19 #4
El frío no conocía piedad, era una tortura para los desamparados sin un techo al cual recurrir, todo lo que podían esperar era a que el día siguiente fuera mejor y nada se llevara su calma como lo había hecho la nieve… En algún lugar esa blanca espesura se teñía de rojo, como un recordatorio de todo lo que habían vivido hasta ese momento.
Como los instantes de felicidad, que eran escasos, los pensamientos también iban y venían para aquellos con una mente tan intranquila; Sullivan pudo recordar cuando conoció a Arthur, en ese tiempo aún conocido como Phantom, era un niño tan frágil cuya única prenda era esa vieja bata de laboratorio, con el cabello largo carmesí como una cascada sangrienta… Pero, a pesar de la aparente perfección de su aspecto e inocencia, no tenía nada a lo cual aferrarse en la vida, era como un lienzo en blanco cuyo centro era realmente luminoso, sonreía y temía, pero más que nada quería ser feliz.
Pensó en cómo le enseñó a leer, a escribir, como le enseñó a hablar gracias a las marionetas que lo hacían reír, los libros que compartía con él y esas películas que significaron tanto para el chico, su único medio para conocer el mundo que lo dejaba tan fascinado con sus colores; no tenía mucho que ofrecerle salvo ser su tutor, pero él estuvo allí en cada ocasión, cada duda y temor que tuviera, incluso cuando se distanciaron por un tiempo nunca dejó de velar por el chico, estuvo en cada oportunidad para ser lo que siempre debió… Para ser un padre.
“Papá, gracias por todo lo que haces por mí”
le dijo en cierto momento cuando más lo necesitaba, con la cara contra su pecho para escuchar los latidos de su corazón, sabiendo que se quedaría en sus memorias incluso cuando no estuviera en su presente.
Sullivan despertó de improvisto, con las heridas ardiendo y su corazón latiendo con mucha adrenalina, ni siquiera tuvo tiempo para pensar que se hallaba en el exterior, todo lo que pudo hacer fue ponerse en pie para correr por el bosque nevado; empujando las ramas de los árboles, sintiendo la desesperación por hallar a su hijo, sus pies se hundían en la nieve, pero ni eso conseguía detenerlo, nada podría haberle impedido avanzar en la búsqueda de Arthur a pesar de la sangre que manaba de sus propias heridas… Después de que la explosión destruyera el piso del laboratorio donde se hallaba no supo nada más del chico.
Vio las llamas emergiendo de la entrada al laboratorio, la nieve a su alrededor se derretía y los árboles parecían inclinarse para observar lo que podría definirse como el infierno emergiendo de la tierra.
El hombre no pudo resistir el cansancio de sus viejos huesos, cayó de cara contra la nieve para observar las llamas que brotaban, en cierto sentido, con una calma solemne, como el de una enorme fogata… Sullivan no conocía del todo las capacidades de Arthur y Ruby, no había nada que le dijera que pudiera sobrevivir a una explosión o al fuego, nadie podía ser inmortal, y simplemente se quedó de rodillas, todos esos trabajos genéticos perdidos para siempre, ni siquiera los poderosos inversionistas podrían recuperar dos años de trabajo.
Sullivan simplemente se quedó allí para recuperar el aliento, solo entonces con un poco más de calma llegó a su mente el recuerdo de haber despertado lejos de la entrada, no había forma en que hubiera llegado hasta allí él solo, tuvo que haber sido alguien que lo arrastrara hasta la cama de nieve en la que se hallaba al despertar; solo eso tenía para considerar, nada más que una mera posibilidad que solo le ayudaría a lidiar con un nuevo motivo para arruinar su vida… Y a veces eso bastaba para aferrarse a la esperanza.
-Hijo, te encontraré…
La nieve caía en calma, era una época muy hermosa con las fiestas que estaban porvenir, una época en que los buenos padres querrían compartir con sus hijos, Sullivan quería eso más que nada, quería vivir su primera navidad con Arthur y darle todos los regalos que quisiera… Pero eso no era posible todavía, ese hermoso sueño tendría que esperar, y al dormir descansaría en los brazos de Morfeo pensando en cuanto quería volver a abrazar a su hijo, quería volver a aprovechar el tiempo siempre impredecible a su lado.
La esperanza de los humanos era la burla de los inmortales, personajes como Ruby se burlarían de las plegarias de los hombres como Sullivan que se aferraban a una mínima posibilidad para no caer en la desesperación.
El pensamiento del hombre solo se enfocaba en su hijo antes que en la riqueza o en el poder, para él no había nada más importante que amar a quien necesitaba ser amado, y ese deseo de abrazar a su hijo impulsaría sus acciones a partir de ese momento.
En algún lugar del profundo bosque pálido Arthur vagaba abrazándose a sí mismo, sus heridas ya habían cerrado, no tenía frío, aun así, sentía mucho dolor en su corazón, nada podía dar consuelo al amargo frío que plagaba su corazón lleno de dolor.
Había perdido el ojo durante la pelea, Ruby se había asegurado de devorarlo para que no pudiera regenerarse, tenía muchas cicatrices y marcas que hacían que se sintiera diferente del chico que alguna vez fue, se sentía más dañado que nunca por todo lo sucedido… Y no podía dejar de pensar en las cosas feas que Sullivan dijo de él, lo dijo de corazón, ese odio se había acumulado al convivir tanto tiempo con el muchacho, no tenía a donde ir ni con quien, por lo que se había convertido en un trotamundos.
En cierto momento empezó a ver a Cassandra como un espectro sin rostro, una figura sombría, y no pudo evitar cuestionarse si se trataba de su espectro o de algo mucho más profundo, algo como la culpa que lo carcomía y solo le impulsaba a seguir bajando en la profundidad del bosque hasta perderse en la nieve… Hacia un mundo mejor, un mundo sin él.
Hubo silencio, nada más que culpa y remordimiento, hasta que en sus sueños más inquietos una voz resonó dentro de su cabeza como un suspiro, un susurro de añoranza.
“Hermano, soy yo, Ruby… Lo hice, dejé ir al señor Sullivan, justo como a ti te habría gustado, es libre de hacer lo que quiera.
Pensé en hacerle daño por meterse con nosotros, pero consideré lo que te habría gustado a ti, y lo liberé sin hacerle nada como pediste.
Pero ahora me siento vacía, estoy sola, no me gusta la soledad… Ahora solo hay una cosa que puedo hacer al respecto: voy a ir a encontrarte”
La voz retumbaba como un eco, hablaba con calma, pero en esa calma escondía muchos sentimientos encontrados que apenas podía poner en palabras, había más de lo que podía contar, y prefirió responder con silencio, a lo que la voz volvió a agregar con gran profundidad:
“Voy a ir a encontrarte…”