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Pensó en aplastarlos, sabía que cualquier cosa que surgiera de ellos no podía ser bueno, pero poco después, como si los huevecillos pudieran leer sus pensamientos, comenzaron a escarbar en la tierra con pequeñas extremidades parecidas a pinzas, cavaron hasta perderse en las profundidades donde nadie podría descubrir su origen; Hazel se quedó perpleja, observando con los pequeños agujeros en la tierra, su mentón cubierto de sangre y una sustancia viscosa similar a lo que ella solía ser antes de tomar forma humana, no sabía cómo reaccionar ni qué pensar.
“Entonces, querida, ¿Como se sintió dar a luz?”
fue lo que preguntó el espectro de Ruby, apareciendo en su peor momento, observando la forma en que Hazel seguía vomitando sangre, perdiendo brevemente el control de su cuerpo.
La forma humana de Hazel comenzó a flaquear, sus brazos y piernas volvieron a ser esa sustancia viscosa que había sido, aunque intentó concentrarse como siempre lo había hecho ya no podía manipular su anatomía, estaba perdiendo el control más rápido de lo que habría podido imaginar; seguía vomitando más huevecillos que se iban enterrando a sí mismos, la chica seguía padeciendo enfermedades que nunca había conocido, la sangre caía por sus ojos como lágrimas, insectos nacieron por debajo de su piel y se abrieron paso hasta el exterior, dejando entrever todo con lo que Ruby la había infestado, aquellos huevecillos que seguían creciendo con su carne.
“Mira eso, sigues dando a luz, eres una buena incubadora, y solo necesitas tocar al hermano mayor para quedar embarazada.
Es horrorosa, ¿Verdad? Y él pensaba que la vida era un mejor regalo que la muerte”
susurraba Ruby mientras observaba el cuerpo de Hazel mutando, incapaz de gritar porque sus cuerdas vocales eran consumidas por los insectos que nacieron en su interior, al igual que los huevecillos saliendo por su boca con una fuerza implacable.
Poco a poco dejó de sufrir aquella metamorfosis, sus brazos y piernas volvieron a la normalidad, pero aún quedaba un rastro de la sustancia, como un recuerdo perpetuo de lo que era en realidad, y el dolor en su cuerpo persistía, apenas pudiendo caminar, sabía que Arthur notaría que estaba más débil de lo normal.
Pero, esa falsa sensación de control sucedía porque Ruby así lo quería, Hazel nunca volvió a tener el control de su propio cuerpo y no volvería a experimentarlo por el resto de su vida.
“En fin, querida, puedo hacer que se detenga… Solo debes decirme dónde se encuentran ahora mismo, y es todo, tendrás tu propio final feliz, incluso puedo llegar a prestarte al hermano mayor para tus deseos”
agregó la niña carmesí, extendiendo su mano fantasmagórica para sellar su trato con Hazel, pensaba que esas amenazas habrían sido suficiente para dejar en claro que no tenía más opciones, después de todo, ella consideraba a todos los seres cobardes e inferiores.
Lo consideró con mucho detenimiento, dudó en seguir ese camino que había tomado junto a Arthur, porque hasta ese momento cada noche estaba plagada de dolor, cada noche en que recordaba para qué había sido creada y qué le esperaba si llegaba a incumplir su parte del trato.
Sin embargo, aún con todo el dolor que reclamaba su cuerpo, se negó a aceptar el trato de Ruby, apartó la mirada y se rehusó a hablar, su mente permanecía cerrada, nunca le diría la ubicación de Arthur, jamás delataría a quien se había convertido en su verdadero y único amor, no después de todo lo que habían compartido.
Ruby la condenó, cerró el puño en torno a su cuello y se desvaneció del mismo modo en que apareció, le dijo que disfrutara de esa noche porque sería la última que tendría; entonces ella se levantó no sin antes vomitar un poco más de sangre y de los huevecillos que seguía dando a luz.
Por un instante, aunque tal vez podía ser por delirio, consideró que era hermoso haber tenido hijos con Arthur, pensó en la posibilidad de dar a luz a bebés hermosos con sus características, amándolos por parecerse tanto a su padre que sería incapaz de dejarlos ir aunque fuera por un momento, no obstante ese pensamiento pronto se desvaneció al seguir vomitando más huevecillos alrededor de la aldea, los primeros mutantes como ella, se dijo a sí misma mientras se marchaba y las náuseas se marchitaban.
Poco después regresó a la cabaña donde él descansaba, se recostó suavemente a su lado después de limpiar la sangre y se dispuso a dormir, aunque sus extremidades seguían temblando por lo sucedido, temerosa de lo que podría ocurrir con ella después de esa noche, temerosa de conocer la reacción de su amado cuando él supiera cual había sido el verdadero motivo de su aparición… Pero, solo por una noche más, no quiso pensar en todo lo que pasaría: moriría, eso era seguro, al menos estaría en paz antes de llegar a ese momento tan aterrador ya que no sabía si acaso las mismas reglas aplicaban para ellos que habían nacido en un laboratorio, si acaso existía el cielo o el infierno no sabía si irían a parar a un lugar así.
Lo único que podía hacer era sonreír, acurrucarse en los brazos de su amado, y respirar suavemente contra su pecho mientras él la abrazaba.
- ¿Dónde estabas? ¿Está todo bien? -preguntó un tanto somnoliento-
-Salí por un poco de aire, estoy bien… Nunca he estado mejor, te quiero.
-Yo también te quiero, Hazel, descansa.
-confirmó, ofreciéndole un pequeño beso en los labios mientras dormía-
La noche transcurrió, todos olvidaron sus problemas una vez más, cegados por la ilusión de un nuevo día en que el dolor se desvanecería para siempre con la ilusión de que la alegría temporal impregnaría el resto de su vida.
Así como Hazel, muchos dormían con el sueño de que todo se arreglaría, de que todos esos problemas que los definían no serían más que una mala pesadilla de la que pronto despertarían, deseando que ese pequeño lapso de felicidad fuera su única verdad; no quería abrir los ojos, no quería despertar, porque el sueño hacía que la luz llenara los espacios donde antes solo hubo oscuridad.
En el sueño hubo constelaciones cargadas de colores, supernovas estallaban liberando descargas de pensamientos y emociones que solo podía conocer en la vida, un cumulo entero de cargas positivas a través de una bruma de odio y dolor, convertían su forma de ver la vida en algo mucho más esperanzador por la dicha que podía conocer a pesar de su propio origen, nada más le importaba salvo llevar esos colores a su mundo.
Hazel podía ver la misma luz que Arthur, pero a diferencia de su amado, ella no había perdido esa habilidad, sentía tanta fascinación por el mundo a pesar del dolor que la rodeaba, porque para ella formaba parte de un todo, las cosas tenían que suceder de la manera en que lo hacían para preservar esa misma belleza… Aunque a veces lo que tenía que pasar podía ser doloroso, era consciente de que después del dolor siempre había una oportunidad para ser feliz, después de todo, ningún día era igual al anterior, siempre estaría la posibilidad de experimentar algo completamente nuevo, con ese pensamiento, ella aceptó la luz con la oscuridad acobijada por los latidos de su amado.
“Será difícil, Arthur, pero sé que lo superarás”
pensaba en él y en todo lo que viviría, pero nunca dejó de creer en sus capacidades, jamás dudó de que podría superar la adversidad.
Cuando llegó el amanecer, Arthur despertó con más ánimos y energía que de costumbre, no sabía por qué, pero le gustaba mucho esa sensación en su pecho.
En cuanto se giró sobre la cama para mirar a Hazel se percató de que la chica parecía más enferma, estaba pálida y las ojeras se remarcaban en sus parpados, ella le regresó la mirada tan solo para comenzar a toser agresivamente, algunas partes de su cuerpo se estaban convirtiendo en la sustancia viscosa que había sido antes de parecerse a una chica, luego recuperaba el control tan solo para que volviera a empezar el mismo proceso notablemente doloroso.
-Hazel, ¿Qué está pasando? ¿Estás bien? -le cuestionó con gran preocupación, pero la chica se encargó de disiparla con su típica expresión de alegría infantil-
- ¡Mejor que nunca! ¿Listo para jugar al lobo feroz y ahuyentar a los malos?
No sabía si seguir preocupado o descartar ese sentimiento al saber cómo era Hazel, estaría al tanto de ella mientras el día avanzaba, hasta entonces pretendería que no era más que una broma cruel y que él solo estaba pensando demasiado.
Cuando la gente del pueblo despertó y reanudó sus actividades, decidieron que era el momento adecuado para levantarse, pero Arthur siempre miraba a su compañera por el rabillo del ojo, observando que actuaba con normalidad mientras se preparaba para un nuevo día, no obstante, también notaba que ella tosía ocasionalmente y escupía lo que parecía ser una baba de color rojiza, luego seguía caminando como si nada.
En el exterior se reunieron con los ancianos del pueblo y los defensores, algunos llevaban los fusiles que habían dejado los atacantes del día anterior, consiguieron munición y se armaron hasta los dientes, las mujeres portaron armas blancas y se escondieron en sus casas para defenderse en caso de que los agresores consiguieran traspasar los límites, finalmente los ancianos y niños se refugiaron en un bunker improvisado que Arthur y Hazel construyeron velozmente con el hierro y piedras que hallaron.
Todos tenían un rol asignado, Hazel curaría todas las heridas mientras Arthur actuaba como el arma secreta, él esperaría en un punto especifico hasta que los agresores se reunieran en un solo lugar, una vez hecho, él se presentaría convertido en un monstruo.
-En cuanto les de la señal, espero que todos se cubran, eso te incluye, Hazel, no dejes que nadie salga de su escondite.
-ordenó Arthur, sabiendo que ella estaría en desacuerdo-
- ¡¿Tengo que ser médico y luego esconderme?! ¡Quiero pelear, ayudarte!
-Hazel, entiende, yo ni siquiera voy a pelear, voy a causarles un susto a esos hombres para que no vuelvan… Y sé qué es lo que tengo que hacer, sé en lo que debo convertirme, y no quiero que me veas cuando lo haga.