II La noche prolongada #4
Antes de perderse entre sus propios lamentos el chillido volvió a sonar en el ambiente, una criatura sollozaba mientras su sangre se escurría por la nieve, Arthur no pudo tolerarlo más cuando en un punto del camino decidió desviarse y seguir aquella ruta misteriosa plagada por el dolor, si había algo que podía callar a esa criatura para permitirle seguir vagando con su propio dolor entonces lo descubriría.
Las ramas lo golpeaban, los copos caían e iba dejando huellas en la espesura, todo era como un lienzo que alguien se había olvidado de rellenar, solo los trazos negros que correspondían a los arces expresaban alguna diferencia, pero en todo cuanto podía ver no había más que una insensible indiferencia de lo desconocido.
Los chillidos aumentaban y el hedor a sangre lo guiaba hasta una zona de cacería, trampas para animales y cebos resguardaban en distintos lugares de esa parte del bosque, podía escuchar a las aves que se alejaban volando, las abejas zumbaban y los insectos se arrastraban, pero el chillido interrumpía toda esa calma… Comenzaba a irritarle al punto de querer matar la fuente de dicho sonido, no quería saber del dolor ni del llanto de los seres vivos, se decía que con sus propias emociones ya tenía suficiente como para tener que fingir tolerar la compañía de otros.
Sin embargo, aunque estaba listo para atacar y enterrar la fuente, se llevó la ingrata sorpresa de que se trataba de algo muy peculiar: un zorro, pelaje rojizo como el fuego, orejas y patas negras como la noche, estaba encorvado con una pata atascada en una trampa para osos, el pobre animal de ojos naranjas chillaba mientras la sangre se escurría por su pata temblorosa.
Arthur solo había visto dicho animal en los libros, la ilustración no estaba lejos de la realidad, le sorprendió saber que había sido tan estúpido como para caer en dicha trampa, de todos modos, si seguía sufriendo era por su propia imprudencia y no porque realmente alguien le hubiera hecho algo, se dijo a sí mismo que lo tenía merecido.
En cuanto intentó alejarse el chillido lo detuvo, era como si en los tonos se escondiera una súplica, el sonido se intensificó en cuanto se dio la vuelta para marcharse, miró sobre su hombro para descubrir al pobre animal luchando ferozmente por escapar de la trampa que amenazaba con arrancarle la pata… Se repetía que era culpa del mamífero por descuidado, aunque esa explicación le parecía más una excusa para deshacerse de su propia culpa, después de todo, cuando Sullivan aún no lo odiaba le había inculcado el altruismo como un estilo de vida, y cuando pensaba por sí mismo se percataba de que eso era lo que su corazón le decía que hiciera, siempre había actuado para ayudar a otros sin importar de quien se tratara.
Con eso en mente, Arthur se acercó al zorro en la trampa, la criatura guardó silencio en cuanto él se acercó, colocó una mano sobre la trampa y la otra sobre la pata, el dolor hizo que el animal lo mordiera instintivamente, aunque el chico ni se inmutó y su mano se regeneró de inmediato, mezclando un poco de su sangre en el paladar del zorro antes de que la herida se cerrara.
En cuanto liberó su pata y lo vio cojeando con dolor no dudó en sujetarlo nuevamente y curar su herida, no le tomó demasiado y se alegró de haber controlado tan bien su poder como para curar ese tipo de heridas, a veces estar maldito también tenía sus ventajas, y el zorro también pareció agradecerle sin cuestionarle su naturaleza, era una gran diferencia con las personas que probablemente se asustarían y lo tildarían de fenómeno incluso si acababa de hacer una buena acción.
-Ya puedes irte, amigo.
-confesó el chico, suspirando mientras yacía inclinado y destruía la trampa para que ningún animal saliera lastimado-
-Gracias, humano.
-suspiró el zorro mientras estiraba su recién curada pata-
Arthur abrió los ojos con bastante impresión, no tenía que repetirlo para reconocer lo que acababa de escuchar, por más imposible que pareciera, esa voz dulce y sofisticada había salido del pequeño mamífero frente a él, no había duda alguna.
El chico le regresó la mirada mientras él se lamía la pata para limpiarse los restos de sangre, parecía que ni siquiera el mismo zorro se había percatado de eso, probablemente porque solía hablar, pero nunca había existido algún humano que pudiera entenderlo, y en cuanto el chico tomó algunos instantes para digerir lo que había escuchado pudo responder con propiedad.
-Tú… acabas de hablar.
-Sí, pero solo tú me entiendes, eres un humano de lo más curioso, niño.
-confesó el pequeño con la misma elegancia con la que habló, sin alterarse, aunque sí mostraba su sorpresa-.
¿Como es posible? Ningún niño había aprendido nuestra lengua en el pasado.
-Yo no soy un humano.
-confesó, algo apenado-
-Ya veo, no es difícil de creer ya que me curaste, y si fueras humano ya me habrías usado como una piel para tu bolsa o tus ropas, todos son iguales.
El zorro seguía hablando con elegancia, de haber sido una persona sería bastante refinado en cuanto a su forma de expresarse y su proceder, Arthur pensó que en el fondo los animales tenían bastante parecido con las personas, pero ni unos ni otros podían o querían ver esa realidad.
Ya que lo había curado pensó que eso sería todo, el mamífero probablemente se marcharía a seguir siendo lo que era, como robar un gallinero o perseguir un conejo, así como Arthur seguiría vagando intentando saber qué cosa era él y hacia donde tenía que ir; después del parecido llegaban las diferencias, pues consideró que una de las más obvias era que los animales venían al mundo sabiendo cual era la razón de su existir, sabían qué hacer y a dónde ir porque estaba en su código genético, los humanos y sus creaciones, como Phantom, eran seres con un raciocinio superior que les incitaba a cuestionarse hasta el más mínimo detalle en sus vidas.
Pero si esa era la verdad, ¿Quiénes tenían realmente el intelecto superior? ¿Las personas que construían rascacielos y jugaban a ser Dios al crear a seres fantasmagóricos como Arthur? O, ¿Aquellos que sin necesidad de destruir ni matar por placer, solo sobrevivir, conocían su propósito en la vida? Al muchacho se le hizo una pregunta muy interesante, pero era una pena que no hubiera nadie para compartirla.
-Pareces muy reflexivo, niño.
-Lo siento, señor zorro, es que estaba pensando en algo.
-Oh, ese es el problema con las personas, piensan mucho; sobre todo, por poco y por nada, incluso cuando no tienen que hacerlo lo hacen.
No le veo sentido, me salvaste la vida, y eso es todo lo que debes aceptar.
-al decirlo él se inclinó y se sacudió desde la cabeza hasta la cola-
-Creo que tienes razón.
-confesó con una pequeña sonrisa, le apenaba que el zorro hubiera resumido su sentimiento tan perfectamente, luego se levantó e intentó despedirse-
Inmediatamente el zorro saltó al hombro de Arthur, su estatura era la ideal para reposar sobre él sin perder el equilibrio, la criatura le miraba intensamente con sus ojos anaranjados dentro de su único ojo carmesí, era como si le hablara directamente a su alma, a diferencia de los humanos, sin cuestionarle absolutamente nada de su aspecto ni cayendo rendido por su apariencia como si lo sedujera solo con su molde.
-Lo siento, pero no te dejaré ir como si nada, me salvaste la vida y tengo un código: ahora te haré compañía en tu viaje hasta asegurarme de que estarás bien, y no pienso discutirlo, niño.
-confesó sin darle oportunidad para hablar, se lamió el pelaje con elegancia y meneó su cola para golpear su mejilla-.
A cambio de mi protección, hablaremos sin pensar demasiado.
- ¿Como hablaremos sin pensar? Ni siquiera sé tu nombre.
-Ahí vamos de nuevo con pensar demasiado las cosas, solo sigue tu instinto natural como yo, niño, ¿Por qué necesitaría un nombre? Yo sé quién soy, como zorro solo necesito preocuparme de alimentarme, sobrevivir y con el tiempo encontrar una hembra para formar una familia y cuidar de mis crías.
Tú tienes un nombre porque buscas una identidad, imagino que tus padres te dieron un nombre porque necesitabas saber que eras real, necesitabas saber que eras parte de tu manada.
-agregó el pequeño mamífero, notando que Arthur parecía impresionado, y eso le dibujó una pequeña sonrisa-. Parece que le atiné a tu situación, niño, ¿Aceptas mi acuerdo?
Arthur simplemente asintió con la cabeza, se había quedado sin palabras después de escuchar el análisis tan acertado del zorro solo con leer su expresión, pero no podía entender a qué se refería con seguir su instinto, él estaba seguro de que si lo hiciera terminaría convirtiéndose en una copia exacta de Ruby, lo que menos quería era parecerse a la niña que siempre hacía daño a los demás, que siempre cometía algún acto horroroso porque esa era su naturaleza, ¿Por qué el zorro le pediría seguir su instinto si eso implicaba lastimar? La respuesta más acertada sería que él no sabía realmente a quien se dirigía, pero Arthur creía que era una terrible idea intentarlo porque él estaba seguro de que terminaría por dañar a todos tal y como lo había hecho hasta ese momento.
Reanudó su marcha, esta vez en compañía del zorro que se quedó en su hombro hasta que se cansó y decidió descender para caminar a su lado, las motas de nieve que caían sobre él hacían resaltar su pelaje rojizo, pero no se sacudió, en su lugar siguió caminando en silencio debajo de la nieve que los envolvía con dulzura.
Arthur podía escuchar sus pensamientos con claridad, estaba agradecido por ese nuevo día y por haber hecho un nuevo amigo, tal y como el zorro dijo, no había complicaciones ni segundos pensamientos al respecto, para la criatura, al hacerle compañía no ocultaba ninguna otra intención salvo demostrar su gratitud.
Llegado cierto momento el zorro tuvo que cazar, un ave de considerable tamaño reposaba bebiendo el néctar de las flores, ni muy pequeña ni muy grande, solo el tamaño perfecto para alimentar al cazador.