El fantasma carmesí 2 #5
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Arthur no respondió, en su lugar se levantó con un movimiento mecánico bastante seco, y se quedó de rodillas devolviéndoles la mirada, no contestó.

-Tienes un lindo anillo, ¿Me lo prestas, amigo? -notó otro, rodeándolo lentamente, solo eran tres, pero les gustaba actuar como depredadores asechando una presa indefensa-

El anillo, que era su única posesión material, era el último recuerdo de su amada, lo protegía celosamente, en cuanto el chico lo mencionó él escondió la mano detrás de su espalda, vigilando a los tres invasores y las pistolas que enseñaron para amenazarlo.

Arthur se preguntó a cuantos inocentes habrían lastimado para robarles sus pertenencias, se cuestionó a qué justicia respondían como para seguir libres cometiendo esos crímenes… No le parecía justo que con todas las desdichas que ya se conocían al seguir con vida aún existiera esa clase de gente para cometer tales atrocidades, ¿Y para qué? Solo para obtener el dinero para sus vicios, sus dañinos vicios que los conducirían a perecer por enfermedades por las que luego lloraban y rezaban por salvación, esa era la clase de persona a la que él no le gustaba curar.

-No quiero lastimarlos.

-confesó, apartando la mirada-

-A este le gusta la pelea.

-respondió el tercero, colocando el cañón de la pistola contra su cabeza-.

Danos todo o te fusilamos aquí mismo.

Eso era una mentira, podía ver dentro de sus mentes que ellos ya le habían hecho la misma promesa a sus víctimas, pero siempre terminaban por matarlas y dejarlas en algún basurero donde no serían encontradas hasta que los cadáveres apestaran, ellos no eran ladrones, eran asesinos, habían jugado a ser verdugos de sus semejantes… Arthur no podía tolerar que personas así existieran, y lo peor era ver con claridad que ellos les habían hecho cosas malas a los niños, los pequeños que tuvieron el infortunio de cruzarse en su camino, y a las niñas les habían hecho cosas peores.

Pensó en Cassandra, en cómo sería si le hubieran hecho algo de eso a ella, su vida ya había estado cargada de sufrimiento, así como la de muchos otros, pero aun así existían personas como esos malvivientes que empeoraban todo.

En cuanto intentaron quitarle el anillo dejó de pensar como una persona normal y cedió a sus instintos, sus brazos se convirtieron en garras y sus colmillos crecieron, asustó a los ladrones con un poderoso zarpazo que les arrancó los dedos que portaban las pistolas.

Sabía que comenzarían a gritar y alertarían a los transeúntes, entonces desgarró sus gargantas, observando como comenzaban a ahogarse en su propia sangre; sangre dañada, llena de drogas y otros males, ni siquiera a Arthur se le antojaba beberla, lentamente pudo controlarse al punto de volver sus brazos y dientes a la normalidad, los humanos necesitaban de muy poco para ser superados.

Ellos estaban muriendo frente a él, los veía con total indiferencia con su único ojo carmesí, y en sus últimos momentos sentían un miedo olvidado, el mismo miedo que sentían en su infancia cuando se iban las luces en casa, el miedo al monstruo debajo de sus camas y a las cosas que escuchaban en los bosques durante la noche.

Y él supo que en sus últimos momentos se había convertido para ellos lo que Ruby era para Arthur, entonces el muchacho supo que no había valido la pena el deshacerse de su humanidad, aunque fuera por un instante, los humanos no lo valían.

Sin embargo, su lado más salvaje le insistió en quedarse allí a ver como la vida se desvanecía ante él, se quedó para presenciar los últimos momentos del trío de asesinos y ladrones.

Había crueldad en sus ojos, todo lo que sintió por ellos fue un vil desprecio como el que sentirían por sus enemigos, y se regocijo al ver dentro de sus mentes que el terror los invadió al punto de revivir sus peores errores; Arthur no solo los había matado, los había condenado a sentirse olvidados en la oscuridad de ese callejón, con la certeza de que incluso cuando descubrieran sus cadáveres nadie haría nada, porque a nadie le importaba… Y eso, le hizo sonreír de la misma manera que Ruby lo hacía.

Al final del día, vagando nuevamente por la ciudad mientras se sostenía de las manos, notó que el anillo tenía restos de sangre, no había dejado que se lo quitaran, pero en su lucha por conservarlo había terminado por profanar el recuerdo de su amada.

Pensó que no importaba lo que hiciera o las decisiones que tomara, seguiría dañando y profanando el amor que alguna vez conoció, viviría para destruir el recuerdo de todo aquello que alguna vez le hizo sentir bien; primero Sullivan, ahora lo último que quedaba de Cassandra.

Con todos sus grandes poderes seguía siendo víctima de sí mismo, de un modo u otro se habían cumplido las expectativas de Crane y los científicos: Arthur era el arma biológica perfecta.

“Creo que sí estaba destinado a ser un arma, desde que nací he lastimado a todos los que entran en contacto conmigo; todos se mueren al final, buenos y malos, pero yo no puedo morir, ¿Por qué estoy maldito?”

se preguntó a sí mismo, caminando entre la multitud, dejando atrás la escena de su cometido, un acto que no había sido producto de la justicia ni la rectitud… Solo había sido instintiva, impulsada por el odio y la sed de sangre, el deseo de actuar con violencia.

Esa noche regresó al bosque, era mejor que seguir en la ciudad a sabiendas de que todo se le hacía nefasto, asechando por las calles había otra clase de peligros, la multitud lo hacía sentirse más solitario, y esas luces lo encandilaban hasta hurgar en sus recuerdos.

En cuanto entró al bosque notó que había algo extraño colgando de los árboles, se parecía a una baba, una sustancia extraña que poseía un brillo tenue, pero yacía inmóvil entre las ramas, no había absolutamente nada de ella que le llamara la atención más que por un segundo; siguió adentrándose sin sospechar nada de la vil sustancia color rojizo, y exploró todo el bosque primaveral sin tener siquiera un pequeño rastro de la ciudad que se iba quedando atrás, solo lirios de la virgen lo rodeaban en esa parte del bosque, una cama de hierbajos y un cielo despejado.

No sabía cuánto tiempo pasaba en su vida, todo era confuso para él, los días transcurrían con tanta indiferencia como la noche lo hacía, Arthur no veía diferencia conforme los días se convertían en semanas, las semanas en meses… Y finalmente los meses en años.

El fantasma de Cassandra, aunque no era más que una proyección de su mente, se había recostado a su lado en la cama de hierbajos, ambos miraron a las estrellas de la misma manera en que habían observado el techo de su habitación mientras escuchaban música; se tomaban de las manos mientras las melodías que él aún recordaba a pesar del tiempo resonaban en el fondo, le había contado sus horribles experiencias en el laboratorio, y su cura era ofrecerle el amor que había escaseado en su vida otorgándole la felicidad de enamorarse de una chica y concederle el beneficio de consentir el deseo sexual… Con ella se sintió verdaderamente libre, que su opinión también importaba, que sus sentimientos importaban y que vivir valía la pena.

Pero ese sentimiento se había ido con ella a la tumba, y Sullivan dio el último clavo a la certeza de que no podría amar y nada importaba, al final todo se terminaba, todo llegaba a su final excepto la vida de un inmortal carmesí.

Con ese pensamiento en mente se fue a dormir, ignorando la fría caricia de la sustancia viscosa que lo había seguido, mientras se deslizaba hacia un sueño profundo donde las cosas que habían abordado su mente hasta ese momento se desvanecían, y en su lugar quedaron pensamientos más agradables.

En el sueño su cuerpo interpretaba las sensaciones de la sustancia como una envoltura fría, ella lo estaba consolando, brindándole sensaciones dulces que jamás había imaginado porque todo lo que había vivido hasta ese momento era sumamente terrible, y cualquier caricia lo reconfortaba.

Arthur soñó con estar entre unos brazos que le brindaban el calor que le había sido arrebatado, su boca recordó lo que era besar unos labios que lo deseaban, le hizo sentir que todo valía la pena a pesar de lo que había conocido, entonces amó el sueño y deseó nunca despertar para seguir viviendo entre las caricias que le hacían sentir que era amado.

Los fantasmas habían desaparecido, el dolor se marchitó, y solo quedó él vagando por la tierra en compañía de ese sentimiento que lo había inspirado a sentir amor una vez más, desafiando la amargura que Ruby había dejado en su cuerpo.

La voz del sueño le dijo que era importante y que nunca lo abandonaría, y así fue, ella componía todo un nuevo mundo que había considerado imposible hasta ese momento, tenía voz y forma, tenía la figura que él había amado, formaba parte de él de un modo que nunca habría imaginado; la conexión se hizo duradera, el nexo carmesí se intensificó convirtiendo al niño sin amor en todo su mundo, haciéndole sentir que nunca volvería a estar solo.

En cuanto despertó todo había cambiado, un nuevo amanecer lo envolvía, más cálido que los demás, y la naturaleza le dio una nueva razón para vivir en compañía de una aparición misteriosa; había flores, mariposas volando a su alrededor, motas de polvo que se revelaban gracias a la luz y una chica cuyos brazos envolvían a Arthur como un oso de peluche, brindándole su calor mientras ella seguía dormida, revelándose como la aparición extraña que le estuvo dando consuelo toda la noche.

Sin embargo, podía percibir que no era humana, tampoco era un merodeador, la naturaleza de su origen se le hizo un misterio indescifrable en ese instante, al principio creyó por instinto que se trataba de Ruby y estuvo a punto de lastimarla, pero se detuvo justo a tiempo para apreciar los detalles de su forma.