16 #3
Si no fuera porque tenía otros planes en mente ella no habría dudado en volver a lanzarse de las escaleras solo para sentirse a salvo en los brazos del muchacho, aunque igualmente no lo haría porque no quería preocuparlo innecesariamente, que él se lo dijera en persona era suficiente para reconocer que realmente la apreciaba lo suficiente como para saltar tan alto y atraparla en el aire… Realmente hacía que su corazón latiera con fuerza solo con tenerlo cerca, sin duda ese cumpleaños sería el mejor de todos solo por tener a Arthur.
“Es tan hermoso…”
su mirada era lo más hermoso, sus ojos eran como rubies para ella, iluminando con su resplandor carmesí en la oscuridad, la guiaban por el camino que debía recorrer, ya no se sentía tan perdida a su lado y las ideas tan oscuras que se cernían sobre su mente se desvanecían como las últimas hojas del otoño, pensamientos marchitos que no hacían más que ensuciar su belleza.
-Rayos… -confesó, desviando la mirada en cuanto entendió que se había quedado observando sus ojos por demasiado tiempo-.
Intento mantener mi imagen de chica ruda, me lo haces imposible.
-Lo siento.
-se disculpó sinceramente, parecía creer que realmente había hecho algo malo, y Cassandra notó eso, sabía que él era bastante tímido e inseguro de sí mismo, pero que actuara como si la hubiera ofendido no era común en él, realmente era como si arrastrara con algo de lo que no quería hablar… pero no lo presionaría a no ser que fuera necesario-
Ella sacudió su cabeza para disipar su rubor, entonces se colocó a su lado para observar los adornos del salón, no estaba listo, pero al menos había hecho un gran avance.
-Bien, ¿Qué te parece?
-Creo que es lindo, tendrás un gran cumpleaños.
-confesó el chico, admirando el logro de su amiga-.
Diecisiete años, increíble, suena a mucho tiempo.
-Supongo que sí lo es, uno nunca piensa que llegará a tantos, pero ya ves que así es.
-al decirlo ella tomó asiento en una de las sillas plegables y palmeó el asiento a su lado invitando a su amigo-.
Por ahora descansaré, al rato podemos ir a mi cuarto si quieres.
Arthur se sentó y aceptó la barra de chocolate que Cassandra le había ofrecido tras sacarla del bolsillo de su chaqueta, siempre tenía alguna encima por si se antojaba de comer algo dulce en el camino, ambos permanecieron allí sin que el chico tuviera deseos de compartir los malos pensamientos que poblaban su mente cada noche, no había razón para creer que eran algo más que pesadillas producto de su naturaleza inhumana.
Por supuesto, sabía que la preocupaba porque no hablaba tanto como acostumbraba con su infantil curiosidad por todo lo que le causaba interés como el niño pequeño que era en el interior, esta vez había mucho silencio, pero el silencio le parecía una mejor opción que compartir las horridas visiones que se le presentaban a través de los ojos de su hermana.
Pensó en que no era la primera vez que sabía que ella había lastimado a alguien, era más que consciente de que su sed de sangre y malicia eran insaciables, él era el platillo principal para ella, el consuelo para las calamidades y la calma para una vida llena de violencia; le preocupaba lo que sería de él cuando el tiempo que compartía que Cassandra se terminara, ¿Volvería a ser la rata de Genexis Sciences? ¿Volvería a ser el placer carnal para Ruby que seguiría tentándolo con cometer genocidio? Pero más que nada, le preocupaba saber que ella podría hacerle algo a Sullivan y los Fiore, le preocupaba que pudiera lastimar a Cassandra sin importar si él la amaba.
Miró a la chica a su lado mientras comía su barra de chocolate, no quería perderla sin importar cuanto le costara, no quería verla llorar sin importar si él tenía que hacerlo en su lugar, con cada forma y expresión era hermosa, con cada emoción y gesto le conmovía al punto en que él ya no se podía imaginar sin ella.
“Tienes mis ojos, quizás nunca serás mía, pero tienes mis ojos”
pensó en ella, en una de las tantas canciones que habían escuchado juntos, Lost Kitten, y se vio a sí mismo como ese gato; buscando por algo malo como acostumbraba, algo que le hiciera daño para saber que seguía existiendo, pero en su lugar la encontró a ella ofreciéndole su consuelo, cubriéndolo en sus noches más solitarias, acompañándolo en sus noches más tristes y amándolo en sus días más amargos, le hizo saber que más que existir también podía estar vivo, ese era el regalo más grande… Ella era esa gatita que le hacía compañía como el trotamundos que era.
Sin embargo, aunque su amor por ella era indiscutible, había algo que seguía presionando su cabeza, un pensamiento que no se podía sacar por nada y le preocupaba que una amarga posibilidad pudiera quitarla de su lado… ella notó su mirada preocupada, y antes de que pudiera decir algo ya suponía lo que iba a decirle, había una clase de evidencia en su preocupación.
-Cassandra, ¿Puedo preguntar algo?
-Claro.
-respondió casi de inmediato, aunque en el fondo ya creía saber qué era lo que le preguntaría, ni siquiera hizo falta seguir mirándolo mientras él formulaba su pregunta-
Dejó salir un suspiro antes de continuar:
- ¿Por qué guardas un arma?
Cassandra lo miró de reojo, le dio un pequeño mordisco a su chocolate y luego desvió la mirada.
-No lo sé.
-confesó, su voz sonaba más apaga e indiferente, no se parecía en nada a la chica animada de siempre-
- ¿Como no lo sabrías? -contrarió con un gesto de infantil incredulidad-.