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de pronto recordó que se lo había dicho cuando le contó sobre Cassandra, no sabía por qué dicho pensamiento venía de la nada y hacía que se ruborizara, pero su voz volvía a resonar en cuanto estuvo tan cerca de ella.
No, se dijo a sí mismo, no podía atreverse a amar a alguien más, no era justo hacerlo mientras el espectro de su amada los seguía de cerca y le devolvía la mirada cuando más pensaba en ella, cuando más grande era la culpa con la que se castigaba.
- ¿En qué piensas? -le preguntó Hazel, dejando caer su mentón sobre su hombro-
-Solo… que me gusta estar aquí.
-confesó, sin querer indagar demasiado en los sentimientos que ella comenzaba a despertar en él-
-A mí también me gusta estar aquí… contigo.
Hazel no parecía tener idea de cómo le afectaba, pero al ver el tenue rastro de su sonrisa podía suponer que tenía buenos pensamientos cada vez que ella hacía algo así, y eso también le gustaba a ella porque quería hacerlo feliz sin importar lo que costara, quería darle todo ese amor que había escaseado en su vida.
Por eso, con toda la inocencia que podía conservar, se atrevió a darle un pequeño beso en la mejilla, provocándole escalofríos, pero ni siquiera por eso se atrevió a detenerse mientras ella reía como una chiquilla que había cometido una travesura… Amaba darle esos momentos de tranquilidad, momentos en los que se atrevía a ser feliz y volvía a actuar como el niño que era antes de ser forzado a madurar.
A Arthur le habría gustado ser más expresivo para compartir sus sentimientos con Hazel, si fuera más expresivo le habría dicho lo complicado que resultaba amar, le habría dicho que había cerrado sus ojos al mundo y por eso ya no podía ver a las personas como antes, ya no podía ver la luz que emanaba de ellos; si fuera más expresivo podría haberle dicho que sus acciones lo confundían, una parte quería darle un beso en la mejilla como un chiquillo enamorado, otra parte quería mantenerla lejos porque presentía que iba a lastimarla… Pero él no era expresivo, no había resultado ser la clase de persona que le habría gustado.
“De haber sido mejor, le habría dicho que también me hacía feliz, y que también había aprendido a amarla como lo merecía”
pensaría en el futuro, cuando en otra noche volvería a saber lo que era estar solo frente a una hoguera.
En cierto punto escucharon el inconfundible sonido de los disparos, los pájaros desplegaron sus alas y emprendieron el vuelo desde las ramas, escapando del aterrador sonido de las balas silbando en el aire hasta impactar con el concreto.
Hazel miró a su alrededor, levemente asustada al suponer que les estaban dando caza, pero no fue así, Arthur permanecía tranquilo mientras miraba en otra dirección, más allá de los árboles había un pueblo desde el cual el sonido de los disparos provenía con una claridad aterradora, provocando escalofríos en ambos porque sabían perfectamente que se trataba de una masacre.
Los gritos de los inocentes, las suplicas de las familias que acallaban al ser fusiladas, todo llegaba a ellos con una intensidad abrumadora porque sus mentes podían crear imágenes tan claras como el cielo, eran capaces de ver más allá de lo evidente, por lo que incluso si estaban tan lejos podían ver de cerca a esos hombres armados masacrando el pueblo.
Igual que en la cabaña, que aquella familia acribillada y aquel hogar consumido por el fuego, el pueblo sufriría el mismo destino por no compartir las creencias de sus semejantes, a pesar de ser de la misma especie, de compartir una patria y una tierra, seguían siendo víctimas de sí mismos y sus propias creencias.
Arthur miró con detenimiento en aquella dirección, su agarre en las piernas de Hazel se hizo más fuerte, sentía su cuerpo rígido, sus pupilas se dilataron ante el estímulo que la sangre provocaba dentro de él; pero su rostro permanecía sereno, tenía una mirada tranquila, una expresión vacía porque ya conocía la clase de dolor que estaba invadiendo ese pueblo, el dolor que hacía que los hijos perdieran a sus padres… Y en cuanto pensó en eso decidió que ya no valía la pena quedarse, por lo que giró sobre sus pasos y comenzó a caminar, a pesar de que aún podía escuchar a las familias gritando y a los niños llorando, siguió caminando como si nada de eso le importara realmente, como si no pudiera percibir el dolor en sus almas.
- ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Debemos ayudarlos! -pataleó Hazel en su espalda, incapaz de dejar que se fuera-
-No es nuestro problema, este es el tipo de cosas por las que no me gusta acercarme a los humanos.
-confesó Arthur sin dejar de caminar, hasta que Hazel se bajó de su espalda para encararlo-
- ¡Tenemos que ayudarlos, incluso si no nos quieren!
Arthur gruñó entre dientes por la insistencia de Hazel, actuaba como una niña a la que se le niega un capricho, y eso lo irritaba.
- ¿Por qué los ayudaríamos? ¿Qué tiene que ver con nosotros? -le cuestionó, y en ese instante halló los ojos de Hazel cargados con una determinación inigualable, ni siquiera él mismo creía tener la capacidad para sentir tanto como ella, no había dudas ni temor, no nada por lo que ella no creyera en sus propias palabras mientras le contestaba con toda la honestidad de su corazón-
- ¡Porque es lo correcto! ¡No lo hacemos por esperar algo, sabes dentro de ti que debe hacerse!
Arthur guardó silencio cuando ella usó esas palabras, era como si la parte de sí mismo que había muerto con Cassandra, la que aún podía ver el amor en el mundo, y que había sido despreciada por Sullivan, le estuviese hablando de frente; Hazel tenía aquello que él consideraba perdido, le hizo un nudo en la garganta porque su belleza sin cicatrices también era un reflejo de su interior, ella seguía siendo un ser puro en esencia, sin pecados, sin errores, que aún podía percibir el milagro de la vida a diferencia del muchacho.
Arthur acarició la cicatriz que cruzaba por el lugar donde antes tenía su ojo, era un recuerdo gratificante cuando aún lo tenía, pero ya había pasado mucho tiempo de eso, él estaba fracturado como un muñeco de trapo al que le faltaba uno de sus ojos de botones… Recordó un tiempo en que todo era perfecto, como un prisma de múltiples colores, y él se parecía mucho a Hazel.
Alguna vez pensó que hacer lo correcto también bastaba para ayudar a las personas, para hacer del mundo un mejor lugar, y eso había sido suficiente para traerle alegría a su corazón, él también veía al mundo de la misma forma en que Hazel lo hacía… Y si había algo que hiciera su vida algo más placentera era la idea de ayudar en lugar de lastimar, justo y como había prometido a Sullivan para que estuviera orgulloso de él.
“Solo hice lo correcto, no podría solo dejarla morir… No soy malo”
fue algo que él dijo una vez, hacía mucho tiempo, y gracias a Hazel había logrado que esas palabras regresaran con una intensidad abrumadora, pues no había pensado en eso por años.
-Bien, vamos a ayudarlos.
-suspiró, cediendo finalmente a las súplicas de Hazel hasta ver como se iluminaban sus ojos por la emoción, y sin esperar mucho, ambos comenzaron a correr en dirección al pueblo donde, con suerte, podrían salvar a todos los que aún estaban a tiempo para lograrlo-
Corrieron por el bosque, entre la nieve y los árboles de uno de los países más fríos del mundo caracterizado por su gran tamaño, se sintieron perdidos por mucho tiempo, habiendo abandonado el mundo de los hombres para perderse como los monstruos que Arthur pensaba que eran, y al regresar con ellos se sintió sumamente consternado porque no sabía si realmente podían pertenecer a algún lugar.
El pueblo aún existía, las personas sobrevivían, eso era suficiente para Arthur en cuanto comenzó a mutar sus brazos y piernas, con una velocidad que ningún ser vivo podía alcanzar, ni siquiera los majestuosos guepardos, ni el más avanzado de los vehículos sobre la tierra, el muchacho corrió como nunca en su vida lo había hecho al punto en que tuvo que cargar a Hazel para no dejarla atrás.
La chica esbozó una enorme sonrisa al verlo cambiar con tanta pasión, usando sus poderes para llegar donde nadie más lo había logrado, habiendo alcanzado un plano en que todo el bosque se convertía en una visión borrosa, iban dejando atrás todo lo conocido, ni siquiera el sonido de su grito eufórico podía alcanzarlos; tal y como si fuera un ángel, emprendió un poderoso viaje en que su cuerpo, mente y alma reaccionaban a cada pequeño detalle, y si tuviera alas sin duda podría superar el vuelo de los cometas.
“Ya no estoy huyendo de ellos”
se dijo a sí mismo mientras corría a cuatro patas al igual que un animal, con Hazel en su espalda, logrando superar decenas de kilómetros en cuestión de segundos, convirtiéndose para los primeros pobladores que los vieron llegar, y para los grupos armados, en un espectro de silueta carmesí que vino desde la profundidad del bosque nevado en un momento de completo terror.
Para ellos, Arthur y Hazel eran un par de espectros, con figuras tan misteriosas como todo lo que venía de un país tan grande y de un bosque tan misterioso como aquellos.
El muchacho levantó la mirada, su rostro era frío e insensible, no había expresión en aquella mirada fragmentada que se convirtió en el muro invisible que dividió al grupo armado de los inocentes, los pobladores sobrevivientes que abrazaban a sus hijos para protegerlos.
Hazel inmediatamente bajó de la espalda de su amigo y se dirigió con los pobladores, adaptándose al idioma local, les dijo que se escondieran mientras ellos se encargaban de la situación y les pidió que no salieran de sus casas sin importar todo lo que escucharan, y ellos le entendieron, pero el pánico les impedía hacer mucho salvo contemplar a las dos criaturas con formas de niños que se anteponían a los hombres armados.
Ordenaron al fuego, y todas las balas se concentraron principalmente en Arthur; volando en el aire hasta impactar en su cuerpo, y al hacerlo las balas eran consumidas por su carne, entraron en su piel, pero jamás salieron ni lo hirieron, formaron parte de él y convirtió el plomo en energía.