El fantasma carmesí 3
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-Buenos días.

-murmuró aún somnolienta, sintiéndose consumida por los sueños que tuvo-

-Buenos días, ¿Dormiste bien?

-Sí, soñé muchas cosas bonitas, y mi cuerpo se siente tibio, me agrada que me hicieras compañía.

-confesó, mostrándole una sonrisa, sin idea alguna de cuan cercanos se hacían sus cuerpos cuando dormían.

Arthur consideró que era algo muy extraño, sabía que su naturaleza era cada día más extraña, pero al interactuar con Hazel entendía que había muchas otras cosas que no entendía, porque entre los confusos pasillos de su mente había algo irreconocible, algo como el deseo de reproducirse-: ¿Tengo algo en la cara?

Apenas se había percatado de que se le había quedado mirando por un rato, el deseo se intensificaba cuando se miraban por mucho tiempo, incluso Hazel comenzó a sentirse acalorada, pero Arthur disipó esa idea al sacudirse la cabeza e intentar pensar con claridad más allá de ese extraño deseo instintivo.

“Recuerdo vagamente este sentimiento, lo experimenté con Cassandra cuando tuvimos nuestra primera vez, sus feromonas clamaban con el deseo carnal que compartimos, pero los humanos lo sienten ocasionalmente...

¿Por qué Hazel lo siente conmigo constantemente?”

supo que ella estaba en celo, como un animal en temporada de apareamiento, pero ni siquiera Hazel lo reconocía, la sensación dominaba su cuerpo por las noches, cuando la mente callaba y el instinto hablaba.

Arthur no quiso pensar en ella de esa manera, no quería dejar que lo sedujera con sus ilusiones… Al menos, así era la forma en que él pensaba, no quería aceptar la posibilidad de volver a ser feliz.

Sus días consistieron mayormente de Arthur enseñándole todo lo que él sabía: historia, geografía, un poco de cómo tratar con la vida silvestre, pero Hazel notaba que evitaba hablarle de sus sentimientos, nunca quiso mencionar quien era Cassandra ni por qué se había negado a buscar a Sullivan.

A pesar de sus reflexiones, de sus ansias por compartir el conocimiento como la dicha de la supervivencia y las experiencias, se negaba rotundamente a abrir su corazón a todos los demás, porque para él esa era una certeza de muerte, se aferraba tercamente a la idea de que saldría lastimado porque esa era su verdad.

El camino los llevó hasta un lago, era solitario, pero nada amargo, los ciervos y otras criaturas se acercaban para saciar su sed.

Arthur quería rodearlo, pero Hazel le robó el aliento al desvestirse sin vergüenza, invitándolo a nadar un rato y disfrutar del agua, no se trataba de un baño, solo quería gozar un momento de tranquilidad a su lado, un descanso de su larga caminata no requirió de mucho para convencerlo a nadar, revelando por primera vez todas las cicatrices de su cuerpo.

-Él dijo que me odiaba… -confesó cuando descansaban tras un rato nadando, no sentían vergüenza por su desnudez mientras yacían recostados en una de las tantas rocas del lago-.

Nunca fui su hijo biológico, creo que la necesidad de buscar un reemplazo a su familia muerta hizo que me viera como algo más que un arma, pero cuando se dio cuenta de todo lo que era capaz me llamó por lo que era: un monstruo.

-Sí, estuve allí cuando pasó.

-respondió, acurrucándose contra su pecho al bañarse, recordando cuando aún era una sustancia con vida presenciando cosas incomprensibles-.

Pero, no tiene mucho sentido que lo hiciera, por lo que me has contado, por todo lo que él te enseñó y compartieron, siento que no estás viendo el panorama completo, no estás pensando en el hombre, solo en las palabras.

Se preguntó a qué podría referirse, su necedad no le permitía ver el significado detrás de sus palabras, para ese momento incluso el instinto de sus cuerpos se callaba para dar paso a su reflexión.

-Creo que el problema es que a veces la mente nos engaña, nos dice que no somos suficientes, y creo que ya has escuchado estas palabras antes por la forma en que me miras.

-ella lo miró directamente, compartiendo el carmesí de sus ojos, para hacerle ver otra vez que no eran muy diferentes-.

Creo que a veces nos encerramos en lo que creemos, no aceptamos que a veces hay más de lo que podemos ver, solo tenemos que respirar profundo y ver todo lo que sucede, no solo lo que ha pasado.

-Es fácil decirlo…

-Sí, es cierto, es fácil decirlo, siempre es fácil hablar, por eso se requiere ser fuerte para entender que hay cosas que podemos cambiar, hay cosas que podemos aceptar.

Y yo creo que eres fuerte, porque hubo personas que te quisieron mucho, creo que no hay cosa más bonita que seguir siendo amado en este mundo.

Arthur suspiró e intentó mirar en otra dirección, pero ella sostuvo suavemente su mentón y besó su mejilla, revelando su rubor junto a una tierna sonrisa, solo para que al menos considerara lo que le había dicho sobre Sullivan.

No pudo discutir con su lógica, era cierto que las acciones no concordaban con las palabras, pero Arthur no podía olvidar como le hizo sentir todo lo que el hombre dijo, no podía dejar ir el dolor al que se aferraba y le hacía considerar que su odio era la única realidad.

Si su padre lo odiaba por haber nacido, entonces él ya no podía dejar de odiarse a sí mismo y a su existencia, se sentía maldito por estar ligado a un don tan cruel como lo era controlar la sangre de todos los seres vivos; el muchacho la abrazó gentilmente, y ella correspondió antes de disponerse a besar su mejilla en un gesto bastante tierno digno de la belleza que conservaba de una niñez inexistente.

“Los humanos no siempre actúan según lo que creen, y no siempre creen en lo que hacen, tal vez Sullivan tuvo otras intenciones al decir todo eso…”

pensó sin llegar a ninguna conclusión, tan solo disfrutando de la compañía de su nueva amiga, y del contacto con su cuerpo que despertaba el deseo mutuo que contenían.

Sus caminatas también consistían en descubrir los poderes de Hazel; ella podía intercalar entre su forma humana y la forma de la sustancia, podía deslizarse por cualquier superficie, entender a los animales, soportar los cambios de temperatura y tener la fuerza suficiente para levantar varias toneladas, no necesitaba alimentarse para subsistir, pero más allá de eso no tenía grandes dones como Arthur, solo una fracción de lo que él podía hacer… Aun así, ella nunca se sintió inferior en ningún aspecto, había heredado el amor por la vida que Arthur ya no expresaba tanto, y nunca le importó ser más que una chica feliz por tener la oportunidad de vivir.

“Padre, la vida es contradictoria, porque a pesar de lo que le dije a ella la verdad es que no puedo dejar de pensar en ti”

pensó cuando Hazel jugaba con los cervatillos o cuando escalaba los árboles, llamándolo gruñón al no unírsele, y solo conseguía que él le sonriera con serenidad, avanzando tranquilamente en contraste con la naturaleza entusiasta de la chica.

- ¿Alguna vez te has enamorado? -le cuestionó cuando se quedaron sentados en las ramas de un árbol, sin miedo a las alturas ni dudas en su equilibrio, acariciando a las ardillas que se les acercaba con la misma curiosidad que sentirían por sus semejantes-

- ¿A qué viene la pregunta?

-No lo sé, solo quiero saber qué se siente estar enamorada.

Arthur suspiró mientras dejaba que las ardillas anduvieran por su regazo, sus patas eran suaves al hacer contacto, le permitían sentir una paz arrulladora por la forma en que le confiaban sus vidas.

No quería compartir demasiado de su vida con Hazel porque cada vez que lo hacía se acercaba a reflexiones más profundas, forzándolo a enfrentar las cosas que hasta ese momento habían permanecido en la oscuridad de su memoria, cosas que por decisión propia preferiría seguir ignorando… Pero era inevitable que lo compartiera, pues no siempre tenía la oportunidad de compartir como se sentía.

-Sí, me enamoré una vez.

-confesó, mostrando el anillo en su dedo-.

Pero, eso fue hace tiempo, aún conservo su recuerdo, a pesar de que en el fondo me culpo por haberme involucrado en su vida… El amor y el dolor van de la mano, pero cuando el amor muere solo queda el dolor para recordar a esa persona, el amor es efímero para criaturas como nosotros.

Hazel admiró el pequeño rubí en el anillo, con un pequeño vistazo pudo tener acceso a algunas de las memorias que guardaba aquel objeto, las cosas preciosas de las que había sido testigo y que guardaba como una capsula del tiempo; la chica había visto un último baile, una conexión apasionada y un sinfín de buenos momentos que se condensaban en la forma de una humana que le había dado un sentido a la vida de su amigo, le había otorgado el milagro del amor.

Hazel sonrió a pesar de conocer su cruel destino, porque en el tiempo en que vivió le concedió más de lo que imaginaba.

-Creo que ella fue una chica con suerte, pudo lograr que te enamoraras, y a pesar del tiempo aún sueñas con ella.

-suspiró Hazel, como una chiquilla encantada por una historia romántica-.

Pero, no creo eso que dijiste del dolor, porque aún conservas el recuerdo de las cosas buenas, eso debe bastar para mantener vivo el amor que ustedes sintieron, además, nada de lo que pudo pasar fue tu culpa, Arthur, debes perdonarte a ti mismo para sanar y dejar de cargar con ese peso.

Una vez más, él guardó silencio mientras Hazel le daba algo en qué pensar, sanar no significaba olvidar; significaba aceptar el dolor de la pérdida en lugar de huir, agradecer por el tiempo compartido, apreciar lo que fue en lugar de preguntarse por lo que pudo ser, y avanzar hacia un nuevo mañana.

Aunque aún era demasiado joven para entenderlo, la chica de cabellera blanca le hacía ver que lo más importante siempre era invisible a los ojos, él tenía tantas cosas buenas, tantas virtudes y talentos… Pero él no podía verlo, era la única persona de la tierra que veía todos sus defectos y se juzgaba a sí mismo por ellos, quizás, si tan solo hubiera tenido un poco más de amor propio, podría haber entendido desde antes que el poder más grande era la capacidad de perdonarse a sí mismo.