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Era un pensamiento coherente, el miedo del humano a ser dispensable era latente, el reemplazo tras su extinción estaba a la vuelta de la esquina, un ser perfecto sin enfermedades ni heridas, capaz de regenerarse y curar a los demás, una criatura atractiva en todo sentido que podría exterminarlos si así lo deseaba y, sin embargo, decidía ser una buena persona actuando como un niño normal por su deseo de llegar a serlo.
Lo que Sullivan compartió le hizo sentirse mucho mejor, pero la verdad era que había superado ese sentimiento hacía tiempo, lo que hacía era dejar ir esos pensamientos para finalmente abrazar la idea de que se había vuelto padre otra vez, sin duda lo más irónico y también lo más gracioso era que el primer libro que le había regalado era Pinocho, donde un padre sin hijo encuentra a un niño sin padre.
-Pero, creo que al final todo se resume en que él es mi hijo, y yo lo amo con todo mi corazón.
-confesó Sullivan, suspirando pesadamente por aquellas palabras que nunca pensó repetir, solo entonces notó que, en el pasillo del otro lado, al que los Fiore le daban la espalda, hubo un pequeño rostro de ojos carmesíes que lo miraban de vuelta, al principio pensó que era Arthur, pero no podía ser él… porque Arthur no tenía colmillos llenos de sangre-
No obstante, cuando volvió a mirar en ese lugar, el rostro ya no estaba, solo un pequeño rastro de gotas de sangre perduraba, y los Fiore lo interrumpieron antes de que pudiera ir a investigar.
-Signore, es importante que usted también se lo haga saber, si algo hemos aprendido mi esposo y yo en estos dieciséis años, sin saber cuándo perderíamos a nuestra hija, es que en este mundo el peor error que se puede cometer es no decirles a quienes amamos cuánto nos importan de verdad.
Sullivan quedó perplejo ante esas palabras, no pudo evitar preguntarse si había hecho eso con su esposa e hija, se preguntó si antes de perderlas habrían sabido cuanto las amaba, y se sorprendió al vagar entre sus recuerdos para percatarse de que no recordaba haberles dicho cuanto significaban para él, no recordaba haber tenido muchos momentos juntos además de los campeonatos de soccer juvenil, los picnics y las salidas al parque de atracciones; no sabía si podía culpar a su edad, con cincuenta años muchos recuerdos podían volverse bastante difusos con facilidad, y se vio atrapado en ese dilema acerca de si realmente llegó a decirles cuanto las amaba antes de que fuera tarde para hacerlo.
“Es bastante agridulce… realmente no puedo decir que haya hecho algo por ellas”
se dijo a sí mismo mientras asentía y escuchaba sus palabras, prefiriendo no indagar tanto para no lastimarse, simplemente no había forma de contestar esa incógnita, y pensó que lo mejor era solo enfocarse en el presente ahora que tenía una segunda oportunidad con Arthur, convertido en padre dos veces en una vida, Sullivan se prometió estar allí para el muchacho siempre que lo necesitara, no volvería a cometer el mismo error dos veces.
“No puedo seguir en el pasado, Arthur me necesita”
pensó con detenimiento, pues ahora había una razón para creer, una razón para amar, pero, sobre todo, una razón para seguir viviendo.
Cassandra había llevado al muchacho por el pasillo hasta llegar a la sala principal, el espacio lleno de adornos que mezclaban un poco del arte tradicional con el arte contemporáneo que solo un adolescente con bastante fijación en el internet podría entender, sus padres se habían encargado de moldear la casa a su gusto para ayudarla a conciliar el dolor cuando la enfermedad seguía presente.
Arthur se vio inmerso en todo con gran fascinación, aunque su aspecto le hacía parecer un invasor en la comodidad de la mansión, su ropa del laboratorio le impedía lucir su belleza correctamente, además de que siempre andaba descalzo, un niño feral no podía sentir lo mismo que Cassandra u otros de su edad.
La chica lo llevó hasta el gran sofá donde tomaron asiento para admirar a su alrededor, pero sus ojos siempre estuvieron enfocados en él, perdiéndose en su fascinación por el aspecto de Arthur y todo lo que representaba.
No sabía qué decir para entablar una conversación significativa con él, tanto que podría preguntar, pero su mente se nublaba a su lado provocando que sus manos temblaran mientras envolvía las suyas.
- ¿Y te gustan los gatos? -preguntó con su dulce voz-
-No lo sé, nunca tuve uno.
-respondió sonriente, enfocando sus ojos en ella-
-Oh, ¿No tienes mascotas de dónde vienes?
Él meditó un poco en la respuesta, si bien no tenía nada parecido a un perro o un gato, tampoco podía decir que estaba completamente ausente de algo parecido.
-Están los pequeños drones que me bañan y traen mis comidas.
- ¡Qué increíble, debes ser el chico más suertudo del mundo para eso! -la inocencia con la que lo decía era palpable, ignorante de la realidad que envolvía al muchacho en los laboratorios y que distaba mucho de tener suerte en la vida, de hecho, había días en los que él mismo creía que estaba maldito solo por existir-.
¿Y hay otros como tú?
Arthur negó con la cabeza, habiendo recordado momentáneamente a sus hermanos y hermanas defectuosos, los que fueron masacrados sin piedad por Ruby ante sus ojos, pero no quería hablar y mucho menos pensar en esos rostros tan gentiles cuyo único error había sido nacer defectuosos.
- ¿Y esa chica que vino con ustedes es tu hermana o… algo para ti? -su pregunta, más que buscar entender un poco más de su naturaleza, parecía querer indagar en la posible relación que había entre ellos.
No entendía por qué le preocupaba lo que fuera a responder, pero quería saberlo sin importar cual fuera la verdad-
Arthur carcajeó levemente, vio que el corazón de Cassandra latía con cierta rapidez, por alguna razón estaba nerviosa tras hacer esa pregunta.
-Ella es algo así como mi hermana, se llama Ruby y… -se mordió la lengua al ver que estaba a punto de hablar más de la cuenta, no sabía muchas cosas sobre socializar, pero estaba seguro de que nadie querría ni podría escuchar la verdad de la naturaleza de su hermana, la bestia que se escondía detrás del rostro de un ángel y las cicatrices que ella le había dejado en su cuerpo, no era algo que su mente de humana pudiera entender-: somos los únicos de nuestra clase.
Por alguna razón ella parecía aliviada con su respuesta, esperaba que dijera algo más porque ambos eran muy atractivos y le preocupaba que solo le interesara alguien igual que él, pero Arthur no era así, no se sentía superior en ningún aspecto a ella o a otras personas, no quería compartir la complejidad de ese pensamiento ni las cosas que había conocido gracias a Ruby… aunque la gratitud no era algo que realmente pudiera definir lo que sentía por las cosas que giraban en torno a él.
Sacudió su cabeza para disipar sus pensamientos, sus manos estaban por convertirse en garras, no quería asustar a Cassandra por lo que tuvo que aprender a callar sus sentimientos para seguir disfrutando de la tranquilidad de ese momento.
Ella notó ese cambio en él, podía ver que quería callar lo que sentía como muchos hacían, no podía forzarlo a hablar de ello y mucho menos sabiendo que apenas se conocían, debía esperar el momento adecuado si quería llegar a ser su amiga, eso si es que podía volver a verlo, en parte le preocupaba que fuera como esas citas médicas en las que un doctor milagroso la ayudaba en una única consulta, para que en la próxima ocasión ya no volviera a ver a esa misma persona… No quería que ese fuera un encuentro de una única vez, aunque no sabía si podría hacer algo.
- ¿Tienes amigos de dónde vienes? -preguntó con interés genuino, aunque su tono había pasado a cargar con más intriga y un ligero toque de preocupación-
-Tengo al señor Sullivan.
-confesó, confiando en su propia respuesta-
-No, quiero decir, él viene a ser tu papá… Pero, además de él, ¿Hablas con alguien más?
Arthur pensó detenidamente en su pregunta reformulada, creyó que había tenido la respuesta hasta ese momento, Sullivan era el único en su vida que lo trataba con dignidad y respeto, el único que no abusaba de él ni deseaba poseerlo como un objeto, todos los demás se habían acercado para aprovecharse de su cuerpo o sus habilidades; hasta ese momento había pensado que eso era normal en varias ocasiones, por eso, la pregunta de Cassandra le hizo cuestionarse si alguna vez en su corta vida alguien podría llegar a considerarlo su amigo.
-No, no tengo a nadie.
-confesó, tomando un pequeño respiro después de admitirlo en voz alta-
Cassandra no se sintió sorprendida en absoluto, dejó salir un suspiro al igual que Arthur y no supo qué decir, después de todo era evidente que no era normal, aún dentro de los límites de su ignorancia sabía perfectamente que venía de un lugar tan peculiar como él, un lugar que lo forzaba a vestir con esas ropas como si acabaran de darle de alta de un hospital psiquiátrico, que no tuviera amigos era algo normal, probablemente ni siquiera Ruby era su hermana, pero ¿Qué podría hacer si esa era su vida? Solo estaba acostumbrado a las cosas horrorosas porque eran su realidad desde el día de su nacimiento.
Cuando una persona vive en cierto entorno las condiciones moldean su forma de pensar y su sentir para aceptar todo aquello que lo rodea, que Arthur aceptara los abusos no era de extrañar si fueron todo lo que él conocía, apenas entendía el amor y por eso se sentía tan intimidado por el sentimiento, creía que era ajeno a sí mismo, así como para otros lo serían los maltratos.
- ¿Dijiste que tenías un gato? -agregó el chico, intentando sonreír una vez más-
-Oh, sí, por supuesto.
-respondió, aunque sabía perfectamente que ambos intentaban eludir la amargura del sentimiento-.
Normalmente siempre viene cuando estoy aquí, ¿Dónde estará ese gato gordo?