I Más allá del limbo #2
La máquina no le resultó tan extravagante con ayuda de la voz de la bocina, le dio instrucciones de cómo ponerla en marcha sin dificultad alguna, impresionando a los científicos por captar instrucciones con tanta naturalidad, a pesar de ser su prima interacción con un aparato.
Esa noche quedó fascinado por su primer acercamiento al mundo exterior, abrazando su almohada mientras se sentaba en el piso y miraba todas las películas que tenía a su disposición, le habían entregado una variedad de géneros cinematográficos y estudiaron su reacción a los eventos que presenciaba en ellos, quedando gravemente decepcionados al descubrir que actuaba igual que un niño tal y como lo aparentaba, a pesar de todo lo que podía hacer y había experimentado, ni siquiera el terror o la impresión podían despertar alguna nueva habilidad.
Los colores vibraban, las escenas moldeaban su percepción del mundo, pero los romances y las desdichas perduraban en su mente más allá del momento en que esas películas terminaban, lograban impregnarse en su memoria con una pasión inigualable, tanto así que ni siquiera llegó a parpadear en todo el tiempo que tomó para ver las mismas películas una y otra vez, anonadado por las maravillas que esa pantalla mágica le transmitía.
Así, el fantasma carmesí se había enamorado de las visiones que tenía de un mundo que estaba fuera de su alcance, hallando en ellos la fuerza suficiente para creer que la vida podía ser igual de maravillosa.
“¡Es como magia!”
pensó el niño, ignorando los hechos científicos que la voz le contaba que hacían posible lo que tenía frente a sus ojos.
El cabello de Phantom era tan largo que llegaba a su cintura, era tan rojo como un rubí, una gema en medio de la naturaleza oscura de las salas de pruebas, con el paso de los meses había adquirido masa muscular y ya no parecía tan frágil como la primera semana en que descubrieron lo destructivo que podía ser, era sano y todas sus heridas se curaban con rapidez sin importar cuán profundas fueran, sin duda era un espécimen que podría servir como un eterno conejillo de indias si llegaba a fallar como un arma.
“Aunque el sujeto de pruebas no ha demostrado ningún avance como arma biológica ha demostrado ser perfecto para pruebas de alto riesgo; su regeneración acelerada nos permite experimentar con su cuerpo sin limitarnos por los riesgos a su vida como sucedería con una persona normal, su inmunidad a enfermedades nos permite testear nuevos productos y así financiar nuestros experimentos, sin embargo, los estímulos parecen ya no tener mucho efecto sobre él, no podemos ver qué tan avanzados serían sus poderes si nos seguimos limitando de esta manera… Para la próxima semana aprobaremos una interacción humana, y en un mes ya tendremos a quien esperamos que resulte una compañía digna del sujeto”
registraron los fantasmas que vigilaban al niño directamente a través de las cámaras como todos los días, demostrando así que su interés por Phantom no disminuía sin importar cuanto avanzaran con él, dejándolo por primera vez en sus meses de vida que disfrutara de una noche pacifica sin ser tratado como un perro sin dignidad.
Los días de su tan amarga soledad se acercaban a su final, contemplando todo a su alrededor con una alegría renovada tal y como si hubiese renacido, no percibía la misma inquietud que lo acompañaba en la monotonía de sus días, incluso si su cuerpo era expuesto a diferentes entorno y usaban distintas armas en él, para Phantom cada herida que se cerraba valía la pena porque en su mente no dejaba de reproducir esas películas que recordaba con una claridad abrumadora; las personas son maravillosas, se dijo a sí mismo tras pensar en el romance y la bondad de esas criaturas que salían en la pantalla, mientras ignoraba los crueles experimentos que hacían con su cuerpo y sus poderes, forzándolo a vivir situaciones mortales para la vida humana.
Incluso los científicos de baja moral que llegaban a dudar de la ética de sus experimentos comenzaron a escasear, despedidos o amenazados, la cantidad se fue reduciendo hasta que Phantom no vio más que trajes blancos con el logo blanco y negro de Genexis Sciences, los fantasmas que lo visitaban cada día ya no jugaban con él ni hacían gestos graciosos para verlo reír, sin embargo, la sonrisa de Phantom seguía presente porque se alegraba de verlos después de tanto tiempo.
Hubo un día en particular en que todos los fantasmas, junto a los hombres de traje y corbata, se reunieron su alrededor, descubrió que todos eran mucho más altos que él porque eran adultos que tenían cierto interés; cubrieron sus manos con unos nuevos guantes negros que impedían la filtración del sudor, le pusieron un nuevo collar que brillaba con un ligero tono verde y le pidieron nunca intentar quitárselo, algo que él prometió con una sonrisa porque no quería desilusionarlos, un acto que produjo sonrisas maquiavélicas en los rostros desnudos de los hombres de traje.
Aunque no lo entendía, el niño aceptó sin miramientos todo lo que le hicieron, hasta ponerlo en una nueva habitación donde una mesa y dos sillas esperaban, una para él y otra para un invitado que aún no llegaba, y Phantom tomó asiento a la espera de ese suceso que cambiaría su vida como le habían dicho los fantasmas.
“No puedes confiar en los humanos, son la peor peste que existe en este planeta, no puedes seguir quedándote aquí esperando algo que te lastimará”
susurró la voz que emergía de la sangre en su cabeza y sonaba idéntica a la suya, intentando contagiar a Phantom con su amargura a pesar de conservar la misma sonrisa ansiosa por conocer lo que aguardaba por él dentro de la leucofobia que la gran habitación blanca transmitía, ese lugar monocromático interrumpido por las gotas de sangre que caían de sus hombros.
Entonces él entró, un hombre diferente, un hombre vivo; vestía un bonito traje café de corbata roja, era más viejo que la mayoría, pero no era un decrepito, y de un lado llevaba una maleta que no le molestaba al caminar.
La primera impresión de Phantom fue ambigua, pues por un lado le impresionaba ver un rostro con facciones tan similares a las suyas, un rostro humano a pesar de que no tenía ninguna característica que los relacionara en absoluto; por otra parte, le causaba repulsión porque estaba seguro de que solo aquellos que usaran una máscara antigás podían ser confiables, eran los rostros de su familia insensible ocultos detrás de un pequeño cristal negro que reflejaba su rostro infantil.
¿Quién era ese hombre? Se cuestionaba la mente del pequeño Phantom que no podía dejar de temblar, a pesar de que el extraño se había limitado a sentarse en la silla al otro lado de la mesa, pues lo consideraba una potencial amenaza para su estilo de vida, un agente del caos como dirían en las películas, alguien que solo había aparecido para invadir lo que conocía y robarle el amor de aquellos a los que él amaba… Su falta de interacción con personas reales le hacía considerarlos a todos como sus depredadores naturales, seres que atentaban contra su integridad.
“¡Mátalo, provócale una hemorragia, hazlo llorar sangre!”
le incitaba la voz en su cabeza, pidiendo a gritos por ver la agonía en el rostro de todos los demás, una parte que, a diferencia de su lado consciente, buscaba cualquier excusa para lastimar, como si esa parte disfrutara del poder que tenía… eso era todo lo que pedía a cambio de hacerle compañía, le rogaba que le dejara tomar el control en ciertas ocasiones para acabar con los humanos, y al mismo tiempo no le volvería a dejar solo en sus noches, ofreciéndole su amor por una condición tan letal.
-Tienes un poco de sangre aquí, ven, te limpiaré.
-confesó el hombre al abrir su maleta y sacar un paño blanco, una de sus tantas herramientas dentro de su bolso mágico, como pensó Phantom tras relacionarlo con una de las cintas VHS que había visto-
“¡No dejes que se acerque, te quiere lastimar, no dejes que nos toque!”
le exclamó la voz, provocando que una nueva herida se abriera en la cabeza de Phantom, lo que para el hombre frente a él no fue más que una pequeña apertura para el niño fue un estallido de dolor; la voz gritaba, el dolor se hacía presente y algo en su cabeza reventaba haciendo eco en sus oídos, sus parpados temblaban como muestra de lo que sentía sin que nadie pudiera comprenderlo, un castigo por parte de esa presencia invisible que le pedía que dejara de ser tan amable en un mundo tan malo, no merecía vivir de esa manera y si no podía defenderse a sí mismo tampoco merecía existir, palabras crueles de una voz de la que nunca podría deshacerse.
Jamás podría deshacerse de ella, porque ni siquiera entendía por qué una parte de él era así, ¿Quién la había lastimado tanto como para desear la muerte? Era algo que Phantom no entendía a pesar de que solo deseaba vivir en paz y conocer la felicidad, tenía miedo de lo que eso podría decir de él o las consecuencias que podrían tener… pero lo que más temía era cumplir con esa meta de convertirse en un arma, tenía miedo de convertirse en el arma que la voz en las bocinas profesaba, pero, tristemente, en su soledad esa era la única certeza que podría tener de sí mismo.
Sin embargo, en el momento en que el paño hizo contacto con su cabeza, comenzando a disipar la sangre de su frente y cabello, una nueva sensación se apoderó de Phantom, era un sentimiento extraño que le hacía cerrar los ojos para concentrarse y recuperar el aliento; había calma, como volver a su habitación para sentarse a ver películas, era algo novedoso que lo llenaba de paz, todo el dolor e ignorancia de los últimos meses desaparecía para dar paso a algo extraño… y eso le aterraba, le preocupaba no reconocer ese cariño como sí podía hacerlo con las amputaciones o el impacto contra las paredes, le preocupaba que la sensación del paño húmedo pudiera callar la crueldad con la que su subconsciente siempre se expresaba.