El fantasma carmesí 5
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se repitió a sí mismo antes de dejar la fotografía en el bolsillo de su camisa, cerca de su corazón, y se recostó en su cama listo para dormir por otro día, llorando en silencio con el rostro contra la almohada donde nadie podría consolarlo, tal y como muchas almas desconsoladas lloraban alrededor del mundo en una noche repleta de pensamientos dañinos convertidos en eco a causa de esa soledad.

Ningún hombre o mujer podía salvarse a sí mismos de esa sensación, porque todas las personas estaban fundamentalmente solas.

En el amanecer del nuevo día, cuando todos los científicos concluyeron sus labores, entre ellas realizar una entrevista a la señora Potter después de su encuentro con Phantom, Crane decidió que no estaría presente en ningún momento pues permanecería en su oficina casi toda la tarde para compartir los avances y próximos pasos para el proyecto, hasta entonces Phantom solo estaría bajo el cuidado de Sullivan y todo lo que sucediera a partir de ese momento dependería de él.

Lo que ninguno sabía era que pronto tendrían una nueva compañía, alguien que caería como la gota de sangre para contaminar el estanque de agua pura en el que se sumían cada día, ignorantes de las consecuencias y la forma en que harían retumbar la tierra, al menos por esos momentos podían seguir zambulléndose en una paz tan superficial como los cuentos que el niño carmesí seguía leyendo.

Esperaba ansioso la llegada de su amado tutor, soñar con algo tan hermoso como la esperanza y las segundas oportunidades después de salvar una vida le había inspirado a creer que Sullivan, a pesar de su prolongada melancolía, podía tener la oportunidad de vivir la misma alegría que la señora Potter había mostrado frente a Phantom.

El niño carmesí desvió la mirada hacia la puerta donde esperaba ver a Sullivan con ese mismo animo que le había inspirado antes de su encuentro con su primera paciente, esperaba ver al hombre que había abierto su corazón aunque fuera por un instante, y en su lugar contempló una silueta bastante decaída que apenas tenía las fuerzas necesarias para moverse hasta su silla como solía hacer en cada encuentro, y Phantom pudo ver que los latidos de su corazón eran lentos, casi como si en realidad no tuviera deseos de seguir viviendo.

En el asiento del doctor Sullivan se sentó un alma bastante triste que había perdido el rumbo, un ser cuyo corazón había sido arrancado despiadadamente por la vida, y frente a él una criatura poderosa que veía las enfermedades como costras que podía arrancar con facilidad… Finalmente estaba dispuesto a sincerarse con Phantom, porque saber que ese niño era tan poderoso como decían le había hecho ver que realmente era capaz de hacer un cambio en ese mundo, aun si era un mundo en que su familia nunca podría estar con él.

-Lo logré, señor Sullivan, usted me dijo que podría hacerlo, y realmente lo logré… Hice algo bien después de todo, no fui un arma.

-confesó Phantom con una sonrisa bastante grata y tranquila, añadiendo con una voz bastante tímida y gesto avergonzado de sí mismo-: ¿Está orgulloso de mí? Espero que lo esté, pensaba que no hice mi mejor esfuerzo, pero tal vez di un buen paso.

Sullivan no respondió, se limitaba a asentir mientras escuchaba como Phantom narraba la sensación de sentir esa enfermedad bajo sus manos, como fue eliminarla del cuerpo de la señora Potter y lo que eso podría significar para su futuro sabiendo que le había dado una segunda oportunidad, deseaba que pudiera aprovecharla para estar tanto tiempo con su hijo como pudiera, y si acaso se podía, le gustaría saber más de ella en el futuro para estar seguro de que viviría bien; en todo momento el doctor admiraba las facciones de Phantom, en sus ojos carmesí podía sentir que se hallaba a sí mismo, pensativo, solitario, estaba deseando algo que ya no podía tener, pero en el rostro de Phantom descubría algo distinto que se le asemejaba a lo que había perdido.

Él seguía hablando sin saber que realmente no era escuchado, Sullivan pensaba en que era una criatura fascinante, sabía cómo dar esperanza y amor, aunque realmente no supiera que tenía ese poder, sabía calmar un corazón como el suyo, roto y oxidado en busca de una muerte solitaria, pero Phantom carecía de la capacidad de recibir cumplidos o amor de otros… Era verdad que tenía poco más de un año de vida, pero podía reconocer que estaba tan roto como él, podía ver que ese pequeño niño no había sido traído al mundo para recibir algo más que el breve recordatorio de que no era real mientras que todos los demás vivían sus propias vidas.

-Estoy orgulloso de ti.

-confesó Sullivan, interrumpiendo a Phantom en medio de su relato, dejando sin palabras al niño quien, a pesar de querer escucharlo, había quedado completamente en silencio, incapaz de responder o actuar después de oírlo decir aquello que tanto anhelaba.

Phantom tuvo que controlar sus sentimientos, el collar brilló en amarillo y transmitió una descarga eléctrica, estaba muy emocionado a pesar de su rostro inexpresivo, era un poco triste que no pudiera mostrar en el exterior lo que sentía, aunque era mejor que no sentir nada-. Pero, quisiera preguntarte algo.

-Claro, señor Sullivan, puede preguntarme lo que quiera.

-confesó el niño, sonriendo levemente después de esconder el dolor que le produjo la descarga eléctrica-

Sullivan tomó fuerzas para decir lo que tenía en su corazón, y muchos como él, se había guardado esa pregunta por toda la noche, la había meditado una y otra vez al sentirla rondando por su mente esa cuestión que, aunque dolorosa, habría sido mejor expresarla antes que dejarla vagando en su interior provocando que el dolor se esparciera.

El doctor se propuso a buscar el valor para hablar de eso por primera vez en su vida, al menos para tener a alguien que lo escuchara; toda su vida había escuchado los problemas de las personas, era su profesión después de todo, pero nunca se atrevió a compartir lo que él sentía, ni siquiera con su esposa o su hija, se mantuvo como el hombre estoico que siempre pretendía ser, el modelo clásico del hombre que guardaba sus emociones, hasta que fue muy tarde para siquiera volver a decirles algo, pero al menos ahora tenía a alguien con quien desahogar sus penas.

El doctor tomó la fotografía que guardaba en el bolsillo de su pecho, la que siempre estaba cerca de su corazón, y se la entregó a Phantom, él fue el primero al que se atrevió a enseñar ese único recuerdo que le quedaba de su familia.

El niño admiró la imagen entre sus manos enguantadas, repasando suavemente sus dedos por los bordes blancos mientras contemplaba aquellas tres figuras que celebraban el final de un partido de soccer; la chica parecía tener su edad, probablemente ya era mayor para ese momento, la mujer era bastante comprensiva con su sonrisa, como si todos los problemas desaparecieran al verla sonreír, y el hombre, aunque le costó reconocerlo, era una versión más joven y feliz del anciano sentado frente a él.

-Es usted… y su familia.

-dedujo con una expresión estudiosa, contemplando esa hermosa escena-

Sullivan dejó salir un amargo suspiro antes de asentir, comenzaba a arrepentirse de haber tomado esa decisión, no estaba listo para abrir su corazón una vez más a sabiendas de que eso podría lastimarlo, no estaba listo para hablar de ese evento del cual nunca pudo recuperarse.

Phantom notaba más que nunca su tristeza, ese corazón que latía con mucha más lentitud que los días pasados delataba lo que Sullivan tanto se esforzaba por ocultar, el niño podía saber mejor que nunca que realmente no estaba bien, quería aparentarlo igual que él, pero ambos podían ver en el otro cuan dañados estaban realmente, podían ver que no importaba quienes fueran en la vida porque siempre acabarían lastimados.

-Usted siempre se ve triste, señor Sullivan, he querido decirlo desde que me enseñó a hablar; puedo ver su corazón, me dice que se siente solo, que usted está triste y no lo quiere admitir.

-confesó Phantom, demostrando que poseía otra habilidad para conocer los secretos de las personas, pero en ese momento el hombre estaba demasiado inmerso en su propia melancolía que no podía maravillarse más con los poderes de Phantom-.

Su familia… ya no está con usted, ¿Verdad?

Sullivan negó con la cabeza, su expresión siempre fría y estoica ahora se resquebrajaba en una mueca de dolor, su rostro arrugado por la tristeza de tantos años se deformaba por las lágrimas que comenzaron a surcar, tuvo que quitarse sus gafas para no empañarlas por lo que estaba demostrando en ese momento de vulnerabilidad en el que Phantom no supo qué hacer además de escuchar, no supo qué hacer por él… Aunque habría dado todo lo que fuera para que se sintiera bien.

-Eran mis niñas; tan saludables, tan vivaces, yo siempre he sido un ermitaño que prefiere quedarse en casa, pero a ellas les gustaba tanto salir y hacer todo lo que pudieran, mi esposa decía que veníamos a este mundo para explorarlo y vivir cada experiencia positiva que pudiéramos, para que al final pudiéramos marcharnos con una sonrisa… Yo nunca fui un fanático de la poesía, pero ella siempre quiso que yo leyera un poco, decía que era el lenguaje del alma.

-esas palabras salían con cierto aprecio, una pequeña sonrisa se dibujó en él cuando pudo recordar esos momentos de su juventud en que lo trataron como un anciano por sus preferencias, y aunque se quejaba, siempre conseguían sacarlo de sus aposentos para ir a cualquier lugar-.

Su sonrisa te hacía pensar que realmente nada podía salir mal, por más que las cosas lucieran terribles ella conseguía animarte.