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Aunque no le gustaba hacerlo con ella, quiso saber qué pensaba en ese momento, y la sorpresa de escuchar sus pensamientos le resultó bastante agridulce al descubrir que había cierto dolor en el subconsciente por haber tenido que decirles esas cosas a quienes creía sus amigos, realmente había una pequeña pizca de lo que consideró que se trataba de arrepentimiento; al mismo tiempo, escuchó una voz bastante relajante que le recordaba que él seguía allí, era el único que no la había abandonado y tampoco la había traicionado, tenía un lugar especial en su corazón a pesar de todo, aunque eso no borraba el hecho de que Cassandra se había visto forzada a elegir.
-Lamento que hayas tenido que echar a tus amigos.
-confesó con algo de culpa-
-No seas tonto, yo te lo dije antes… -refutó, separándose para verlo a los ojos con dulzura-: ellos son los chicos con los que me junto, es diferente, en cambio tú sí eres mi amigo.
Dicho eso ella le plantó un beso en su mejilla, el toque de sus labios era suave, como ser acariciado por la manta con la que Sullivan había limpiado la sangre en su cabeza, se conmovió con el recuerdo y cerró los ojos para luego suspirar aliviado porque tenía muchas maneras de hacerlo sentir a salvo… Le había dado tanto que no sabía qué darle a cambio, poco sabía que Cassandra ya estaba formulando lo que le pediría para su cumpleaños a cambio de todo lo que hacía por él.
-Ahora, vamos a preparar ramen para dos y tomarnos esa Coca-Cola, veremos películas toda la tarde.
Y por supuesto que verían películas, era una de sus actividades favoritas, sobre todo cuando lo hacía con alguien a quien quería, pero no podía dejar de pensar en el arma que había visto en la caja de zapatos que ella guardaba en una tabla secreta de su habitación, la imagen del revólver seguía presente en su cabeza con una claridad tremebunda.
Cuando intentó dejar de pensar en eso el relato del hermano mayor de Cassandra se presentó, cada detalle era demasiado vívido como para dejarlo pasar, no obstante, tendría que aprender a ignorarlo mientras bajaban a la cocina y se preparaban el ramen instantáneo, cruzando a un lado de Sullivan y Aurora quienes seguían disfrutando de una plática sobre cosas cotidianas a la que pronto se unió Paulo cuando volvió del trabajo.
“Oh, papá… cuando nos veo a todos aquí reunidos siento que somos una familia, siento que he encontrado todo lo que siempre he deseado, y me da tanto miedo por lo irreal que se siente todavía”
pensó el muchacho cuando los adultos los saludaron sin cuestionarles nada, sin usarlo como él estaba acostumbrado a ser usado, para ellos estar juntos era más que suficiente para ser felices y no necesitaban exigirle nada a Arthur.
Más tarde esa noche el silencio se hizo presente en todas partes al mismo tiempo, un nuevo día siempre era una oportunidad para nuevas emociones, era imposible vivir sin lidiar con todos los pensamientos que las circunstancias evocaban en las personas y las reflexiones que se ramificaban de esos pensamientos.
Kevin tuvo mucho tiempo para pensar en lo que había sucedido en casa de Cassandra, después de todo era imposible no hacerlo tras haber conocido a una criatura tan extraña como Arthur, a quien consideraba vulgarmente humano.
El pensamiento de haber perdido a la chica que le gustaba contra alguien que ni siquiera parecía tener personalidad propia le molestaba, ¿Qué tenía él que no tuviera Kevin? Se preguntaba una y otra vez, sin ver más que un chico con una actitud tan tímida que parecía culparse por todo, no veía valor en alguien cuyo único atractivo eran sus ojos y su cabello tan peculiares, y esa inseguridad se manifestó en forma de insomnio.
Se revolvió en su cama por casi toda la noche, además de que el sonido de los gatos peleando en el techo con bastante más agresividad de la habitual no le ayudaba, el sueño pronto se disipó como algo inalcanzable y no podía hacer más que pensar una y otra vez en el chico de cabello carmesí, se preguntaba cuál era su verdadera natural y qué podría hacerle a Cassandra si ella se descuidaba.
Había leído que un vaso de leche tibia ayudaba a conciliar el sueño, esperaba poner en práctica esa teoría.
Se levantó con un gran peso en su corazón y se deslizó como un anima por el pasillo fuera de su habitación, notó que la puerta de sus padres estaba entreabierta y la pequeña lampara de la mesita de noche estaba encendida, probablemente su madre estaba leyendo alguna de sus novelas, envuelta en sus típicos pijamas blancas de cuerpo completo para el invierno.
La cocina albergaba mucho frío, era algo normal en toda la casa por el invierno que tenían, el más calmado que se había registrado, sin tormenta alguna que azotara los cimientos, pero la nieve que caía en todas partes era una prueba de que era el invierno más gélido… No era extraño que la cocina estuviera congelada, sin embargo, no igual a su habitación o cualquier otra parte, el frío de ese lugar era lúgubre, no se basaba solo en una sensación física, sino en una emoción, era como lidiar con el valle inquietante, algo no se sentía bien.
Esa sensación solo podía encajar con el jamais vu, una sensación y espacio familiares de pronto se sentían totalmente desconocidos, lidiaba con la idea de hallarse en un lugar extraño que no le pertenecía; la voz en su cabeza le susurraba que no debería estar ahí, no le concernía lo que estaba por suceder, pero ¿Qué iba a suceder realmente? El mundo le gritaba una advertencia, no obstante, Kevin fue demasiado iluso para escuchar lo que intentaban decirle.
Se bebió el vaso de leche, los gatos en el techo seguían peleando con ferocidad, ya comenzaba a molestarle que sonara como si se estuviesen despedazando, era como si algo los hubiera inquietado al punto de querer matarse como bestias salvajes, se preguntó cómo es que sus padres no se habían despertado con ese sonido tan horripilante ya que solían ser bastante sensibles al dormir, hasta el más mínimo roce podía sacarlos de su descanso.
Poco sabía que hubo alguien más allí, alguien que lo observó detenidamente mientras bebía la leche, y en cuanto Kevin sintió escalofríos en su cuello se giró para mirar en la misma dirección donde esa presencia residía: algo había subido las escaleras rápidamente en cuatro patas, no había otra forma de describirla, una sombra felina se deslizó con gran velocidad hacia el segundo piso y se desvaneció por el pasillo en dirección al cuarto de sus padres… Esa sombra lo miró hasta que percibiera su presencia, y cuando lo hizo se marchó asegurándose de que Kevin la siguiera, lo que fuera esa cosa quería tener la certeza de que el chico la seguiría.
-Maldito gato, va a despertar a mis padres.
-se dijo a sí mismo, dejando el vaso vacío en la mesa mientras se dirigía a las escaleras, estaba dispuesto a entrar al cuarto y atrapar al felino antes de que lo metiera en problema-
“Esto no se siente bien”
pensó con una voz extraña, como un ente pasajero, ni siquiera sentía que fuera su propio subconsciente al mando, y aún con esa idea en mente caminó dejando detrás el gélido paisaje en el que se había convertido su hogar tras la presencia de las sombras tenebrosas que albergaba.
Por alguna razón la pelea seguía, pero en cuanto volvió al segundo piso notó algo espeluznante: el sonido ya no provenía del techo, sino de la habitación de sus padres, se habían trasladado probablemente a través de la ventana, y que ellos siguieran durmiendo era el verdadero misterio pues ni siquiera él podía tolerar el estruendo que esas alimañas producían y empeoraban su insomnio.
La luz de la lampara era la única constante, mientras todo lo demás en el interior de la habitación yacía envuelto en las sombras de su propia ignorancia, entonces se dirigió allí para desvelar el misterio que giraba en torno a la amarga sinfonía de esas criaturas que parecían matarse.
Abrió la puerta con gentileza, por alguna razón pensó en Cassandra una última vez, pensó que la vería al otro lado, sentada con su pálida figura decadente… De pronto se sintió sumamente melancólico al entender que jamás volvería a verla, sus propias decisiones lo llevaron a ese resultado.
Había una manada de gatos callejeros: sucios, algunos peludos y otros con partes lampiñas, con marcas de peleas anteriores aún llenas de sangre fresca y a algunos les faltaba un ojo, a Kevin le gustaba mucho lo elegantes que podían llegar a ser, como tigres o leones sin domar, pero a esas criaturas que tenía frente a él apenas las podía considerar gatos, eran más como pequeños parásitos de cuatro patas carentes de toda gracia.
Efectivamente, las bestias estaban peleando por lo que parecían ser trozos de carne, la desesperación por vivir un día más los había orillado a arañar a sus compañeros de maullidos nocturnos, canturreando como cada noche, ahora solo se estaban matando por comer un poco.
Ya no se sentaban en las cercas para maullarle a la luna como poetas enamorados, en su lugar ahora estaban masticando y peleando por devorar la carne de los padres de Kevin, devorados por esas alimañas, el hombre y la mujer residían como figuras esqueléticas despojadas de su piel.
La lampara de la mesita arrancaba sombras alargadas que acentuaban la profundidad del horror de aquella escena, pensó en que esos gatos se estaban dando un banquete que sus camaradas jamás creerían, no podrían creer cuanta carne había en dos personas adultas.
Sin embargo, algo que resaltaba entre la multitud gatuna era algo mucho más grande que un gato, una figura humana que actuaba como animal, se trataba de una chica cuyas facciones ensangrentadas resaltaban a causa de la luz de la lampara: ella también estaba comiendo de la carne de sus padres, usaba lo que parecía un vestido negro, y mientras volteaba a ver a Kevin él pudo distinguir que la característica más siniestra de la chica era su cabello y ojos carmesíes idénticos a los de Arthur.