El fantasma carmesí 13 #7
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Una vez que Sullivan pisó el acelerador tomó un desvío para ir a la ciudad, no irían a de vuelta a la residencia donde habían pasado la noche anterior, era un viaje demasiado largo que no valía la pena hacer, sobre todo porque aún debían volver a la mansión en los próximos días hasta la anticipada fiesta de cumpleaños, una posada pagada para dos semanas sería suficiente.

Mientras conducía el viaje se hacía bastante largo a su parecer, era como si el tiempo se distorsionara para prolongar su estancia en la mansión, mientras más se alejaban más parecían quedarse atrás; no dudó en pensar que Arthur tenía algo que ver, era tan feliz en la mansión junto a personas que lo trataban con bastante cariño que se negaba a desprenderse de ese instante de calidez humana, pero no quiso atribuirle ese sentimiento al chico porque tampoco quería culparlo de cada extraño suceso que conocía, había otra parte de él que en realidad consideraba que ambos se sentían bastante bien con los Fiore que sus mentes querían prolongar el recuerdo de su compañía por todo el tiempo que pudiesen.

A veces dejar un lugar que les hacía tan felices era peor que cualquier castigo, porque dejar la armonía de un instante para volver a la triste longevidad de la vida era suficiente para sufrir el horror de la cotidianidad, de lo conocido y lo ordinario que podían llegar a ser los días de Arthur y Sullivan.

El muchacho miraba por la ventanilla trasera aquella mansión que en la distancia se veía tan tétrica y fantasmagórica, con las hectáreas de bosques convertidas en las interminables filas de las almas en pena de criaturas que solo los ángeles como Arthur realmente podían ver, pero en el interior no había nada que temer… Había almas tan puras como la luz del sol la primera vez que acarició su piel, y Cassandra era un recordatorio.

-Entonces, ¿Como estuvo tu día con tu amiga? -preguntó Sullivan con interés genuino-

- ¡Fue increíble, jugamos videojuegos, comimos muchos dulces y bailamos! -su emoción no se podía ocultar, sus ojos carmesíes brillaban como fuego mientras contaba cada detalle de su experiencia, a pesar de que al principio le resultaban desconocidas terminaban por gustarle.

Sullivan se lamentó un poco que en sus días de estudio solo se hubiera conformado con enseñarle a escribir, leer y sobre acontecimientos históricos, así como un poco de astronomía, pero se había olvidado de las cosas que normalmente harían los chicos-: ¡Me enseñó tantas cosas increíbles, me hizo reír y me contó mucho de su escuela!

Sullivan estuvo a punto de preguntarle si toda esa emoción produjo una descarga eléctrica como era costumbre cuando se expresaba en voz alta, pero inmediatamente se vio interrumpido en cuanto Arthur prosiguió con todo su relato de principio a fin sobre las cosas que hicieron, así como la mención de un hermano que ya no estaba con ella y que le regalaría unas cuantas prendas si sus padres se lo permitían; cada pequeña palabra estaba cargada con un entusiasmo que no era muy propio de él demostrar tan seguido, sin duda debía tratarse de una ocasión bastante especial que recordaría para la posterioridad como para expresarse de esa manera.

Le hacía feliz escucharlo, aunque había omitido la parte del abrazo sin sus guantes, pero eso no le preocupaba a Sullivan porque él ya sabía lo que había sucedido gracias a Aurora que se lo había contado cuando entró en la habitación:

“Realmente el amor joven siempre será una maravilla para nuestro mundo”

suspiró con cierta melancolía mientras regresaba a su hora del té con el doctor, maravillada por el encuentro entre Arthur y Cassandra, para ella era más que obvio que el amor que florecía entre ellos representaba algo bueno para la vida del chico, no solo porque caía rendido por su hija, sino porque podía ver que no estaba acostumbrado a esa clase de cariño, no estaba acostumbrado a que lo vieran como algo más que un instrumento médico.

Sullivan sabía exactamente a lo que se refería, porque él también lo veía de esa manera, probablemente ni siquiera Arthur sabía que se había enamorado de Cassandra porque había algo más profundo en su corazón: finalmente tenía una amiga, sabía lo que era hablar con alguien de su edad, o mejor dicho, de la edad que aparentaba, experimentar la vida como cualquier otra persona, actuar con normalidad y sentir la felicidad por cosas tan banales como un videojuego o un bocadillo sin que esto fuera castigado… Que su hijo fuera feliz también lo hacía feliz a él, jamás podría dejar de ver su sonrisa sin pensar en cuan hermoso era verlo, como el atardecer en una playa o los primeros copos de nieve cayendo en su palma, era lo mejor que había hecho con su vida en los últimos años.

“Siempre estaré orgulloso de ti”

pensó, y se prometió decírselo de frente, pero hasta entonces seguiría atrapado con él en esa burbuja de tiempo.

-Hoy fue un buen día.

-confesó Arthur con un profundo suspiro-

-Me alegro de que así fuera, jamás lo olvides, se quedará contigo para siempre… Son los buenos momentos los que hacen que todo valga la pena.

- ¡Sí, es cierto!

El collar de Arthur comenzaba a parpadear mientras contaba cuan emocionante era convivir con Cassandra y todas las cosas que le había enseñado, también le contó que ella iba usar las músicas que habían escuchado para su fiesta de cumpleaños, recordarían su alegría ese día y volverían a bailar, le había prometido que sería el primero con el que lo haría esa noche y luciría su mejor vestido para impresionarlo.

En su momento surgió un tema parecido con Aurora, ella dijo que su fascinación por Arthur era tan grande que había pedido teñirse parte del cabello de color rojo, ellos lo permitieron porque su alegría por él también era demasiado grande, sentían una admiración inconmensurable que no se lo podían negar; ella quería ser tan cercana al chico como fuera posible, e incluso ellos que habían sido tan sobreprotectores con su hija no se negarían a la idea de que ambos jóvenes decidieran ser más que amigos, algo que dejó boquiabierto al propio Sullivan.

De pronto, el collar pasó de verde a amarillo.

- ¡Arthur!

- ¡Estoy tan feliz, papá! -fue lo último que exclamó antes de que una descarga eléctrica recorriera todo su cuerpo-

Al entusiasmo le precedió un silencio sepulcral repentino, Arthur se retorció un segundo antes de quedarse sentado sin mover ni un musculo, Sullivan detuvo el auto inmediatamente pudiendo sentir como la burbuja de tiempo en la que se hallaban finalmente estallaba, ya se habían alejado bastante de la mansión de un momento a otro y estaban más cerca de la ciudad, sin duda la alegría del chico le había afectado su percepción del tiempo, pero eso ya no importaba mientras llevaba una mano a su hombro.

“Ahora guarda silencio, parece estar de luto con esa expresión tan sombría”

pensó para sí mismo mientras le regresaba la mirada al chico en el asiento trasero, cuya alegría había quedado sepultada por el recordatorio atado a su cuello como una correa de adiestramiento.

-Hijo… ¿Estás bien? -cuestionó, pues a pesar de que le devolvió una tenue sonrisa realmente no parecía estar para nada bien, de hecho, parecía haber sentido algo más que solo la electricidad en su cuerpo-

-Sí, lo siento, había olvidado que no debo mostrar lo que siento.

-confesó, retomando un tono sumiso y gentil, como si hubiera cometido un error y estuviera esperando por el castigo-

Sullivan suspiró pesadamente, se recostó en su asiento como si estuviera meditando y lamentándose al mismo tiempo, tenía tanto en qué pensar que ni siquiera sabía por dónde empezar, ya que el verlo limitar sus propios sentimientos por algo que lo castigaba le hacía sentirse muy mal, era igual a ver como maltrataban a su hijo mientras debía permanecer de brazos cruzados forzado a ver cuánto sufría desde el primer día de su vida.

“Quiero liberarlo de ese maldito collar… pero no sé qué hacer, Crane siempre tiene la llave encima, no me la entregará no importa cuánto haga por ellos, mientras tanto esa maldita niña puede ir y hacer lo que quiera sin sufrir consecuencias”

pensó con una desdicha no expresada, pero sintió la presencia de Arthur dentro de su cabeza, era como tener un pequeño insecto caminando por su cerebro, era apenas un pequeño vistazo que el chico había dado para leer sus pensamientos, su presencia le resultaba tan familiar que ya sabía cuándo lo hacía.

-Señor Sullivan… -cuando Arthur hablaba muy en serio olvidaba decirle papá, aunque ni a él le gustaba cuando lo hacía-: no se preocupe por esto, este collar no es su culpa, usted no me hizo nada.

-Es cierto, no es mi culpa porque yo no lo hice.

-respondió mientras regresaba las manos al volante y su mirada determinada se reflejaba vagamente en el parabrisas antes de esbozar una nueva voz, más jovial y determinada, que llenaba de una nueva esperanza a Arthur cuando agregó-: pero te prometo que haré lo posible por liberarte de ese collar, no serás más el perro de Genexis Sciences.

Los ojos de Arthur se iluminaron como fuego, tuvo que controlarse porque la emoción que sintió en ese momento podría haber pasado de verde a rojo en su collar inmediatamente, una vez más el padre demostraba su amor y devoción hacia su hijo, Sullivan asintió con una alegría profunda y bien correspondida porque sabía que ambos querían ser libres; no necesitó leer sus pensamientos para saber lo que realmente quería su corazón, lo que más anhelaba cada vez que lo veía a los ojos, él quería ser libre de ese maldito laboratorio, quería adoptar a Arthur y vivir juntos en un lugar donde no tuviera que volver a ser una herramienta, un lugar donde finalmente el padre y el hijo pudieran estar juntos.

El chico también sonrió y asintió, agradeció que Sullivan era el único allí, las personas iban y venían, la mayoría para maltratarlo, pero él había llegado para quedarse, era todo lo que alguna vez quiso desde que leyó Pinocho por primera vez, esa versión infantil del cuento en el que el niño quería ser bueno y real para su padre.