va a sufrir mucho otra vez”

dedujo con facilidad al ver su miedo reflejado en el vacío de su único amigo, y su cuerpo comenzó a mutar una vez más, esta vez sin control ante la mirada anonadada de Arthur y el ejército de treinta hombres que no vivirían para contar el suceso indescriptible.

- ¿Qué estás haciendo? -le cuestionó Arthur al verla acercarse con unos movimientos espasmódicos y forzados, como si no pudiera controlar su propio cuerpo mientras esbozaba una expresión de puro dolor, le recordó a un zombi-

Las extremidades de Hazel se convirtieron en sustancia, casi todo su cuerpo se convirtió en aquella masa horripilante sin forma ni color que se expandió como el agua, encontrando su camino hasta alcanzar a los hombres; le dispararon en vano, porque al entrar en contacto con la sustancia esta asimiló las balas, al mismo tiempo, al entrar en contacto con ella los hombres comenzaron a ser consumidos: ropa, vello, piel y músculos, todo empezó a derretirse dentro de la sustancia que los asimilaba como uno solo.

En el interior se podían ver los rastros que iban quedando, pero pronto se evaporaban dentro de la sustancia, quedando nada más que una forma irreconocible que apenas se podía distinguir como algo humano, no era más que un cumulo de sangre y cadáveres putrefactos.