El fantasma carmesí 18 #3
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18 #3

Era difícil pensar que una persona podía llorar de la felicidad, pero allí estaba, derramando sus lágrimas como un niño por la prueba de que el mundo no tenía que ser un lugar cruel como había creído, su primer amor le había demostrado que aún había muchas personas por las que valía la pena seguir adelante y arriesgarse a conocer, valía la pena dar ese paso para saber que podía obtener más que solo dolor en el corazón de los humanos… A Arthur le alegraba haberse enamorado, porque el amor era como un consuelo de todas esas horas de soledad, hacía que haber sido maltratado y abusado valiera la pena porque ahora sí tenía una nueva oportunidad.

-Sí, mi amor, soy feliz.

-confesó, disipando sus últimas lágrimas-.

Y no quiero dejar de serlo, quiero ser feliz para siempre, quiero estar a tu lado sin importar lo que pase y… No quiero volver a estar solo, si esto es un sueño no quiero despertar jamás.

-Arthur… -había un rastro de melancolía en su voz, sostenía su mano contra la mejilla de su amado mientras pensaba en las palabras correctas-: ¿Sientes mi mano? No es un sueño, es real, yo soy real.

No te quedarás solo, pero te prometo algo, incluso si no me sientes yo estaré en un lugar del que nunca me voy a marchar.

-y conforme hablaba deslizaba la mano hasta tocar su pecho-. Incluso si no eres humano puedo sentir tu corazón latiendo por mí, yo siempre estaré ahí para ti, mi amor.

Él escuchaba todo lo que decía, estaba tan acostumbrado a las cosas malas y las desdichas de la vida que cuando algo bueno sucedía le costaba aceptarlo, le costaba creer que algo así perduraría, pero ella le daba la confianza para creer que incluso si no podía ver o tocar lo que amaba no significaba que no existía… Todo se quedaba con ellos, de un modo u otro, todo aquello que les daba felicidad se hacía inmortal, vivía por siempre en las memorias incluso si no estaba en su presente; él actuó como un cachorro acurrucándose bajo sus palmas, adoraba sentir sus manos sobre su cabeza, no podía negar que la naturaleza de las cosas era más importante que su forma física, y amó cada instante que ella compartió con él para forjar su recuerdo.

-Siempre te voy a amar, Cassandra Fiore.

-Y yo a ti, Arthur Sullivan.

-dicho eso ella se inclinó para besarlo mientras la mano con el anillo se deslizaba por su pecho-

Era inevitable que sucediera, ambos eran jóvenes y estaban enamorados, para ellos tener intimidad significaba tener una conexión más profunda de la que podían tener con cualquier persona, estaban conectados a un nivel indescriptible cuando sus cuerpos desnudos se encontraron en la oscuridad… Cassandra temblaba porque tenía miedo, las dudas comenzaron a carcomerla, se preguntaba si dolería o si sufriría alguna enfermedad por ello, como muchos llegaron a desinformarla al respecto no tenía nada de conocimiento, pero Arthur la hizo sentir segura porque él también tenía miedo, era una experiencia diferente para ambos y la acompañaría en todo momento con gentileza.

Conectados como uno solo en cuerpo y alma, la chica se recostaba en la cama mientras le permitía acceder, permitir que alguien la viera con tanta fragilidad era algo tenebroso, pero todos esos miedos se disipaban cuando pensaba en la persona a quien le estaba dando su primera vez.

Aunque dolía un poco eso no evitaba que también fuera placentero, sus brazos lo rodeaban, podía sentirlo en su interior con esa gentileza que lo caracterizaba, no sabía si se sentía así de bien por defecto o si en realidad Arthur tenía algo que ver en que todo ese dolor se convirtiera en lujuria pura, él era tan dulce y amoroso con ella sin importar las circunstancias.

“Arthur, no estamos usando protección”

llegó a suspirar en cierto momento entre los movimientos, pero eso no consiguió amainar el ritmo, no había nada que les hiciera detenerse para ese punto, al chico no le importaba porque él sabía que no podía tener hijos, aunque fuera un deseo natural, solo sucedería si se concentraba lo suficiente para controlar esa parte de su cuerpo… Aunque no lo haría, aún no se sentía listo para tener descendientes, seguramente tendría que explicárselo más tarde para que no se preocupara por un posible embarazo.

También fue la primera vez para Arthur, la primera vez que disfrutaba del sexo y no lo veía como un castigo proporcionado por Ruby, pero la mayor diferencia era que Cassandra no lo estaba usando como un juguete, ella le hacía el amor; lo que muchos humanos seguían sin diferenciar, y es que al estar en la intimidad los sentimientos también se implicaban mucho para saborear la dulzura del momento, hacerlo con una persona a la que amaba hacía que el proceso se convirtiera en un manjar, era como probarla con todos los sentidos del cuerpo, sentir que eran uno hasta desear que nunca se acabara.

Habían pasado cerca de veinte minutos hasta que lograron rozar el pináculo del placer, la lujuria, el amor y la dicha, sus mentes estaban en blanco tras llegar al clímax, jamás pensaron que algo así podría llevarlos a durar tanto tiempo en el acto.

Cassandra aún jadeaba mientras Arthur seguía recostado sobre ella, sosteniéndolo entre sus brazos para recuperarse de la intensidad del momento, su mano pasaba por su cabello para calmarlo, si no fuera porque él tuvo que detenerse debido al collar eléctrico probablemente habrían durado un poco más de tiempo.

-Tranquilo, amor.

-jadeó-.

Estuviste fantástico.

Arthur carcajeó un poco mientras recuperaba el aliento, luego levantó la mirada para darle un pequeño beso.

-A mí también me gustó mucho.

-confesó mientras la abrazaba-

Podría haber durado mucho más entre sus brazos, esperando que la noche terminara y que Sullivan viniera a buscarlo en su auto, eso le habría hecho más feliz que nada después de lo que habían hecho, y si él hubiera tenido el poder habría congelado el tiempo en ese preciso instante para permanecer a su lado por siempre.

Verla a sus ojos castaños, a su cabello negro como la noche con tonos rojizos y a su precioso rostro, era todo lo que necesitaba para sentirse completo por ese día, estaba ensimismado en la idea de que ella había llegado a su vida para darle felicidad y nada le podía quitar ese pensamiento.

“Si hubiera tenido el poder, habría hecho todo lo posible para que se quedara conmigo”

pensaría en el futuro lejano cuando en una noche de invierno como esa los copos de nieve se acumularan en la palma de su mano con el anillo del rubí.

De pronto el frío de la habitación se intensificó, su aliento emergía como pequeñas nubecillas blancas, a ambos les extrañó sentir la presencia de otra persona… O, mejor dicho, de algo que imitaba a una persona, sentada en la esquina más oscura de la habitación jugando con las viejas muñecas de Cassandra se hallaba Ruby, la niña carmesí.

Ruby experimentaba con las muñecas, a una de ellas le arrancó la cabeza y el plástico que formaba su rostro, parecía interesada en la forma hueca que quedaba en la muñeca cuando lo hacía, ese experimento hizo que se dibujara una pequeña sonrisa siniestra en su expresión.

Arthur inmediatamente tomó asiento en la cama, las sábanas cubrían su desnudez y la de Cassandra, esta última se mostraba bastante asqueada por la presencia de la niña, demostrando que hasta en una noche como esa después de sentir tanto placer también podía sentir nauseas por la presencia del pequeño demonio pelirrojo.

La esquina era muy oscura, pero el resplandor de su cabello carmesí lograba revelar su presencia, y en cuanto estuvo segura de que ellos la habían visto les devolvió su mirada brillante por encima de su sonrisa malvada.

-Oh, pero que lindo cortejo ese que tienen, ¿Ella lo hace mejor que yo, hermano mayor? -cuestionó la niña, provocando más náuseas y temor en Cassandra-

- ¿Qué haces aquí? Yo no te invité a mi fiesta, lárgate antes de que haga algo.

-interrumpió la cumpleañera con desprecio, cubriendo su cuerpo con la sábana-

Entonces Ruby se levantó, y al hacerlo todo rastro del aspecto de una niña pequeña quedó sepultado, había alterado su anatomía para lucir más alta y tenebrosa que nunca; llegaba hasta el techo, sus piernas eran anormalmente largas al igual que sus brazos, su rostro desencajado siempre mostraba una mueca que apenas conseguía parodiar a una sonrisa, tenía los ojos hundidos y la nariz hueca, el siempre hermoso cabello carmesí ahora colgaba en pequeños mechones arrancados de raíz.

Y ese vestido negro que había lucido días atrás ahora colgaba como una pobre imitación que ni siquiera lograba cubrirla correctamente, como ver a un hombre adulto usando un vestido de niña.

Cassandra empalideció inmediatamente, a lo que Arthur respondió sosteniéndola en un abrazo firme, consolándola por la imagen de la infame niña monstruosa que apenas lograba entrar en esa habitación, demasiado alta y enferma como para estar allí.

Ruby acercó su rostro desencajado proveniente del valle inquietante para mirar de cerca a su hermano y su prometida, estaban tan unidos y amorosos entre ellos que le causaba nauseas, podía ver que a pesar de su expresión firme el collar delataba que él tenía mucho miedo.

-No te entrometas y yo no tendré que descartarla a ella; claro, solo si se quedan aquí mientras hago una visita al salón de baile.

-Ruby llevó una mano a la cabeza de Cassandra, una mano deforme de la que se salían sus huesos-

La mano deforme y huesuda acarició la cabeza de la cumpleañera de tal modo que sus lágrimas recorrieron sus mejillas, un escalofrío de pesadilla abordó su cuerpo mientras escondía su rostro en el pecho de su amado, la mano monstruosa la acariciaba como lo haría con una mascota, pero en su tacto podía sentir todo el desprecio y odio que había en su alma, no solo por tratarse de Cassandra, sino porque odiaba a los humanos.

-Te ves frágil, simio lampiño.

-agregó, antes de que ella apartara la mano-