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Arthur observó esto completamente inexpresivo desde el bosque, esa era la distracción perfecta para que Hazel tuviera tiempo de liberar a los prisioneros, las víctimas del tráfico de personas, así como él se dirigía con los niños al rodear la pequeña zona de histeria que había montado.
No tuvo sentimientos al respecto, ni satisfacción, ni angustia o disgusto, le preocupó un poco que esa falta de emoción fuera producto de su parecido con Ruby, porque los humanos pensarían en ello como una forma de tortura bastante eficiente, pero para él no fue más que un obstáculo para su verdadera meta, una mente fría y un corazón insensible era lo que requería cada vez que usaba sus poderes.
Al llegar con los niños pudo percibir el terror en sus miradas, de inmediato pensaron que él les haría algo, y se sintió reflejado porque era la misma mirada que él poseía durante su estancia en el laboratorio, era los ojos de quienes han vivido cosas horrorosas en su juventud, algunos incluso poseían la mirada de las mil yardas producto de lo que sus agresores habían hecho a sus semejantes… Y pudo percibir que algunas de las niñas ya habían sido abusadas, la sangre de su primera vez había sido derramada violentamente, cubriendo la tierra.
-No… no les haré daño, soy amigo.
-dijo con una tierna sonrisa, y al ver que eso no funcionaba tuvo que improvisar algo rápido antes de que los vieran-.
¡Miren, un truco de magia!
Dicho eso, él escondió su rostro detrás de sus manos, y al descubrirlo les mostró su nariz roja como la de un payaso, luego se convirtió en una nariz hilarantemente grande.
- ¡Que mal huele, mi nariz es tan grande que mis mocos tienen casas! -dijo con una voz graciosa como si hubiera inhalado hielo, los niños carcajearon, aun nerviosos e inseguros, pero se sentían mejor con él-.
¿Y si mejor nos vamos de aquí? ¡Esos hombres malos ya no los lastimarán, se los prometo!
De ese modo Arthur consiguió ganarse su confianza, con el humor era más fácil lograrlo, les mostró una tierna sonrisa, y como no quería arriesgarse a dejar a ninguno atrás empleó más fuerza de la normal para cargarlos sobre su espalda, los impresionó con su resistencia e inmediatamente comenzó a andar nuevamente rodeando la zona peligrosa con todos los niños en su espalda.
Siempre mantuvo su voz graciosa y su nariz grande para mantenerlos calmados, pero les pidió guardar silencio mientras avanzaban, conforme se alejaban del peligro les aseguraba que pronto se reunirían con sus familias, solo debían esperar a que su amiga viniera con ellos para que todos se fueran juntos.
Una vez que Hazel se adentró en la zona con las víctimas, halló a los padres de esos niños atados a postes de madera, cubiertos con marcas de golpes y latigazos, estaban desnudos como un castigo en la fría naturaleza del país, estaban a menos de diez grados centígrados, era lo suficientemente bajo para que sintieran que sus cuerpos desnudos se congelaban sin piedad.
Se apiadó de ellos sin dudar e inmediatamente comenzó a irradiar calor de su cuerpo, solo lo suficiente para salvarles la vida y hacerles reaccionar, ella se acercó y comenzó a desatarlos uno por uno, luego recogieron los pocos harapos que pudieron encontrar para al menos vestir algo.
-Tienen que venir conmigo, por favor, me envía su pueblo… -contó para calmar sus dudas e inquietudes, pero se interrumpió a sí misma en cuanto comenzó a toser más sangre, con sus extremidades temblorosas amenazándola al caer de rodillas-
Naturalmente le tuvieron miedo por la forma en que sus brazos mutaron contantemente, poseyendo garras y protuberancias alargadas como cuchillas, poseyendo una fuerza letal que amenazaba con desmembrarlos sin control, y se echaron hacia atrás.
-No… ¡Ahora no! -exclamó para sí misma, logrando controlarse antes de que fuera demasiado tarde, en cualquier momento podrían interceptarlos, usó toda su fuerza de voluntad para luchar contra aquello que Ruby le había implantado, luchó contra la necesidad de dejar que lo que fuera que estuviera sucediendo tomara forma y la dominara-
Entonces pensó en Arthur, sabía que él estaba esperando junto a los niños, podía sentir su presencia añorando por ella, deseando volver a verla para asegurarse de que estaba bien; no pudo evitar imaginar cómo sería si volviera a estar solo, le angustiaba y preocupaba la idea de que su mejor amigo perdería la Fe que ella tanto se esforzaba por hacerle recuperar, pues la vida que le esperaba sería más desafiante que cualquier cosa, sabía que incluso si no estaba con él al menos tendría la fuerza para continuar.
Hazel luchó incansablemente, un paso a la vez se dijo a sí misma mientras afincaba un pie al suelo, luego el otro, forzando a sus rodillas temblorosas para que le obedecieran, luego se levantó con firmeza mientras volvía sus brazos a la normalidad y reafirmaba su control sobre su propio cuerpo… Arthur estuvo presente en sus pensamientos, era la inspiración para volver a ponerse en pie y luchar una vez más.
Una vez que volvió en sí, les ordenó a las víctimas que la siguieran si querían vivir, sabía que no tenía tiempo para apelar a su comprensión, lo único que de verdad debían comprender era que estaba allí para salvarlos y que sus hijos esperaban por ellos; con eso dicho, comenzaron a seguirla cuando rodearon el campamento para regresar por donde había venido, esta vez en su forma humana mientras iba recuperando la compostura para disimular frente a Arthur, dejando así que sus pensamientos se fueran deslizando desde la preocupación hasta el alivio cuando encontró a su amado entreteniendo a los niños.
Los padres se reunieron con sus hijos, el mundo avanzó, así como ellos lo hicieron, pero en ese instante, tras haber salvado a todos, hubo algo mucho más profundo, algo que solo quienes poseían su sangre podrían entender.
Hazel se sintió enervada con un calor indescriptible, una hermosa sonrisa se dibujó de oreja a oreja, y Arthur se acercó para abrazarla, susurrándole que se había preocupado por ella, le dijo que no toleraba la idea de separarse.
“Yo tampoco te abandonaría… aunque me cueste la vida”
sus palabras, más que ser de consuelo, intentaban ser una promesa, intentaba decirle a través de su amor que ella tenía miedo, pero que no importaba lo que sucediera, él era toda la fuerza que necesitaba para avanzar y creer que algo bueno podía sucederle.
Poco despues se encontraron en el pueblo, una vez más agradecieron y alabaron sus hazañas como ángeles guardianes, reaccionaron de la misma manera que antes, con modestia y nervios, además de que aún debían prepararlos para la próxima invasión de la guerrilla, por lo que aún tenían mucho que hacer antes de cantar victoria; Arthur les dijo que por ahora descansarían, en la noche el pueblo querría celebrar una pequeña fiesta en su honor por haber salvado sus vidas, aunque el muchacho dijo que no hacía falta, Hazel los alentó con la condición de que todos disfrutaran por igual siempre y cuando no les hicieran ninguna clase de tributo divino.
“Es curioso, no tiene tanta elegancia ni banquetes, pero sigue siendo bastante divertido como en tu cumpleaños, querida”
pensó el muchacho durante el atardecer, cuando las últimas luces fueron colgadas por los niños intrépidos que trepaban en los postes con Hazel encabezando al grupo.
En antaño se habría unido a ellos con la misma actitud jovial para cada pequeño acto, pero en el presente toda esa ilusión infantil se había desvanecido, en su lugar prefirió ayudar llevando las mesas que lucían pesadas, llevando una en cada mano, en otra circunstancia habrían tenido que ser varios para moverlas de un sitio a otro, su muestra de fuerza fue digna de admirar.
Con su gorro y chaqueta de cuero a un lado, expuso un poco más su cuerpo a la intemperie, limpiando la suciedad de sus brazos después de haber cargado algunos otros adornos para todo lo que preparaban, incluidas algunas sillas para el juego de hockey que tendría con los locales.
Sus brazos estaban llenos de cicatrices que recordaban a arañazos y mordidas, su figura jovial llamaba la atención tanto como sus heridas, a pesar de la forma en que lucía era normal que le devolvieran la mirada, pero él nunca correspondió el interés amoroso que le demostraban.
Jugaron al hockey, con un público igualmente interesado en el deporte, mientras Hazel junto a las chicas locales hacían su rol de porristas animando a los jugadores, demostrando con orgullo la belleza de su juventud con sus bailes y saltos.
Arthur se divirtió mucho, requirió de habilidad y concentración, por suerte para él aprendía bastante rápido por lo que en pocos minutos pudo adaptarse al nivel de sus contrincantes; por primera vez los humanos lo estaban tratando como un igual, todos miraban el color de su ojo como algo ordinario, su figura como la de un chico normal, las miradas pasaron de ser curiosas y temerosas a ser amistosas.
Luego le enseñaron la beriozka, el baile tradicional donde los bailarines no levantaban los pies del suelo y se movían con una delicadeza tan sutil que apenas parecía que realmente lo hacían, un baile tan hermoso que Hazel no dudó en unirse, aunque terminaba haciéndolo torpemente por ser su primera vez.
El muchacho quedaba maravillado con dicha demostración, estaba fascinado por las figuras como ángeles que se deslizaban frente a sus ojos, resaltando de tal forma majestuosa que incluso podía atreverse a olvidar todos sus problemas con tal de admirarlos.
-Lo curioso del baile es que se fundó durante la guerra fría, a pesar de las circunstancias en torno a su origen, es un baile que resalta la belleza, la elegancia y fortaleza de nuestro país.
-una muchacha de mejillas rosadas y ojos expresivos como una muñeca se había sentado junto a Arthur, encargada de ilustrarlo sobre su danza tradicional-