3 #3
Le habría gustado decir más que esas palabras, pero no sabía qué decir, se guardó lo que sintió en ese momento y calló lo que podría haber sido una oportunidad para cambiar y abrirse con alguien más.
Pasadas las horas, Arthur yacía profundamente dormido, moviéndose con inquietud como siempre con los recuerdos que lo atormentaban, llamando a Sullivan y a Cassandra, gritándole a Ruby, lidiando con todo al mismo tiempo hasta en sus sueños.
Hazel no dormía, yacía recostada a su lado abrazándolo, escuchando los latidos de su corazón mientras sufría en sueños, y lamentó las cosas por las que él había tenido que pasar con tal de ser libre del laboratorio, y esa libertad la vivía preso dentro de sí mismo… Cuando no pudo soportar lo que estaba en su mente, ella se levantó y partió fuera de la cabaña para despejarse.
El bosque estaba frío, los osos merodeaban, los artefactos de guerras pasadas seguían atrapados en la tierra salvaje, las cigarras lloraban adheridas a los árboles, no era invierno, pero la sensación del entorno hacía pensar que lo era.
El mundo estaba más callado que nunca, Hazel incluso podía llegar a pensar que todos dormían, ella estaba sola en ese momento, no había nada que pudiera consolarla por esa amarga soledad que la invadió, una donde ni los animales podían hacerle compañía por siempre, y luego entendió que así era como Arthur se sentía todo el tiempo, invadido por la soledad que lo consumía al punto de distanciarse de todos los demás cuando tenía oportunidad de cambiarlo, y cada cosa era pasajera.
-No… no puedo hacerlo, mi reina.
-confesó Hazel en voz alta, abrigada por los árboles-.
No puedo decirte dónde está, él está sufriendo.
Por un momento hubo silencio, los sonidos de antes como las cigarras y los osos merodeando se detuvieron, ni siquiera el viento tenía presencia, era como si la tierra hubiese perdido la vida en un instante, todo acalló de tal manera que Hazel sintió escalofríos porque ni siquiera los espectros ni los críptidos tenían dicho poder sobre ella, ese miedo que se presentó en la forma de una niña de cabello y ojos carmesíes hizo que se retorciera hasta caer de rodillas sobre la nieve.
La presencia era fantasmagórica, en realidad no estaba allí, sino en su cabeza, Hazel tembló como una niña por el monstruo en su armario, aquel monstruo de ojos rojos que le enseña sus dientes y su lengua, solo para desaparecer cuando llama a sus padres, pero nadie podría protegerla de esa criatura, nadie podría hacer nada cuando decidiera acercarse y comerse su piel.
“Ella está tan cerca… Si me desconcentro por un solo segundo ella podrá entrar en mi cabeza y ver todo lo que sé, sabrá dónde está Arthur, no puedo permitirlo”
pensó la chica, soportando el dolor que recorría todo su cuerpo, como un fuego que la quemaba por dentro hasta dejar sus marcas en lugares que no podría alcanzar, pero que seguirían ardiendo por siempre.
Reunió todas sus fuerzas para levantar la cabeza, con sus dientes chirriando y sus ojos llorando sangre, la chica consiguió mirar a la reina carmesí, esa figura fantasmal que le devolvía la sonrisa mientras sus ojos contaban un relato de posesión y angustia, le confesaba todas las crueles verdades de su naturaleza déspota y malvada.
La niña acarició la cabeza de un venado que comía de los frutos de la zona, el pobre animal ni siquiera podía percibirla, pero en cuanto sintió su toque fantasmal la criatura comenzó a perder las extremidades; Hazel lo comparó con una lepra avanzada a niveles catastróficos, Ruby le había concedido una enfermedad letal que, con cada paso que el animal dio para alejarse, iba perdiendo sus patas hasta quedar desmembrado.
Hazel quedó horrorizada ante la visión del pobre animal, el venado cayó frente a ella, forzada a permanecer de rodillas, con el rostro pasmado de la criatura rezongando antes de perecer de esa forma tan horrible.
Ruby carcajeó, e irónicamente su risa era el sonido más hermoso que Hazel pudo escuchar en toda su vida, aunque no se comparaba con la sonrisa serena de Arthur, que aún con sus cicatrices era todo lo que ella nunca podría ser.
-Perdón, no te escuché con más de dos mil kilómetros entre nosotras, ¿Podrías repetir eso que dijiste, querida? -ordenó la niña-
-Yo… dije que no te diré dónde está Arthur, mi reina.
-Oh, entonces significa que lo has encontrado.
-destacó la niña, como si ignorase lo que Hazel acababa de decir-.
Muy bien, ahora no juegues y dímelo.
Hazel meneó la cabeza y sorbió saliva, mordiéndose el labio inferior como señal de su miedo hacia la criatura, nada podía superar el intenso horror que evocaba en ella aquella presencia malévola, nada excepto por sus deseos de salvar a Arthur.
- ¡No te diré dónde está!
La sonrisa de Ruby se desvaneció, se acercó a Hazel y la tomó por el cabello, forzándola a mirarla a los ojos.
- ¿Olvidaste que tú no eres nada? Solo eras un moco con vida antes de que yo te eligiera para ser mi sabueso, si te he dado un trato especial es porque tienes más sangre del hermano mayor que mis bebés, pero no eres ni siquiera una misera parte de lo que somos, tú nos debes la vida: él es tu padre por darte la sangre, yo soy tu madre por darte la forma.
-dicho eso, Ruby estrelló la cabeza de Hazel contra el suelo hasta romperle la nariz, sanaría, pero se aseguraría de que cada golpe le doliera-.
Entonces te daré solo una oportunidad para que me digas en dónde está, si lo haces te dejaré vivir con nosotros en el mundo que crearemos.
Hazel dudó, obviamente la tentación de seguir viviendo para hacer todo lo que había hecho hasta ese momento y más se asomaba por su cabeza, quería seguir experimentando todo lo que ese planeta tenía para ofrecerle, e incluso le atraía la posibilidad de ser más cercana a Arthur, pero nada de eso podía compensar el hecho de ser una traidora, no podía tolerar la posibilidad de darle la espalda a su primer amigo… Al principio pensó que podría traicionarlo tras ganarse su confianza la primera noche, había considerado que fue demasiado fácil al usar unas cuantas palabras dulces, pero no pudo hacerlo, no después de conocer la bondad de alguien que, aún sin conocerla por tanto tiempo, le dio cobijo y consuelo, le dio un nombre en lugar de tratarla como un objeto como Ruby lo hacía.
“Porque eso fue lo que él aprendió de Sullivan, él aprendió a amar a los demás… Arthur dice que no fue hecho para ser amado, pero sí fue hecho para amar”
pensó, y conforme dejaba que su mente divagara en su interior, en el exterior Ruby la golpeaba, le arrancaba sus extremidades que luego se regeneraban, y hacía todo cuanto podía para sacarle esa información.
Ni siquiera hacía falta que estuviera físicamente presente para tener control sobre ella, con el simple movimiento de sus manos podía hacer que el cuerpo de Hazel se retorciera como una marioneta, pero no cedió, siempre soportó el dolor por la seguridad de su amigo.
-Veo que mi cachorro aprendió a soportar el dolor, eso es tan irritante, aunque sí logra calmar mi sed.
-destacó Ruby, sentada en un trono hecho con los restos de los científicos desde las profundidades de Genexis Sciences, habiéndole encontrado un buen uso cuando los cuerpos no podían tolerar la metamorfosis-
-No… yo no me llamo cachorro.
-exclamó la chica, reuniendo el coraje para hablar con su respiración entrecortada-.
Mi nombre es Hazel, y yo nunca te diré dónde está Arthur.
Ruby quedó anonadada ante su declaración, y luego la impresión cedió al enojo, la niña carmesí no podía creer cuan cerca estaba de encontrar a su hermano, pero la única criatura capaz de decirle dónde se hallaba osaba desafiarla.
La niña se acercó a Hazel, la forzaba a mirarla, y entonces hizo crecer un bulto dentro de su boca, era algo que se retorcía entre sus encías y bajaba por su garganta hasta llegar a su estómago; era una sensación horrible, como si la forzaran a tragar piedras, no sabía qué era lo que Ruby le estaba haciendo, ese bulto formado de cosas extrañas seguía retorciéndose como si albergara un nido de arañas en su interior, al alcanzar su estómago pudo sentir con claridad como se esparció por todo su cuerpo hasta sentir múltiples parásitos rondándola.
Los parásitos se alojaron como si fuera su hogar, bebieron de los jugos gástricos y su sangre, se alimentaron de la carne de su estómago provocando un dolor inenarrable al punto en que fue forzada a inclinarse para vomitar ríos de sangre ante los insensibles pies de Ruby, quien conservaba su infantil belleza.
-El hermano mayor cree que solo sé quitar la vida, pero se equivoca, también sé cómo darla… Y verás como yo que dar la vida también puede provocar mucho miedo.
-confesó Ruby, repasando sus dedos por el mentón de la chica, sonriéndole con malicia-.
Nunca me creyó, pero él te creerá a ti, cuando vea el dolor que la vida puede traer.
Dicho eso, y en cuanto la sensación de dolor abandonó a Hazel, la figura fantasmagórica de la niña carmesí desapareció, dejando en la chica un sentimiento de alivio tan superficial como la falsa seguridad de una valla de madera; no había seguridad en que eso pudiera protegerla del lobo feroz, ella era dueña de su vida y se había asegurado de que lo supiera, Hazel entonces se levantó temblando con todo el miedo que podía albergar, se sacudió la suciedad de la cara y quiso pretender que nada había pasado… Pero eso le resultó imposible, siempre quería un vestigio de los que había sucedido, su forma siempre sería la prueba de que Ruby controlaba cada aspecto de su existencia.
Hazel sintió su estómago ardiendo, había algo que masticaba sus entrañas, podía sentir que ese bulto que había crecido en su boca se estaba retorciendo, como un huevo, algo había roto su cascaron y comenzó a moverse dentro de ella al punto de sentir sus patas recorriéndola.