II La noche prolongada #6
En ese momento, Arthur no tenía ni idea de cuales habían sido las verdaderas intenciones de Sullivan para lo que había dicho, no había razón más que decir la verdad por primera vez, y vivía constantemente con el pensamiento de que Sullivan realmente lo odiaba por ser lo que era.
Cuando el muchacho recuperó el control sobre sí mismo se puso en pie, con su amigo zorro de lado, comenzó a caminar nuevamente, con suerte hacia un mejor mañana, mientras se sacudía la nieve de la ropa con la mano que poseía el anillo, los últimos recuerdos tangibles de su amada, y se dedicó a caminar dejando huellas junto a su compañero.
Su viaje sin propósito estuvo cargado de pláticas triviales, el zorro le contaba sobre las montañas como su lugar favorito de la tierra, tenían vistas encantadoras que disfrutaba solitariamente, así como los arroyos eran sus favoritos para beber y descansar; cuando el invierno alcanzaba su punto máximo, como el que habían tenido hacía meses, le gustaba mucho enterrar su cabeza en la nieve para sacudírsela de encima, era lo suficientemente refrescante para aliviar su estrés.
Todas sus conversaciones eran interesantes, podía aprender más, lo cual era agradable para variar un poco sus preocupaciones, y Arthur también le divertía mucho, a pesar de que él contenía su risa porque le avergonzaban un poco las cicatrices en su rostro, pero no dejaba de regalarle carcajadas con timidez, pues a pesar de todo solo era un niño perdido en el mundo sin familia alguna.
Después de un tiempo escuchó los chillidos de unas aves, era el llanto de sus polluelos, y como Arthur había aprendido el idioma de los animales podía entender qué era lo que sollozaban: “Mamá, mamá, ¿A dónde has ido?”
eran dos bebés que lloraban desesperados por su ausencia, asustados y confundidos, no entendían por qué no había regresado con su alimento.
El chico caminó en esa dirección intrigando a su amigo, también escuchaba a los bebés, pero no sabía si a él le interesaría, después de todo, era muy normal que los polluelos se preocuparan si su madre tardaba un poco más de lo normal, así era casi todos los días, sin embargo, comprendió el motivo de su interés cuando el hedor de la sangre impregnó su olfato.
Arthur removió las ramas y cruzó por encima de los arbustos, la nieve restante dotaba al paisaje con una profundidad monocromática, solo la sangre de un ave interrumpía los colores que lo componían, un hermoso turpial que había sido atrapado por un cazador con un cuchillo en mano.
El hombre escuchó sus pasos y se dio la vuelta únicamente para encontrarse con el rostro iracundo de un muchacho transformado en un monstruo, era un demonio de ojo amarillo y rostro carmesí, parecía estar compuesto de escamas y llagas, la criatura lo miraba con odio y lamento a través de los arbustos, le enseñó sus garras como un reflejo de su karma… Y el hombre que mató a un ave por deporte tembló de miedo y retrocedió.
- ¡Monstruo! -exclamó antes de levantarse y huir, dejando el cuerpo de su víctima detrás-
El cazador huyó despavorido, pero nadie lo persiguió, Arthur tuvo que controlar las emociones que salieron a flote, la voz de la ira le gritaba por lo que había presenciado y le pedía hacerle daño al cazador, pero luego la voz de la calma intentó razonar, ¿De qué serviría? La madre de los polluelos ya estaba muerta, pagar con la sangre de su asesino no la traería de vuelta, su fisionomía se había alterado para reflejar dichas emociones, por eso el hombre se había asustado al ver su aspecto monstruoso, cuando regresó a la normalidad lo único que hubo en su rostro fue dolor por lo sucedido, una profunda tristeza por ver la muerte en un ser tan frágil.
-Le diste un buen susto.
-admitió el zorro, acercándose para oler el cadáver del turpial-
-Me llamó monstruo…
-Irónico viniendo de alguien que caza por deporte.
-el zorro se sentó mientras Arthur venía con el cadáver y la tomaba entre sus manos, lamentándose en silencio mientras la acariciaba en sus últimos momentos-.
¿Puedes curarla?
-La herida es profunda, el hombre perforó su corazón… Si curo esto ya no será la misma, sería un monstruo, ya vi las cosas que mi hermana hizo.
Todo lo que pudo hacer por ella fue otorgarle unos últimos momentos de tranquilidad, la certeza de que buscaría a sus polluelos y los cuidaría para compensar el daño que el humano había cometido, pudo escucharla con claridad rogándole por sus hijos, pidiéndole que no dejara que los lastimaran sin importar qué.
Arthur asintió mientras percibía la vida desvaneciéndose ante sus ojos, y el hermoso turpial dejó aquel mundo sin haber emprendido un último vuelo, lo que hubo entre sus manos fue un pequeño montículo de sangre y carne, la luz que giraba a su alrededor se había apagado para siempre; así como la luz del espectro de su amada yacía ausente, mirándolo con su rostro sombrío mientras se alejaba con indiferencia por su lamento, y el muchacho dejó caer sus lágrimas hasta que su amigo zorro se levantó en sus patas traseras y se apoyó contra su pierna.
No hacía falta que le dijera nada, sabía que lo apoyaba en silencio ante la idea de ir a buscar a los polluelos en su nido después de enterrar el cadáver, la envolvió en un pequeño capullo de plantas y cavó varios metros hasta dejarlo en un lugar donde los depredadores no profanarían su cuerpo; alimentaría la tierra, otorgaría vida a un nuevo ser, esperaba que formar parte de ese ciclo le hiciera renacer algún día, era un pensamiento que le ayudaba a sentirse un poco mejor con la idea de ver como se desvanecía entre sus manos, a Arthur le aliviaba mucho.
Después del breve entierro siguió el llamado de los polluelos por un pequeño sendero hasta alcanzar un árbol como cualquiera, un nido de turpiales yacía entre sus ramas y los dos pequeños estaban allí esperando por su madre.
Arthur se compadeció y tomó el nido, ellos comenzaron a picotear sus dedos intentando ahuyentar al intruso y siguieron llamando a su madre ahora con temor, pero el muchacho se aseguró de mostrarse sereno para transmitirles calma con la terrible noticia que aguardaba, el zorro permanecía a su lado guardando esperanza por ellos.
-Hola, pequeñines, mi nombre es Arthur y… -dejó salir un suspiro de tristeza-.
Lo siento, su madre no va a volver.
Seguían preguntando por ella, no entendían a qué se refería, estaban tristes y confundidos, tenían miedo de que él pudiera hacerles algo a pesar de la gentileza de sus acciones y la seguridad que les transmitía, además de que no podían entender como un humano era capaz de hablar su lengua.
Pero eso era lo de menos, tanto él como el zorro se quedaron junto a ellos para hacerles compañía en lo que sería el momento más difícil en la vida de cualquier hijo, sin importar las especies o las razas, y Arthur les acarició sus cabecitas con suavidad para aliviarlos.
-Les prometo que voy a cuidarlos hasta que puedan volar por su cuenta, no los voy a abandonar ni dejaré que nada les pase.
-la gentileza de sus palabras consiguió llegar a ellos, ambos reposaron suavemente contra sus manos para descansar, mientras su amigo zorro les sonreía y caminaba a su lado cuando llegaba el momento de avanzar-
“Ahora sus vidas dependen de mí, un zorro y dos turpiales se han vuelto mis mejores amigos, mi única compañía en el mundo y los únicos que no me tienen miedo.
Uno quiere correr y los otros quieren volar, aun cuando ni siquiera saben cómo hacerlo, pero este es un inicio para ellos, llegaron a este mundo y se sienten libres en verdad”
Arthur reflexionaba en cómo la compañía más agradable llegaba en los momentos más inesperados, para él fue grato convivir con ellos cuando tuvieron que encontrar refugio de la lluvia bajo un árbol, les sonreía con dulzura, aprendió esa expresión de forma madura y controlada por la costumbre del collar eléctrico, aunque para sus compañeros era una sonrisa triste.
La lluvia hacía música contra los arbustos y la nieve, era constante mas no atosigante, le provocaba cierta nostalgia a pesar de no tener tantos recuerdos de días lluviosos, aunque pensaba que eso no tenía ningún sentido.
El zorro se acurrucaba en su regazo mientras dormía, los polluelos descansaban después de haberlos alimentado con los gusanos que encontró, todos dormían plácidamente con sueños agradables mientras él permanecía despierto… Pensaba mucho en cómo era tan extraño; algunos encontraban un amigo que los rescataba de una situación inesperada, otros hallaban un símbolo de esperanza cuando todo parecía perdido, él se había convertido en ambas cosas tanto para el zorro como para los polluelos, pero a pesar de eso no se sentía como una buena persona.
Le habría gustado saber la opinión del señor Sullivan, donde quiera que estuviera, le habría gustado saber si estaba bien incluso si él lo odiaba; pensó mucho en Pinocho y Geppetto, en la mayoría de las versiones se peleaban y separaban, pero al final se reconciliaban porque así eran todas las historias de padres e hijos imperfectos… No obstante, ese Pinocho de cabello carmesí no tenía muchas esperanzas de volver a ser amado, y mientras su único ojo se iba cerrando para ceder al sueño deseaba la muerte como todas las noches.
“Había olvidado el hedor de la cerveza, había olvidado el frío aire de una taberna a medianoche repleta de ebrios que quieren olvidar sus problemas.
Aún no he vuelto a recaer, pero estar aquí me ayuda a recordar que debo evitarlo”
Sullivan se hallaba en un bar clandestino donde los motociclistas y los hombres que habían olvidado su identidad iban a matarse; nunca le había gustado la frase de ahogar sus penas, porque de tener algo de sentido entonces su vida no habría estado llena de problemas para empezar, en su lugar pensaba que las personas que bebían con un motivo detrás querían morir.
Él mismo lo había pensado cuando perdió a su esposa e hija, su dolor y frustración le habían hecho creer que la muerte era una mejor opción, el dolor no se podía borrar ni siquiera en su peor momento de ebriedad, nada era suficiente para él, el alcohol no era suficiente.