II La noche prolongada #5
Arthur no lo vio con malos ojos a pesar de poder escuchar el gruñido de su amigo y el suave lloriqueo del ave, uno tenía que comer y otro era la comida, no podía culparlo por seguir la naturaleza porque la diferencia con muchas personas era que los animales solo tomaban lo necesario, sabían que había un equilibrio y para ellos saciar su hambre lo era todo, el zorro se alimentaba de la pobre ave, así como ella se alimentó del pobre gusano.
“La naturaleza es muy curiosa, ni siquiera yo la puedo cambiar, y todos ellos son lo que tienen que ser, llaman a cada cosa por su nombre”
pensó mientras esperaba que su amigo terminara su almuerzo, y sostuvo los copos de nieve en su mano, podía sentir como la vida del ave se desvanecía, pero incluso cuando eso sucedía no desaparecía, no había muerto por nada; como estaba conectado al zorro podía sentir la vida que engullía para prolongar la suya, todo era un acto de conversión en que una vida extendía la otra, había significado, pero para ellos solo era su naturaleza y no pensaban tanto como las personas.
Caída la noche Arthur se dijo que ya no quería sentir tanto frío, entonces encendió una fogata y se sentó frente al fuego con el zorro acurrucándose en su regazo.
Aquel día tan peculiar le había dado más que suficiente para pensar, aunque aún intentaba no hacerlo por recomendación de su amigo, pero era inevitable cuando él mismo le había dado tanto en qué pensar, en ese instante comenzó a acariciar su pelaje casi por instinto, se acurrucaba contra él con bastante confianza y emitía un sonido suave como señal de disfrutar de sus caricias.
-Alguna vez tú… ¿Has huido de algo que no quieres afrontar?
-Claro, siempre escapo de cazadores y depredadores más grandes, son cosas que no quiero ni puedo afrontar.
-confesó, sin apartar la cabeza de su mano-.
Pero, es algo que no puedo controlar, por eso no me siento mal.
- ¿Como puedes no sentirte como un cobarde? Yo siempre he huido de mis problemas, no puedo controlarlos ni hacer nada al respecto, me siento tan mal todo el tiempo por no tener el poder necesario para enfrentarlos.
-confesó a regañadientes, maldiciéndose por tener que sentirse de esa manera-
El zorro dejó de acurrucarse, pero no apartó la cabeza de su mano, lo miró con profundidad dentro de su único ojo y le compartió su sentir.
- ¿Por qué te perturbas a ti mismo por aquello que ya no puedes controlar? Ya no se puede hacer nada porque eso ya pasó, en cambio, enfócate en lo que aún puedes controlar.
Tú me salvaste porque estaba en tu poder el hacerlo, no importa si puedes curar una o mil patas heridas, tu verdadero poder fue tomar una decisión en el momento justo, eso sí lo puedes controlar… Y cualquiera que sea el miedo que te quita el sueño, podrás afrontarlo cuando sea el momento, y sabrás que la valentía no es perder el miedo, sino tener el coraje de enfrentarlo porque sabes que lo peor no es vivir con miedo: es peor vivir y jamás enfrentarlo.
Arthur contuvo las ganas de llorar, no quería asustar a su nuevo amigo con la sangre que derramaba por su ojo cuando estaba muy triste.
- ¿Y qué sucede cuando nadie te quiere como sucede conmigo? -le cuestionó, acariciando su pelaje como si tuviera miedo de que al abrir su ojo pudiera desaparecer-
-Siempre habrá alguien que te ame, porque si alguna vez fuiste amado entonces habrá oportunidad de que vuelva a suceder; entiende algo, querido amigo, mientras haya un sol que se levante cada mañana y una luna que caiga cada anochecer, entonces habrá oportunidad para que alguien te vuelva a amar.
-el zorro mantenía la virtud de la sabiduría al hablar, su tono era dulce y cariñoso, era fácil para él expresarse de esa manera porque no dudaba y era naturalmente sincero-.
Y si de algo sirve que te lo diga, yo también te amo.
No era de extrañar que se sintiera tan sorprendido por la declaración, para él esas palabras solo habían sido pronunciadas por otra persona, alguien que ya no estaba en ese mundo, y que otra criatura se lo dijera resultaba muy extraño, ¿Como podía decirlo con tanta calma como si realmente él fuera merecedor de su amor? Arthur se cuestionó si realmente estaba siendo sincero o si en realidad había más, si acaso solo lo estaría diciendo para hacerlo sentir mejor, y para ese punto no pudo seguir conteniendo sus lágrimas, lo había estado haciendo desde que escapó del laboratorio, y su único ojo derramó su sangre.
-Qué bueno saber que todavía hay alguien que me quiere.
-confesó, disipando sus lágrimas-.
Perdón, no quise llorar frente a ti.
-No te disculpes, las lágrimas, incluso las más extrañas, siempre son por una razón… Pero no te olvides de algo: siempre habrá alguien que estará feliz de que hayas llegado a este mundo.
“Solo amé una vez, y me rompieron el corazón, pero quiero hacer feliz a los que me dan su amor”
se dijo a sí mismo, y fue fácil concluir que su amigo tenía razón, el amor era una de las emociones por las que todos se movían, y si podía aceptar que algún día podría volver a amar entonces, solo tal vez, el dolor cesaría un poco para dar espacio a ese sentimiento tan colorido que lo había poblado cuando dio su último baile con Cassandra y se sintió maravillado por la grandeza de aquellos sentimientos que dieron razón a su existir.
Arthur le sonrió y consideró al zorro como la única criatura que realmente estaría tan feliz porque alguien como él hubiera nacido, que un animal fuera tan dulce y amable le hacía tener más esperanzas en los seres vivos, incluso si no todos lo merecían; él fue la única criatura que pudo ver más allá de la perfección que nunca pidió poseer, y pudo ver que era tan frágil y sensible como cualquier niño humano, aunque estaba lejos de serlo, pero en el fondo había crecido para entender que podía sentir tanto como todos los que lo rodeaban.
Cuando ya hubo saciado su sed de compañía se sintió listo para dormir, era más una costumbre que una necesidad, aunque eso le ayudaba a tener más sueños que le pudieran ayudar a consolar su dolor un paso a la vez, se decía a sí mismo que algún día llegaría a recobrar aquello que había perdido, algún día las estrellas iluminarían su camino para conocer la felicidad; podía ver como muchos la tenían, otros la querían, pero nadie sabía cómo preservarla.
Quería alguien que lo abrazara en sus noches, alguien que susurrara en su oído cuan especial era y que había nacido por algo más que solo los caprichos de una corporación, después de todo, si en verdad tenía la sangre de un ángel entonces debía ser por algo más, alguien que al verlo llorar le disipara sus lágrimas sin sentir nauseas por su naturaleza… Alguien como su amigo, que en el frío se acurrucó sobre su pecho mientras su pelaje lo abrigaba, e incluso cuando llegara el momento de separarse no podría olvidarlo.
En el sueño, Arthur se veía rodeado por una multitud unicolor, caminando en una dirección porque de allá provenía la luz, no obstante, aunque daba sus pasos no conseguía avanzar, eso no le correspondía.
Mientras las personas eran libres él debía depender de la enorme figura detrás de él, aquella niña de cabello carmesí que guardaba gran parecido con él, Ruby manejaba sus hilos con una mano mientras con la otra sostenía su mentón, mostrando gran comodidad mientras él luchaba para liberarse, pero ella se reía porque incluso en la distancia no podía deshacerse de su influencia, Ruby era el alfa y el omega en la vida del muchacho; el mundo era unicolor, temporal e inconforme con lo que tenían, pero ellos eran las únicas constantes alterando la ecuación del universo.
Incluso Cassandra y su familia estuvieron allí, atrapados entre los colmillos del monstruo en forma de niña, no podían ir con los demás hacia la luz porque seguían atrapados por culpa del monstruo, aunque la mano que los había llevado hasta ella había sido la suya.
Arthur les pidió perdón de rodillas, derramando sus lágrimas mientras los hilos apretaban su cuello, y les juró que buscaría la forma de liberarlos sin importar cuanto tiempo le tomara, juró que haría lo que fuera para que descansaran en paz incluso si eso significaba ceder ante los llamados de su hermana y convertirse en su mano derecha tanto como pretendía… Y pudo sentir que sus espíritus lo llamaban por su nombre desde la oscuridad, pero no pudo ir, solo podía seguir lamentándose hasta que el alba se levantara y con ella todas las expectativas de un nuevo día.
Arthur despertó para secarse su mejilla empapada, seguía haciendo frío en esa cama de nieve, su amigo zorro esperaba a un lado mientras lamía su pata, esperando el momento de irse.
Un tanto avergonzado, el chico se sentó un momento para recobrar el aliento mientras se preparaba mentalmente para un nuevo día, consciente de que su amigo lo habría escuchado llorar por las noches, o cualquier otra cosa que hiciera cuando descansaba.
-Buenos días, amigo.
-Buenos días, ¿Sabías que lloras mientras duermes? -confesó el zorro, no había rastro de burla en su tono, era una simple observación-
- ¿Hice algo más?
-Llamabas a tu padre, un tal señor Sullivan.
Arthur no dudaba que fuera cierto, a pesar de ser consciente del odio que el hombre sentía hacia él su mente parecía aún no captar esa realidad y seguía insistiendo en querer verlo una última vez, no podía aceptar que su último encuentro hubiera sido cuando él lo había dejado en un lugar seguro lejos de la explosión, su corazón anhelaba volver a escuchar el sonido de su voz y sentir sus brazos envolviéndolo una vez más.
Habría dado todo lo que fuera para lograrlo, pero ¿De qué serviría? Él le había dicho cuanto lo odiaba y que todo había sido su culpa, la ira contra Ruby podría haberlo cegado, pero el dolor que él le hizo sentir fue mucho más profundo que otra cosa, las palabras de quien veía como un padre cortaban más que cualquier navaja, esa era una razón para que el dolor perdurara hasta su sombrío presente.