II La noche prolongada
“Mi destino es vivir para siempre sin motivo para vivir”
Las estrellas del cielo se desvanecen por encima del bullicio de una tierra resplandeciente, pero sus luces están lejos de convertirse en el faro de las metrópolis que la invaden, los ecos son ensordecedores como un vil recuerdo de todas las cosas que yacen ocultas en las sombras bajo el yugo de manos crueles.
No hay belleza por más luminosa que fuera la tierra, como un faro en medio de la bruma, no es la luz de una estrella la que atrae a los viajeros, sino la carnada para caer en sus fosas de crueldad.
Las fiestas, los gritos, la música, la fornicación y las enfermedades son uno solo, dentro de ese torbellino de sensaciones de las que nada puede escapar, el mal se convierte en regente, el poder del bien y la esperanza son ilusiones que solo incrementan el dolor, y el más pequeño rastro de luz es pisoteado cruelmente hasta perecer.
Para los niños el mundo es una delgada línea entre blanco y negro, entre el bien y el mal, pueden encasillar a las personas en un bando o en el otro porque para ellos la complejidad del alma humana permanece oculta, para los niños que son expuestos a esta realidad a una edad temprana el mundo se convierte en un infierno, no pueden entender por qué las personas lastiman a otras con odio donde antes hubo amor, o por qué existe la hipocresía cuando todo lo que siempre desearon fue la honestidad.
Se sienten culpables por existir, se sienten mal por tener que continuar, y buscan cualquier excusa para dejar de pensar en su realidad, disocian de todo lo demás porque su mundo de fantasía es la única salida que tienen para tolerar tan detestable realidad.
Al menos, eso era lo que algunos pensaban cuando tenían que salir al mundo real día tras día, vivir en una bella mentira que disuada la horrible verdad, porque las sonrisas y las dulces palabras que conocen no son más que una máscara que les ayuda a ocultar su verdadero dolor por miedo a ser lastimados de nuevo, después de todo, mostrar su fragilidad a los demás es una oportunidad para volver a ser lastimados, a veces cerrar su corazón es la única opción que muchos encuentran después de una vida cargada de tristeza.
Las luces de neón cegaban a Arthur mientras vagaba por las calles, los letreros eran todos llamativos, la vida nocturna de esa ciudad le hacía pensar que nadie dormía en paz, los adultos que rondaban por allí olían mucho a tabaco, cerveza y otras sustancias que reconocía de sus días como rata de laboratorio.
Las mujeres vestían con escotes muy reveladores, con minifaldas que se detenían justo por debajo del muslo; los maquillajes, las vestimentas y los peinados le hacían pensar que nadie estaba a gusto con su apariencia, aunque sus rostros mostraran sonrisas podía sentir que en el interior muchos se sentían profundamente lastimados.
Le costaba un poco acostumbrarse a tener solo un ojo y no poder regenerar el otro, sus parpados se mantenían cerrados a causa de una cicatriz que empezaba en su frente, se sentía deforme y extraño, caminando entre personas normales con todas sus extremidades, con vestimentas y una sensación desalentadora que le recordaba que no era igual a ellos.
Los sentimientos de agobio y desolación le ayudaron a distanciarse cada vez que intentaban llamar su atención, un chico con su aspecto era algo atractivo en más de un sentido para el submundo, pero a él no le importaba nada en absoluto, ni siquiera estaba seguro de hacia dónde se dirigía, el camino importaba menos que el destino en realidad.
Las voces susurraban muchas cosas, tenía que concentrarse para controlar sus sentidos y no volverse loco por todas las cosas que se podían escuchar durante la noche de cualquier ciudad del mundo, tenía que ajustar su cerebro para que las múltiples miradas no lo molestaran, lo menos que quería era tener que intimidar a alguien para que lo dejaran solo como tanto quería… Para Arthur lo único que podía desear a partir de ese momento era la soledad, quería estar tan solo como fuera posible para que el único tormento que le quedara fuera el de su propia voz que lo despreciaba.
-Hola, pequeñín, te llevaré al cielo por cinco billetes.
-llamó su atención la voz de una mujer recostada en uno de los muros de la esquina, en cuanto el semáforo se puso en rojo, junto a otras mujeres de su índole-
Arthur le regresó la mirada, la misma que se mostraba fragmentada con un solo ojo por debajo de su cabello carmesí, y pensó por un instante que tanto ella como las otras mujeres pudieron notar la tristeza en su rostro apagado, apenas podía dedicarles un momento de su tiempo tras escapar de su trance.
Esa persona no era una jovencita como su vestimenta lo aparentaba, era una mujer que fácilmente podría ser la madre de alguien, Arthur no pudo evitar usar sus poderes para ver que ella, así como muchos más de esa calle nefasta, era portadora de enfermedades que aparentemente ignoraba, muchas cosas innombrables producto de la vida que había llevado, pero ¿Qué clase de decisiones la habrían llevado por ese camino? ¿Con qué clase de personas trataría para tener un ojo morado debajo de su maquillaje?
Muchos pensamientos iban y venían en la cabeza del niño, y quizás incluso hasta los humanos menos astutos podían entender sus sentimientos, porque en cuanto él se limitó a negar con la cabeza la mujer guardó silencio y dio un paso hacia atrás, él no estaba bien en absoluto como para mantener una conversación con alguien.
Cuando el semáforo pasó a verde cruzó la calle con el mismo peso que cargaba desde hacía varios días, ni siquiera sabía cuánto tiempo había pasado desde que dejó el bosque nevado, la nieve se estaba derritiendo poco a poco, todo lo que sabía era que había estado caminando sin parar, caminando sin importarle si sus zapatos estaban sucios o empapados por los charcos, y así como llegó envuelto en misterio se marchó, admirado por las damas de compañía que consideraron que tenía la cara más triste que habían visto nunca.
Una noche Arthur se hallaba sentado en la cornisa de una casa de empeño, no era un lugar tan alto, pero sí estaba apartado de las personas y de las luces de las farolas, solo había oscuridad en ese punto ciego, oscuridad y soledad perfectas para alguien como él que solo quería sentarse para descansar.
La imagen del laboratorio envuelto en fuego, habitado por criaturas monstruosas que lo veían como un rey, y por una bestia con forma de araña, seguía siendo sumamente clara ante sus ojos, podía ver todas las cosas que quería dejar atrás por más que tuviera intenciones de seguir avanzando para alejarse de la fuente del horror más grande de la existencia: su creación.
Ya había intentado quitarse la vida en su viaje sin destino; se había arrojado de un puente, había metido la cabeza en el agua, había tragado piedras, se había abierto el pecho y se recostó para que los buitres se lo comieran, pero nada tenía efecto, cada vez que sufría un gran daño o que terminaba sepultado bajo las rocas su cuerpo se destruía a sí mismo para regenerarse completamente hasta la última partícula, era virtualmente indestructible como Ruby se lo había demostrado, aunque él aún guardaba la esperanza de llegar a acabar con su vida gracias a la ironía de que su ojo nunca se regeneraba y sus cicatrices nunca desaparecían.
Pero, por más que se alejara del laboratorio los recuerdos seguían vibrando en su cabeza, no había dormido ni una sola noche porque cada vez que cerraba los ojos podía ver lo mismo una y otra vez, cada vez que hacía algo para evitarlo el pensamiento resonaba con fuerza… Pero, más que nada, le resultaba imposible dormir porque cada vez se hacía más clara la revelación de Ruby sobre la fiesta de Cassandra: Arthur aún tenía el sabor de la sangre en su boca, podía sentir el miedo de su amada sazonando su carne, había disfrutado más lo que quería admitir porque su sangre y virginidad le pertenecían a él.
Por más irónico que resultara no podía quitarse el anillo de compromiso, cuando lo hacía lo azotaba la culpa y el espectro de rostro ennegrecido acentuaba su presencia, podía ver con claridad una sombra con la forma de su amada, que se sentaba a su lado y le devolvía la mirada sin rostro alguno al cual mirar… Y solo cuando se colocaba el anillo el espectro pasaba de transmitirle culpa a una profunda tristeza.
-Cassandra… -suspiró el nombre con su voz cansada, intentando tomar la mano del espectro, pero este último era intangible a su tacto tal y como esperaba que lo fuera-
Luego pensó en Sullivan, en como su amor por él se acabó como una hoja en otoño, hermosa, pero destinada a marchitarse para dar paso a la fría realidad, y con la llegada del invierno se deshacen aquellos remanentes de un sentimiento que nunca volverá a conocer.
Odiado y maldito por quien consideraba un padre, Arthur se sintió abandonado a su suerte en un mundo en el que nunca volvería a conocer el amor, porque esa clase de dolor que sentía en el presente seguiría siendo su única verdad: Arthur estaba condenado a vagar por sí mismo en un mundo que lo odiaba desde el día en que nació.
Entonces escuchó como en el callejón más cercano a la cornisa en la que yacía sentado habían arribado dos sombras, se trataban de dos humanos discutiendo por dinero, como ya era costumbre para el muchacho, y simplemente se limitó a ignorarlos mientras se autocompadecía por las cosas que había pasado.
Por un instante pensó que Ruby tenía razón, los problemas de los mortales resultaban tan mundanos que era incapaz de sentir interés por ellos, no eran más que hormigas llorando por necesidades que él nunca podría padecer porque no se les parecía en absoluto; pensó que era insolente por creer siquiera que podrían llegar a sentir una pizca del dolor por el que su corazón atravesaba, y se cuestionó si acaso tener esas ideas lo conducirían a ser igual que su hermana.
- ¡Te dije que no me tocaras, te dije que no quería venir aquí! -exclamó la mujer, azotada y dominada por el hombre sin pudor que la había arrastrado hasta ese callejón-