El fantasma carmesí 14 #3
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Y su esposa no respondió, no había perdido la vida cuando su propio esposo le destrozó el tobillo, tampoco cuando la niña malvada convirtió el interior de su cuerpo en una amalgama, murió cuando escuchó los gritos agonizantes de sus hijos torturados por la bestia carmesí, convirtiéndolos en sus juguetes personales mientras ambos gritaban por su padre y su madre… La frustración e impotencia fueron suficientes para arrebatarle la vida.

Entonces Arthur despertó, había estado pensando en silencio con los ojos cerrados, esperando sentado en la cama de Cassandra mientras la chica seleccionaba las prendas que le iba a entregar, ¿Había sido un sueño? Para nada, él nunca soñaba despierto, lo que tuvo fue un recuerdo de la noche anterior, un recuerdo de personas que estaban muy lejos de ese lugar, personas que nunca había conocido y que desgraciadamente no se encontraron con él… Se encontraron con su terrible hermana menor Ruby, se habían encontrado con un terrible destino.

No había mucho que hacer o decir, esa pobre familia ya tenía su destino sellado desde el momento en que el padre fue contactado por Genexis Sciences, Ruby era mala, eso era un hecho, pero los científicos y sobre todo el director de los laboratorios eran mucho peores porque habían hecho cientos de cosas malas antes de que ella llegara.

Si había otros culpables de esa y más familias eran los hombres de bata blancas, los fantasmas, como solía llamarlos cuando aún era Phantom; las personas podían ser muy malas y no necesariamente ser criaturas sobrenaturales como él, esa era la peor parte porque su buena voluntad no era más que una máscara para sus verdaderas intenciones, ¿Por qué? Se preguntó, ¿Por qué a veces todos debían sufrir y no siempre ser recompensados?

“Solo… es otro día en la vida”

pensó mientras su mirada divagaba por la habitación y se sentía inmerso en cuan privilegiado era en muchos aspectos, pero como todos él también sufría, para nadie era una excepción sin importar su naturaleza, tal parecía que las personas malvadas eran las únicas que no sufrían porque no tenían una consciencia que les reclamara por sus acciones.

Tuvo que controlar esos pensamientos porque podía predecir que el collar produciría una descarga eléctrica de nuevo, y no podía permitirlo frente a Cassandra.

-Perfecto, creo que encontré las prendas perfectas, estas de aquí gritan tu nombre, fue algo difícil pensar en un estilo digno de ti, guapo.

-confesó la chica en cuanto tomó la ropa que iba a usar para el chico, se levantó y lo miró notando que parecía consternado-.

¿Estás bien? Parece que viste un fantasma.

El chico inmediatamente le regresó la mirada y asintió repetidas veces, quería concentrarse para no arruinar su día con la chica, era uno de esos regalos que le daban significado a sus días dejando de lado todo de lo que era consciente.

-Bien, entonces vamos a vestirte, como prometí.

-confesó la chica, dejando la ropa a un lado de la cama-.

Me daré la vuelta, ponte los calzoncillos, primero.

Inmediatamente se sintió extraño, tenía unas prendas a su lado, nunca había visto ropa de su talla que no fuera la que siempre llevaba encima que le hacía parecer un paciente en estado terminal, era bastante confuso, pero no dudó mucho en intentarlo por ser una nueva experiencia.

Primero se desvistió, su cuerpo desnudo recibió el frío aire de la habitación antes de colocarse la ropa interior, siempre estaba limpio y no sudaba, incluso en eso era algo por lo que otros lo miraban con fascinación, pero para él no era digno de nada en absoluto, entonces se colocó los pantalones negros, luego las medias y entonces estuvo listo para que Cassandra lo ayudara con el resto.

La chica se volteó y quedó un tanto perpleja por el pecho desnudo de Arthur, primero porque sus músculos estaban marcados, no era nada exagerado ni escuálido, tenía una figura natural que le atraía bastante y provocó cierto rubor en sus mejillas que intentó controlar… Pero las cicatrices en el cuerpo del chico le ayudaron a despejar su mente y reemplazar la fascinación con preocupación, el collar que prefería no mencionar por respeto a Arthur era lo de menos, porque todas las cicatrices se extendían por sus brazos y torso como marcas que contaban una historia bastante dolorosa.

Tenía marcas de mordidas, rasguños, carne que había sido arrancada y regenerada dejando manchas imborrables, era como si hubiera sido atacado por una bestia salvaje, o algo mucho peor, debido a que esas marcas resultaban bastante grotescas.

No lo despojaban de su belleza natural en absoluto, pero sí eran un amargo recordatorio de que había pasado por muchas cosas innombrables, no estaba segura de querer saber la razón de esas marcas, pero su preocupación por él tampoco flaqueaba pues cada vez que lo veía a los ojos solo podía preguntarse por cuanto había pasado antes de conocerse.

-Bien… ahora te pondré la ropa, te quedarás quieto por mí, ¿Verdad?

Él asintió mientras ella se acercó y comenzó con los botines, sus pies eran suaves y bastante pálidos, como si los hubiera reposado en una cama de nieve.

Luego pasó a colocarle una camiseta sobre la cual posicionó un cuello de tortuga rojo, era largo y lo abrigaba bien del frío, aunque a él nunca parecía molestarle, y finalmente una chaqueta de cuero encima que contrastaba con el rojo, pero combinaba con sus pantalones y botines, pensó que faltaba algo, por lo que finalmente acabó por colocar un gorro de lana negro sobre su cabeza de cabello carmesí.

-Ahora, solo te cortaré un pequeñito mechón de pelo que te tapa la cara.

Sus colores principales eran negro y rojo, era oscuro, pero eso no significaba que se viera mal en absoluto, había una elegancia bien cuidada sin exagerar, era un estilo casual que le hacía parecer un chico rudo sin arrebatarle su belleza natural, sino que la resaltaba.

Cassandra tuvo que controlarse para no robarle un beso, jamás pensó que él se vería tan bien con la ropa de su hermano, incluso llegó a pensar que lo recordaría inmediatamente al verlo, pero no tenían siquiera una pizca de parentesco, era una persona completamente diferente cuyo estilo parecía pertenecerle únicamente a él.

Se echó a un lado para permitirle verse a sí mismo en el espejo de cuerpo completo, al principio Arthur se asustó y miró en ambos lados buscando a ese chico del espejo, era igual a esa primera vez dos años atrás cuando era un niño lampiño y pálido que se miró sin saber lo que era el reflejo, pero esta vez lo sabía, solo que se veía tan diferente a su figura habitual que le costaba aceptarlo; Cassandra había cortado solo un par de mechones de cabello de modo que caía con bastante gracia en ambos lados de su rostro, revelándose debajo de su gorro de lana con una belleza inigualable, estaba algo más descubierto por lo que su mirada carmesí era mucho más notable, cubrían su frente sin ocultar demasiado, y en nuca caían como una cascada roja.

Tenía una buena apariencia y el claroscuro de sus nuevas prendas le ayudaban a resaltarla.

- ¿Te gusta? -preguntó Cassandra con bastante interés y dudas, temía que a Arthur no le gustara, después de todo, su visión se basaba en el típico aspecto de chico rudo, aunque eso no reflejara su verdadera forma de ser-

Él desvió la mirada y le mostró su sonrisa sincera, calmando la preocupación de la chica a la vez que se ruborizaba.

-Me encanta, Cassandra, muchas gracias.

-No hay de qué, para eso son los amigos.

-confesó, pero inmediatamente fue interrumpida cuando él se acercó para abrazarla, envolviéndola con ternura mientras ella correspondía-

Hubo silencio por un momento, poco después él se separó para volver a admirarse en el espejo, no lo hacía con vanidad, sino con verdadera sorpresa por cuanto podía cambiar una persona solo con un par de prendas, era como alguien totalmente diferente del muchacho al que estaba acostumbrado a ver en cada superficie que contara con un reflejo.

-Estoy agradecido de que a tus padres no les molestara que yo usara la ropa de tu hermano.

-confesó mientras tocaba la chaqueta de cuero con la yema de sus dedos-

-Supongo que a ellos no les gustaría que sus prendas se queden llevando polvo, sería una lástima… de todos modos él ya no las va a volver a usar.

Duró un poco más admirándose frente al espejo antes de que las palabras tuvieran un efecto genuino sobre él, apenas había conseguido desligarse de su propia fascinación antes de desviar la mirada hacia Cassandra, ella poseía una expresión perdida, como si el tema hubiera presionado un botón interrumpiendo lo que había sentido hasta ese momento para reemplazarlo con nostalgia.

-Tu hermano… ¿No vive con ustedes?

-Mi hermano no vive.

-confesó, dejando escapar un suspiro antes de pronunciar las palabras más difíciles que conocía, tanto por el recuerdo como por sus propias razones-: él cometió suicidio, hace varios años.

Arthur no podía actuar como si esas palabras no significaran algo para él, sabía perfectamente qué significaba suicidarse, así como las consecuencias que traía para los familiares, pero jamás había imaginado que pudiera conocer uno de esos casos donde la complejidad de la vida humana se presentaba frente a sus ojos.

Jamás pudo comprenderlo, a pesar de los libros que leía o de las explicaciones del doctor Sullivan, saber que no solo eran frágiles para él o para otros, sino para sí mismos, hacía que su pobre comprensión de la vida flaqueara… Arthur no podía entender por qué alguien se suicidaría, recordó la primera vez que estuvo con Sullivan y como jugaba con los libros y las marionetas, divagando con el conocimiento que él impartía, a todo le precedía una enorme pregunta: ¿Por qué?