2 #2
El zorro podía notar el paso del tiempo en las pequeñas aves que Arthur cuidaba con tanto esmero, dándoles la comida y el calor que su madre debería haberles dado, mientras él se alimentaba, pero el muchacho no lo hacía porque no lo necesitaba, aunque su expresión siempre le hacía pensar que quizás a él le gustaba comer… Algo que parecía negarse a aceptar, por la forma en que los miraba y disfrutaba de alimentarlos, era que en algún momento los pájaros ya tendrían que volar en algún momento y harían su vida.
Estaba tan alegre con la idea de tener tres compañeros de viaje que no parecía aceptar que, a diferencia de él, las aves debían volver a su lugar de origen, debían ir donde pertenecían naturalmente, no importaba que tan lejos caminara ellas regresarían su hábitat.
El zorro nunca se lo dijo en voz alta porque temía que pudiera romperle el corazón, pero cuando el momento llegara, y no faltaría mucho para ello, le dolería en el alma tener que aprender a decir adiós incluso si no estaba listo; pero él lo ignoró, eso podía esperar, si pensaba demasiado en lo que sucedería no podría disfrutar de lo que ya estaba sucediendo… Su amigo jugaba con los polluelos, ellos reían y le pedían hacer más formas divertidas con las sombras de sus manos, entreteniéndolos mientras la noche arribaba y el fuego de la hoguera los calentaba.
Él se inclinó a un lado de los polluelos y también carcajeó cuando Arthur hizo varias sombras con sus manos, mostrando sus habilidades para hacer un águila, un conejo y un dinosaurio, y sus espectadores se divertían mucho con sus interpretaciones; se esforzaba tanto por hacerlos felices que sus sonrisas terminaban por contagiarlo, y se sintió completo cuando pudieron descansar, dejándolo a solas en la oscuridad de la noche, pero con el sentimiento de haber hecho algo bien, así sus sueños no lo atormentarían tanto como siempre lo hacían.
Un día menos esperado los polluelos se convirtieron en pájaros adultos, los hermosos turpiales, de cabeza y alas negras como la noche, cuerpos amarillos como el sol, ya estaban listos para aprender a volar.
El nido ya les quedaba muy pequeño, cabían en la palma de su mano, estaban listos para irse, pero aún no podían, nunca habían aprendido a volar; el zorro sabía que ese día llegaría, y Arthur estaba en negación, pero al ver a las aves reposando en sus palmas, tras más de un mes de cuidado y compañía, ellos ya no lo necesitaban como antes, los polluelos ya no existían, debían explorar el mundo por sí mismos, no podía forzarlos a quedarse aunque su lado más egoísta le decía que lo hiciera porque se lo debían… Pero eso no era correcto, debía aprender cuando decir adiós a los que amaba.
-Amigo… -lo llamó el zorro, acercándose con sus orejas caídas, sintiendo pesar por él-
-Espera.
-lo detuvo Arthur antes de que pudiera decir cualquier cosa, los turpiales, ya adultos, querían hablarle una última vez-.
Quieren decirnos algo.
El zorro desvió la mirada hacia las aves, en otro tiempo no los habría visto como iguales, en otro tiempo no habrían sido más que alimento para su especie u otros depredadores, pero el muchacho con habilidades extraordinarias se había convertido en un puente para entenderse mutuamente, gracias a él podía empatizar con ellos y verlos con otros ojos, no significaba que hubiera alterado el ciclo natural de los seres vivos, pero sí que podía pensar en cuán importante era la vida para todos.
-Sobrevivimos gracias a ustedes.
-habló el hermano mayor entre las aves-.
No estaríamos aquí si no nos hubieran acogido.
-Era lo menos que podíamos hacer.
-confesó Arthur, acariciando su cabeza emplumada-.
Un amigo me dijo que nuestro verdadero poder es actuar cuando tenemos la oportunidad de hacerlo, y yo decidí ayudarlos.
-Y por eso eres una buena persona.
-agregó la segunda ave, dedicándole un pequeño canto-
Eran aves hermosas, con cabezas y alas negras, con un cuerpo y ojos amarillos como el amanecer de un nuevo día, trayendo esperanza en sus corazones al pensar en la idea de que todos estaban conectados; Arthur era la prueba viviente de que todos los seres afectaban de un modo u otro a los demás, para él, la luz que irradiaban era tan semejantes entre sí, pertenecían a un mismo núcleo, y le parecía tan hermoso que le costaba no amarlos solo por ser lo que eran, porque para él eran únicos en todo el universo.
-Ya son adultos, hemos pasado tantos días juntos que es imposible no sentir que una parte de nosotros se va con ustedes.
-el zorro sonaba más melancólico de lo normal al dirigirse a las aves, las cuales no lo veían como un depredador, sino como un amigo-
-Pero otra parte se queda para siempre.
-contestó el turpial, mostrándose feliz por pensar de esa manera-.
Lo que sentimos jamás desaparecerá, ustedes lo saben, es lo único que durará por siempre.
Arthur dejó salir sus lágrimas por su único ojo, a ninguno le extrañaba ni le repugnaba que al llorar derramara sangre, esa era su naturaleza y ellos lo aceptaban, era lo único que importaba; cuando Arthur les transmitió el conocimiento ellos aprendieron a volar, desplegaron sus alas y revolotearon a su alrededor antes de posar nuevamente sus manos, dispuestos a pasar un minuto más para darles otra memoria con la cual abrazarlos incluso en la distancia.
El zorro se sentó, recostó la cabeza en su regazo y observó a las aves para admirarlas junto a su amigo, pensó en cuan hermosas eran para lucir de esa manera, cuan grandes y majestuosas habían crecido, eran diferentes a esos polluelos que habían perdido a su madre porque Arthur decidió actuar y mostrarles bondad.
-Prométanme que recordarán esto: ustedes son amados, y siempre que yo exista habrá alguien en este mundo que se alegrará muchísimo porque ustedes nacieron y sobrevivieron.
-confesó Arthur, disipando sus lágrimas para mostrar su sonrisa, besando tiernamente las cabezas de sus amigos-.
Ustedes siempre estarán en mi corazón.
Los hermanos asintieron, y como si hubiesen estado destinados a encontrarse, ellos presionaron sus cabezas contra la suya, era lo que entre los animales era considerado un abrazo sincero, y el zorro se les unió porque él también estuvo allí desde el principio; a pesar de las diferencias por dentro todos eran iguales, y Arthur les hizo saber que no importaba la distancia ellos siempre lo tendrían, alguien que amaba a las criaturas por el simple hecho de existir, ese era el milagro más grande de todos, y lo que venía después era una serie de instantes en los que una decisión podía cambiarlo todo… Y Arthur había decidido amarlos.
Cuando ellos emprendieron el vuelo hacia el cielo, libres y felices, Arthur pudo sentir que su madre, quien había fallecido en sus manos y le había rogado cuidarlos, podía finalmente descansar tras ver su promesa cumplida, pero ella nunca los abandonó; algo que nunca le dijo ni siquiera al zorro era que en todo su camino, junto al espectro con la forma de su amada, podía ver el espectro del ave que volaba junto a sus polluelos, los había acompañado en todo momento porque quería estar segura de que sus bebés estarían bien, y cuando se marcharon ella lo hizo con ellos porque jamás dejaría de cuidarlos.
“Así se siente dejar ir a alguien que amas, se siente tan agridulce al saber que estarán bien, pero ya no estarán conmigo”
pensó el muchacho, alzando su mano hasta el sol donde sus amigos se desvanecieron, y les deseó la mejor suerte para vivir, sabía que podrían superar las adversidades, pero aun así jamás dejaría de velar por ellos.
-Estarán bien, hiciste todo lo que pudiste por ellos, y resultaron bien.
-confesó el zorro para animar a su amigo, sacudiendo su cola-
-Lo sé, pero no puedo dejar de preocuparme.
-dicho eso, él se inclinó y le ofreció subirse a sus hombros para llevarlo-.
Tanto como lo hago por ti.
-No hace falta que te preocupes por mí.
“Pero nunca sabemos cuánto tiempo tenemos”
pensó Arthur, porque lo malo de amar era no saber cuándo podría irse esa persona que tanto quería, no sabía cuánto tenían antes de que uno de los dos tuviera que marcharse para siempre.
Las aves volaron lejos porque era su naturaleza, necesitaban desprenderse y recorrer el mundo por sí mismas, eso era para lo que él las había preparado, pero al momento de despedirse el dolor llegó como si nunca lo hubiera conocido, y el zorro tendría que irse algún día; esa era la condición de aceptar la compañía de otros, significaba correr el riesgo de la soledad.
Mucho había pasado, durmieron en cuevas, exploraron el bosque sin rastro de las personas, acosados por fantasmas que solo Arthur podía ver, observando muchos ciervos transitando, descubriendo que había seres extraños cuando la noche caía, pero eran demasiado temerosos para dejarse ver por las personas, algunas de esas criaturas aún eran críptidos y otras ni siquiera se sabía de su existencia; al chico no le importó fotografiarlas ni documentarlas, a diferencia de lo que cualquier humano corriente intentaría hacer, porque para él ya era suficiente con verlos para saber que existían, podía percibir el aura que las rodeaba y sabía perfectamente que vivirían largas y placidas vidas.
Al zorro le gustaba acompañarlo, pero poco a poco entendía que jamás podría saldar su deuda, el muchacho raramente corría peligro, no podía salir herido y no tenía miedo de nada que no fuera su propio pasado; comprendió que nunca podría hacer algo para pagarle por su ayuda, y en cuanto comenzó a sentirse de esa manera Arthur leyó sus pensamientos brevemente, no quería que se sintiera atado a él en ningún momento, le dedicó una sonrisa mientras la noche caía y descansaron a las orillas de un lago que reflejaba perfectamente la luna.
El día había sido tranquilo como siempre, reflexionaron sobre su destino, todo era incierto porque ni el mismo Arthur sabía a dónde quería ir, siempre que fuera cada vez más lejos del laboratorio que lo vio nacer y de las figuras que lo componían, para él eso era lo único que le daría sentido a esa larga caminata.