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Estaba demasiado maravillado por la sensación de la alfombra peluda como para prestarle atención, era como un niño haciendo un nuevo descubrimiento por primera vez, y luego dirigió su atención a la cortina roja que acarició constantemente, la percibió con cada uno de sus dedos antes de repasarla sobre su rostro y cuerpo, envolviéndose con ella y comparándola con su cabello.
El gesto se le hizo bastante tierno a Sullivan que le mostró una sonrisa mientras se acercaba y le ayudaba a desvelar la ventana al descorrer las cortinas, entonces pudieron observar juntos ese hermoso paisaje que le recordaba a las ilustraciones de los cuentos que le había regalado al chico.
Las hectáreas del bosque se alargaban bajo el vuelo de las aves que surcaban el cielo, una parvada había pasado bastante cerca de ellos, el verde era como el de una esmeralda que brillaba para ambos, el rocío de los primeros indicios de la nieve acentuaba su color en lugar de ocultarlo, habían alcanzado las primeras semanas del invierno, el primero que Arthur podía ver con sus propios ojos.
Y más allá de las ramificaciones que se extendían como abrazos no correspondidos estaba la ciudad, una necrópolis de concreto y grandes edificios, donde cientos de corazones latían con sus propios anhelos, Sullivan solo veía grandes edificaciones, pero Arthur podía sentir más que eso, podía percibir a todas esas personas que avanzaban por sus propios rumbos, personas que vivían deseando un futuro incierto, pero tenían tantas esperanzas como temores por lo que podía llegar a suceder en sus vidas.
Sin embargo, había algo más en todo el panorama, mientras la nieve caía y pensaba en sábanas blancas envolviendo un lecho sin enfermedad, pensaba en una cama sin paciente, y recordó el hermoso rostro de Cassandra devolviéndole una sonrisa mientras la luz del sol acentuaba su belleza; no era una visión física o un vistazo más allá de lo evidente gracias a sus poderes, era parte de su imaginación, una imagen tan vívida como la existencia o la ventana que tocaba con la punta de sus dedos… Entonces entendió que no podía dejar de pensar en ella a pesar de hallarse tan lejos uno del otro, a diferencia de la señora Potter o del hombre malo al que había curado, esa última paciente había logrado lo impensable, había entrado en su corazón sin siquiera intentarlo.
La belleza del paisaje no le hacía justicia a la chica, era demasiado hermosa como para ser comparada, y Arthur no conocía demasiadas palabras que se acercaran a lo que estaba sintiendo en ese momento, sus mejillas enrojecieron y su sonrisa era la misma de un niño torpe que no sabía cómo expresar lo que sentía, Sullivan notó su expresión y supo inmediatamente que Arthur estaba experimentando la misma clase de amor no expresado que había visto en varios de sus pacientes a lo largo de los años, sintió su viejo corazón conmovido y pudo suponer a qué se debía.
- ¿Sigues pensando en la joven Fiore? -intuyó, sonriente por la reacción de su hijo-
-Sí… -confesó, apenado y devolviéndole la mirada-.
¿Estaré enfermo? ¿Ella me habrá hecho algo?
El doctor soltó una pequeña carcajada por la inocente suposición del chico.
-Si flecharte cuenta como hacerte algo, entonces ella es culpable de todos los cargos.
-dicho eso él se inclinó a su altura y palmeó su hombro-.
Eso, mi niño, se llama amor, te sientes atraído por la chica.
-Como en las películas… -dedujo inmediatamente para comparar su situación, y dejó salir un leve suspiro de gratitud-.
El joven se enamora de la princesa al visitar su castillo, aunque ella parece inalcanzable, y él debe hacer cientos de proezas para probar su amor por ella.
Sullivan asintió y sonrió.
-Una descripción muy romántica y precisa de cómo te sientes, mi niño.
Su nombre hacía eco dentro de su cabeza, el deseo de volver a verla seguía presente como cuando se lo dijo de frente, entonces entendió que era verdad lo que le había dicho, y lo admitió para sus adentros olvidando todo el dolor y la angustia por un momento: Arthur estaba enamorado.
Su rostro, sus caricias y su sonrisa, todo en lo que podía pensar era en Cassandra Fiore, todo cuanto quería hacer era volver a verla y estar con esa familia que lo había abrazado sin miedo; el chispazo de alegría que le produjo imaginarse con ellos, con Sullivan a su lado apoyándolo, con Cassandra del otro tomando su mano, fue suficiente para sepultar la amargura de lo que había sucedido la noche anterior con Ruby, fue suficiente para hacerle pensar en algo más que no fuera en la cruda realidad que le precedía, quizás era un error encerrarse en esa fantasía para eludir su realidad, pero en el fondo sentía que era algo muy humano, era lo que muchos hacían todos los días para sobrellevar su propio peso, pues era inevitable desear algo más que sus propias vidas.
Deseaba ser un chico normal, con un rostro y cabello normales, una vida normal, para conocer y enamorarse como todos lo hacían, en lugar de ser la víctima de un mundo que nunca pidió conocer… Quizás así podría estar con Cassandra no como su salvador, sino como su amigo, era un deseo algo egoísta para Arthur, pero era lo único a lo que podía aspirar, a soñar despierto con aquello que nunca podría obtener mientras cerraba los ojos para tener otra imagen vívida de ese escenario.
El collar, no obstante, detectó su entusiasmo y le proporcionó una pequeña descarga eléctrica que lo empujó hacia la ventana, abriendo sus ojos de improvisto y agrietando un poco el cristal con sus garras antes de que se convirtieran en manos normales, ese cambio no pasó desapercibido por Sullivan, quien sintió tristeza antes que temor.
-Tranquilo, hijo, tomate un respiro, todo estará bien.
-lo calmó con una sonrisa bastante triste, apenado de verlo tener que contener sus emociones-
Arthur simplemente se limitó a asentir mientras regresaba a la cama para tomar asiento y concentrarse para que los sentimientos quedaran atrapados en una caja dentro de su corazón, así no tendría que lidiar consigo mismo como sí tenía que hacerlo cada día.
-Mañana será un nuevo día, ¿Quién sabe lo que pueda suceder? -confesó el doctor para animarlo, buscando consuelo en lo impredecible y lo incierto, aquello que podía traer desilusión también podía traer alegría-.
Por ahora, te voy a preparar algo delicioso para comer.
-Mañana… será otro día.
-repitió mientras miraba a través de la ventana junto a su padre, y dejaba caer la cabeza en su hombro para descansar-
Al igual que esa noche bajo la luz de las estrellas, ambos solo se dedicaron a descansar mientras observaban un paisaje incomprendido por la mayoría, un padre sin hijo había encontrado a un niño sin padre, y amaron su compañía como el único consuelo que podían obtener, el faro en un mundo de oscuridad; había una luz dentro de Arthur que brillaba con tal intensidad que conseguía iluminar sobre el frío sendero de Sullivan para conocer la verdad, y como la familia que eran, esa verdad era que siempre se tendrían el uno al otro.
Hubo un tiempo en que Sullivan consideró quitarse la vida, durante su época de ebrio buscando consuelo en los fríos tarros de cerveza, pero ahora no podía imaginar cómo sería haber logrado ese cometido y perderse de la oportunidad de conocer a ese muchacho con grandes dones, dejándolo solo en un lugar tan insensible que lo convertiría en la peor versión de sí mismo… Entonces agradeció haber tenido la fuerza para resistir un segundo más, y así conocerlo cuando más lo necesitaba, pues Arthur le había dado una razón más, le había otorgado la fuerza para avanzar, aunque a veces creyera que era imposible.
Había una promesa silenciosa que se habían hecho, siempre harían lo posible por protegerse mutuamente, el deseo en su corazón de cuidarse de aquellos que los querían lastimar; en otro tiempo a Sullivan le habría parecido muy molesto que el niño lo viera como un padre y un modelo a seguir, pero allí estaba, admirando y apreciando cada segundo que tenían antes de que el tiempo pasara y la muerte reclamara sus huesos que cada día dolían más, mientras la felicidad arribaba al corazón de Arthur al recostar la cabeza en su hombro, como un gato ronroneando por las caricias en su cabeza, ansiando nunca alejarse.
“No lo olvides, estaré ahí para ti en la oscuridad”
era la promesa en sus corazones, lo que era realmente importaba en un mundo de soledad era encontrar a alguien con quien estar.
-Papá, gracias por todo lo que haces por mí.
-confesó en voz alta, sonriendo con el rostro contra su pecho, escuchando los latidos de su viejo corazón encantado con la alegría de haberse encontrado-
Conmovido por sus palabras no dudó en abrazarlo afectuosamente antes de disponerse a preparar la cena, pidiéndole que solo descansara después de una noche tan ajetreada y un viaje tan largo, sin querer presionarlo para que le contara lo que Ruby podría haberle hecho como para haber tenido esa expresión tan sombría de antes, prefería que se lo dijera si era algo que realmente quería compartir, al menos por una noche no tendría que lidiar con esa vampiresa otra vez.
Esa noche, Arthur durmió en su propia cama abrazando su almohada, parecía tan contento y aliviado después de cenar en la habitación que nada podría interrumpir su descanso, era como si pudiera descansar en paz cuando no estaba compartiendo habitación con Ruby.
Sullivan, en cambio, estaba en esa edad en la que dormía muy poco, por lo que decidió levantarse a mitad de la noche para ir a la cocina, la cual estaba en un cuarto aparte que se conectaba a la habitación, iría a prepararse un vaso de leche caliente para conciliar el sueño, si es que eso realmente funcionaba o si la disociación de sus pensamientos podría conseguirlo en su lugar.