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Es que es raro, eres la última persona que imaginé que tendría un arma.
-Por eso la guardo, para no preocupar a los demás.
A esa respuesta le siguió un suspiro de inquietud.
-Eso no tiene sentido, ¿Por qué la tendrías en primer lugar?
-Escucha, Arthur, en serio no quiero hablar de esto contigo, ¿De acuerdo? No es el tipo de cosas que compartimos.
-confesó, sonando un poco irritada, aunque nada molesta-
-Bien, lo siento…
Cassandra agradeció con un simple gesto de la cabeza, aunque en el fondo le desagradaba hablarle así tampoco estaba segura de tener la fortaleza para hablar con él de su motivo para tener un arma, por eso seguía tan inquieta al punto de dejar la barra de chocolate a un lado, había perdido el apetito.
Tras las palabras le siguieron unos instantes de silencio, pensó que hasta allí llegaría el tema antes de que alguno decidiera romper el silencio para ir a su habitación, no obstante, Arthur volvió a hablar sin previo aviso.
-Por favor, dime por qué la tienes.
Ella dejó escapar un suspiro, sabía que él no dejaría ir algo así de grave hasta no obtener una respuesta, agradeció que la cordialidad de sus padres fuera tal que seguramente habían invitado al señor Sullivan a un recorrido por la mansión y explicarle como habían adquirido cada pintura y escultura, la mayoría por petición de Cassandra, así tendría tiempo para discutir del tema del revólver con Arthur sin preocuparse por si ellos escuchaban.
-Te dije que no quiero hablar de eso.
-Pero quiero saber, por favor, solo dime.
-insistió con preocupación, aunque normalmente se quedaría callado, la visión de la pistola se había quedado grabada en su cerebro junto al relato de su hermano-
Se negó nuevamente, pensó que podría usar la carta de sentirse hostigada por su insistencia, pero eso solo incrementaría su curiosidad, además de que no tenía el corazón para usar palabras fuertes con él solo porque se preocupaba y ella era demasiado terca como para aceptarlo.
Pensó si acaso habría otra manera de evitar ese tema, quizás el silencio era lo mejor hasta que él se cansara de hacerlo, divagar en su mente hasta que lo olvidaran o quizás decirle que fueran a su habitación y poner alguna de sus músicas preferidas, como una mascota, para hacerle perder el interés hasta que ni siquiera pudiera recordar por qué estaban en el salón de la próxima fiesta en primer lugar… Quizás si hubiera sido más cuidadosa él no habría visto ese revólver y no estarían teniendo esa conversación.
Se resignó a la constante curiosidad del chico, y entendió que la única manera de dejar el tema era abordándolo, no podría quedarse callado hasta saciar su curiosidad, en medio del salón de baile lleno de colores y recordatorios de su próximo cumpleaños número diecisiete pensó que realmente Arthur era lo único valioso en medio de todo el disparate en que se había convertido… Si no fuera por él, el sinsentido seguiría siendo mayor por la presencia de su enfermedad.
-La conservo en caso de que… -antes de decirlo se tomó un momento y lo miró a los ojos-: quiera cometer suicidio.
Arthur se quedó en silencio, completamente perplejo, Cassandra ya no lo miraba a los ojos, sino al techo, directamente al cartel de felices diecisiete, pero realmente no miraba a ningún lugar; su mente estaba divagando en lo que había dicho, casi como si intentara consolarse por sus propias palabras, no podía creer que finalmente había revelado su mayor secreto, aquel tan oscuro que apagaba el brillo de su siempre alegre expresión.
Nadie, ni sus padres o compañeros, sabía que ella aún conservaba el arma con la que su hermano se había quitado la vida años atrás, después de todo era algo que ni siquiera ella misma entendía, solo actuaba por pensamientos impulsados por un dolor extraño y estúpido.
El chico pensó que ella se retractaría, que tal vez solo era una broma cruel de su parte para ver su reacción, después de todo, era una chica ruda y probablemente solo quería ver qué haría… No obstante, el remate nunca llegó, ella no bromeaba en absoluto y sus pensamientos realmente giraban en torno a esa vaga posibilidad con sus dedos apretando del gatillo mientras el arma apuntaba su cabeza.
-No… No puede ser, hablas en serio.
Aún había silencio, su mirada seguía perdida hacia la nada tal y como sentía que su alma lo hacía, no había razón para mirar a otro lugar o entender que la luz para salir de esa oscuridad estaba justo a su lado.
-Pero ¿Por qué, Cassandra? -sonaba herido, estaba profundamente herido después de escucharla-
-No lo entenderías.
-confesó cabizbaja-
-Podría intentarlo… -respondió sin titubear-
Pensó que tal vez podía confiar en él, habían compartido mucho, después de todo, no tenía razones para creer que la engañaría o que saldría corriendo a decirle a sus padres, había dicho que era su amigo y sin duda el único a quien podía considerar un verdadero confidente.
-No sé explicarlo… A veces siento que es demasiado para mí; la vida, todo lo que me rodea, desde que nací siempre estuve enferma y no pude tener una vida normal, todo me dolía siempre y no podía andar sin cuidado ni tomar mis medicinas sin que terminara suspirando de dolor en el piso como un perro callejero… Tener el arma, saber que hay una salida y que tengo control sobre ello, me ayuda a sobrellevar todo.
-Pero no entiendo, ¿Qué te hace tan infeliz? Ya no estás enferma.
Ella estaba bastante triste al hablar, sus ojos contenían lagrimas que no se atrevía a derramar, pensaba con profundidad en la posibilidad de que había sido una mala idea confesarlo, pero ya era demasiado tarde para retractarse, su voz tampoco temblaba ni demostraba sus nervios, solo quedaba continuar y seguir explicando su punto hasta que sus palabras realmente tuvieran sentido.
-Cuando me salvaste estuve agradecida, sin duda jamás pensé que algo me salvaría la vida, sigo estando agradecida; luego llegó el día siguiente y me pregunté a mí misma, ¿Ahora qué? Sinceramente pensé que moriría pronto, ya me había resignado a la idea, y no es que desprecie que me hayas ayudado… sino que realmente no sé qué hacer con mi vida, no tengo nada que ofrecer e incluso a mis propios padres les causo problemas.
¿Qué propósito tiene mi vida?
Arthur también contenía las lágrimas, subió sus piernas en la silla y se abrazó a sí mismo mientras la escuchaba, aún no había terminado con su revelación, por primera vez tenía a alguien con quien compartir dichos sentimientos y no debía desaprovechar la oportunidad, tenía que seguir hablando tanto como lo necesitara.
-Te lo juro… intento encontrar significado en mi vida, intento encontrar significado en haber tenido una segunda oportunidad, somos más de ocho mil millones de personas en la tierra, ¿Por qué yo? Intento encontrar el significado de seguir viva, si nacer es el milagro más grande de la creación, ¿Qué sigue después? ¿Solo seguir robando oxigeno sin tener nada que ofrecerle a nadie? Sin ser valiosa, mientras que otros sufren porque no tienen nada que comer yo estoy en esta mansión pensando que no merezco vivir, y realmente lo creo, intento buscar una razón… pero simplemente no puedo.
Arthur pensó en el contenido de esa caja, ese revólver y esas cajas de balas seguían retumbando en su memoria, además de la bolsita de hierba que había guardado hasta antes de que la compañía indeseada insistiera en fumarla.
- ¿Y esa bolsa de hierbas?
-La guardaba para mi último cigarrillo…
Hubo otro instante de silencio, era demasiado para procesar como para dar su opinión inmediatamente, además de que era un tema delicado porque sabía que tenía razón; después de una vida de enfermedades, en la que estaba segura de que tarde o temprano terminaría muriendo, no podía dar por hecho que luego de su salvación ella vería la luz de una segunda oportunidad, no podía tener la garantía de que la oscuridad se alejaría por completo y se ayudaría a sí misma o a los demás, ¿Qué clase de fantasía era esa en el mundo real? Las personas eran complejas, y eran ellas quienes hacían la vida más compleja todavía, era algo que Arthur apenas comenzaba a entender.
-Eres la única persona a la que le he dicho esto, no pensé que alguna vez se lo diría a alguien… -confesó, mordiéndose las uñas como gesto de ansiedad, esperaba alguna especie de sermón sobre lo maravillosa que podía ser la vida, sobre lo hermosa que era solo por el simple hecho de estar viva, esa clase de palabrería que consideraba disparates casi religiosos, pero solo hubo silencio de su parte-.
¿Es que no vas a decir nada?
Arthur suspiró antes de siquiera pensar en la posibilidad de responder, sabía que cualquier cosa que dijera ella lo tomaría como un regaño y un recordatorio de que la vida era hermosa solo porque sí, seguramente pensaría que debía aceptarlo sin rechistar.
-Realmente no sé qué decir… Cometer suicidio, eso es bastante extremo.
-su voz permanecía neutral, como queriendo sonar adolorido, aunque su expresión sí lograba demostrar ese dolor-.
Pero sí pienso que eso es bastante egoísta de tu parte.
- ¿Egoísta? -sonó ofendida al repetir esa palabra-.
¿Como es eso ser egoísta según tú?
- ¿Qué haría yo si no estuvieras aquí? Tú eres la única amiga que he tenido, eres la única que hace mi vida maravillosa.
El señor Sullivan no estaba excluido, pero sabía que cada persona tenía su momento y su lugar, y ese instante le pertenecía a Cassandra, ella era todo su mundo en ese momento y debía hacérselo saber si realmente quería ayudarla.
Vio que su confesión le había hecho replantearse mucho en silencio, ella parecía incrédula por escuchar algo tan conmovedor, pero eso no bastaba, unas palabras no podían ayudarla a recuperar lo que su mente había insistido que estaba tan perdido.
-Eres mi única amiga, si no te tuviera estaría perdido, sumido en mi oscuridad…
-No lo creo, estarías bien sin mí.
-agregó Cassandra, suspirando y desmeritando sus intentos por ayudarla-
- ¡No, no lo estaría! -interrumpió el chico carmesí, tomando las manos de su amiga y mirándola a los ojos-.