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Habían disfrutado de su cena, Arthur solo comía frutas y verduras porque no se imaginaba a sí mismo devorando a otro ser vivo, mientras que el zorro seguía con su dieta ordinaria, respetando el ciclo natural en que solo comía lo necesario.
Después de un largo día descansaban frente a una fogata, las flores que crecían en la primavera eran las más hermosas de todas, era como un nuevo comienzo para la vida en la tierra, contemplaban todo lo que había a su alrededor bajo la claridad de la luna llena que se reflejaba en el lago donde los críptidos nadaban plácidamente, sin temor alguno por la presencia de Arthur porque era tan gentil como un niño sin malicia… Y él estaba demasiado herido como para siquiera tener interés en entablar alguna conversación con esas criaturas, su único interés era que el zorro estuviera bien con irse sin tener que pagar su deuda imposible.
- ¿Por qué estás tan callado? No es propio de ti.
-confesó Arthur, soltando un leve suspiro-
-Es que a veces siento que no tengo nada interesante que decir.
-confesó el zorro, bajando las orejas mientras yacía recostado sobre su regazo, parecía triste y en parte decepcionado-
Arthur lo envolvió suavemente con sus brazos, sostuvo su hocico con gentileza e hizo que lo mirara a los ojos.
-Eso no es cierto… Siempre dices cosas amables, eso es muy interesante.
Eres tan importante como todos, al menos, lo eres para mí; y ha sido así desde que nos conocimos.
Los ojos de su amigo se iluminaban con gratitud por todo lo que salía de él, tal y como había pensado desde un principio, Arthur era gentil y bondadoso, en su corazón había espacio para esa amabilidad que siempre escaseaba en los humanos, parecía que él era el único que poseía el sentimiento que muchos olvidaban.
Lo amaba solo por hacerle compañía, por ser lo que era sin esperar nada a cambio, y él también lo amaba por haberle permitido estar a su lado todo ese tiempo, sin necesidad de saber su nombre ni su origen, solo con conocerlo había sido suficiente para que deseara estar siempre junto a él… Aunque en el fondo ambos sabían que eso era imposible.
“Pero no importará cuando tengamos que alejarnos, lo que importa es que antes de eso pasamos mucho tiempo juntos”
pensó Arthur, dedicándole ese pensamiento con la esperanza de que volvería a encontrarlo algún día.
Al amanecer del nuevo día el sol irradiaba con una belleza incalculable, el lago ahora brillaba como un prisma, en su interior se revelaban rocas preciosas, algunos ciervos y liebres se acercaron para beber, el zorro también lo hizo mientras Arthur permanecía sentado y admiraba a las criaturas que en rededor disfrutaron de un momento de calma.
Al verlo así, tantas especies reunidas con el único deseo de saciar la sed, no podía comprender por qué Ruby quería purgar la tierra y sus habitantes, sabía que su sed de sangre no se detendría con los humanos, ella iría por todos los seres vivos, pero no podía entender ¿Por qué alguien le haría daño a este mundo? Se cuestionaba, con todo lo que había allí entendía cuan importantes eran todos… y cuan especiales eran cuando sentía amor por ellos.
En cierto momento notó que su amigo zorro estaba cerca de la orilla en compañía de una hembra, el zorro había encontrado una compañera de su propia especie, su cola era más esponjada y su color más oscuro, ambos habían captado el interés del otro y Arthur podía percibir sus corazones latiendo con un mismo anhelo.
Eran zorros adultos, ninguno tenía pareja, y se hallaron por mera casualidad, pero permanecieron juntos por elección propia… Sabía lo que eso significaba, y se sintió muy feliz por su amigo, incluso cuando se alejó de la hembra para regresar con él, pero reconocía que ya había encontrado su propio lugar en el mundo.
-Veo que hiciste una amiga.
-comentó con una sonrisa agridulce-
-Eso parece… Pero ya me despediré de ella, tú y yo aún tenemos que seguir adelante, ¿Verdad? -respondió el zorro, regresando a su lado, pero notó que había algo raro en el chico porque no caminaba, en su lugar miraba dubitativamente entre él y la hembra que captaba su interés-
Arthur asintió suavemente, mostrando una sonrisa agridulce, pero completamente consciente de que eso era lo mejor.
-Sí, seguir juntos hasta que puedas hacer algo para pagar tu deuda por haber salvado tu vida.
-repitió el muchacho, acariciando el mentón de su amigo-.
Pero, creo que no te has dado cuenta de que ya me has pagado esa deuda.
El zorro lo miró, confundido y perdido en su hermoso ojo carmesí.
-Yo no he tenido muchos amigos en mi vida, y los pocos que tuve ya los he perdido, pero tú te quedaste, nunca dudaste y me amaste.
Me diste más de lo que he podido pedir en los últimos meses, me diste tu compañía y un nuevo significado a mi felicidad.
-dicho eso él se llevó una mano para acariciar su rostro, la cicatriz que surcaba su frente, pasaba por su ojo y acababa en su mentón era un recuerdo que dolía-. Y aunque me siento incompleto tú me hiciste sentir que aún puedo ser amado.
-No lo digas así.
-objetó el zorro, inclinando las orejas-.
Hemos recorrido bastante juntos, ¿Por qué quieres que nos despidamos ahora?
Arthur no quería verlo como una despedida en absoluto, él tomó a su amigo entre sus brazos y lo acarició mientras se concentraba en recordar por siempre como se sentía ser querido por alguien.
-No, no me estoy despidiendo, porque eso significa que nunca volvería a pensar en ti… Tú siempre estarás en mis pensamientos, pero también mereces vivir tu propia vida, no me debes nada.
-su sonrisa agridulce se acentuó, producto de la experiencia y de todo lo que había vivido-.
Yo siempre te voy a amar.
-Yo siempre te voy a amar también, amigo.
-confesó el zorro, dejando escapar sus lágrimas sobre su hombro-.
Algún día todos susurrarán rumores de un chico carmesí, con un rostro dañado y una sonrisa agridulce, muchos pensarán que no son más que historias tontas para asustar a los cachorros… Pero yo sabré la verdad, yo sabré que tú existes, y yo seré feliz porque llegaste a este mundo, prométeme que pensarás en mí.
Arthur asintió, le dijo que él también era especial, no porque tuviera dones o porque pudiera hablar, sino porque era su amigo, era especial porque decidió que así era, y nadie podría quitarle ese regalo, ni siquiera su propia hermana; para Arthur, él sería un zorro único en el mundo, y así fue como él volvió a tener un amigo, así fue como tuvo que aprender a dejarlo ir.
-Lo prometo.
Pero se alegró con haber tenido la oportunidad de despedirse, solo entonces entró en razón que esa había sido la única ocasión en que pudo decirle esas palabras a un amigo, hasta ese momento todos los que conocía habían muerto o le habían jurado odio eterno; el zorro, así como los turpiales, fueron los únicos que siguieron amándolo incluso cuando sus caminos los separaron, e incluso en la distancia seguían pensando uno en el otro.
Naturalmente, el zorro conseguiría una pareja, tendría cachorros, viviría su vida como cualquier otro zorro, pero sería único porque Arthur siempre lo tendría presente en su pensamiento.
Vio a su amigo partir al lago, socializar con la hembra que había conocido y conversar con otros animales, pero siempre miraba hacia atrás para hallar a ese muchacho de rostro dañado, deseándole bienestar y una vida feliz, jamás dejaría de mirar hacia atrás con la esperanza de volver a encontrarse, porque, después todo ¿Como podrían saber lo que ocurriría el día de mañana? Guardaron la esperanza de volver a verse algún día.
“Recuerda que tú siempre serás importante para mí”
dejó grabado el pensamiento cuando su amigo partió al bosque, y Arthur sonreía por él, mirando en derredor que todos los animales regresaron a sus madrigueras para estar con sus familias, todos volvieron con sus semejantes excepto por él, porque no había nadie igual a él.
Y así, tomaron caminos diferentes, los amigos que se encontraron por casualidad y se despidieron por elección propia.
Se sentía solo, había caminado bastante, el sendero se sentía mucho más largo de lo normal, pero ya conocía el sentimiento muy bien, no le preocupaba en absoluto seguir viviendo aquellos días con la frustración de saber que no importaban los cambios, él siempre volvería al punto de origen que era la amarga soledad que lo había definido desde el día de su concepción.
Transcurrido el día, y renovada la tristeza cuando la noche cayó, Arthur se encontró con muchas cosas extrañas que antes habían pasado desapercibidas, cosas abominables como las criaturas pálidas que lo asechaban muy de cerca, pero nunca daban con él; eran las mismas bestias que habían observado su pelea de cerca con Ruby, eran las criaturas sin vello, pálidas, de rostros desencajados y garras alargadas… Esos monstruos convertían el terror de los hombres en realidad, y obedecían a una misma reina que deseaba recuperarlo, podía entender las intenciones de esas criaturas porque también estaba conectado a ellas, aunque despreciaba que lo estuviera porque significaba que en algún lugar Ruby seguía buscándolo.
No obstante, nunca daban con él, los sonidos del bosque camuflaban sus pasos, su existencia era pasajera en el mundo onírico en el que se convertían todos los bosques cuando la noche se arrastraba sobre el firmamento.
Los monstruos rugieron para mostrar su frustración, la noche proclamó al mundo y Arthur, una vez más, quedó a solas en la oscuridad, con la certeza de que Ruby nunca se detendría hasta hallarlo.
Empalideció ante el pensamiento, comenzó a correr para alejarse de la zona donde había visto a los monstruos, y cuando supo que estaba lo suficientemente lejos de su alcance se permitió entrar en pánico, comenzó a hiperventilar y a temblar; el recuerdo de su voz resonaba en su mente, las caricias que se convertían en toques perversos, y los gemidos contra su oreja que lo despertaban a medianoche, todo eso y más se intensificó en su mente cuando pensaba en su hermana.