I Más allá del limbo
“No sabíamos que estábamos creando recuerdos, simplemente nos estábamos divirtiendo”
-A. A. Milne.
Otra memoria que se acumula, una recopilación de momentos que se repetirán en el día de la muerte, el último hombre sobre la tierra tendrá todas las memorias de los que alguna vez existieron para revivir todo su dolor y sufrimiento, vivirá incontables vidas una y otra vez, pero ¿Y si realmente todos ya habían muerto y la vida que experimentaban no era más que la repetición constante de los últimos momentos antes de cruzar hacia la oscuridad infinita? Quizás no eran experiencias, sino memorias arrastradas por el frívolo tacto del tiempo, como gotas de lluvia deslizándose por el cristal.
En el encierro se perdía el paso de los días, era improbable determinar cuánto podía cambiar el mundo y las personas que lo habitaban cuando no se tenía ninguna interacción con ellos, la pandemia ocurrida en la primera mitad del siglo XXI les hizo ver a todos cuán deprimente y solitario podía llegar a ser el encierro hasta perder la noción de lo que era verdad, el sueño y la realidad se entremezclaban para dejar salir la mejor o la peor versión de sí mismos, de ese modo la percepción del tiempo fue despojada de su poder sobre las personas y los seres que imitaban a las personas.
Phantom, el niño que producía en los demás el sentimiento del valle inquietante, se sentía perdido en el tiempo, solo el crecimiento de su cabello y uñas podían darle una pista de cuanto había estado dentro realmente, pero en otros aspectos seguía siendo el mismo niño que había descubierto sus poderes de una forma tan fatídica, y con el paso de los meses las pesadillas fueron aumentando del mismo modo que la cantidad de niños como él que habitaron esos espacios que comenzaron a producir leucofobia en él… A pesar de la compañía, el shock de haberse convertido en un arma le arrebató cualquier deseo de comunicarse con los demás que tampoco tenían interés en hablar con él.
Desde ese día las semanas se hicieron cada vez más largas; tuvo que interactuar con distintos elementos, en cámaras de prueba donde unos pequeños drones lo esperaban y le guiaban en el proceso, carente de todo contacto humano desde el incidente en la sala de juegos, Phantom se conformó con pensar en que eso sería lo más parecido a volver a convivir con otros, incluso si esos drones no tenían respuestas programadas a sus intentos de abrazo, era lo único que podría hacerlo sentir bendecido.
“¿Como te sentiste hoy, Phantom?”
le preguntaba la voz en la bocina cada vez que regresaba a su habitación, con un tono encantador a pesar de la forma tan sombría en que se expresaba de él, intentando desentrañar en como los sentimientos podrían afectar el rendimiento del niño; un peligroso, mudo y enfermo niño que no haría más que contagiar y matar a los demás, era la forma en la que se referían a él cuando volvía a su cuarto tirado por la correa que se aferraba a su collar, el matador de Genexis Sciences, como lo llamaban los científicos apartados por todo un mundo de distancia.
Cuando la cortina del cuarto de juegos se cerró, y separó a Phantom de los únicos fantasmas con caras que lo trataban como un niño, fue como cerrar una puerta entre él y el resto del mundo, era como haber perdido el lazo con la única oportunidad de conocer su lado humano, sin embargo, eso no fue una excusa para guardarles resentimiento ni buscar una forma de lastimarlos… Aún los amaba, quería a su familia, incluso si eso significaba seguir dándoles lo único que él deseaba conocer: alegría.
Los otros niños apenas lograban tener algún parecido a él; mudos, con defectos, extremidades que faltaban o sobraban, alas sin plumas o con la necesidad de algún artefacto para mantenerse con vida, eran criaturas imperfectas que con suerte lograban pasar del primer día antes de caer muertos, y los científicos luchaban por entender en qué estaban fallando, ¿Por qué no podían replicar la perfección del sujeto I? No obstante, Phantom era el único que realmente podía ver qué era lo que fallaba, aunque no lo entendiera porque nunca se atrevieron a explicárselo, él podía ver que la sangre de todos esos niños estaba contaminada, eran homúnculos cuyo genoma estaba destinado al fracaso y la muerte.
Ellos tampoco lo entendían, sus mentes eran tan frágiles como sus cuerpos, pero en sus últimos segundos de vida presenciaban la llegada de una bestia de cabello de rojo que lloraba sangre por ellos, ese niño con collar de perro era el único que se arrodillaba para lamentarse por su pérdida mientras el color de sus ojos se desvanecía; los científicos no entendían por qué Phantom lloraba por ellos a pesar de que nunca socializaba con otros, lo que jamás podrían comprender era que él también hallaba belleza en la sangre, pues su visión le permitía descubrir el brillo carmesí de sus torrentes sanguíneos.
“Todos brillan en su interior, todos poseen una belleza singular e inigualable, y cuando mueren, cuando pierden la vida, esa luz se desvanece… El resplandor queda sepultado por la oscuridad cuando los niños llaman por sus madres, y no hay sonidos en el mundo cuando su luz se apaga; no hay llantos, no hay tristezas, solo un silencio sepulcral por aquellos que ya no estarán más en esta vida”
pensó Phantom con ayuda de la voz que provenía de su sombra, cobrando conocimiento gracias a su compañía, descubriendo el significado de muchas cosas en su silenciosa soledad.
Y cada vez que algo así sucedía tenía que ser arrastrado por los drones de vuelta a su habitación, ni siquiera los fantasmas eran quienes tiraban de su correa como al principio, se dijo que ya ni siquiera era digno de su presencia, pues al bañarse tampoco estaban presentes… de ese modo, los fantasmas se hicieron invisibles, solo quedaron seres inanimados y niños con muertes prematuras para hacerle compañía, un mundo monocromático lo recibía cada día, y Phantom era el único color sobre ese lienzo de tristezas sin respuestas.
Por las noches descubría que en su habitación se abrían grietas, no sabía si eran reales o no por la forma en que se abrían y cerraban como las heridas en la carne, ni siquiera le importaba realmente porque al verlas de cerca podía presenciar como salían pequeñas hormigas que recorrían las paredes en busca de algo interesante.
A Phantom le agradaba tenerlas cerca, para él eran lo más cercano que podría tener a un amigo, además de la voz en su cabeza, eran la única compañía que tenía en medio de sus pensamientos que hacían eco en la inmensidad de su cuarto vacío, y se concentraba en las hormigas que andaban frente a él mientras abrazaba su almohada.
“Mi sueño es poder abrazar a alguien que me quiera de verdad, alguien que no sea un fantasma”
pensó Phantom para contradecir la tristeza que la voz en la sangre le profesaba todas las noches con la esperanza de que usara todo en contra de los demás, rogando para que llegara el día en que finalmente pudiera desatar todo el resentimiento que realmente no existía en el corazón de Phantom, porque, a pesar de que la voz en la bocina le decía que había nacido para lastimar, el niño no quería hacerle daño a nadie.
El tiempo pasaba, su cabello le indicaba cuantos meses transcurrieron desde su nacimiento, todos y cada uno de la misma manera, variando únicamente en la forma en que podía hacer uso de sus habilidades: jugaba como un mono de pruebas para el deleite de ojos invisibles que empezó a reconocer como cámaras, probando así sus reflejos y habilidades, demostrando su fuerza golpeando muros de contingencia o su resistencia al ser arrojado de catapultas hacia un vacío en el que cualquiera podría morir; y esa bestia con alas de sangre se quedaba allí, entre la vida y la muerte, recuperándose de sus heridas con una rapidez envidiable para los enfermos, y sin embargo, sentía muchos deseos de acabar con su propia existencia porque no la entendía, ¿Por qué había qué vivir? Se preguntaba en soledad cuando miraba hacia las luces amarillas que lo enfermaban, y alzaba sus manos para tapar su intensidad, pensando en si algún día podría salir a conocer la luz del sol.
“No siempre estarás solo”
le dijo la voz en cierto momento, y él quiso creerlo porque era la primera vez que le decía algo positivo sin tener que recurrir a sus deseos de violencia, quería creer que realmente tendría alguien a quien amar, probablemente sería un fantasma, pero incluso eso podría llegar a ser mejor que no tener una razón para hablar en voz alta… Quería saber cómo sonaría en presencia de otros, quería saber cómo sería vivir y que alguien lo estuviera esperando para recibirlo con los brazos abiertos.
Tras haber regenerado sus extremidades después de que fueran amputadas en un cruel experimento Phantom durmió plácidamente y soñó con algo mejor, no una pesadilla donde dañaba a los demás, sino un sueño donde tenía una familia: una mamá amorosa, un padre estricto, pero justo, y una hermana que lo admiraba porque podía ser alguien talentoso, ¿Como sabía siquiera como lucía una familia? Eran los recuerdos de alguien más, le decía la voz, los recuerdos distorsionados de una persona diferente, y él no era más que un sueño que rogaba por ser real para no morir en el olvido; en el sueño su hermana lo abrazaba con fuerza, deseando estar por siempre a su lado, devolviéndole una mirada profunda y carmesí.
Para cuando despertó volvió a estar en su habitación, pero esa vez algo nuevo lo recibió, un nuevo descubrimiento que lograba hacerle olvidar todos sus pensamientos, al menos por algunas horas: un televisor, con un viejo reproductor de VHS y varias películas para entretenerse.
La voz espectral de la bocina le dijo que era su premio por ser tan obediente y por ayudarles a avanzar tanto con la ciencia, dijo que muchos se beneficiarían de sus esfuerzos y él ganaría más premios si seguía siendo el hijo preferido de Genexis Sciences.
-Ciencia… -repitió en voz alta mientras sus dedos enguantados exploraban el extraño aparato que ya estaba conectado a un tomacorriente recién instalado-