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No, no era correcto pensar así, él no estaba allí para actuar como doctor, ni siquiera como padre, era el momento de ser un amigo y consejero para alguien que estaba abriendo su corazón a algo tan delicado y valioso, debía derribar ese muro que construía para apartarse de las otras personas.
Sullivan dejó la tacita de té en la mesita mientras permitía que Aurora siguiera enjugando las lágrimas con el pañuelo.
-Le seré sincera, Sullivan, cuando eso sucedió sentí muchísima culpa.
-entonces ella llevó una mano a su vientre cubierto por el hermoso conjunto casual para andar en casa-.
Pensé que algo estaba mal conmigo, que quizás era la clase de mujer que solo puede dar hijos defectuosos a su marido: un hijo que se quita la vida y una hija con una enfermedad rarísima, un vientre maldito.
Estuvo a punto de responder, pero ella prosiguió.
-Pero, eso le afectó muchísimo más a Paulo, ya ve lo viejo y acabado que luce, no es por la edad como pudo pensar, el pobre ha sufrido tanto por nuestros bebés y nunca tuvo tiempo de buscar ni un poco de calma.
Algo que las personas nunca parecen considerar cuando se pierde a un hijo es que no solo la madre sufre y llora, todos esperan que lo hagan casi toda la vida porque han perdido al ser que tuvieron en sus vientres, pero el padre también sufre, solo que ustedes lo hacen en silencio; el padre debe salir y seguir trabajando, el trabajo no se detiene por nada, el mundo no se detiene por nuestro dolor y aun así él debe salir allí a traer el pan de cada día.
Sullivan nunca lo había pensado así, era cierto que muchos hombres sufrían en silencio, y cuando un padre pierde a su hijo raramente conoce personas comprensivas a su alrededor, todo lo que puede hacer es continuar como si la vida no hubiera cambiado en absoluto, pero hombres como Paulo y como él, hombres que creen haber perdido todo lo que tenían, debían seguir adelante porque así se les pedía actuar.
Un hijo se enterraba, pero aun así el mundo debía girar, era lo que todos querían que ellos creyeran y sufrieran en silencio, podían esperar mucho de la mujer, pero poco del hombre en más de un sentido.
Por supuesto que había personas que debían sufrir en silencio y seguir viviendo como si nada hubiera pasado, ahora comprendía la razón del envejecimiento prematuro de Paulo, era la misma razón por la que él lucía tan acabado a sus apenas cincuenta años, solo un pequeño vestigio de luz y juventud se asomaba por su rostro ahora con Arthur a su lado, y seguramente los Fiore tenían la esperanza de que ahora que Cassandra estaba a salvo también recuperarían esa chispa de vida.
-Yo… perdí a mi hija hace algunos años ya.
-confesó el hombre, el dolor no debía quedarse, mucho menos ahogarse, compartir el dolor era la única forma de permitirse sanar, o al menos, dar el primer paso hacia ese espacio seguro-: era una niña muy saludable, jugaba soccer, le gustaba dibujar y escuchar todo tipo de música, decía que quería estudiar psicología igual que su viejo.
Aurora escuchaba atentamente, podía ver un atisbo de lágrimas en el rostro del hombre que nunca se permitió llorar, confirmando así lo que ella había dicho sobre el dolor de un padre.
-Cuando la perdí junto a mi esposa pensé que nada tenía sentido, que en gran parte todo había sido por mi culpa, y por muchos años intenté sanar ese pensamiento con la bebida, creo que por eso también me veo tan acabado a mi edad.
-suspiró el hombre, ya no dolía tanto como la primera vez, sabía que la compañía de Arthur le hacía mucho bien-.
Pero, aprendí que no podemos controlar nada de lo que pasa a nuestro alrededor, claro que el dolor no se desvanece, y claro que tendríamos a nuestros pequeños al lado si pudiéramos… Pero nada está en nuestro poder, las cosas a veces suceden.
“A veces suceden…”
repitió Aurora, casi como queriendo convencerse de que ese pensamiento tenía sentido para ella.
-Sí, a veces solo… Cosas malas le pasan a gente buena, y no tenemos control sobre ellas.
-confesó con un profundo suspiro, en el fondo sabía que era muy difícil de aceptar porque no era como si eso pudiera responder a todas las dudas, siempre mirarían al cielo como padres dolientes cuestionándose por qué seguían sufriendo tanto-.
Lo único que podemos controlar es lo que vendrá después para nosotros y quienes nos rodean, yo decidí cambiar porque conocí a Arthur y ahora es mi hijo, se me concedió una segunda oportunidad para ser padre otra vez.
La reflexión de Sullivan no apaciguaba el dolor, nada lo haría, pero al menos ayudaba a Aurora a tener otra perspectiva de ese sentimiento en su corazón, un sentimiento que compartiría con su esposo y que les impulsaría a mirar a su hija durmiendo en su habitación y agradecer por aún tenerla presente.
-Realmente usted es bueno en su trabajo, doctor.
-No, Aurora, no se lo digo como doctor… Se lo digo como amigo y también como padre.
-confesó el hombre, ofreciendo una cálida sonrisa, la misma que había aprendido de su hijo-.
Ellos nos hacen vivir, nos hacen soñar y al final nos recuerdan que no tenemos que ser perfectos, nos aman como somos y nosotros a ellos… Aurora, usted nunca le falló a sus hijos, y eso es una certeza.
La mujer no pudo contener sus lágrimas, pero estas eran las primeras lágrimas de felicidad que había derramado, se sentía tan conmovida por las palabras de Sullivan que no podía negar el efecto que tenían en ella, era grato encontrar consuelo con alguien que había sufrido la misma pérdida y que realmente podía comprenderla de corazón.
Aurora sentía que Sullivan realmente la apoyaba a superar el dolor constante, no como algo de lo que uno puede deshacerse, sino como algo con lo que uno aprende a vivir, el doctor pensaba mucho en las palabras de Arthur, acerca de cómo la felicidad y el dolor conviven, es el precio que pagar para seguir con vida, la única condición para continuar.
Aurora le mostró una cálida sonrisa que Sullivan correspondió, para él era gratificante ayudar a alguien que lo necesitaba.
Fue en ese mismo instante en que escucharon el timbre de la puerta, el mismo que Arthur percibió como algo espeluznante por los malos recuerdos que se cernían en torno a Ruby y como acostumbraba a aparecerse para interrumpir su felicidad, su preocupación se había incrementado desde que ella devoró al gato de la familia, el mismo al que ellos daban por extraviado sin llegar a conocer nunca el verdadero destino del felino.
Aurora se levantó, aunque Sullivan se ofreció cordialmente para atender la visita, pero ella se lo negó al ser un invitado.
La mujer se desplazó con la misma elegancia de siempre a pesar de vestir de forma más casual, y al abrir la puerta se llevó una grata sorpresa, no esperaba que los compañeros de clases de Cassandra llegaran tan pronto, era un trío de visitantes, dos chicas y un chico, a los que saludó con la misma amabilidad que siempre conservaba para los amigos de su hija sabiendo que en su momento le ayudaban a aliviar su dolor con el tiempo que compartían.
-Cassandra está arriba con su nuevo amigo, espero que se lleven bien.
-confesó mientras les cedía el paso-
Los chicos estaban algo confundidos por esa declaración, puesto que era de su conocimiento que Cassandra ya no aceptaba visitas desde que su condición empeoró, cualquier pequeño ruido era un bullicio para ella, cualquier visita un estorbo, por eso les sorprendió saber que estaba con alguien más que no fueran sus padres.
Saludaron con la misma cordialidad que se esperaría de los invitados, ignoraron por completo al hombre que tomaba el té y subieron inmediatamente por las escaleras al piso superior, en dirección a la misma habitación que conocían.
-Son compañeros de clases de Cassandra, solían venir en bicicleta hasta aquí, Paulo y yo les contamos que ella se recuperó para que le hicieran una visita sorpresa.
-confesó la mujer en cuanto regresó a su asiento-
-Oh, ya veo… -había algo extraño en el tono de Sullivan, algo que inmediatamente reconoció como miedo-
Aurora reconoció esto y no tomó mucho para saber la razón.
-Él estará bien, es un buen chico, estoy segura de que se hará sus amigos.
Solo cabía esperar y confiar en que no dejaría que lo juzgaran por su forma de ser, confiaba en que la interacción con otros muchachos no perjudicara la manera en que comprendía el mundo.