El fantasma carmesí 18 #5
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Una pequeña risa resonó dentro de su cabeza cuando tuvo ese pensamiento, no había sido él, y no tuvo forma de explicar por qué sentía que se estaban burlando de él.

Cuando el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron estuvo a punto de dar el paso al frente para salir, pero se detuvo en el acto cuando fue recibido por una horrible criatura pálida, alta y sin género, con grandes colmillos y garras como un monstruo salido de una pesadilla hecha de carne dañada.

La criatura, en lugar de atacarlo como esperaba, se hizo hacia un lado para dejarle pasar, en el piso de los científicos Arthur se vio rodeado por decenas de criaturas parecidas a la primera, todas estaban recostadas como felinos descansando o masticando trozos de carne que sostenían con ambas garras.

Podía sentir que no lo atacaban porque sentían miedo, le tenían pavor por su naturaleza, y pudo detectar que las criaturas tenían su sangre en una pequeña medida, existían porque ellos solían ser los voluntarios a los que los científicos vacunaron usando una muestra de su sangre para estudiar los efectos; resultaba muy irónico saber que esas mismas criaturas había matado a los científicos cuyos cadáveres reposaban por todas partes, Arthur pensó que probablemente la ciencia había dado resultados, aunque no los que ellos esperaban, y terminaron muertos por jugar a ser dios en ese lugar.

Podía percibir que había algunos científicos sobrevivientes, escondidos en las habitaciones, debajo de los escritorios, con gran terror vigilaban al chico carmesí a la espera de un resultado.

Caminó con intranquilidad mientras las criaturas le cedían el paso hasta llegar al centro donde una montaña de basura, compuesta por muñecas, televisores, maniquíes y lo que parecían ser computadoras aguardaba, en la cima había una enorme silla con adornos macabros hechos de huesos; a Arthur le causó nauseas el escenario, no había forma en que algo bueno podría salir de allí, y en cuanto miraba a las criaturas una sola persona llegaba a su mente, la oscuridad del laboratorio desolado y abandonado por humanos le causó una sensación de despersonalización porque el lugar que solía ser tan familiar ahora era desconocido.

- ¿Arthur? ¿Dónde estás, amor? -de pronto sonó la voz de Cassandra llamándolo desde la oscuridad de unos pasillos, donde Sullivan una vez encontró a unos científicos torturando a una mujer-

- ¡Cassandra! -clamó con alegría renovada al escucharla, e inmediatamente corrió hasta ese pasillo, donde ella lo llamaba para reencontrarse-.

¡Me preocupaste mucho!

Corrió por el pasillo mientras las criaturas lo observaban alertados por la situación, pero aún permanecían en sus puestos expectantes a las próximas órdenes, y en cuanto arribó al inicio del pasillo pudo distinguir una sombra femenina que se movía en su dirección para revelarse frente a él.

- ¿Arthur, de verdad eres tú? -le cuestionó la chica con un tono temeroso y confundido-

- ¡Sí, amor, soy yo! -confesó con lágrimas en su rostro

Arthur nunca fue un niño normal, su nacimiento estaba lejos de ser convencional como el resto de los humanos, la mujer que prestó su vientre para darle luz no fue más que otra voluntaria que murió en el acto cuando el niño no pudo controlar su poder y terminó por asesinar a su propia madre, eso nunca lo supo y probablemente nunca lo sabría porque ya no tenía importancia.

Desde el momento en que nació su vida estuvo plagada de dolor y miseria, al crecer eso solo incrementó cuando los científicos comenzaron a tratarlo como el arma que estaba destinado a ser, en más de una ocasión llegó a creerlo porque, después de todo, ¿Qué clase de poder estaba ligado a la sangre y al genoma? Solo la clase de poder que trae sufrimiento al mundo.

Cuando la sombra del pasillo dio un paso al frente para revelarse, Arthur entendió que lo menos que se podía hacer en la vida era ser feliz, y que esa felicidad perdurara, esos momentos eran más complicados de conservar y tan fugaces como las viejas películas de su habitación.

Arthur comprendió que, sin importar cuanto amara a alguien, las promesas se rompían con facilidad, no podía estar allí para ayudar a quienes quería con tanta devoción… Y si él era la bondad encarnada, Ruby era la maldad, supo que no había siquiera una pequeña pizca de humanidad en ella, todo lo que podía esperar era crueldad.

-Mi amor, ¿Qué sucede? ¿Por qué no te acercas un poquito más? -le cuestionó la voz de Cassandra, pero la persona que hablaba no era ella en absoluto, sino Ruby, la niña carmesí que aún usaba el vestido negro y se le acercaba desde la oscuridad con ambos brazos extendidos y una máscara de piel-: dame un besito, Arthur.

La niña usaba una máscara de piel, al principio pensó que se trataba de plástico dañado y descolorido por la forma en la que colgaba de su cara, pero tras verlo por un momento se percató de que la piel aún tenía parte del cuero cabelludo, sin ojos ni labios alrededor de su boca, con sus mejillas grisáceas y una mueca de eterno dolor, a pesar de cuan horrible parecía él podía distinguir de quien se trataba esa cara que Ruby había arrancado para usar como máscara: era el rostro de Cassandra.

Arthur retrocedió, había empalidecido y sus piernas temblaron, con sus pupilas dilatadas por el horror de esa criatura de aspecto inocente regocijándose al ver su expresión adolorida y asqueada, ella deslizó su lengua por los extremos de la máscara de piel, mientras el muchacho se inclinaba y sostenía su estómago, no pudiendo contener las náuseas comenzó a vomitar litros de sangre.

Ruby se reía mientras él seguía vomitando, su voz ya no imitaba a la humana, no había razón para seguir ocultando su acto, lo mostraba con tanto orgullo que comenzó a acariciar las comisuras de la máscara.

-No… -clamó, lamiendo la sangre de sus labios, negando la realidad mientras sus lágrimas escapaban-.

Esto no es verdad.

-Pero lo es, hermano mayor, ella te quería apartar de mí, así que hice lo que tenía que hacer.

-confesó la chica con orgullo, sosteniendo su barbilla-.