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Tal vez ella estaría pensando en él al mismo tiempo, no era descabellado dada su conexión, pero a Arthur le molestaba que aún la tuvieran a pesar de la distancia, tanto que para ese momento llegó a perder la concentración y por un momento esa señal que los conectaba se fortaleció.
“Extraño tu sabor, hermano mayor”
le susurró, y la claridad de su voz fue suficiente para despertarlo del trance en que el trauma lo había sumido, se abofeteó para despertar y sentarse mientras jadeaba, seguía demasiado aterrado por la posibilidad de ser atrapado que apenas podía pensar en su siguiente paso.
Aún recordaba cómo se sentían sus caricias, su toque deslizándose por su cuerpo mientras lo desvestía, ella había forzado todo lo que podía con él para aprovecharse y tomar lo que deseaba; no había noche en que no despertara sintiendo como se frotaba contra su carne, como lo mordía y rasguñaba sin piedad hasta hacerlo sangrar, era igual a una bestia apareándose con agresividad, marcando su territorio.
El muchacho lloraba, pero a ella no le importaba, era como si sus lágrimas solo avivaran la llamada de su deseo, y la araña seguía tomando posesión de su hermano mayor… Lo peor era saber que ni Sullivan ni Cassandra llegaron a saberlo, ese dolor se lo había guardado para sí mismo, no creía que nadie pudiera entenderlo, así como nadie podría hacer nada al respecto.
Se sentía sucio, y saber que esa niña malvada seguía buscándolo para forzarlo a hacer eso y otras cosas innombrables lo perturbaba, no quería volverse su zángano o su asesino… Arthur no pudo evitar llorar nuevamente ante la idea de que cada vez que se distanciara más de ella solo se estaba acercando, no quería siquiera considerar el pensamiento de que no había escapatoria.
La peor parte era que él intentó justificarla en algún momento, intentó creer que podrían llegar a un entendimiento y comenzar a tratarse como verdaderos hermanos, y ese era un deseo secreto que guardó en su corazón con mucho recelo, había anhelado tener con Ruby una cercanía saludable, pero lamentablemente había personas y criaturas a las que nunca les molestaría herir a los demás.
El espectro con la apariencia de su amada aún seguía presente, sentada a su lado para recordarle su culpa, su mente seguía dotándola con pensamientos y palabras que ella nunca pronunciaría, y al recordar brevemente los actos nefastos que Ruby había cometido con él no pudo evitar ver al espectro con mucha vergüenza, no se sentía digno de haber recibido algo de Cassandra alguna vez.
Sumamente confundido de su condición como víctima, no sabía que no era correcto sentirse culpable por lo sucedido, y en su confusión que perduraría por mucho tiempo simplemente decidió desviar la mirada, acosado por el espectro que él mismo creaba, y se marchó solitariamente para abandonar el bosque mientras la noche avanzaba.
“Sé que debe haber alguna manera de hacer que me perdones”
le susurró a la sombra de su amada, marchando por su propio sendero ahora solitario bajo la noche, sin la compañía de sus amigos, ni siquiera la de los monstruos que lo asechaban, lo único que lo acompañaba era aquel silencioso sentimiento de culpa que acabaría por romperle el corazón que nunca tuvo.
Las ciudades eran diferentes durante el día, las luces de neón yacían apagadas, el bullicio del tráfico reemplazaba las discotecas, muchas calles estaban infestadas por hombres y mujeres caminando con bastante prisa en dirección a sus trabajos, y los comerciantes informales seguían ofreciendo sus productos con tanta habilidad del habla que muchos estaban casi forzados a aceptarlos y comprarlos; todos vivían con prisa, el tiempo parecía ralentizarse en su burbuja mientras todo eso sucedía a la vez, y entre las masas Arthur se sentía sumamente perdido, caminaba de un lado a otro, chocaba contra la gente, se sentía ahogado por la muchedumbre que ni siquiera lo notaba andando entre ellos porque todos estaban demasiado enfocados en sus propios asuntos.
Era fácil dejar de existir a plena luz del día tanto como en la oscuridad, Arthur podía entender por qué los niños se alejaban de sus padres y eran raptados en medio de la multitud: a nadie le importaba, nadie se interesaba lo suficiente, estaban tan absortos en sus propias vidas monótonas carentes de sentido que ni siquiera importaba si había un niño huyendo de unos depredadores, y eso no era más que un día cualquiera en las grandes ciudades humanas, él era testigo de la forma en que iría empeorando con el paso de los años.
Seguía sin saber a dónde se dirigía, haber ido a la ciudad durante el día fue más para evadir a los merodeadores que solo salían en su búsqueda bajo la luz, la noche era el único momento seguro para regresar al bosque… Pero comenzaba a arrepentirse de esa decisión al conocer lo intensa, rápida y ruidosa que era la ciudad.
En las aceras lo empujaban, en las banquetas le gritaban porque se quedaba mucho tiempo, y en los pasos peatonales lo dejaban atrás cuando el semáforo estaba en verde o lo dejaban caminar cuando estaba en rojo, completamente ignorante de todas las normas básicas para sobrevivir en las calles.
- ¡Quítate del camino, mocoso! -vociferaban los conductores sin paciencia alguna, conduciendo a toda velocidad-
Sin entender lo que sucedía, Arthur avanzó por la calle mientras los vehículos transitaban, amenazando con arrollarlo, dejando atrás esa estela de humo blanco, volviéndose objeto de interés para los transeúntes que lo miraban desde ambas direcciones intrigados por ese muchacho que se movía durante la luz roja.
Pensaban que se trataba de algún espectáculo, y de ser el caso debía ser el mejor de todos por la forma en que esquivaba los coches saltando sobre ellos, domando grandes distancias, saltando varios metros y aterrizando sin problemas para luego deslizarse por debajo de los grandes camiones sin resultar herido en absoluto, en las ciudades siempre había algún lunático talentoso por lo que no era de extrañar que él fuera uno de ellos.
Tras haber llegado al otro lado dejó salir un largo suspiro de alivio, la gran ciudad era demasiado para él, pero al menos le ayudaba a espantar a los merodeadores, deseaba poder decir lo mismo de Ruby, siempre sentía la misma mirada desde el cielo presionándolo, o tal vez fueran los ángeles asechándolo, pero en realidad no era nada de eso; los helicópteros eran como moscas gigantes, ruidosas y asechadoras, propagando su malicia sobre la ciudad como un basurero listo para devorarlos a todos, sentía que lo perseguían y el pánico se apoderó de él hasta correr por los callejones, los espacios solitarios eran más agradables para él.
-Esta ciudad no se parece en nada a la que el señor Sullivan me llevó… -confesó para sí mismo, recordando cuando paseaban por esa capital, viendo todo con una diferencia indescriptible, o probablemente nada era diferente, tal vez existía la posibilidad de que él hubiera ignorado todos esos elementos porque tenía a su padre al lado-…Creo que es diferente vivir solo, ¿Como lo hacen los humanos?
Se cuestionó, y en lugar de salir del callejón se recostó en el suelo y miró al cielo, era muy pequeño en un país extraño, rodeado de gente extraña y cosas que no entendía, ciego de un ojo y lleno de cicatrices, sin que nadie pudiera interesarse en él, estaba físicamente lejos del laboratorio, pero mentalmente se sentía atrapado dentro de esas cuatro paredes blancas, seguía siendo la rata con la que los científicos experimentaban; el muchacho alzó la mano para intentar apartar esas visiones, pero solo se hacían más vívidas, era como regresar a la camilla donde las jeringas se incrustaban en su carne, donde las sierras cortaban sus extremidades y el fuego lo quemaba hasta los huesos.
Arthur se sintió perdido, siempre que curaba a alguien podía ver que los recuerdos se escondían en puertas cerradas a las que ellos podían acceder siempre que quisieran, pero para él era diferente, todas esas puertas permanecían abiertas, los recuerdos se asomaban sin su consentimiento concediéndole la amargura de revivir las partes más dolorosas de su vida.
El espectro de Cassandra le hacía compañía recostando su cabeza ensangrentada sobre su hombro, como acentuando el dolor de esos pasajes, pensó que ser un monstruo sin corazón, como los científicos que lo crearon o su propia hermana, debía ser una manera mucho más fácil de vivir porque así no sentían lo mismo que él.
En uno de los tantos experimentos antes de la llegada de Ruby lo habían puesto en una habitación, habían diseñado un aparato que les permitía controlar la temperatura de un espacio cerrado a niveles inhumanos, pero a diferencia de la caldera ese cuarto se usaba principalmente para temperaturas gélidas.
El día más frío de la historia se registró el 12 de julio de 1983 en la estación soviética Vostok, en la Antártida, con una temperatura de menos de 89 grados Celsius, pero cuando lo encerraron en el cuarto helado en las instalaciones de Genexis Sciences él experimento una temperatura menor a 100 grados Celsius que iba descendiendo hasta romperle los huesos, dejándolo como un cadáver con la piel azul y hielo creciendo en sus facciones.
Arthur lo recordaba porque desde entonces nunca había vuelto a sentir calor, la amargura del dolor se había quedado impregnada en su cuerpo, y desde ese momento entendió que podía controlar su propia temperatura… La clave para obtener las habilidades que dominaba en el presente estaba detrás del sufrimiento, todo lo que sabía lo había aprendido del dolor porque para eso fue diseñado, para soportar las penurias que ningún otro ser vivo podía soportar.
Cuando consideró la posibilidad de quedarse dormido en el callejón, porque a veces la mente se cansaba de tanto pensar y tanto existir, fue emboscado por un grupo de humanos mal vestidos, tenían claras intenciones de lastimarlo y podía leer sus pensamientos: querían asaltarlo.
-Oye, hermano, ¿Tienes la hora? -le cuestionó el primero-