12 #5
Un millón de ojos carmesíes lo miraban atentamente y un hocico que exhalaba un aire tan caliente como el infierno le respiraba en la nuca, sabía que esa cosa era Ruby, pero ya no tenía la forma de la niña pelirroja, sino de la bestia carmesí que se escondía detrás de su máscara, era como una araña formada de carne, con los rostros de sus víctimas gritando perpetuamente adheridos a sus extremidades, todo el tiempo cargaba consigo las cosas más horrorosas que podía cometer como creación humana, el reflejo de sus acciones en un cuerpo enfermizo; pensó que lo iba a matar, podía sentir el roce de sus colmillos contra su cuello, tentándose a sí misma con devorarlo en ese mismo lugar en medio de la noche, y sabía que él podía percibirla porque temblaba con cada uno de sus roces, al igual que un felino jugando con un ratón, pero no estaba dentro de sus planes acabar con su vida, hacerlo no la ayudaría a cumplir con sus objetivos y solo empeoraría su relación con su hermano.
“Algún día”
le susurró con su voz espectral convertida en un suspiro arrastrado por el viento del valle inquietante, aquella cosa que parecía humana, pero que mientras más la miraba más sabía que no lo era, fue lo más horroroso que había conocido.
Las luces parpadearon, la oscuridad se hizo presente por un instante antes de que la bombilla con movimiento de péndulo volviera a encenderse, y allí no había nada, Sullivan se hallaba solo en la cocina mirando hacia un lugar vacío, la criatura se había desvanecido con la misma agilidad con la que se había presentado, dejando anonadado al hombre quien finalmente pudo suspirar aliviado por encontrarse a solas, entendiendo que era mucho peor cuando tenía la certeza de que no lo estaba en el momento en que la habitación se hallaba a oscuras… Al menos ahora podía descansar después de haber pasado por tan horrida experiencia, podría irse a dormir sabiendo que el monstruo también querría hacerlo, al menos por ahora, hasta que lo impredecible sucediera como siempre.
En el amanecer del nuevo día Arthur fue el primero en despertar, los rayos se deslizaban a través de la ventana y se desparramaban sobre la habitación, alargando la luz como pequeños lazos que lo conectaban al mundo exterior, era la primera vez que despertaba en un lugar así y sentía el amanecer acariciando su rostro, era como ser abrazado por alguien con una calidez genuina por haberlo encontrado consigo.
Se pasó una mano por el rostro para recobrar su sonrisa antes de levantarse y caminar a la ventana, descorrió levemente las cortinas y observó el hermoso paisaje tal y como lo había dejado el día anterior, solo que ahora al atardecer lo reemplazaba el alba, había algo maravilloso en la salida del sol, no sabía qué era exactamente, pero ver al gigante dorado alzarse sobre la tierra le producía mucha satisfacción.
Usó su visión superior para ver más allá de lo evidente, pudo hallar a las liebres y ardillas recolectando su comida para el invierno, contempló los pétalos que se abrían para recibir los tenues rayos del sol, y observó todo lo que se escondía para el ojo humano con una claridad envidiable, incluso había alguna que otra criatura naciendo en ese momento, en algún lugar una madre daba a luz a su hijo, en todos los reinos una criatura nacía al mismo tiempo, y se sintió maravillado al saber que él se hallaba en medio de todo.
Ruby dijo que ellos eran especiales, que sus habilidades con la sangre no solo les permitía curar enfermedades, sino que ellos eran bibliotecas andantes, y recordó sus palabras cuando decidió confesarle esa verdad varias noches atrás:
“Nosotros podemos albergar la memoria genética de todas las criaturas, incluso después de que este planeta muera y sus habitantes se extingan, nosotros perduraremos y llevaremos el registro de que alguna vez algo existió… Todo vivirá con nosotros si así lo queremos”
fueron sus palabras, las que en ese momento dejaron anonadado a Arthur e hicieron sucumbir sus extremidades, enterándose de su función en el universo.
Sin embargo, ahora que observaba todo, entendía que había una memoria genética que preservar en todo aquello que los rodeaba, todo poseía una mente propia, aunque fuera en el más pequeño aspecto, todos los seres con los que tuviera contacto, de un modo u otro, vivirían tanto tiempo como él lo hiciera.
Pensó que eso podría llegar a ser un regalo y no una maldición, no tenía que ver todas sus habilidades como el inicio del fin de la humanidad y mucho menos como una perdición, porque en la sangre también había mucho que contar, con todos sus dones podía dar vida antes que quitarla.
- ¿Arthur? -llamó la somnolienta voz de Sullivan-.
¿Qué sucede, hijo? ¿No puedes dormir?
El chico le regresó la mirada, con la luz del sol filtrándose a sus espaldas su belleza natural resaltaba, su sonrisa era bastante nostálgica, el sentimiento agridulce que casi siempre la impregnaba se había desvanecido para dejar en su lugar una felicidad genuina que había comenzado a sentir desde que fue bautizado por su padre, y tras ello varios instantes de felicidad le precedieron permitiéndole sentirse vivo por primera vez, y esa sonrisa contaba esa memoria que solo él podía poseer.
-Estoy bien, solo miraba el amanecer, es un hermoso día.
-confesó sonriendo como un niño normal-
Sullivan compartió el sentimiento, le devolvió la sonrisa, aunque su rostro era mucho más viejo y arrugado que el de Arthur su felicidad era la misma, tenían mucho en común a pesar de no compartir lazos sanguíneos, el chico había aprendido mucho de él como cualquier hijo aprendería de su padre.
Una vez que el hombre tuvo energías suficientes para dejar la cama se colocó sus sandalias, su pijama de cuerpo completo y recogió sus lentes, para luego empezar a caminar hacia la cocina compartida que conectaba ambas habitaciones, la de ellos y la de Crane, y no se sorprendió en absoluto cuando Arthur caminó a su lado y tomó su mano suavemente para avanzar a la cocina juntos.
Sullivan se encargó de preparar el desayuno, panquecas bastarían para satisfacerlos, hizo las que consideró suficientes para calmar el hambre mañanera y un licuado de frutas, en todo momento Arthur miraba con gran fascinación la cocina, como la masa se endurecía para darle esa forma circular dorada, y luego le daba la vuelta con la espátula para cocinar el otro extremo, dejándolas con un color precioso que solo con verlo ya calmaba su hambre.
Pensó que era bastante sencillo, estaba seguro de que si él lo hiciera lo conseguiría al primer intento, no era algo imposible, y si su padre le enseñaba no dudaría de sí mismo en absoluto, en cuanto el plato estuvo frente a él, con la mantequilla derritiéndose y el tenedor listo para ser usado, su paladar se enjugó con el sabor y sus ojos carmesíes brillaron.
- ¡Saben increíble, gracias!
-Me alegro de que te gusten, eran los favoritos de mi hija también.
-confesó, pero en esas palabras no había rastro de tristeza o melancolía, parecía mucho más tranquilo al mencionarla-.
De hecho, ahora que lo pienso le gustaban mucho las películas, como a ti.
- ¿De veras? -Arthur estaba intrigado mientras seguía comiendo-
Sullivan asintió y bebió un poco del licuado.
-Se parecen bastante en algunas cosas, creo que se habrían llevado bien, habrían sido buenos amigos, estoy seguro de eso.
Arthur asintió repetidas veces mientras comía, solo conocía a la niña de la que hablaba a través de una vieja fotografía que siempre cargaba encima, pero no dudaba del criterio de Sullivan, si él estaba seguro de que podrían haber sido amigos entonces el chico también lo creía, después de todo compartían un padre.
Mientras la calidez del ambiente perduraba, la puerta de la segunda habitación se abrió, inmediatamente supusieron de quien podría tratarse, y no les sorprendió en absoluto cuando hallaron la somnolienta figura de Ruby quien se frotaba el rostro mientras vestía un pijama adorable de color rosado y el nombre Rose estampado en su pecho, fue lo más notable a simple vista porque sabían que ellos no tenían pijamas propios.
-Buenos días.
-habló con un poco de sueño, dirigiéndose a la silla a un lado de Arthur para sentarse mientras recostaba la cabeza en su hombro, sin importarle si eso le incomodaba-
Sullivan no saludó, se quedó en su sitio recostado del espaldar de la silla mientras la chica seguía atormentando en silencio a su hermano.
- ¿De dónde sacaste ese pijama? -cuestionó el chico, con un tono de voz ligeramente más temeroso-
-Por ahí.
-confesó con los ojos aún cerrados, revelando una pequeña sonrisa traviesa que ya decía suficiente por ella, porque en algún lugar había una niña que había sido despojada de su pijama y alguna que otra pertenencia no mencionada-.
Pero basta de preguntas, tengo hambre.
El doctor suspiró ante su petición, y notó que Arthur estaba a punto de entregarle sus panquecas a la niña.
-No lo hagas, disfruta tu desayuno, haré más para Ruby.
-Así me gusta.
-confesó la niña burlona mientras envolvía al chico con sus brazos, apresándolo como si fuera una pertenencia-
-Probablemente debería preparar más para Crane también.
Ruby negó con la cabeza antes de hablar, Arthur seguía comiendo a su lado, pero le dedicaba alguna que otra mirada consternada por la posibilidad de que ella pudiera hacerle algo, intentaba mantenerse tranquilo pero el collar delataba que estaba muy nervioso para lograrlo, amenazándolo con volver a brillar de color amarillo.
-No hace falta, Crane está en una llamada desde hace tres horas, no creo que venga a comer pronto.