El fantasma carmesí 2
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Dicho eso llevó una mano a su vientre para acariciarlo, sintiendo la vida que crecía en su interior, deseosa de conocerlo para implantar sus pensamientos y unirlo a su causa, quería tanto que su hermano mayor estuviera presente, después de todo, un bebé necesitaba un padre a su lado.

“Aún no puedo dejarlos, ellos me necesitan, necesitan de un amigo”

aunque tenía buenas intenciones también tenía muchas dudas, no sabía lo que estaba haciendo, haber tomado a los turpiales del nido parecía mejor cuando no consideraba el futuro; eso era algo que realmente parecía funcionar, dejar de pensar por un momento en las consecuencias de sus actos hacía que fuera mucho más fácil cometerlos, no era más que otra forma de escapismo.

En otro lugar, en un bosque nevado, Arthur se hallaba alimentando a los polluelos, gusanos molidos para sus pequeños picos en desarrollo y un abrazo gentil para darles calor, no se había puesto a pensar en lo que necesitaban a pesar de las advertencias del zorro, pero ya no tenía sentido retractarse pues ya los tenía en su regazo.

El zorro seguía haciéndole compañía como había prometido, no se iría hasta que no pudiera devolverle el favor o hasta que estuviera seguro de que Arthur estaría a salvo, pues a pesar de las habilidades del muchacho seguía siendo un niño inseguro y fácil de lastimar, seguía siendo capaz de amarse a sí mismo.

Un día caminaron por debajo de la lluvia, con los polluelos en ambas manos, hallaron refugio en una pequeña cueva donde la humedad provocaba que las gotas cayeran de las estalactitas.

Empapados, con frío, pero sumamente tranquilos, Arthur colocó a los turpiales debajo de su gorro, dormirían bastante cómodos en cuanto él elevó un poco su temperatura corporal, lo suficiente para que pudieran descansar; luego observó a su amigo zorro sacudirse el agua de encima, en cuanto se detuvo su pelaje quedó esponjado, lo que lo había convertido en una bola esponjosa de ternura para Arthur quien no pudo evitar abrazarlo como a un peluche.

- ¡Eres tan adorable! -exclamó, frotando su mejilla contra su cabecita-

-Oye, me vas a dañar el pelaje si no me dejas acicalarme.

-confesó su amigo antes de lamerle su mejilla-.

Aunque lo agradezco, soy bastante adorable, ¿Verdad que sí?

Una vez sentado a su lado, y tras haberse secado, el zorro contempló el exterior, el chico a su lado admiraba la lluvia con gran fascinación porque caía con calma como una especie de anuncio sobre la primavera, la nieve ya se había desvanecido para ese punto y solo quedaba un bosque verde plagado de flores hermosas con todos los colores que un niño como él podría conocer.

Poco después las estalactitas comenzaron a desprender las mismas gotas por la humedad de la cueva, la primera de ellas cayendo directamente en la nariz del zorro, provocando que se sacudiera espantado por el impacto de esta; Arthur soltó una leve carcajada por su amigo, y poco después los turpiales asomaron sus cabecitas para mirar lo que sucedía, riendo junto a él cuando una segunda gota impactó en la cabeza del zorro, y a él también le pareció bastante hilarante.

Aunque no lo parecía, Arthur se sentía muy tranquilo con ellos, era un momento de calma sumamente extraño para la clase de vida que tenía en los últimos tiempos, y para él eso era suficiente para mostrar su sonrisa más sincera junto a aquellos que nunca lo abandonarían.

Posteriormente inclinó la cabeza hacia atrás para intentar atrapar con su boca las gotas que caían, acción que le pareció muy cómica al zorro y lo imitó, recostándose boca arriba para atraparlas, provocando que los polluelos silbaran con gracia por ello, admirando ese preciso instante, agradeciendo por tener la compañía de Arthur y el zorro como la única familia que conocían.

Para el muchacho eso era suficiente para ser feliz: un poco de comida como frutas o verduras, caminatas que parecían no tener fin dentro del bosque primaveral y la compañía de sus únicos amigos, aunque el dolor seguía presente por lo menos podía tener instantes de tranquilidad donde el pensamiento quedaba en segundo plano y ya no volvía a tener esas pesadillas… Solo un instante, eso era lo que hacía falta para que Arthur ya no sintiera el peso de sus propios pasos.

“Cuando la noche cayó, me sentí bien… Ni feliz o triste, solo bien, y a veces eso es todo lo que necesito para sentir que no me quiero morir”

los pensamientos iban y venían, pero esa era la única constante, la única cosa que perduraba en su alma llena de cambios, aunque era algo triste de poseer, a Arthur le gustaba saber que había algo que nunca cambiaba a diferencia del mundo o de sí mismo, descubrió que no le gustaban porque significaba que algún día todo sería diferente… Pero él seguiría siendo el mismo de siempre, por dentro y por fuera.

El zorro aún no dormía, con los grillos haciendo sonidos fuera de la cueva, y al moverse sobre sí mismo notó que Arthur tampoco lo hacía mientras sostenía a los turpiales en sus manos para calentarlos, ellos eran los únicos que descansaban plácidamente.

- ¿No puedes dormir? -cuestionó el zorro, acercándose a su mano-

-Es que no me gustan mis sueños… -confesó el chico, acariciando la cabeza de su amigo-

-Entiendo, a mí tampoco me gustan los míos, a veces sueño con los cazadores, sueño que me lastiman.

Arthur soltó una pequeña carcajada agridulce, no era una burla por su amigo, sino un sentimiento de pena por sí mismo, pensó que la idea de ser lastimado era algo que todos los seres compartían, incluso los animales, era como un entendimiento universal, no había forma en que alguien pudiera existir sin sufrir de alguna manera; él había pasado por ese sentimiento en múltiples ocasiones y en distintas formas, porque el sufrimiento no se limitaba a lo físico… Pero desde hacía algún tiempo había descubierto una forma bastante particular de ser lastimado.

-Los míos son un poco diferentes… -agregó el chico, suspirando mientras miraba a las estalactitas y sentía la tentación de probar suerte para morir-

- ¿Como?

-En los míos yo soy el que lastima a otros.

Para Arthur, saber que había sido el verdugo de los Fiore era suficiente para sufrir, el recuerdo convertía las heridas en algo mucho más profundo, a pesar del tiempo esa llaga seguía palpitando y sangrando en su corazón, había cosas que no se atrevía a mencionar cuando pensaba en ese momento, como que aún podía escuchar las suplicas de Cassandra o el sabor de su cuerpo dentro de su paladar… El muchacho seguía sin poder dormir al recordar que había asesinado a su amada, que el anillo de compromiso en su dedo se había manchado con el carmesí de su sangre después de haberse jurado amor eterno, ¿Qué clase de monstruo era para haber hecho lo que hizo? Él siempre olvidaba que Ruby había tomado control de su cuerpo, porque se culpaba a sí mismo al punto de olvidar todos los factores de ese momento.

El zorro pudo percibir su tristeza, aunque seguía sin conocer la razón y sentía que estaba mejor sin hacerlo, y se deslizó hasta descansar en el pecho de su amigo, justo a un lado de sus manos envolviendo a los turpiales.

El chico le regresó la mirada, se sentía como un gigante porque esas tres criaturas eran pequeñas comparadas con él, pero ya había aprendido que no importaba el tamaño de sus músculos, sino el tamaño de su corazón para soportar las adversidades que lo habían conducido hasta ese punto en que una cueva era más reconfortante que cualquier lugar en el mundo.

-No somos nuestros errores, mi niño.

-el tono del zorro parecía triste y melancólico, como si pudiera ver dentro de él-.

A veces la mente nos juega trucos, te dice que no eres bueno, te dice que seguir vivo es un error y que deberías desaparecer, pero si lo hicieras, ¿Quién podría ocupar tu lugar? Tú traes a este mundo cosas que nadie más podría, debes repetirte a ti mismo esta verdad: eres especial y eres amado.

>Los cambios no siempre tienen que ser algo malo, si así fuera, seguirías siendo la persona que fuiste… Pero siempre vas a cambiar, todos los días lo haces, aunque no te des cuenta de ello.

Y haces cosas maravillosas, aunque ni tú mismo lo creas.

El zorro se acurrucó contra su pecho, el muchacho sintió mucha felicidad al verlo tan cómodo sobre él al igual que los turpiales, no todos los seres vivos le temían, el zorro le hizo comprender que a pesar de sus fallos no era igual, ¿Qué persona lo era? Todos cambiaban y crecían, todos aprendían cosas que antes no sabían y descubrían cuan capaces eran de lograr lo que se propusieran, si todos fueran iguales al día de su nacimiento jamás habrían sabido que había mucho más por lo que vivir.

Era un largo camino para llegar a sanar, pero si podía tener momentos como ese, donde la calma llegaba cuando más la necesitaba, entonces podría sobrellevar las penas que cargaba en su corazón.

Si Sullivan estuviera presente probablemente le diría que era la forma en que una persona deprimida intentaba ver la vida aferrándose a los últimos instantes antes de cometer suicidio, sus intentos anteriores lo demostraban, él pensaba tanto en otros, era considerado con los demás, buscaba la forma de darles alegría aun cuando él no sentía nada de eso por sí mismo, y si tuviera más pertenencias las regalaría como si nada… Eran los síntomas más comunes, por eso había salvado al zorro y a los turpiales, porque salvar a otros era un intento de salvarse a sí mismo.

Los días pasaban, él se encargaba de alimentar a los polluelos que lentamente obtenían su plumaje de alas negras y cuerpo amarillo, reluciendo tan hermosos como era acostumbraban.