II La noche prolongada #7
Sullivan intentó morir todas las noches, para él todo era mejor que seguir pensando en lo sucedido; ahora, tantos años después, había pedido otra copa tan solo para ver directamente al helado tarro burbujeante, sentir la tentación de beber a su edad sí podría acabar con su vida, el pensamiento de hacerlo era un consuelo después de haber perdido a su hijo.
Pero, sabía que si tomaba ese trago no solo podría conducirlo a la muerte, sino que también perdería la única oportunidad de encontrarlo donde fuera que estuviese, claro que le dolía y podía ser tenebroso al reconocer la posibilidad de enfrentar al monstruo con forma de niña… Ese lugar no era mejor, la taberna era lúgubre, un nido de malos recuerdos en que su soledad le esperaba con aquella máscara que tan bien conocía, beber no solucionaría sus problemas ni calmaría el sentimiento, pero ver de frente la bebida le ayudaba a concentrarse.
-Señor, ¿Se encuentra bien? -le preguntó el tabernero con intriga, pues ya habían pasado diez minutos desde que Sullivan ordenó una cerveza y lo único que hacía era mirar el tarro con terror-
-Sí, estoy bien, es que cambié de opinión.
-confesó con una sonrisa triste que hacía envejecer su rostro, se levantó de su asiento y pagó por la cerveza incluso si no la había tocado-.
Entréguesela a alguien más.
Habría dado lo que fuera por tomar ese trago, pero a diferencia de antes ahora tenía algo que hacer que no fuera desear la muerte, no podía perder el tiempo autocompadeciéndose por algo que no estaba en su poder, sabía que se estaba metiendo en un mundo que no comprendía cuando decidió seguir siendo el psicólogo de ese niño y cuando decidió abrirle su corazón, debía hacer lo posible por reencontrarse con su hijo sin importar lo que costara… Él se lo había prometido.
Sullivan salió de la taberna con su fortaleza mental renovada, requeriría mucha para avanzar y seguir buscando, ya había perdido la noción del tiempo, su única forma de saber cuánto tiempo había pasado era la cantidad de canas en su barba y cabello, tenía más problemas de vista y cojeaba al andar.
Pero nada de eso importaba, ya había sufrido demasiado como para darle algo de valor a su propio sufrimiento, lo único que importaba en ese momento era que Arthur estuviera a salvo, encontrarlo haría que su vida tuviera sentido, y como un recordatorio ya no solo llevaba la foto de su esposa e hija en el bolsillo de su pecho, sino también una foto junto a su hijo.
No importaba el tiempo ni las circunstancias, seguiría las pistas, los rumores, las historias y los encuentros, incluso algo tan simple como alguien que supuestamente lo vio caminando por allí, cualquiera que tuviera algo que decir sobre el muchacho de ojos carmesíes podría ayudarlo.
Era consciente de que no era el único buscándolo, no obstante, nunca se sabía por dónde podía venir el ataque de la bestia, era tan impredecible como malévola y no sabía si estaría más cerca de encontrarlo… Pero sí podía sentir su presencia como el frío aire de un eterno invierno dentro de su corazón.
Los periódicos y las personas de los pueblos cercanos, durante todo el invierno, reportaban encuentros con supuestos críptidos no reconocidos; criaturas humanoides con garras y colmillos, ojos pelaje carmesíes, parecían salidas de las pesadillas más aberrantes, las criaturas habían salido de la nada, mostraban signos de andar rastreando algo, y según los individuos que se los habían topado afirmaban que no mostraban interés en las personas, estaban tan enfocadas en hallar lo que fuera que estaban buscando que ignoraban a todos los seres vivos.
Se les había reportado por todo el Reino Unido, principalmente en Inglaterra, pero sus encuentros solían ser más frecuentes en los bosques profundos durante el día, y cuando llegaba la noche se podían escuchar lo que los testigos solo podían describir como el rugido de las bestias.
Rugían con frustración, lo que parecía una versión monstruosa de los casuarios, con sus hocicos apuntando hacia la luna, y luego desaparecían sin más, y así era todos los días cuando el sol se levantaba para reanudar la búsqueda de algo o alguien que había captado su interés.
Se habían convertido en críptidos modernos, pero la realidad era mucho más tenebrosa que esa, nadie sabía que la naturaleza de esas criaturas que andaban a cuatro patas solía ser humana, su genoma había sido alterado por el monstruo que los controlaba desde la distancia, aquella niña con complejo de dios que yacía oculta en las ruinas de un laboratorio que ardió en llamas de adentro hacia afuera.
Los escombros la rodeaban, salas con experimentos sin terminar y criaturas que permanecían con sus cabezas contra el suelo cuando estaba presente, no había ni un solo rastro de humanidad porque ella casi siempre estaba en su verdadera forma arácnida.
La araña caminaba con frustración de un lado al otro, con muy pocas cicatrices por todo su cuerpo como un recordatorio de la pelea con su hermano, aunque no le molestaba porque ella le había dejado muchas cicatrices y no solo en su cuerpo, se había comido un ojo para siempre tener una parte de él consigo; pero eso ya no bastaba, quería tenerlo todo, quería poseer su cuerpo de nuevo, quería hacer todo lo necesario para que finalmente se encargaran de exterminar a la humanidad… No quería hacerlo sola incluso si tenía el poder para hacerlo, ni quería hacerlo con los ángeles, para ese punto lo único que le importaba era reencontrarse con su hermano más que nada en el mundo, y quemaría todos los bosques de ser necesario.
Ella levantó los restos de Crane como un papel tapiz, miró en sus cuencas vacías e imaginó lo que le diría si siguiera con vida:
“¿Hay algo más que pueda hacer por ti, Ruby?”