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Cualquiera que fuera la respuesta no le importaba demasiado, solo debía encargarse de cumplir con su deber y seguir adelante, probablemente así sería su vida por el resto de sus días, curando las enfermedades de los millonarios, forzado a ver en sus memorias hasta que alguna de ellas pudiera romper su mente por verse obligado a vivir una y otra vez los horrores de los que eran capaces los humanos sin corazón… Le habría gustado que todos fueran como Sharon, que a pesar de todo podían encontrar la fuerza para seguir adelante y no ser cruel con los demás tomando su enfermedad como una excusa, o sin que esta fuera producto de las consecuencias de sus propios actos.
Poco después de descorrer el cerrojo una mujer de increíble belleza abrió ambas puertas frente a ellos, era una mujer de cabello castaño rizado, usaba maquillaje, aunque no en exceso, y lucía un hermoso vestido rojo que llegaba hasta sus rodillas, resaltando sus curvas de un modo seductor cuando se le miraba con los ojos correctos; pero ni Sullivan o Phantom se interesaban en su figura, sino en aquellos ojos rojizos producto del pesar que intentaba ocultar, entonces comprendieron que ese maquillaje no era para resaltar su belleza, sino para ocultar la tristeza.
La mujer era la esposa de un importante político del extranjero, la cual también ejercía un cargo tan importante como su marido, su elegancia equivalía a su estatus, pero esa máscara se desvanecía para el chico que podía ver que su corazón latía con una velocidad impresionante a causa de la angustia que intentaba ocultar, era evidente que para ella ni siquiera su posición o influencia podían alterar el orden natural de la vida cuando no podía hacer más que resignarse y aceptar que no sabía lo que era el verdadero poder.
Que una mujer tan preciosa estuviera tan frustrada y desesperada, a pesar de su riqueza, era sumamente devastador para el doctor, quien se quitó su sombrero en señal de respeto para presentarse después de haber leído el documento que explicaba su caso a detalle y quien era realmente el paciente.
-Señora Fiore, soy el doctor Sean Sullivan, vengo de parte de Genexis Sciences porque su esposo contrató nuestros servicios para… -pronunció el hombre, y tuvo que reunir valor con un largo suspiro para continuar, pues esas palabras despertaban recuerdos desagradables para él-: tratar la enfermedad de su hija.
Phantom regresó la mirada al doctor para descubrir que expresaba un poco del mismo dolor por el recuerdo de su propia hija enferma que nunca tuvo salvación, pero también lo hizo porque le había impresionado saber que la paciente era la hija de alguien, no era un adulto como los demás, no era alguien que tuviera tiempo de cometer errores contra los demás como para justificar que estuviera sufriendo por sus propios pecados, ¿Qué mal haría una niña como para padecer de una enfermedad sin tratamiento que lo requiriera a él? Pensó nuevamente en la hija del doctor, quien no tuvo la culpa de nada como para padecer de ese virus durante la pandemia, y luego consideró que quizás las enfermedades no era ninguna clase de castigo por las acciones como había llegado a creer: a veces simplemente cosas malas pasaban a personas que no lo merecían, y le preocupó mucho saber que eso sucedía todo el tiempo.
-Signore, realmente es un honor conocerle, he leído sus libros sobre tratamientos psicológicos.
-confesó la mujer al corresponderle un saludo al caballero frente a ella, hablando con su marcado acento italiano que probaba su origen, pero no importaba el idioma de origen en las personas, para todos era fácil identificar el lamento en la voz de una madre angustiada-.
Si es verdad lo que mi esposo me contó de sus laboratorios, por favor, salven a mi bambina.
Sullivan miró de reojo a Phantom mientras la mujer sollozaba frente a ellos, el niño sabía lo que significaba esa mirada preocupada, le preguntaba si creía que podía lograrlo, era normal que tuviera dudas a pesar de tener más control de sus poderes, pero sabía perfectamente que lo conseguiría, nada le impediría aliviar las penas de la mujer.
Ruby, por mientras, parecía disfrutar en silencio de las lágrimas frente a ellos, pensaba en cuan gracioso era saber que se chocaba contra el muro de la realidad al descubrir que su postura política realmente ni significaba nada cuando enfrentaban algo tan inevitable como la muerte de un ser querido víctima de una enfermedad sin cura, era como ver a las hormigas intentando detener el peso de sus pies al aplastarlas, la imagen mental de aplastarlos en ese momento se hizo presente y disfrutó con la posibilidad de hacerlo mientras ellos aún hablaban, el estímulo de su imaginación hizo que apretara con fuerza la mano de Phantom.
En cuanto el chico asintió a la pregunta implícita de Sullivan, el doctor volvió a encarar a la mujer y tomó su mano con delicadeza, sus manos relucían mucho más arrugadas de lo normal cuando sujetaba a alguien tan joven como ella, solo entonces esos cincuenta años pesaban sobre él con una evidencia tan clara.
Buscaba consolarla porque sabía perfectamente lo que era ser un padre angustiado por el sufrimiento de una hija, no había forma en que no se sintiera reflejado en ella y empatizara, saliéndose brevemente de lo profesional para encarar juntos ese pesar, incluso si existía la pequeña posibilidad de que Phantom no pudiera salvar a la hija, al menos podría ayudarla en ese momento.
-Haremos todo lo posible, señora Fiore, se lo prometo.
-confesó, hablando con corazón y sinceridad, prescindiendo de su comportamiento como psicólogo, ya no era tan necesario como antes-
-Grazie mille.
-suspiró y entonces devolvió la mirada a los gemelos carmesíes, extrañamente atraída por su aspecto tan peculiar-.
¿Quiénes son estos niños?
Phantom estuvo a punto de presentarse debidamente, pero entonces Ruby se adelantó dando un paso al frente para entrar en la mansión, tan irrespetuosa e indiferente con su comportamiento como solía ser, sin importarle si la señora estaba demasiado angustiada como para darle importancia a la niña.
-Perdónela, señora Fiore.
-agregó Phantom, inclinando levemente la cabeza en señal de respecto-.
Mi nombre es Phantom, y ayudaré a curar la enfermedad de su hija, ¿Me permite pasar a su hogar?
El contraste entre ambos era demasiado marcado, por más hermosos que parecieran, la niña iba a todas partes como si fuera dueña del mundo, una buena parte de ella realmente se lo creía, mientras que el chico se mantenía cordial y educado, algo sumiso, y esperaba a que la señora le diera su permiso; ella estuvo desconcertada no tanto por la actitud de Ruby, sino porque no lograba comprender a qué se refería con que él ayudaría a curar a su hija, no estaba tan enterada del papel que tendría y eso provocó que comenzara a cuestionarse en dónde estaba la cura, ¿Era una jeringuilla con algún liquido experimental? ¿Alguna pastilla o tratamiento que podía aliviar el dolor?
La pregunta tendría que esperar, su desesperación tras haber tratado con los mejores doctores le impedía cuestionar si algo podría ayudar a su hija, entonces le permitió a Phantom la entrada junto al doctor, agradecida de que al menos él sí tuviera los modales suficientes para preguntar antes de entrar como si fuera su casa a diferencia de Ruby, y hablando de ella, la niña esperaba en las escaleras para subir junto a su hermano, ya sabían perfectamente a donde ir, pero por mera cordialidad le permitieron a la señora guiarlos a través del largo pasillo hasta las escaleras donde la pequeña de ojos carmesíes les esperaba.
Sullivan miró a su alrededor, las decoraciones se inclinaban hacia arquitecturas y pinturas, además de algún que otro agregado mitológico, más que ser producto de la elegancia que unos políticos podrían adquirir parecían ser caprichos pretenciosos, algo en lo que solo una niña podría interesarse al tener elementos místicos como monstruos, dioses nórdicos haciendo gala de sus poderes o copias de pinturas renacentistas hechas por artistas modernos que mezclaban elementos de la cultura popular, consiguiendo un resultado profano para los expertos de arte, pero algo atractivo para un adolescente.
Inmediatamente llegó a la conclusión de que la casa y sus decoraciones estaban planteadas para satisfacer los gustos de la hija de los Fiore, quizás era algo que habían hecho para calmar un poco su dolor, además, tenía conocimiento de que faltaban pocas semanas para el cumpleaños de la niña, y verla incapaz de sentir la misma emoción y energía que una niña sana podría expresar era suficiente para romperles el corazón.
Aunque una parte de él estaba muy segura de que estaban gastando el dinero de los impuestos y de las recaudaciones de sus campañas políticas para tratar a su hija, había otra parte que no le permitía juzgarlos y mucho menos despreciar sus esfuerzos, en otras circunstancias él también habría gastado su fortuna para salvar la vida de su esposa e hija, solo que a diferencia de ellos Sullivan no había tenido la más mínima posibilidad de lograr su objetivo.
Conforme avanzaban al segundo piso el ambiente se iba tornando cada vez más lúgubre, el sentimiento que impregnaba la mansión era de impotencia y frustración, los sentimientos que habitaban en los corazones de los padres desesperados, y Phantom podía percibir más de lo que Sullivan podría, porque para él esos sentimientos se esclarecían e intensificaban ante su visión, observando aquellas paredes desgarradas por las cosas que habían sufrido en silencio, pudiendo hallar el reflejo vívido de esos recuerdos en que la niña sufría al vomitar su sangre, las manchas en las escaleras también eran prueba de esos instantes en que la debilidad se hizo presente de forma inoportuna y terminó resbalando por los escalones hasta la planta inferior.