Preludio. #4
Sintió desdén por esa voz, con una mente inestable y un cuerpo poderoso comenzó a rugir como una bestia, el lado humano se debatía con su lado desconocido, sin saber realmente lo que era ni por qué escuchaba voces donde nadie más podía, y en cuanto los científicos que le habían puestos sus guantes se acercaron no dudó en usar toda su fuerza para arrojarlos contra las paredes, consiguiendo romper algunos de sus huesos como si fueran otros juguetes que podía desarmar con facilidad… Y él se lamentó al verlos sollozando de dolor por sus extremidades fracturadas, un sentimiento que comprendió perfectamente al ver como los fantasmas también podían sufrir como él.
Phantom cayó de rodillas mientras la sangre caía de sus ojos atormentados e incomprendidos, dándole la razón a la voz en su cabeza por todo lo que veía.
No solo tenía la fuerza para dañar todo a su paso, sino que tenía el poder suficiente para dañar a los demás, para que sus cuerpos se convirtieran en fragmentos de los que podía deshacerse con facilidad, podía ver como la sangre se filtraba de sus poros y él tenía control sobre ella, decidir si mantenerla en su interior o provocar que se desangraran con el poder del pensamiento, pero Phantom no quería hacerlo… El niño tuvo que ver como su propio descontrol provocó que esos fantasmas se desangraran hasta convertirse en amalgamas hechas de carne y sangre, pero la metamorfosis de ambos seres fue el proceso que conduciría a Phantom a sufrir de pesadillas por el resto de sus días.
La sangre comenzó a brotar de todos sus orificios, los trajes blancos de ambos se tiñeron de rojo rápidamente para revelar sus cuerpos, y así sus músculos se marcaron como prensados por pequeños ligamentos tortuosos que apretaban hasta masacrar sus extremidades, extirpando cada glóbulo y cada fragmentos de carne; la sangre se hizo venenosa e hirviente al mismo tiempo, el líquido vital que sus corazones bombeaban se había hecho su peor enemigo, quemándolos desde el interior, produjo una enfermedad letal en la que su propia sangre se volvió el arma mortal.
La carne traicionó a la mente, su cuerpos sucumbieron por los vasos sanguíneos que estallaron en millones de partículas, por las venas que se inflaron para cubrir todas sus extremidades, y en lugar de morir la sangre en sus cerebros les brindó la sensación de seguir con vida a pesar de todo lo que sufrían, sin saberlo, Phantom estaba prolongando la amargura del dolor que sus poderes provocaban en las personas, atrapándolos en un estado entre la vida y la muerte a pesar de que sus rostros cadavéricos producían el horrido sonido de ahogamiento con sus propios líquidos, condenados a mirar el tímido e infantil rostro que los había exterminado de una manera tan cruel.
- ¡Fantasma… fantasma! -clamaba con pesar mientras el niño se acercaba a ellos, como si dentro de los límites de esa única palabra que repetía constantemente intentara demostrar su lamento, llorando la sangre que contenía en su interior, sin saber que mientras más se acercaba peores serían los efectos que tendría sobre las personas que no podían tolerar su poder, irradiando una ola destructiva que el cuerpo humano no podía imaginar y que apenas podrían comparar con la radiación-
Una alarma roja se precipitó sobre la habitación, Phantom no entendía lo que sucedía, las amalgamas en la que se habían convertido los hombres se entremezclaban muy bien con el entorno cubierto por esa fatídica luz carmesí, y de un momento a otro la habitación de juegos fue cubierta por un gas que al ser inhalado por el niño comenzó a toser y sentir nauseas, se sintió muy somnoliento al punto en que sus piernas lo traicionaron y cayó de rodillas frente a las amalgamas, contemplando lo que había hecho sin dejar de considerarse una aberración por haber nacido con la capacidad para controlar la sangre, maldecido por la voz de su cabeza y por el poder para manipular la vida misma, un niño que no quería lastimar tenía el don para dañar a todos los demás.
Phantom intentó alcanzarlos con sus manos, pensó que al menos no quería dejarlos solos, aunque la vida se desprendiera de ellos pensaba que nadie merecía estar solo en sus últimos segundos, porque los fantasmas seguían siendo su familia después de todo y habían hecho lo mejor que podían para él, le habían dado la vida y lo cuidaban, aunque fuera tratado como una mascota, porque así era el amor para el criterio del niño que intentó sonreír a pesar de que su cuerpo se sentía muy pesado, quería hacerlo porque era la expresión más hermosa que pudo conocer.
Esos fueron sus últimos pensamientos, las palabras que se dijo a sí mismo antes de perder el conocimiento a causa del gas que entraba por sus poros abiertos, y mientras se perdía en un mar de ignorancia tomó las manos de aquellas personas que lo vieron como un monstruo a pesar de que él los veía como su familia; y al dormir soñó con cosas malas, tuvo sueños donde él lastimaba a todos los que lo rodeaban en esa amarga soledad que nunca podría compartir, reviviendo una y otra vez la sensación que tuvo al ver cómo se despedazaban los cuerpos ante su presencia, recordándole que jamás podría saber lo que era ser abrazado como un niño amado.
“Solo puedes lastimar, es el propósito de tu existencia, es para lo que has sido creado de manera tan fría”
le fue susurrado en sueños por un espectro del mundo real, pudiendo captar con precisión como sus primeras memorias estaban plagadas de silencio y horror, tomando consciencia de que solo sería un monstruo en un mundo frágil que intentaba no romper con sus pasos.
Cuando despertó no pudo hacer mucho, estaba atrapado en su habitación, una camisa de fuerza y un bozal lo amordazaban como a un monstruo, y esa singular forma de despertar le hizo pensar que realmente lo estaba… Era un niño monstruo, por eso era tan peculiar y no hacía más que lastimar, era un pensamiento que le fue susurrado por la voz que reemplazó la música infantil en las bocinas, una idea que le fue incrustada con el objetivo de convertirlo en un arma ahora que conocían su potencial, sin importar si derramaba sus lágrimas rojas sin poder sollozar, como un animal enjaulado, la vestía carmesí se quedó en la soledad de su habitación mientras la sangre que brotaba le susurraba que siempre le haría compañía.