El fantasma carmesí 3 #4
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Sintió que había algo mal en su interior, algo que no podía alcanzar, y Ruby siempre estaría relacionada con ese sentimiento de ser invadida por un mal externo; pero no se lo diría a Arthur, no le diría lo que había sucedido porque ya sufría bastante como para añadir otro peso a su ya terrible carga, se resignó a la idea de que no le quedaría mucho tiempo tras percibir lo que fuera que estuviera albergando.

Mientras el chico dormía, en el mundo real, su nueva compañera se recostaba a su lado como cada noche, su cuerpo la llamada, creía que ese sentimiento tan instintivo era porque en el fondo se pertenecían, tenían esa leve conexión genética que le hacía querer estar tan cerca como pudiera.

Hazel le brindó de su calor, y fue como si eso pudiera tranquilizarlo, lo que estuviera soñando había cambiado para reconfortarlo brindándole todo lo que pudiera desear en el sueño; ella le susurró que era especial, que lo amaría sin importar lo que sucediera y que sería su mejor amiga por toda la eternidad.

“Es cálido, me gusta aquí”

confesó Arthur entre sueños, habiendo encontrado descanso después de tantas pesadillas, un momento de paz en que los campos elíseos reemplazaron su infierno personal, y Cassandra estaba allí, yacía recostada a su lado para reposar después de que la tormenta cesó y precedió a una brisa hogareña cargada con el olor de un pastel de chocolate; Sullivan horneaba dentro de una hermosa casa en la colina, Paulo y Aurora estaban bien, en ese hermoso cielo que tanto ansiaba no tenían ninguna herida, no habían cicatrices, todos estaban bien… Y Arthur era feliz.

“Casi todas las noches sueño contigo, con suerte esta vez no despertaré”

le susurró a su amada, aunque sabía que no era más que una ilusión, era lo más cercano que había a volver a tenerla entre sus brazos, para él ella era real… y quizás eso era suficiente para volver a sonreír hasta que el sueño lentamente lo abandonó, forzándolo a mirar la forma en que su mundo ideal se convirtió en polvo entre sus dedos; el calor de su compañía, el olor del chocolate recién horneado, todo se desvaneció al abrir los ojos una vez más y despertar.

-Traje algo de comida.

-saludó la chica, ofreciéndole ambas manos llenas de nueces, bayas y pasas.

Pero no era Cassandra, como llegó a pensar en cuanto despertó, sino Hazel esbozando una hermosa sonrisa llena de inocencia, amándolo a pesar de no ser quien él deseaba. Solo entonces, Arthur comprendió que ella fue la que le dio el consuelo de su compañía, le brindó todo lo que había soñado-

Hazel era la única que yacía a su lado, a pesar de la tristeza que le impedía conectar con ella, la chica persistía y elegía quedarse a su lado, conservando la devoción tan sincera que había demostrado hasta ese momento; ella había traído frutos del bosque, parecía algo inquieta, pero no dejaba de comer ni siquiera por lo que fuera que estuviera sintiendo en el momento, ocultando todo detrás de su sonrisa.

Él intentó corresponder su gesto, pero no pudo hacerlo, se limitó a asentir mientras comía con ella, quería ignorar el hecho de que había soñado despierto con su amada, como casi siempre lo hacía, y eso le impedía ver más allá de la sonrisa de la chica, tenía demasiado en la cabeza como para estar verdaderamente presente, agradeció en silencio y se dedicó a hacer cualquier otra cosa para divagar.

Luego miró en derredor solo para notar que seguían en la misma cabaña abandonada, pero bajo la luz del día parecía un lugar diferente, memorias fantasmas de la familia que había habitado ese lugar vinieron sobre él, su mente comenzó a recrear las imágenes a través de los rastros físicos… Todos habían muerto, y comenzó a analizar el entorno mientras comía los frutos.

Las paredes tenían agujeros de balas, el techo tenía grandes manchas negras producto de un incendio que se había propagado antes de que la brisa de la noche lo apagara, durante el día podía apreciar mucho mejor los tablones y vigas que permanecían a su alrededor, todo lo que podía entender era que la familia había sido atacada no por monstruosidades ni niñas malévolas, sino por sus propios semejantes.

Sabía que una larga historia mantenía al país dividido en dos grupos políticos, unos que apoyaban al presidente y otros que estaban en su contra, personas con ideales diferentes que los dividían a pesar de pertenecer a la misma especie, y esa historia había traído consigo el surgimiento de grupos armados que no temían en masacrar a los inocentes como una excusa para perpetrar contra el gobierno.

- ¿También puedes verlos? -cuestionó Hazel, mirando en derredor-

- ¿A quiénes? -le preguntó Arthur, extrañado en cuanto ella interrumpió sus observaciones-

-A esos fantasmas, los de la familia.

Claro que podía verlos, ella compartía algunas de sus habilidades, de ese modo podía ver el pasado que la casa le contaba, todas las navidades y cumpleaños que los padres celebraron a sus hijos, así pudo saber cómo eran esos momentos tan especiales que él nunca pudo experimentar por sí mismo, momentos de unión en que los padres amaban a sus hijos, en que las hermanas respetaban a sus hermanos, eran cosas que le parecían extrañas porque para él lo normal era ser odiado y abusado por sus semejantes… Pero en el fondo sabía que eso era todo lo que siempre deseó, habría dado lo que fuera por estar en ese lugar con ellos para conocer esa felicidad, y cuando no tenía pesadillas tenía sueños donde eso se hacía realidad.

No obstante, la melancolía por la escena fantasmal se desvaneció cuando, en la visión del pasado, surgieron las sombras macabras de hombres armados que derribaron la puerta de la casa; era un grupo anarquista, con intenciones violentas para un país que se había tornado violento, cargaban rifles de asalto y sacos donde tomaron todos los objetos de valor, sin importarles en absoluto que la cena familiar se hubiera convertido en una experiencia de terror para los padres y sus hijos.

La niña gritó y lloró, el varón maldijo y se acobijó en los brazos de su padre, el hombre les reclamó a los invasores… Pero estos solo respondieron con risas burlonas y con golpes, derramando la sangre de los inocentes, despojándolos de sus ropas para humillarlos y forzarlos a andar en el vidrio roto.

-No quiero ver esto, tengo miedo.

-confesó Hazel, cubriéndose los ojos, pero los sonidos creaban imágenes mentales para ambos-

Cuando los invasores tomaron todo lo que querían y tuvieron que partir, no dudaron en acribillar a la familia, dejando las marcas de las paredes, y para asegurarse de sepultar su crimen prendieron fuego a los cadáveres, dejando que las llamas se extendieran hasta alcanzar el techo como habían podido presenciar.

No había pasado demasiado tiempo de eso, Arthur calcularía solo un par de meses o incluso un año, porque el dolor que la casa albergaba era lo suficientemente reciente como para que las imágenes se hicieran tan claras con un poco de concentración, a veces tener esa habilidad era una maldición, porque si no se controlaba entonces podía llegar a ver las tragedias que ocurrían todo el tiempo en todas partes sin que nadie pudiera hacer algo al respecto.

Esa era la clase de cosas por las que Arthur había perdido gran parte de su inocencia, ya no quedaba mucho para creer en la bondad de las personas, quienes buscaban excusas para lastimar, a quienes no les importaba dañar si podían salir ganando, habían adoptado un pensamiento de ganar a toda costa, incluso a través de la muerte de sus semejantes.

La magia de sus viejas películas de VHS solo eran eso, una ficción creada para aliviar las cargas pesadas de una realidad que había conocido a la fuerza, incluso si se decía a sí mismo que no le importaban sus problemas a él siempre le afectaba mucho cuando conocía las tragedias de aquellas personas… No importaba si curaba todas las enfermedades del mundo, no había cura para la maldad humana.

Una vez terminaron de comer, y conscientes de todo lo que había sucedido en esa cabaña que solía ser una casa, decidieron que era momento de partir; los recuerdos seguirían repitiéndose en sus mentes, incluso aquellos que no les pertenecían, pero que multiplicaban aquel dolor nunca expresado y les recordaba que estaban condenados a vagar sin rumbo, sin relacionarse con nadie, sin saber si valía la pena vivir.

Esa era la forma de pensar de Arthur, y él creía que Hazel llegaría a sentirse igual, pero la chica, lejos de sentir tristeza o desolación por lo conocido, intentaba mantener su felicidad intacta, no se quería rendir a pesar de todo.

En cierto momento Hazel comenzó a toser, era la primera vez que Arthur la escuchaba hacerlo, ni siquiera él recordaba haber tosido alguna vez, padecer de algo no era un concepto que realmente aplicara con seres como ellos.

Lo confundía antes que preocuparlo, aún seguían avanzando, y la chica tuvo que detenerse un momento detrás de un árbol para toser y escupir lo que fuera que estuviera cruzando por su garganta, todo mientras Arthur palmeaba su espalda, completamente consternado por el sonido, pero se mantenía a su lado.

Poco después, habiendo recuperado la compostura, le devolvió la mirada a Arthur, con los ojos enrojecidos por la tos, simplemente asintió lista para continuar.

- ¿Segura que estás bien?

-Sí, solo fue una pequeña tos, que raro, ¿No crees? -confesó Hazel, sonriendo con la misma inocencia, prefiriendo ignorar el hecho de que sabía perfectamente a qué se debía la tos-

Arthur confió en su palabra, pero por seguridad se ofreció a cargarla en su espalda mientras avanzaban, no estaba seguro de lo que podrían encontrar y no quería que ella estuviera retrasándolos.

Contra todo pronóstico Hazel yacía sobre él, sus manos sostenían sus piernas con gentileza mientras ella usaba sus brazos para rodearlo, estaba tan cerca que podía sentir su respiración agitada contra su cuello, podía sentir que a Hazel le gustaba estar así de cerca e incluso había notado que cedió con facilidad al llevarla en su espalda.

“Creo que ella fue una chica con suerte”