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También me pasa que solo veo un niño cuando miro a Phantom, pero ya he sacrificado todo lo que tenía como para dar un paso atrás: mi familia, mi juventud, mi tranquilidad y mi vida… ¿Sabe por qué continuo con esto?
Sullivan guardó silencio, eso era todo lo que necesitaba para saber que no podía responder, no sabía la respuesta y jamás podría conocerla de la mano de un hombre como Crane, lo mejor que podía hacer era seguir escuchando atentamente y sacando sus propias conclusiones con la misma tristeza que residía en su corazón.
-Porque, ¿Qué más voy a hacer con mi vida? -se respondió a sí mismo, compartiendo con Sullivan ese pesar, revelando al doctor que ese hombre frente a él, ese director de sonrisa confiada y expresión estoica seguía siendo el niño que lloraba y se culpaba por su propia impotencia, deseando tanto salvar la vida de su madre que rasgaba la tierra y cada superficie que hallaba en busca de una oportunidad que le permitiera hacer sus sueños realidad -
No tuvo nada más que compartir, no había palabras o acciones que pudieran sanar una herida de hacía tanto tiempo, no existía manera de curar las cicatrices que seguían siendo visibles para todos, hasta para ellos mismos, pues solo las personas heridas reconocían a otras con facilidad y las despreciaban tanto como Sullivan despreciaba a Crane porque le recordaba mucho a sí mismo, una versión más joven apenas encaminada a la misma autodestrucción que él ya había recorrido por muchos años antes de encontrarse.
No hubo palabras más allá de una simple despedida cordial, actuando como si nada hubiera pasado, cometiendo el mismo error de todas las personas cuyos problemas perjudicaban la forma en que vivían sus vidas, mirando en otra dirección donde podrían hallar un espejismo de tranquilidad a la que se aferraban tercamente, aunque ni ellos mismos creían en ella.
Sullivan tomó sus cosas y se marchó, deseando en silencio nunca haber escuchado las razones de Crane, porque dejaba de verlo como un simple hombre de negocios para considerarlo una persona genuina, alguien con una meta que, en otras circunstancias, habría apoyado incansablemente sin dudar porque en el fondo creía que tenía razón… Sin dudarlo, Sullivan lo habría considerado un visionario por compartir los mismos deseos que tuvo alguna vez, esa impotencia y necedad por querer cambiar lo que antes parecía imposible, pero que con ese niño de cabello rojo tenían una oportunidad única, y se cuestionó por qué no dejaba de verlo como algo inmoral a pesar de que sabía que era el camino correcto.
Una vez en su habitación, Sullivan se sentó en su cama y meditó en lo que había escuchado, algo tan profundo y trágico como la pérdida de un familiar por una fuerza imparable podía conducir a las personas a lo que estaban destinadas, comenzaba a preguntarse si su propia perdida era la que lo había conducido a ese lugar para tratar con personajes tan complejos, si acaso ese dolor que lo había maldecido con la silenciosa soledad fue la causante de todo lo que estaba conociendo.
Cual fuera la respuesta estaba seguro de que solo podía ser triste por estar ligada a su naturaleza humana, era algo sumamente deplorable y lamentable el tener que vivir sus días cuestionándose por su propia debilidad, una debilidad que ni todo el dinero ni los galardones como su premio nobel podrían curar, estaba tan vacío por dentro y tan frágil en el exterior como un recién nacido.
“Mañana será otro día”
se decían a sí mismos quienes buscaban una oportunidad, quienes esperaban el cambio, quienes ansiaban que hubiera esperanza cuando todo parecía perdido.
Un nuevo día era siempre la esperanza de los soñadores, una desgracia para los desafortunados y una comedia para los poderosos no era más que otra colección de errores y acciones que los llevaban a cuestionarse acerca de su lugar en la existencia, y muchos de los que estuvieron dentro de los laboratorios pertenecían a esos tres grandes grupos que no hacían más que alimentar el ego de la impotencia con la que vivían ansiando libertad.
Durante el nuevo amanecer el cielo estuvo despejado, los rayos del sol se desparramaban sobre la tierra cubriendo con la luz la oscuridad de los días pasados, al menos de esa manera podían presenciar el mundo los habitantes del exterior, mientras los condenados al cautiverio en los laboratorios de Genexis Sciences debían permanecer en las sombras a la espera de un gran evento, de una nueva prueba llena de malicia en la oscuridad de la ignorancia.
Estaban tan enfocados en las preguntas que no se detuvieron a pensar, aunque fuera por un segundo, si realmente querían conocer las respuestas, la incertidumbre era peor que cualquier castigo para los científicos que se esmeraban por encontrar algo que diera su razón de ser a todo lo que habían hecho, que les permitiera despejar y controlar las tinieblas de las criaturas que existían a su alrededor.
Una sensación de impotencia los dominaba cuando la primera paciente bajó desde el primer piso y recorrió esos pasillos, era la primera vez que alguien descendía y recorría esa sección del laboratorio, la miraban con una fascinación casi profética por la forma en que se deslizaba y con cada paso evocaba el silencio por su figura espectral; la mujer tenía cáncer en la piel, muchas secciones de su tez estaban consumidas por llagas producto de esa enfermedad letal, se caía a pedazos de una forma terrorífica, y en otros sectores dejaban manchas negras que demostraban cuan horrendo podía llegar a ser aquel dragón invisible que los devoraba desde el interior, sin duda era una imagen triste por tratarse de una anciana que podría haber sido la madre de cualquiera.
Crane la observó desde su oficina a través del ventanal, Sullivan estaba a su lado, no había ido con Phantom como se acordó y esperó a que la mujer fuera a su encuentro con el sujeto de pruebas, podía percibir la tensión en el ambiente por la incertidumbre que provocaba las posibilidades de esa pruebas, el futuro podría cambiar desde ese momento para bien o para mal, cual fuera el resultado era uno que los dejaba a todos sumamente callados, tanto como para ignorar otros deberes para ver a la gran pantalla que mostraba al niño de cabello rojo esperando en la misma habitación blanca de siempre.
La mujer llegó al elevador donde un pequeño dron muy amigable la escoltó, se ofreció a extender su mano y ayudarla a caminar en lugar de apoyarse de ese viejo bastón de madera, y era algo realmente curioso porque la mujer, a pesar de que sufría por algo tan grave, se mostraba gentil y calmada, estaba dispuesta a escuchar las instrucciones y seguir todo al pie de la letra para ese encuentro con lo que le habían dicho que sería una cura completa a su condición, no estaba entusiasmada ni nerviosa, sino apagada; esa sonrisa en su expresión y esa calma a pesar del dolor no eran más que una máscara de resignación para ocultar el miedo que tenía, era la mejor manera de sobrellevar sus sentimientos para no sucumbir al piso a suplicar por un milagro que nunca llegaría.
Cuando se pierde toda esperanza de sobrevivir, de cierta manera alcanzaban una extraña sensación de tranquilidad, ante la falta de una mejor palabra, la resignación era la única manera en que podrían mostrar una sonrisa como la que ella tenía en ese momento, porque sabían perfectamente que no quedaba nada más que el frío ocaso de la muerte.
¿Para qué intentarlo si la única certeza que tenía era el fin? Cuando miraba a todos esos hombres de batas blancas no hallaba sinceridad, esperanza o empatía, todos creían genuinamente que la mujer iba a morir en ese piso inferior donde encontraría a un niño bastante peculiar, ni siquiera tenían muchas expectativas de que el sujeto de pruebas realmente pudiera sanar esa enfermedad letal, creían que fracasaría en el intento o que por defecto terminaría matando a la señora, pero cual fuera el resultado ni siquiera ella misma tenía esperanzas de vida.
A partir de ese punto, conforme iba descendiendo, cada foco que iban dejando atrás representaba un año de vida, representaba todos esos momentos llenos de dolor en que una enfermedad tan letal fue consumiendo lo poco que le quedaba hasta apartarla de todos los que alguna vez la amaron, mirando a través de la ventana de un hospital como la vida continuaba mientras ella debía reposar eternamente en una cama blanca a la espera de más quimioterapias, a la espera de que algo tan nefasto hiciera que su cuerpo sucumbiera al punto de hacerse más pálida y cansada, de perder su cabello y caer presa de un monstruo invisible.
No tenía nada que perder cuando vio el anuncio de que buscaban una persona con sus características: solitaria, sin esperanza de vida, con esa enfermedad en etapa terminal, para un último intento antes de caer muerta.
Era mejor que nada, se dijo a sí misma mientras el dron la guiaba a la puerta solitaria, y en el camino se percató de cuan solitario era el sentimiento de esos pasillos, era muy diferente a los pisos superiores donde la vida y la presencia de los científicos se hacían notar, allí todo era vacío y liminal, como si en cualquier momento algo pudiera aparecerse al cruzar la esquina incluso si no tenía prueba de ello… Más allá se escuchaban los lamentos de criaturas que nunca llegaría a conocer, los llamados niños defectuosos que morían con el paso de los días, en otros sectores solo quedaba una profunda amalgama entre soledad y dolor, la idea de una tierra remota se hizo presente en su corazón con la certeza de que quien fuera que estuviera allí no podía ser feliz, no había forma en que un ser vivo pudiera residir entre esos muros blancos.
Sin embargo, esa certeza se vio sofocada cuando el dron abrió la puerta por ella, permitiéndole acceder al interior de una habitación tan blanca como la nieve, cuyo único contraste era el rojo del cabello de un niño que permanecía sentado frente a una mesa mientras contemplaba sus propias manos.