El fantasma carmesí 10 #3
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Allí yacía el espectro del recuerdo, Phantom miró por debajo del barandal aquel fantasma doliente de esa persona, había nacido enferma, con los huesos de cristal y piel de papel, tan frágil como las hojas resecas del otoño que llegaba a su final, y no era una, sino muchas las ocasiones en la que ella sufría a causa de su enfermedad degenerativa; ahora lo tenía claro, no era producto de una infección o por estar en el lugar equivocado y el momento incorrecto, era un error de la biología que una persona así existiera, un eslabón débil… Sin embargo, al usar esas palabras, aunque fuera en su propia mente, se sacudió la cabeza para despejar esa idea y hacer que el recuerdo fantasma se desvaneciera, ni siquiera le pertenecía, solo era una visión del pasado en esa mansión.

Una vez que estuvieron frente a la puerta que daba a la habitación, Phantom y Ruby escucharon con claridad la baja frecuencia de los latidos, era el corazón más débil que pudieron haber escuchado, una condición médica incurable que con el paso de los años había empeorado; de entre ellos solo Ruby tenía acceso al reporte, le pareció sumamente aburrido, pero aun así lo leyó completo, era una enfermedad que se había manifestado a los cuatro años de la niña, sus piernas dejaron de funcionar en pleno jardín de niños, sus músculos se debilitaban en lugar de desarrollarse, el siguiente proceso fue que sus huesos eran mucho más frágiles que el de los demás niños, el más pequeño impacto podía quebrarlos, sus órganos internos eran mucho menos eficaces al punto de necesitar tanques de oxígeno a donde fuera.

Phantom escuchó los pensamientos de Ruby acerca de esa enfermedad, si era verdad entonces debía ser el proceso más doloroso de todos, vivir solo hasta los diecisiete años, según el pronóstico de los doctores, era como contar el relato de una tragedia anunciada, la fiesta de cumpleaños de la niña en un par de semanas era más como una sentencia a los ojos de sus padres… Pero él no lo permitiría, se dijo a sí mismo que no podía permitir algo tan injusto.

En cuanto la puerta se abrió tuvieron acceso a una habitación plagada por muchos adornos propios de una chica de dieciséis años, muchos posters de bandas y otros elementos de cultura general, no era nada diferente de lo que podría hallarse en la habitación de cualquier chica que tenía sus propias pasiones tan frívolas, pero al mismo tiempo tan especiales, a su edad; no obstante, todo el color de su habitación yacía apagado a causa de la pobre criatura que yacía en su lecho, apenas pudiendo abrir sus pesados parpados para observar a los invitados desconocidos, el hombre casi anciano que acompañaba a un niño y una niña de ojos carmesíes.

Un hombre de mediana edad, casi de la misma que Sullivan, se apoyaba en la cama mientras permanecía de rodillas, por lógica pudieron suponer que se trataba del señor Fiore, el esposo de la hermosa y joven mujer que los había guiado hasta esa habitación tan lúgubre.

Al doctor no le impresionó ver una pareja con edades tan disparejas, era muy común que los hombres buscaran mujeres más jóvenes, era muy común ver que una mujer tan atractiva hallaría reconfortante la presencia de alguien mucho mayor que ella, sea por un complejo de Electra sin detectar o por apariencias en su ámbito político, pero no es como si ese tema realmente importara en ese momento.

-Cara mia, ¿Ellos son del laboratorio? -cuestionó el hombre, sin despejar su mirada ni tacto de la niña en el lecho-

La mujer se limitó a confirmarlo.

El hombre era bastante melancólico, apenas parecía tener las fuerzas para sostenerse en pie cuando tuvo que levantarse para saludar apropiadamente a Sullivan estrechando su mano, ignorando por los momentos la presencia de los hermanos, su figura era casi espectral tras haber llorado por bastante tiempo, su rostro cargaba con ojeras marcas y sus hoyuelos estaban pronunciados, al igual que la mujer su acento italiano se remarcaba en algunas palabras, pero era perfectamente capaz de comunicarse en el idioma de los presentes; Phantom miró dentro de su corazón y sintió mucha pena por escuchar susurros melancólicos sobre cuanto lamentaba no ser capaz de hacer más por su hija, su rostro era igual a la primera vez que había visto a Sullivan al entrar en esa habitación blanca.

“Ha llorado mucho, sufre en silencio, se mueve con calma y casi ni usa palabras; viste con elegancia, pero detrás de esa ropa no es más que un pordiosero, al menos, él mismo se siente de esa manera por su incapacidad para hacer algo más”

pensó el niño mientras observaba a ambos hombres estrechando sus manos, antes de proceder a hablar y presentarse ante él, y pudo ver que a diferencia de antes el brillo en el rostro de Sullivan era mucho mayor, parecía haber encontrado lo que creía perdido: un propósito de vida se vislumbraba ante sus ojos a pesar de que aún no lo tenía muy claro del todo.

-Espero que esos diez millones hayan valido la pena, Signore.

-confesó el político, mirando brevemente a ambos hermanos antes de regresar la mirada a Sullivan-.

¿Dónde está la cura?

Sullivan se limitó a mirar a Phantom, esa era su respuesta, porque si lo decía en voz podría reconocer que ni siquiera él mismo se lo habría creído, no es como si aún pudiera creer del todo las cosas que había conocido desde que descendió por primera vez a ese piso misterioso en Genexis Sciences, pero ambos niños de ojos carmesíes eran la prueba viviente de que todo era real, incluso si ellos no le creían.

-No me parece gracioso en absoluto.

-agregó la mujer, finalmente comentando lo que había estado guardando desde que el niño le habló directamente sobre ayudar a su hija-.

¿Acaso el pequeño trae la cura consigo? ¿Esto es parte del tratamiento de nuestra hija?

Sullivan meneó la cabeza, Crane le había advertido que probablemente los Fiore no les creerían que Phantom y Ruby podían curar a su hija, después de todo, eran de los pocos que habían aceptado intentarlo con sus laboratorios por petición de sus inversionistas que querían probar qué tan avanzadas eran las habilidades de los sujetos de prueba, si acaso podrían sanar algo de nacimiento y no solo algo que se podía contraer o heredar, era más una prueba para ellos que el cumplimiento de un contrato; Crane le había dicho que estaría allí para ayudarlo a explicar si la situación lo ameritaba… desafortunadamente para el doctor que era un psicólogo, no un científico, la limusina de Crane se había atrasado por una llanta pinchada.

-En realidad él… es la cura.

-esas palabras casi parecían una sentencia, una forma de admitir su culpabilidad de fraude, y se sentía como tal a pesar de ser testigo de las habilidades del niño, pero no había otra forma de explicarlo-

“Ahora observa, hermano mayor, como actúan las personas cuando les arrebatas algo en lo que creer”

pronunció la voz de Ruby dentro de su mente, acentuando la profundidad de los sentimientos que podía percibir aflorando en esa escena, como la frustración y la tristeza que se ocultaban detrás de una expresión iracunda e impulsiva.

Ambos padres angustiados intercambiaron miradas de incredulidad, casi como si esperaran que fuera una broma por parte de Sullivan, una broma bastante inapropiada que jugaba con sus sentimientos y les hacía creer que había sido un error haber contratado los servicios de los laboratorios, era algo que consideraron al momento de ser contactados en secreto para tener el privilegio de usar una cura experimental, que no fueran más que charlatanes que buscaban aprovecharse de su situación familiar.

La mujer se mostró decepcionada, buscó con la mirada perdida alrededor de la habitación algo que pudiera aliviar esa sensación de haber sido víctima de la mayor estafa a su corazón, era algo que había considerado, pero estaba demasiado ciega por su dolor como para que algo de eso realmente importara, después de todo, habría hecho lo que fuera por su hija.

En cambio, el hombre perdió los estribos, después de haber llorado por tanto tiempo era inevitable que su corazón vaciara el pesar y dejara en su lugar una sensación de impotencia que lo conducía a la ira, no podía verlos de otra manera que no fuera como simples charlatanes, tanto el hombre como los niños que lo acompañaban, era seres corruptos ante sus ojos que se habían burlado en sus caras del dolor de su hija agonizante.

El señor Fiore se acercó a Sullivan y lo tomó de la camisa, tenían casi la misma edad, pero en ese momento el político parecía mucho más jovial y fuerte que cualquier otra persona a la que hubieran conocido, era alguien poseído por una ira demencial que de no ser por la presencia de su esposa e hija no se habría contenido y habría intentado matar al doctor en ese momento.

- ¡¿Esto es un chiste de mal gusto?! ¡Prometieron una cura para mi hija, no puede venir y hacer lo que le plazca en mi casa! -en su tono ya no había esa elegancia producto de su acento, solo quedaba una persona desesperada-

- ¡Señor Fiore, tranquilícese, esto no es ninguna broma! -intentó calmarlo, pero para el político ya no había razonamiento después de escuchar su declaración-

Los reclamos continuaban, Sullivan admitía que en su posición habría actuado de la misma manera, la ira y la frustración se mezclaban de manera que todo su cuerpo se tambaleaba, consumido por el sentimiento de no ser capaz de hacer más por un ser querido, era la agonía compartida de que ni siquiera todo el dinero del mundo podía curar a los más enfermos, era una sensación frustrante que había conocido en su momento, ni siquiera ser un ganador del premio nobel le quitaba la amargura de esa época tan fatídica.

“Es como verme en un espejo de mi pasado”