II La noche prolongada #3
Arthur pudo ver brevemente dentro de sus recuerdos para comprender que Vanessa estaba repitiendo un momento de dolor en su vida, ella había elegido abortar a un bebé tiempo atrás, una elección impulsada por el miedo de la cual se arrepentía profundamente en el presente.
Arthur se sintió sumamente triste por haber compartido el dolor de una madre que nunca fue, a pesar de que eso había pasado hace mucho tiempo ese pensamiento seguía latente como si fuera la primera vez, y todo ese dolor la había conducido a quedarse estancada en esa clase de vida, una donde su cuerpo portaba distintas enfermedades de transmisión sexual, probablemente estaba tan cansada que ni siquiera le daba importancia a su propia salud.
-Las personas son complicadas… -suspiró el chico, colocando una mano suavemente sobre la suya, podía transmitirle su sentir-.
Pero ¿Qué significa tener el amor que merecemos? Todo lo que quise en mi vida fue ser amado, tener un padre, tener una familia y que mi hermana me quisiera por lo que soy y no por lo que podía darle; nada se me cumplió, no sé qué hice mal, y si pudiera cambiar algo pediría nunca haber nacido, desde que aparecí en este mundo no he traído más que dolor y desilusión a quienes me rodean.
Vanessa se sentía un poco mejor, era como si todas sus enfermedades hubieran cesado, pero más que nada, la conversación con Arthur resultaba agridulce, un sentimiento de calma sobrevenía para compensar todas esas horas sin consuelo alguno, y al ver dentro de su único ojo carmesí podía sentirse bien consigo misma.
- ¿Como puedes decir eso después de haber salvado mi vida, querido? Si no hubieras nacido yo estaría muerta, y tal vez parezca inapropiado hablar del señor para una mujer como yo, pero siento que ya estaba escrito que tú y yo nos conociéramos, era algo que Dios tenía planeado que ocurriera.
-en cuanto todas sus enfermedades cesaron él retiró su mano, tal vez fuera solo una coincidencia, pero sentía que había algo más-.
Tú hablas como si hubieras cometido un error, pero te diré algo: nadie está libre de pecado, todos nos hemos equivocado, y es la condición humana el seguir cometiendo errores mientras sigamos con vida… Pero de eso se trata seguir intentando nuevas experiencias que nos permitan ser felices.
La vida en la calle era una cosa extraña, se dijo a sí mismo el muchacho, porque a pesar de las cicatrices y enfermedades venía también una especie de sabiduría que ni siquiera los estudiosos como Sullivan podían comprender.
Arthur suspiró y asintió, su sonrisa era mucho más serena que antes, aún no carecía del todo de la felicidad que había conocido, pero al menos podía mostrar una expresión sincera gracias a las palabras que había conocido, tenía oportunidad de conocer las cosas que aún le faltaba para sentirse completo una vez más en lugar de seguir despreciándose por sus propias heridas.
-Creo que aún puedo seguir intentándolo.
-confesó cuando se terminó su café, poco después de que Vanessa hiciera lo mismo-
-Sé que lo harás, oraré por ti, mi niño.
La mujer se levantó, no se sentía tan bien en mucho tiempo, sus dolores se habían desvanecido y su cuerpo se sentía renovado, las enfermedades se desvanecieron y sus cicatrices sanaron, no tenía explicación lógica para ello salvo que su encuentro con Arthur, de alguna manera, le había ayudado a sanar físicamente.
El muchacho, en cambio, mantenía las mismas cicatrices y sus parpados permanecían cerrados en torno a su cuenca vacía, ante la falta de un ojo.
-Le agradezco mucho por el pastel.
-habló en calma, sin el más tenue rastro de la energía que caracterizaba a los muchachos de su edad-
-Ni lo menciones, fue un gusto, lamento no poder ofrecer un lugar donde hospedarte por esta noche, no estoy en una buena situación.
-confesó Vanessa un tanto apenada-
-Hizo más que suficiente por mí, nadie ha sido tan amable conmigo.
La sinceridad con la que lo decía no era común, sobre todo para una mujer que había conocido la maldad e hipocresía por mucho tiempo, Arthur era el muchacho más sincero que se podía llegar a conocer, sobre todo porque esa era su naturaleza en un mundo antinatural como ese, lleno de mentiras y segundas intenciones.
Se despidió con un abrazo para asegurarse de que su tacto había funcionado, no le quedaba ni un rastro de enfermedades, no era mucho para su situación, pero al menos le permitiría dormir con más calma por las noches, y quien sabe, quizás reinventarse y buscar nuevas opciones para una nueva vida, podía ver en su mente que ella tenía algunas ideas, solo necesitaba tiempo y eso era lo que le había regalado
-Cuídate mucho, Arthur.
-habló con ternura por última vez, como si siempre se hubiese tratado de un niño necesitado de amor-
Una vez que se despidieron afuera del restaurante, Arthur y Vanessa partieron por diferentes caminos, probablemente en su próximo chequeo médico se llevaría una enorme sorpresa al saber que sus enfermedades se desvanecieron como por arte de magia, el doctor lo atribuiría a un milagro, pero Vanessa no dejaría de pensar que su encuentro con el muchacho de cabello carmesí había tenido algo que ver.
Pero hasta entonces, esa noche llena de desdicha seguiría siendo lo único que poblaría su mente, no habría nada más que las escandalosas luces de neón como el único rastro de calidez en un mundo de sombras, para la mujer no era más que una noche cualquiera en su vida, pero para Arthur era un amargo presagio de las cosas que le deparaban, así como también un recuerdo de las cosas que había vivido.
“Me alegro por ella, lo digo en serio, se alejó de ti cuando aún tenía tiempo, si hubiera convivido el tiempo suficiente probablemente ya estaría muerta o te habría abandonado.
Al menos no tuvimos que llegar a eso”
susurró el espectro con la apariencia de su amada mientras caminaban a la deriva, hablando incluso cuando Arthur no quería escuchar, y ese rostro oscurecido albergaba el desprecio que sentía por sí mismo, no sabía si el fantasma sentía eso o si él intentaba convencerse de que lo hacía, lo único que le importaba era continuar sabiendo que Vanessa, así como todos los demás, estarían mejor sin él que siempre llevaba desgracia a donde fuera, esa era su condición así como para los humanos era el equivocarse.
Esa noche durmió en uno de los techos de la ciudad, nada lo molestaría salvo el aleteo de las palomas que aterrizaban para descansar o las sacudidas ocasionadas por los clubes de baile; la metrópolis le hablaba en su propio idioma de discordia, todo era tan ruidoso que le ayudaba a que sus pensamientos se fueran desvaneciendo hasta quedar sepultados por las figuras que danzaban bajo el embrujo de ritmos extraños con letras vulgares.
No era igual a las canciones que había conocido, no hablaban del amor o la esperanza, hablaban de lo más bajo que podía llegar a caer el ser humano, hablaban de cuanto podían gozar sin consecuencias mientras bebían hasta el amanecer, no era algo con lo que se identificara ni le ayudaba a sentirse mejor con sus propios sentimientos; estaba forzado a ver y escuchar como otros disfrutaban de algo que él no podía, percibía su felicidad y se engañaba al creer que podía ser uno de ellos.
Arthur durmió con intranquilidad, esperando que en sus sueños hubiera consuelo, aunque ya sabía por experiencia propia que lo único que hallaría sería el recuerdo de que todos los que había conocido lo miraban desde la distancia, con sus luces apagadas, como espectros que podían avanzar mientras él se quedaba estancado en el mismo lugar; un ser tan poderoso que podía controlar las enfermedades también era prisionero de su propia existencia, no había nada que pudiera hacer incluso con todas sus habilidades, y su condena era permanecer como un objeto inamovible, incapaz de ir hacia un lado u otro porque su realidad estaría ligada al dolor en cualquier parte.
En el amanecer del nuevo día, decidió que ya no quería estar más en esa ciudad, incluso durante el día podía percibir que todas las personas tenían intenciones perversas, había cosas nefastas detrás de máscaras de gentileza, y él podía escuchar esos pensamientos como pequeños mosquitos zumbando cerca de sus oídos, de no haber tenido la concentración necesaria podría haberle hecho perder la cabeza.
Las personas le hacían pensar en la posibilidad de que Ruby podría encontrarlo en cualquier momento, su voz era como un pequeño eco en la distancia que debía mantener alejada para no captarla, como una señal de radio, mientras las señales de su cabeza fueran mínimas ella no podría ubicarlo, estar constantemente concentrado era una molestia, pero no tenía opción.
El bosque seguía blanco por el invierno, algunos rastros se desvanecían por el inminente cambio de estación, pronto la nieve se desnudaría y revelaría la primavera como la señal de un nuevo comienzo, la flor de la vida abriría sus pétalos para nuevas oportunidades.
Arthur caminó hasta perder de vista la metrópolis, el hedor a lluvia y tierra mojada impregnaba su nariz, luego solo quedaban los arces y los campos teñidos de blanco que lo rodeaban, escuchaba a las cigarras como una señal de que ya no se hallaba en la civilización, solo las criaturas del bosque lo rodeaban mientras se escondían detrás de los árboles y matorrales.
En algún punto de su larga marcha escuchó un sollozo adolorido, había algo extraño en el bosque que no dejaba de chillar, y al mismo tiempo el olor a sangre llegó a su nariz dilatada; no era una combinación agradable, el dolor y la sangre siempre conducían a la muerte, no quería siquiera pensar en ello, sobre todo porque el espectro le recordaba en silencio que él aún digería su carne, no había forma en que pudiera olvidarla si formaba parte de sí mismo, para ese punto olvidaba lo que podía hacer con una muestra de su sangre, todo lo que había en su cabeza era el remordimiento por todo lo que había hecho, incluso si nunca fue su intención.