II La noche prolongada #2
-Por favor, muñeca, sabes perfectamente lo que quiero y me lo darás.
-resopló el hombre feroz con un deseo bien conocido, salvaje y nauseabundo, repasando su lengua por el cuello de la mujer-
Arthur sabía cómo se sentía: la impotencia, la frustración de verse reducido a una herramienta hecha para el placer de otros, ser dominado contra su voluntad mientras su mente divagaba para olvidar tan crudo escenario, era algo que nunca podría olvidar.
Pero en lugar de seguir comparándose pensó en lo que podría sentir la mujer una vez que eso terminara, solo un par de minutos era lo que se necesitaban para que el trauma se prolongara por toda una vida, y no quería que otra persona sufriera eso, no quería que alguien más tuviera que estar sentado en una cornisa pensando en todas las cosas malas que sucedieron y las personas que lo abandonaron como un salvaje.
Con una precisión y salto controlados aterrizó detrás de ambas personas, llamando la atención inmediata del agresor con la mano por debajo de la falda de la mujer, y en un principio compartieron la misma consternación por la imagen de un chico que ni siquiera rozaría la mayoría de edad acercándose con tanta determinación.
- ¡Suéltala! -clamó con profundidad-
- ¿Y quién demonios eres tú, mocoso? -bufó el hombre y devolvió la mirada a la mujer-.
¿Acaso ahora te ofreces a los menores? Que descarada resultaste.
Y sin previo aviso, Arthur se abalanzó hacia el hombre y sujetó su muñeca para apartarlo de la mujer, lo levantó por encima de sí mismo y lo arrojó al suelo con suma facilidad, podía sentir su pulso debajo de sus manos, era tan frágil que le habría resultado fácil romper su cuerpo como un muñeco de porcelana.
Para Arthur era increíble resistir la tentación de hacerlo, sobre todo porque su sangre no estaba tan sucia como la de muchos en esa parte de la ciudad, estaba tentado a ceder a sus instintos para disfrutarlo, pero sabía que si lo hacía probablemente le temerían y las voces propagarían como fuego la noticia de un monstruo entre ellos.
En su lugar, se levantó y se dio la vuelta para mirar a la mujer portando su mejor expresión de preocupación para demostrarle que estaba allí para ayudar a pesar de lo que sus acciones decían por él, podía notar que todavía estaba asustada, pero junto al miedo también estaba la gratitud por su presencia, lo reconocía como su salvador a pesar de no comprender como es que un chico de su contextura tenía tanta fuerza.
Pero, antes de siquiera poder cuestionar su identidad ambos fueron interrumpidos cuando el hombre se levantó con una navaja en mano e intentó atacar por detrás al muchacho, acto que no lo tomó por sorpresa y en lugar de volver a arrojarlo al suelo o ceder a sus impulsos cargó al hombre como un muñeco y lo arrojó directamente al interior de un contenedor de basura.
Con la facilidad que un adulto tendría para manejar a un niño mal portado, Arthur cerró la compuerta del contenedor de basura y dejó al hombre atrapado, pensó que una noche entera encerrado allí le ayudaría a reflexionar sobre sus acciones, un sentido de justicia un tanto infantil, pero al menos había servido para ayudar a alguien que lo necesitaba.
Habiendo ayudado a la mujer a levantarse y recomponerse, Arthur se reveló bajo la luz de la farola fuera del sucio callejón, aún con la falta de un ojo y las cicatrices visibles, su sonrisa amable seguía siendo dulce y gentil, como si todos los problemas del mundo se desvanecieran solo con su hermoso rostro.
-Gracias, niño… -suspiró la dama de compañía-
-No me agradezca, estaba en problemas y solo ayude cuando lo necesitaba, es lo que cualquiera haría.
-confesó, sin darle mucha importancia a su decisión-
-Tal vez lo que cualquiera haría de donde sea que vengas, porque otra persona solo habría pasado de largo.
Arthur no pudo discutir con esa lógica, su convicción sobre el bien podía resultar sumamente extraña para todos los del mundo exterior, no supo qué lo había impulsado realmente para salvar a esa mujer, quizás era el reflejo de vulnerabilidad que le recordaba a sí mismo o un vago sentimiento de empatía por esa dama que no tenía la culpa de que su vocación la llevara a tener encuentros con hombres de esa índole.
Cuando intentó marcharse se detuvo porque ella llamó su atención al patear el basurero, le escupió con desprecio al recordar al hombre que se hallaba dentro, y entonces giró sobre sus pasos ignorando las suplicas de la persona, le sonrió con ternura al muchacho y le ofreció su mano.
-Ven, te invitaré a comer, seguramente tienes hambre.
-No, señora, lo aprecio, pero creo que debería irme…
- ¿Te gusta el pastel de chocolate? -intuyó con una sonrisa maternal, observando cómo le cambiaba el rostro con la mención del pastel-
Aunque él no necesitaba sustento para seguir con vida la costumbre de comer en el laboratorio seguía latente, pensar en un pastel de chocolate era suficiente para relamerse los labios y hacer sonar su estómago, entonces tomó su mano con delicadeza para aceptar su invitación.
-Sí, me gusta mucho.
-confesó, su único ojo resplandecía-
La mujer llevó al jovencito directamente a un restaurante abierto las veinticuatro horas, el interior era como un descanso de toda la oscuridad marginal que envolvía la ciudad, un pequeño momento de tranquilidad que le permitía dejar de pensar, al menos por un instante, de todo lo que componía su vida.
Como el sabor del chocolate que se derretía en su paladar, las cosas simplemente se diluían para dejar paso a la brevedad de un sabor que le permitía disfrutar de algo mucho más hermoso, algo en lo que incluso se le permitía compartirlo con alguien más.
La mujer se llamaba Vanessa, era una dama de compañía desde los veinte años a causa de una situación precaria que la orilló a esa vida, habiendo pasado diez años, ahora convertida en una mujer, estaba tan acostumbrada a ello que no conocía otra forma de subsistir.
Para ella, una taza de café era suficiente para relajarse después de casi haber perdido la vida a manos de un cliente que exigía más de lo que ella quería darle, de no ser por el muchacho frente a ella, que disfrutaba del pastel de chocolate como si nunca hubiera comido, estaría muerta.
-Es increíble, las bolitas de chocolate son tan crocantes, y el pastel está tan suavecito.
-exhaló con amor-
-Es como si nunca hubieras comido, eres todo un encanto, Arthur.
-comentó Vanessa, sorbiendo el café-
-Han pasado días… -el muchacho suspiró tras su confesión, sabía perfectamente que para ella sería extraño que un chico no comiera en días, de haber sido humano ya estaría muerto a esas alturas-.
Pero siempre es agradable disfrutar un buen postre con alguien.
Vanessa asintió mientras disfrutaban juntos del pastel, tratar con Arthur no era igual a tratar con los adultos o cualquier otra persona, él no tenía ninguna intención ni miraba su cuerpo con deseo, para el chico lo único que importaba era gozar de ese instante y de su postre.
Cuando finalmente terminaron solo quedaban dos tazas de café para mientras conversaban, aunque Arthur no parecía tener ninguna intención de hablar, Vanessa tenía tanta experiencia lidiando con todo tipo de personas que podía saber cuándo alguien ocultaba algo o, como solía pasar en el submundo, huían de algo más.
Muchas personas huían de las deudas, la mayoría por apuestas que salieron mal o por conflictos con alguna banda criminal, en el caso de los jóvenes ellos huían de las casas de sus padres porque no estaban de acuerdo con sus reglas, otros porque tenían hijos a edades tempranas.
Pero, Arthur no parecía tener deudas, ni pareja o hijos, él parecía ser de esos casos en los que simplemente salían de la nada, sin nadie que lo quisiera por lo que era, esa expresión de tristeza que pretendía ocultar era demasiado evidente para una mujer que podía leer los rostros, no porque hubiera estudiado para ello, sino porque en las sombras de la sociedad se aprendía mucho de la naturaleza humana.
-Sabes, no es bueno que un chico de tu edad esté en esta parte de la ciudad por la noche, deberías estar en la escuela.
-confesó Vanessa, mostrando levemente su preocupación para no sonar tan entrometida-
-Lo sé, pero no tengo a donde ir… -respondió, mostrándose encorvado mientras miraba en el reflejo del café directamente a ese rostro fragmentado, en él podía ver el amargo recuerdo de la araña-.
Mi papá ya no me quiere.
- ¿Eso lo dices porque no te deja hacer lo que deseas? -cuestionó, suponiendo la naturaleza de su huida-
-No, porque me lo dijo directamente.
Eso dejó sin palabras a Vanessa, nunca había sabido de un padre que dijera algo tan cruel a su propio hijo, pero en un mundo tan vasto todo era posible, solo era cuestión de tiempo para que hubiera un niño con una historia tan trágica como esa, una donde nadie lo querría sin importar todo lo que hiciera porque él no estaba destinado a recibir amor de nadie.
La mujer se compadeció de Arthur, por la forma en que se expresaba y de su tan amarga soledad, siempre era así cuando se trataba de buscar un hogar, y si hubiera estado en sus posibilidades le habría invitado a descansar en su apartamento para no dejarle estar afuera en una noche tan fría e insensible.
Pero no importaba cuanto lo deseara, no podía tener a alguien con ella, no con sus problemas y estilo de vida, lo mejor que podía hacer era invitarle ese postre para olvidar por un instante lo que fuera que hubiera pasado por su vida.
-No sé por lo que habrás pasado, cariño, pero sé que no puedes dar por hecho que alguien te odia solo por lo que dice… Las personas somos muy complicadas, Arthur, a veces tomamos decisiones de las que después nos arrepentimos.
-confesó la dama de compañía, que también se acariciaba el vientre por la amargura de un recuerdo que se asomaba por su mente-.
A veces tenemos algo hermoso que les da sentido a nuestras vidas, pero no sabemos verlo hasta que es muy tarde, sea por miedo a recibir el amor que creemos merecer o porque en el fondo no creemos merecerlo.