14 #4
¿Por qué la gente no era feliz? ¿Por qué había personas que se lastimaban a sí mismas cuando nadie los lastimaba? Las preguntas surgían por su naturaleza curiosa, vivía con aquel pensamiento de que nunca podría comprender la dualidad de la vida y la muerte porque ni siquiera él sabía si acaso podía morir por su propia mano, jamás podría saber cómo era estar en su posición porque incluso las pequeñas migajas de cariño eran suficiente para mantenerlo feliz.
-Pasó cuando yo tenía como diez u once, no recuerdo bien… Él simplemente decidió acabar con todo, ni siquiera lo hizo dentro de la casa, fue al bosque con una pistola cargada con una sola bala, al menos dejó una nota despidiéndose y agradeciéndonos por darle una buena vida.
-confesó, y aunque había cierto desdén como quien prefiere no contar un chisme también había una profunda sensación de alivio por decirlo en voz alta-.
Creo que eso fue lo que hizo que mis padres siguieran atendiéndome y no se rindieran con mi enfermedad, no querían perder a su hija.
La pequeña revelación bastó para impregnar el rostro de Arthur con tristeza, aunque era un sentimiento que conocía muy bien y no era de extrañar que lo esbozara con frecuencia, Cassandra se sintió escuchada a pesar de todo, como siempre sucedía cuando Arthur estaba cerca, y continuó con el relato:
-Nunca supimos por qué lo hizo, tuvo todo lo que quería, nuestros padres siempre nos amaron y buscaron la forma de hacernos sentir escuchados, mi teoría es que nunca pasó nada… Nadie lo hirió, nada lo molestaba, él realmente nos amaba y le gustaba estar con nosotros, pero, tal vez no le gustaba estar vivo.
- ¿No le gustaba estar vivo? -repitió Arthur inclinando ligeramente la cabeza-
Cassandra asintió y tomó asiento en el borde de la cama seguida por el chico.
-A veces las personas somos complicadas, creo que él sufría de autodesprecio, no se gustaba a sí mismo, se miraba al espejo y se decía cosas feas… Irónicamente, él también me ayudaba a sentirme mejor en mis peores días con esa enfermedad, me consentía y veía películas conmigo, me ayudaba a olvidarme del dolor por un rato, sin que yo supiera que él se sentía muerto por dentro o creía que no lo merecía.
-sin darse cuenta, su propia reflexión se fue tornando cada vez más personal, estaba hablando más de lo que le habría gustado admitir-: creo que él vio una salida, le gustaba la idea de saber que era lo único que realmente le pertenecía y podía hacer lo que quisiera, quizás verse a sí mismo lastimado le ayudaba a sentir que realmente pertenecía a algún lugar.
Arthur notó eso, había llegado al punto de no necesitar leer sus pensamientos en ningún momento, sabía perfectamente que Cassandra se estaba sintiendo mal no solo por el recuerdo de su hermano, sino por algo más… Había algo que ella estaba omitiendo y se interrumpía a sí misma lamiéndose los labios para recordar que no debía hablar, la chica tenía algo tan oscuro que ni la luz del día podría ayudarla a disiparlo, podía sentir esa conexión flaqueando por todas las cosas que se interponían en su corazón.
Él se acercó un poco, igual que un cachorro temeroso porque su dueño vuelva a patearlo, no sabía qué decir porque era algo muy complejo, pero quería decir tantas cosas a la vez; el sentimiento era tan amargo como un nudo en su garganta, no era una descarga eléctrica proporcionada por su collar, era algo más profundo y nefasto que no podía sanar a pesar de sus poderes, era una sensación que a diferencia de sus extremidades o su carne no se podía regenerar.
-Cassandra… -llamó, colocando suavemente una mano sobre la suya, aunque eso normalmente le habría hecho enrojecer o desviar su atención inmediatamente hacia él este no había sido el caso, ella seguía sumergida en esa extraña fascinación oscura en la que los pensamientos sobre su hermano habían despertado algo sombrío-.
Yo no sé qué decir, porque no he vivido con los humanos por tanto tiempo, no sé cómo se siente la caricia de la lluvia en verano o el frío de la brisa en otoño, pero quiero que sepas algo: siempre estaré aquí para ti, no importa si duele, y si hay algo que aflija tu corazón, yo te apoyaré tanto como lo necesites.
Sabía que tenía razón, si había alguien que realmente pudiera escuchar algo tan oscuro como lo que guardaba, sin ser juzgada o vista como una loca, era él… Arthur era un amigo sincero porque no tenía la misma malicia que los chicos del exterior, su encierro en esos laboratorios, por más irónico que fuera, le había concedido una humanidad inigualable, pues si le contaba lo que guardaba en su corazón él hablaría con sinceridad y buscaría la manera de comprender incluso si no la entendía del todo; lo que guardaba en ella era tan profundo que ni siquiera se atrevía a contárselo a sus padres, la ausencia de la enfermedad los hacía tan felices que no tenía el corazón para arrebatarles esa felicidad, no era una mala persona.
Ella estuvo a punto de decir lo que tenía en mente, el recuerdo de su hermano y la falta de la enfermedad hacían que el pensamiento cobrara mucha más fuerza, pero ahora debía reunir el coraje para decirlo en voz alta y no sonar desagradecida con su salvador.
No obstante, en ese preciso instante alguien tocó al timbre de la mansión, y el sonido se esparció por todas partes como un llamado de ultratumba, algo que en un principio alertó a Arthur porque solo existía una persona que podía proferir esa inquietud a un sonido tan simple, y el sentimiento fantasmagórico perduró en su corazón porque temía por la vida de Cassandra.
En el piso inferior, Sullivan y Aurora compartían una buena taza de té y postres como era tradición, aunque ella no era de allí disfrutaba mucho de las tardes de bebidas calientes, y desde que estaba allí Paulo no había podido participar debido a su trabajo que lo mantenía tan ocupado.
Era bastante agradable para opinión de Sullivan, estar allí para disfrutar de una bebida por la que no tenía que preocuparse de una posible resaca por la mañana, algo agradable en lugar de algo destructivo como el alcohol siempre sería bienvenido desde que decidió dejar de frecuentar las mismas tabernas de siempre.
-Debo admitir, doctor Sullivan, que disfruto mucho de nuestras tardes tomando el té, solo desearía que mi esposo estuviera presente.
-confesó con una tierna risa de chiquilla-.
Pero ese trabajo suyo de político siempre lo tiene tan lejos de casa.
-Madame, si me permite preguntar, ¿Como se conocieron ustedes? Me siento bastante intrigado al respecto.
-Sullivan intentó descubrir un poco más de su historia, quizás porque en cierto sentido se sentía identificado con ellos; un viejo de mediana edad, al que probablemente le dolería la espalda, casado con una hermosa mujer de rasgos bien definidos, era como verse en un espejo hacia el pasado cuando su matrimonio era joven-
Aurora soltó otra pequeña risa, pero era más melancólica que antes, parecía volver a ser la mujer adulta que era y no la jovencita que pretendía ser con tantos arreglos.
-Usted quiere saber si me casé con Paulo siendo una quinceañera y él un viejo treintón porque se ve más viejo que yo.
-intuyó rápidamente con una mirada fugaz antes de beber del té-
Sullivan entró en alerta, sabía perfectamente cuales eran los malentendidos que podían surgir de ese comentario, lo menos que quería era tener que irse por las malas.
-No quise ofenderla.
-confesó, temblando brevemente-
-No, no se preocupe, es una pregunta normal, y de hecho me halaga bastante porque es otra forma de decirme que me veo joven.
-confesó la mujer, dejando la taza de té en su platito sobre la mesita-.
La verdad, señor, es que mi esposo y yo tenemos la misma edad, pero él se ve mucho más viejo por una tragedia que sacudió a nuestra familia.
La mención de una tragedia fue suficiente para que Sullivan guardara silencio, cualquier análisis o reflexión tendría que esperar para cederle la palabra a Aurora, de pronto, mientras la mujer se reacomodaba con una pierna encima de la otra con suma elegancia, su rostro pareció envejecer diez años por la profundidad de la tristeza que la azotaba en ese momento, era algo tan lamentable que ni siquiera tenía forma de describir la oscuridad que se pronunció debajo de sus ojos; quería llorar, había visto la misma oscuridad debajo de los ojos de su esposa cuando yacía postrada en esa cama de hospital junto a su hija, en la misma habitación, tomándose de la mano mientras le suplicaban con sus miradas perdidas en un paraíso que él nunca había podido ver.
-Hace tiempo tuvimos otro hijo, el hermano mayor de Cassandra, se llamaba Albert… Él cometió suicidio en nuestro hogar allá en Italia.
-confesó la mujer, usando el dorso de su mano para disipar las lágrimas, inmediatamente tomó el pañuelo que Sullivan le ofreció para ello-
La revelación dejó sin palabras a Sullivan, jamás consideró la posibilidad de perder a un hijo por algo tan despiadado como la muerte por mano propia, la muerte más triste y devastadora que un padre podía conocer por tener que lidiar con el sentimiento de que habían fracasado protegiendo a sus hijos; a veces se concentraban tanto en los peligros externos que olvidaban que ellos podían llegar a desarrollar pensamientos que eran mucho más dañinos que cualquier otra cosa, no sabía cómo podía siquiera lucir tan hermosa la mujer frente a él si el sentimiento que debía sentir era una culpa incalculable.
-Lo peor de todo es que ni siquiera hoy en día puedo saber qué fue lo que hicimos mal como padres, no sé qué hice mal como madre.
Albert siempre se veía tan feliz y jovial, parecía que nada le preocupaba en la vida salvo ayudarnos a atender a Cassandra cuando sus síntomas empeoraban.
-su voz expresaba esa culpa, dándole la razón a su compañero de té, y mientras comentaba la actitud de su hijo tal como la recordaba el doctor dentro de Sullivan no pudo evitar determinar que se trataba de un posible cuadro depresivo, pero sin el paciente era imposible de diagnosticar-