El fantasma carmesí 16 #2
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Pensó que le diría algo siniestro, una oración o palabra como salidos del infierno, algo que solo un demonio podría decir para justificar una acción tan perturbadora, lo que fuera que pudiera identificarla como un monstruo que inmediatamente consideró como un reflejo de su mayor error… Porque a diferencia de Arthur ella no contaba con un collar eléctrico, casi como si dijera que nada podía detenerla.

Todo lo hizo fue soltar un maullido al igual que un gato y luego le sonrió, enseñando sus colmillos como dagas teñidas con la sangre de sus padres, y se abalanzó sobre él para suspirar su pútrido aliento sangriento contra su cara y luego lamer su rostro con una dedicación nauseabunda.

Más que malicia en cada uno de sus actos, mientras saboreaba las lágrimas e imitaba las súplicas de Kevin para burlarse, había una fijación personal con el muchacho, parecía estar cobrando una deuda con él; su cabello carmesí caía sobre su rostro, lo quemaba como si fuera una superficie hirviente, convirtiendo cada parte de su cuerpo en un arma con la que lo castigaba por algo que ni él mismo comprendía.

-Oh, ¿Entonces se te olvidó lo que le hiciste al hermano mayor? -confesó con su hermosa voz de ángel que contrastaba con su aspecto demoniaco-

- ¡¿Quién demonios eres?!

-Tranquilo, me aseguraré de que no me olvides, y te diré el por qué… -confesó, inclinándose para susurrar en su oído-: esto es por Arthur.

Esas palabras bastaron para saber lo que le iba a suceder, esa noche no iba a morir, aunque ella iba a hacer que lo deseara porque cada uno de sus actos lo hacía por venganza a lo que le había hecho a su hermano mayor, demostrando cuan posesiva podía ser contra aquellos que osaban lastimarlo, y muy pronto demostraría lo que podía hacer cuando osaban amarlo más que ella.

“Hermano mayor, ya quiero verte, no lo resisto más, verás que ya no soy una niña pequeña… Quiero que me veas con otros ojos”

pensaba detenidamente, ese pensamiento que en otro contexto habría resultado incluso conmovedor no era más que una excusa en su mente desquiciada mientras desollaba, rompía y armaba su nuevo juguete, como un bebé que apenas aprende las diferentes funciones de sus herramientas, y disfrutaba toda la noche con él mientras pensaba constantemente en Arthur y lo que haría cuando se volvieran a ver.

Otra noche, solo era otra pesadilla de la que ansiaba despertar, eso era lo que Arthur se repetía a sí mismo cuando los gatos salvajes invadieron sus sueños, había mucha sangre en derredor y gritos ensordecedores, bestias tiernas se habían convertido en criaturas abominables que le recordaban que no estaba a salvo en ninguna parte; cuando se despertó Sullivan seguía durmiendo, aún no era momento de ir con Cassandra, y pasó toda la mañana pensando en cómo las cosas habían resultado de esa manera para alguien, lo que para él no fue más que una pesadilla fue la realidad de una persona, pero, ¿Por qué seguía sufriendo en silencio por ellos como si estuviera pagando por sus pecados?

Cualquiera que fuera la razón para esas pesadillas se estaba acercando cada vez más, estaba empeorando su condición produciendo pensamientos cada vez más destructivos, y nunca dudó en pensar que Ruby tenía algo que ver con esas pesadillas… Llegó a sentirse muy culpable porque sabía que quien fuera la persona que se encontrara con la niña carmesí sufriría lo mismo que él, se preguntó a sí mismo si acaso sería mejor dejar que le hiciera todo lo que quisiera con tal de que no lastimara a nadie más.

Divagar entre esos pensamientos le impidió disfrutar del viaje cuando Sullivan volvió a conducir hasta la mansión Fiore, cuyas extensiones crepusculares se extendían como un titan emergiendo de las enormes hectáreas de bosques que la rodeaban, una vez allí fue saludo por los padres con el mismo cariño de siempre para luego ser invitado a pasar como si fuera su hogar.

Sullivan no notó cuan ensimismado estaba desde esa mañana, el chico había aprendido a disimular sus sentimientos muy bien, después de todo, el collar era un buen maestro; luego procedió a caminar no a la habitación de Cassandra, sino al gran salón que usarían para su fiesta de cumpleaños, una zona mucho más amplia y compleja que el resto de la mansión.

Las cintas de colores colgaban del techo, las mesas desplegadas en torno a la pista de baile desempolvada, las cortinas negras con una pulcritud indiscutible mientras eran mecidas por la brisa de invierno, y Cassandra estaba en la cima de unas escaleras colgando el último detalle: su cartel de felices diecisiete, una bienvenida a otro año de vida, una bienvenida a su segunda oportunidad con una salud renovada por completo, todo cuanto componía el hermoso salón era un recordatorio de que ella se sentía bastante alegre por disfrutar de su vida por primera vez.

- ¡Hola, guapo, aquí arriba! -saludó desde las escaleras en cuanto notó la llegada de Arthur al salón, meneando sus manos-

- ¡Hola! -correspondió un tanto nervioso-: creo que no deberías moverte tanto, puedes caerte de ahí.

Cassandra se burló de esa posibilidad, le aseguraba que no había nada de qué preocuparse, no era tan torpe como para caerse de la nada, y ella se mordió la lengua en el momento en que sus pies no tocaron el escalón y tropezó hacia atrás.

No hacía falta usar sus poderes para saber que desde esa altura el impacto podría lastimarla, por lo que inmediatamente se movió a toda prisa y la atrapó con sus brazos, lo que para cualquier otro habría sido una sentencia para caer juntos para Arthur no fue más que sostener una muñeca de trapo, la sujetó con ambos brazos de modo que ella ni siquiera se percató del momento en que saltó por el aire y la atajó mucho antes de que pensara en el impacto.

Él la sostenía como los caballeros lo hacían con las princesas cuando las rescataban de las torres de los dragones, estuvo allí para ella cuando pensó que nadie lo estaría y le devolvió una sonrisa sincera mientras su mirada le reprochaba, no como un regaño, sino como un recordatorio de que todo lo que él hacía era porque se preocupaba por su bienestar.

-Creo que debí hacerte caso.

-confesó, ruborizada por la vergüenza mientras él la bajaba, pero en lugar de regañarla se aseguró de que lo viera a los ojos-

-No quise que te lastimaras, me sentiría triste si lo hicieras.

-confesó, demostrando que tuvo mucho miedo por Cassandra-