El fantasma carmesí 11 #4
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Tras afirmarlo Cassandra comenzó a llamar al felino con el nombre de Akira, era un nombre bonito que evidenciaba el gusto de la chica por las películas y series japonesas, algo que también se mostraba mucho en su habitación llena de adornos y posters de estas, así como de sus bandas favoritas.

Arthur siguió mirando alrededor mientras Cassandra llamaba a su gato con los mismos sonidos que todos los dueños de gatos hacían, esperaba conocer al felino con gran entusiasmo, pero tras un momento la chica comenzó a impacientarse porque Akira no venía, algo extraño ya que era bastante obediente con ella.

Al no haber ninguna respuesta, él dirigió la mirada al suelo y pudo percibir las huellas calientes del animal, había estado en el sofá hacía poco tiempo atrás, algo había llamado su atención y se aventuró por el pasillo para descubrirlo, sus huellas se perdían lejos de la sala principal, y al momento de descubrirlo pensó que hacía rato que no sabía nada de Ruby desde que abandonó a los demás durante la comida.

-Puedo ver sus huellas, si quieres puedo ir a buscarlo.

-confesó mientras se levantaba-

-Oh, iré contigo.

-agregó Cassandra, intentando levantarse, pero él colocó ambas manos en sus hombros para impedírselo-

-No, no te preocupes, vendré en un momento.

-su sonrisa era toda la seguridad que necesitaba para aceptar su ayuda-

Las mejillas de Cassandra enrojecieron un poco tras escucharlo y ver sus preciosos ojos carmesíes portando tal seguridad, eran como rubies hipnóticos cuando quería que lo fueran, no estaba segura de confiar plenamente en que él vagara por la mansión luciendo como el paciente de un manicomio, pero su rostro poseía toda la tranquilidad que necesitaba para dejarlo marchar por ese pasillo siguiendo huellas invisibles… Solo con dar unos cuantos pasos para alejarse de ella ya comenzaba a extrañar su presencia, al igual que le sucedió a su padre, la ausencia de Arthur los despojó del alivio que él les había compartido al contacto con su cuerpo.

“No quiero que estés cerca cuando Ruby haga alguna de sus atrocidades…”

pensó detenidamente, admitiendo que esa era la verdadera razón por la que no quería que Cassandra lo acompañara, no quería correr el riesgo de espantarla con la verdad de lo que ellos eran, o peor que eso, la verdad de lo que él podía llegar a ser.

El collar de Phantom seguía brillando de color verde, se había portado bien hasta ese momento, era lo que se decía a sí mismo mientras avanzaba por el pasillo siguiendo las huellas del gato, le alegraba que su ropa lo escondiera lo suficientemente bien como para evitar un tema tan incomodo con Cassandra y sus padres, obviamente tendrían sus dudas si llegaban a ver que necesitaba de un collar para esconder sus emociones, una habilidad que había adquirido casi por instinto de supervivencia, no quería llegar a sufrir uno de sus ataques frente a otros en el exterior.

Se preguntó por qué Cassandra parecía tan fascinada con él, no podía quitarle los ojos de encima, y desde el momento en que curó su enfermedad sus pensamientos giraban en torno a él, era como si hubiera hallado valioso en su corazón.

El alargado pasillo era oscuro y lúgubre, cada vez que se alejaba de las personas se sentía inmerso en su propia naturaleza, como si una voz le recordara todo de lo que era capaz y le pidiera ceder al sabor de la carne al igual que Ruby, tenía que usar mucha fuerza de voluntad para no regresar con Cassandra y devorarla, le preocupaba que esas ansias se hicieran cada vez más intensas.

En cierto punto notó que las huellas del felino lo llevaban hasta el garaje, la puerta había sido forzada, en su interior la luz permanecía encendida y unos maullidos ahogados resonaban a un nivel tan bajo que él tuvo que afinar sus sentidos para captarlo, inmediatamente comenzó a sentirse inquieto por como los pensamientos sobre la carne cedieron ante tan terrible descubrimiento tras la puerta.

“La carne da la vida, la sangre da la existencia”

pensó mientras se acercaba y percibió que los maullidos ahogados eran sepultados por el demonio que los engullía en su paladar, pero supo de inmediato no era una bestia desconocida la que se hallaba en el garaje, ni mucho menos un reflejo de sí mismo o de la voz del pensamiento que acababa de escuchar, sino que se trataba de Ruby.

La niña estaba allí, de rodillas, sosteniendo entre sus brazos manchados de sangre el cuerpo del gato moribundo, y su boca también estaba llena de sangre.

La niña había atraído al animal con sus caricias, el felino confiaba en la bondad de las personas tal y como sus dueños le habían enseñado, pensó que ella sería igual que los demás, no tenía idea de que Ruby era una depredadora cruel, y acabó en las fauces gigantescas de esa criatura con rostro de ángel, ni siquiera el rechinido de la puerta abriéndose consiguió sacarla del trance de sabor en el que se hallaba con cada probada del felino de ojos verdes.

El gato le devolvió la mirada a Phantom en sus últimos momentos, casi parecía rogarle que acabara con su sufrimiento, no podía tolerar un segundo más en compañía de Ruby, cada mordisco era como si le devolviera la vida para luego volver a arrancarle otro trozo de carne, lo mantenía en un ciclo de vida y muerte perpetuo para acentuar el dolor de sus últimos instantes; la sangre que brotaba ya ni siquiera era suya, le pertenecía a la niña que gozaba con el pobre animal indefenso, se había adueñado de su cuerpo.

La evolución no le ayudó, sus instintos no le alertaron del peligro, porque el rostro y corazón de la niña podían engañar a los demás, se ganaba la confianza y traicionaba hasta a la madre naturaleza haciéndole creer que ella no podría hacerle daño ni a una mosca, pero la realidad golpeaba de frente cuando ella revelaba sus colmillos.

En cuanto notó la presencia de Phantom se dio la vuelta y lo encaró con la misma sonrisa maquiavélica de siempre, sus colmillos estaban llenos de sangre y pelo de gato, su mentón manchado alargaba su expresión cruel, era igual a esa ocasión en la que mató y devoró a los niños defectuosos para demostrarle que era superior, pero esta vez no había una mínima causa que explicara su razón para hacerlo… Cuando intentó escuchar sus pensamientos no había nada en ese lugar vacío, solo maldad, un sentimiento palpitante impulsado por los celos de haberse sentido apartada y olvidada por Phantom.

-Hermano mayor, ¿Sabías que podemos comer cualquier tipo de carne? Cuando están vivos tienen mejor sabor.

-confesó, ofreciendo un poco del felino a su hermano-

Su reacción inmediata e instintiva fue lamerse los labios, no podía negar la tentación que recorría su cuerpo al ver la sangre caliente brotando de la cabeza y el torso del gato, sentía una punzada en su cuello que le pedía a gritos saciar la resequedad con el sabor prohibido, parecía un cachorro sediento con la lengua afuera cuando le ofrecen algo de comida, quería lamer las manos de Ruby para saciarse sin necesidad de probar directamente la carne del felino; ella estaba poniendo a prueba su fuerza de voluntad, quería ver qué tanto podía resistir antes de que se arrodillara frente a ella para lamer la sangre al igual que un animal salvaje, sabía que en cuanto lo hiciera ya no podría detenerse y se convertiría en su perro faldero.

Entonces soltó un pequeño gruñido y apartó la mirada, no podía hablar, se forzó a darse la vuelta y caminar fuera del garaje de vuelta por donde había venido, pero no fue en dirección a la sala principal donde Cassandra seguía esperando por un gato que jamás volvería, no tenía el corazón para decirle que había muerto en las manos de una niña lunática, así como tampoco podía seguir en ese lugar, necesitaban marcharse cuanto antes para no forzar a Ruby a cometer una atrocidad mucho peor… Pues sabía lo que tramaba al permitirle que la viera en ese estado en lugar de hacerlo a escondidas como solía hacer: le estaba advirtiendo que haría lo mismo con ellos si no se iban de esa horrenda mansión.

Arthur volvió con Sullivan y los Fiore, para ese momento los adultos habían dejado atrás el tema de la paternidad y la naturaleza del chico, su rostro parecía calmado a pesar de estar profundamente consternado por Ruby, luchaba por contener sus sentimientos como siempre para que el collar no le diera otra descarga eléctrica; les provocó un pequeño susto al verlo caminar de vuelta al comedor con la misma ropa del laboratorio con la identificación de sujeto I como si fuera su identidad, era igual que un alma en pena que se acercaba para arrebatarles el último aliento.

- ¿Qué sucede, pequeño? -saludó Paulo con cordialidad-

- ¿Estás bien, bambino? -añadió la mujer al notar que había cierto miedo en su rostro, podía percibir con mayor facilidad cuando algo no estaba bien para un chico de su edad, era evidente que había visto algo inquietante, pero trataba de ocultarlo frente a los adultos, al igual que cualquier niño que no quiere admitir una travesura-

Arthur meneó la cabeza y les mostró la misma sonrisa gentil que le había enseñado a Cassandra antes de ir a buscar al gato que se haría pasar por desaparecido, no quería admitir nada de lo que sentía ni siquiera con un pequeño gesto, había más que solo una travesura, sabía que podrían horrorizarse si llegaban a descubrir que eran acompañados por dos criaturas son sed de sangre y carne, aunque solo uno de ellos realmente hacía el esfuerzo de no hacerles daño.

Dijo que todo estaba bien, y solo Sullivan pudo reconocer que estaba mintiendo por el bien de la familia, ya lo conocía bien a esas alturas de la vida, había visto algo muy malo y estaba seguro de que tenía que ver con Ruby a quien tampoco había visto en un rato.

- ¿Estás bien? -cuestionó el doctor, a lo cual Arthur respondió acercándose para abrazarlo y esconder su rostro contra su pecho-