El fantasma carmesí Preludio. #3
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Preludio. #3

“El sujeto entiende y obedece las instrucciones dadas en otro idioma, a pesar de ser la primera vez que lo escucha, tal parece, aunque esta sigue siendo una hipótesis, Phantom puede aprender nuevos idiomas con solo escuchar unas cuantas oraciones, puede hablarlo a la perfección… Sin embargo, la comunicación resulta deficiente por su incapacidad para dejar de tartamudear, en realidad, parece elegir adrede el no tener que hablar demasiado”

documentó uno de los nuevos científicos que frotaba una esponja en el cuerpo del niño, mientras su compañero lavaba su cuero cabelludo para disipar la sangre, a pesar de no tener ninguna herida abierta, documentando al mismo tiempo este suceso.

A pesar de hacer contacto con otras partes de su cuerpo no sufrían de ningún tipo de daño, inmediatamente dedujeron que la palma de sus manos, así como la yema de sus dedos, eran las zonas peligrosas que debían evitar siempre que estuvieran cerca de Phantom, el pequeño al cual le fascinaba sentir el agua con una indiferencia mortal, incapaz de percibir el frío como una persona normal.

Los poros del niño se abrían para darle apertura al líquido, sin embargo, al hacerlo este se endurecía tremendamente creando una capa solida que lo protegía, y Phantom ni siquiera se inmutaba como un humano ordinario, para él no era presagio de peligro o razón para alarmarse, era como si su conexión con el líquido estuviera plasmado en un nivel totalmente diferente de lo que podrían esperar, incluso su sentido de la vergüenza era inexistente al estar completamente desnudo frente a ellos dejando que lo masajearan y lavaran tanto como quisieran, probablemente porque ni siquiera había desarrollado los conceptos básicos de la convivencia humana, un dato que sería respaldado por las cámaras que vigilaban la forma en que miraba con detenimiento a los científicos con una curiosidad casi animal al hacer contacto con sus manos todavía enguantadas.

Los científicos dudaban que una criatura como esa pudiera servir como arma realmente, o siquiera que proviniera de la sangre de un ser celestial, realmente parecía un niño ordinario que apenas estaba experimentando el mundo por sí mismo dentro de las paredes de un laboratorio que lo limitaban enormemente, y mientras sus futuros compañeros apenas se estaban gestando en vientres de alquiler sería el único sujeto de cientos de pruebas y experimentos para determinar el alcance de una criatura como él; ni humano o ángel, sino algo diferente, algo que con solo pensarlo podía derramar más sangre sin sufrir de ningún tipo de percance, y su sonrisa, aunque inocente, incitaba miedo en los científicos.

No tardó demasiado para quedar completamente limpio y con su prenda nuevamente encima, y fue llevado a una sala de juegos que muy pronto se llenaría de otros niños, pero hasta entonces tendría cientos de juguetes para sí mismo, cientos de herramientas que le permitirían estallar su curiosidad como el infante que era, al menos hasta que decidieran dar el siguiente paso para liberar sus capacidades comunicativas y poder extraer más datos interesantes.

Phantom usaba sus manos enguantadas para explorar todas las partes de cada juguete, mordiéndolos para probar su sabor amargo, usando sus dedos para cubrir cada zona de ellos mientras era observado a través de las ventanas por los rostros descubiertos de los fantasmas, rostros que, como él, poseían ojos y bocas, y por debajo de ellos había torrentes sanguíneos que Phantom podía ver con claridad como canaletas brillantes de un intenso color carmesí.

Lo saludaban, le hacían los mismos gestos que le harían a un recién nacido, y Phantom no podía evitar carcajear e imitar sus movimientos, aunque no conocía a las personas detrás del cristal le gustaba pensar que eran su familia, todos los fantasmas lo eran y por eso le habían dado ese nombre tan extraño, porque detrás de esas paredes blancas solo se hallaban pasillos y más paredes del mismo color donde vagaba en un limbo sin cambios, sin saber realmente de dónde venía ni en donde estaría, todo lo que importaba era hacer lo que su familia quisiera, hacer todo lo que fuera para hacerlos felices incluso si no entendía lo que le pedían.

Él jugaba con ellos, ocultando su rostro detrás de sus guantes para luego descubrirse y devolverles la mirada, y aquellas personas se reían con Phantom a pesar de la distancia que los separaba por el grosor del cristal, jugaban con la tierna figura de la criatura a la que erróneamente veían como un niño normal, porque realmente lo parecía a pesar de sus actitudes y apariencia tan extraña… Sin embargo, la alegría que esas personas le demostraban muy pronto cesaría y daría paso a una incertidumbre sombría que apenas podría relacionar con la tristeza de sentirse abandonado.

Eran personas excepcionales, y lo fueron porque demostraron una pizca de empatía por una criatura con un disfraz humano, sin embargo, lo habían olvidado, y ese conocimiento les fue recordado cuando sus superiores descendieron desde la inmensidad de sus cubículos para regañar como niños a esos únicos hombres que sintieron aprecio por Phantom; les reiteraron el crimen que representaba para ellos el interactuar de esa manera sin permiso, hombres poderosos, muy altos y vestidos con trajes se acercaron y cerraron las cortinas de la ventana que los separaba del sujeto de pruebas, una interrupción tan repentina produjo insatisfacción en Phantom y le incitó a acercarse hasta la puerta donde se sentó y colocó la oreja contra ella.

Era la primera vez que deseaba escuchar lo que había más allá de las paredes, hasta ese momento no se había cuestionado qué podría haber cuando no hallaba paredes y pasillos blancos, por primera vez deseaba saber si existía algo más que los torrentes sanguíneos que le susurraban cada vez que se fijaba en ellos y en todas esas enfermedades que detectaba en tonos negros entremezclados con el carmesí de la sangre.

“Que esta sea la última vez que interactúan con el sujeto de pruebas de esa manera, puede verse como un niño, pero no olviden que no lo es; no le cantaremos cumpleaños, no le daremos golosinas ni le palmearemos la espalda por sus logros, si tienen contacto con él terminarán con una enfermedad terminal, no es como alguno de nosotros, no es un niño de verdad y jamás lo será, ¿Entendido?”

fueron las palabras que pudo escuchar desde el otro lado, palabras tristes a su parecer al reconocer el sentimiento que le producían, sabía perfectamente que hablaban de él, pero ni siquiera sabía por qué lo decían, probablemente porque había hecho algo malo a pesar de intentar complacerlos en todo lo que le pedían, había fallado en darle alegría a su familia… Y con bastante tristeza en su corazón Phantom percibió la sangre que volvía a brotar de su cabeza para que esa voz le hiciera compañía, llamándola desde la amarga soledad para darle luz a su oscuridad.

Y la voz le dijo que era especial, le dijo que haría grandes cosas incluso si no le importaba nada en ese mundo más que ser feliz, palabras demasiado grandes para un niño que ni siquiera le gustaba el sonido de su propia voz y se encerraba en los enigmas de su mente.

Sin embargo, en el instante en que intentó distraerse de esos pensamientos con ayuda de sus juguetes no midió la fuerza de sus manos aún enguantadas y terminó por decapitar una de las figuras que reposaba en sus manos, y la estudió con gran detalle al ver como una sola cosa se había convertido en dos.

Esa palabra tan cruel, decapitar, no sabía cómo, pero conocía el significado, estaba ligada a las heridas y la muerte, no había dolor u odio en la expresión de esa figura inanimada, pero la voz de la sangre que brotaba de su cabeza le dijo que había matado a alguien, susurró: le arrebataste la vida, lo heriste, y cuando hieres algo no importa lo que hagas jamás volverá a ser igual, acabas de dañarlo para siempre.

Lo que caía permanecía abajo, sin esperanza de volver a levantarse, la esperanza caía hecha pedazos desde el primer día porque fue la única realidad que Phantom pudo reconocer desde el día de su concepción, no era un niño de verdad como habían dicho, porque al menos los niños podían conocer algo diferente y tenían opciones… Pero él no, y jamás podría ver otras opciones que no fueran lastimar a los demás.

Phantom intentó desesperadamente volver a unir ambas piezas, pero no hacía más que empeorarlo a pesar de sus buenas intenciones, y conforme la voz iba repitiendo una y otra vez el resultado de sus acciones al punto en que su calma se convirtió en un grito fatídico el niño comenzó a desesperarse e hiperventilar.

Phantom entendió entonces que poseía una fuerza diferente, algo que le permitía romper todo a su paso, y esa fuerza era lo que provocaba que pudiera dañar todo lo que le rodeaba, aunque pudiera sentir amor por sus pocas posesiones, no hacía más que destruir todo con lo que tenía contacto.

Los científicos comenzaron a acercarse a él, iban documentando cada acción y gesto del niño, pretendían calmarlo con más música y entender a fondo la causa de ese sentimiento, sin embargo, nada funcionaba y su intriga se convirtió en terror cuando cruzaron miradas y descubrieron que al llorar no eran lagrimas ordinarias, sino que lloraba sangre; Phantom miraba en varias direcciones buscando arreglar su juguete, mientras de sus ojos brotaban fuentes carmesíes que le provocaban un gran dolor, y su cabeza volvía a desangrarse de la nada a pesar de que no tenía ninguna herida.

No lo sabían, pero el niño escuchaba su propia voz que provenía de la sangre, escuchaba atentamente todas esas maldiciones y reclamos que le provocaban el peor sufrimiento de todos, le pedían ser un solo ser, le suplicaba lastimarlos a todos para liberarse, era una voz que le susurraba que estaba bien decapitar a los demás si se lo proponía, y si él no estaba listo para aceptarlo entonces ellos podrían lastimarlo.