El falso compromiso CAPÍTULO 20
83%

CAPÍTULO 20

Sterler Occasions tenía, esa semana, una boda programada en la Mansión Ashworth, la misma propiedad donde todo había empezado meses atrás con una discusión sobre el tono de unas peonías.

Charlotte, que en circunstancias normales habría llegado antes que nadie, con la tablet cargada de alertas y el cronograma impreso por triplicado, llegó esa mañana con diez minutos de retraso, algo que no le había ocurrido en toda su carrera profesional.

—Las peonías han vuelto a llegar con el tono equivocado —le informó Priya, con cautela, como quien no sabe si el comentario va a desatar la reacción habitual o algo completamente distinto.

—Que las cambien —respondió Charlotte, sin la energía de siempre, revisando la lista de proveedores con una desgana que no era propia de ella.

Priya la observó un momento, y algo en su expresión debió de delatar la preocupación que llevaba días acumulando, porque Charlotte, al levantar la vista, se encontró con una mirada que no era de reproche, sino de auténtica pena.

—¿Qué? —preguntó, a la defensiva.

—Nada. Es solo que... —Priya dudó—. Hace tres meses, si las peonías hubieran llegado con el tono equivocado, habrías organizado una operación de rescate floral en menos de una hora, discutiendo por teléfono con cuatro proveedores distintos hasta encontrar el tono exacto.

Ahora simplemente... dices "que las cambien" y sigues con la lista.

Charlotte se quedó callada, procesando la observación con una honestidad que llevaba días evitando.

—Puede que ya no me importe tanto el tono exacto de unas peonías.

—O puede que te importe todo menos eso, ahora mismo.

Esa mañana, antes de que llegaran los primeros invitados, Charlotte se sentó un momento en el mismo escalón de mármol donde, meses atrás, había escrito en su cuaderno personal la línea sobre Isabelle llorando de felicidad.

Sacó el mismo cuaderno, buscando la página correspondiente a aquella noche, y debajo de la línea antigua, escribió una nueva: "Hoy no sé qué escribir.

Solo sé que echo de menos discutir con alguien sobre cosas que no importan tanto.

" Cerró el cuaderno, sorprendida de su propia vulnerabilidad puesta por escrito, y lo guardó de nuevo en el bolso antes de que Priya la encontrara allí sentada.

—Puede que ya no me importe tanto el tono exacto de unas peonías.

—O puede que te importe todo menos eso, ahora mismo.

La boda transcurrió sin incidentes mayores, con la precisión habitual de Sterler Occasions, pero Charlotte, en algún momento de la tarde, se encontró de pie junto al mismo jardín donde meses atrás había discutido con Jonah sobre un violín que se colaba desde el Salón del Muelle, y sintió, con una claridad dolorosa, lo silencioso que sonaba todo sin la música despreocupada de su cuarteto colándose entre los árboles.

Samuel, el jardinero de la Mansión Ashworth, la encontró allí de pie, con una expresión que él, después de tantos años viéndola trabajar en aquel jardín, reconoció de inmediato como distinta a cualquiera que le hubiera visto antes.

—¿Todo bien, señorita Sterler? Hoy parece usted en otro sitio, aunque el cuerpo esté aquí.

Charlotte se giró hacia él, sorprendida por la perspicacia del comentario.

—Estoy bien, Samuel. Solo... echando de menos algo que no sabía que podía echar tanto de menos.

—El jardín cambia con cada boda, como le dije una vez. —Samuel se apoyó en su rastrillo, con la sabiduría tranquila de quien lleva media vida observando ceremonias ajenas—. A veces lo que cambia no es el jardín en sí, sino quién lo mira, y con quién le hubiera gustado mirarlo.

Charlotte sonrió, a su pesar, sorprendida de que un hombre que apenas cruzaba diez frases con ella en cada evento hubiera resumido, sin saberlo, exactamente lo que llevaba días sin poder articular en voz alta.

Esa noche, ya en su apartamento, Charlotte se sirvió una copa de vino y se sentó en el sofá con la intención de revisar el cronograma del día siguiente, pero en lugar de eso, se descubrió mirando fijamente la pared, pensando en la primera vez que había subido a la escalera del muelle para reñirle a Jonah por su cuarteto de cuerda, y en cómo aquella discusión, que en su momento le había parecido una simple molestia profesional, se había convertido, sin que ella lo notara, en el momento más vivo de aquella semana entera.

Repasó, sin proponérselo, cada discusión que habían tenido desde entonces.

La del centro de mesa en el jardín botánico, dos años atrás.

La de las guirnaldas de flores silvestres, torcidas a propósito.

La del menú de la boda de demostración, discutida hasta la madrugada entre risas y chocolate caliente.

Cada una de esas discusiones, entendió Charlotte esa noche, con una lucidez que le dolió en el pecho, había sido más viva, más real, más suya, que cualquier boda perfectamente organizada de las que llevaba años entregando a sus clientas.

Se dio cuenta, con una honestidad brutal que rara vez se permitía consigo misma, de que su vida antes de Jonah Pierce había sido, en efecto, perfecta. Ordenada, previsible, exitosa según cualquier métrica profesional que ella misma hubiera diseñado.

Y también, entendió esa noche, mirando la copa de vino que se había quedado sin tocar sobre la mesa, había sido profundamente aburrida.

No aburrida en el sentido de carecer de actividad —su agenda estaba, si acaso, sobrecargada—, sino aburrida en el sentido más íntimo y aterrador de la palabra: previsible hasta el punto de no dejar espacio para la sorpresa, para el error hermoso, para la clase de caos que Jonah llevaba a cada habitación que pisaba, y que ella, sin saberlo, llevaba años echando de menos sin tener nombre para esa carencia.

Recordó, entonces, la frase que él le había dicho la noche del ensayo de baile, la primera vez que se habían besado de verdad: "Confiar en que alguien te guíe también es una habilidad, Sterler. Una que tú llevas años sin practicar."

Charlotte había pasado los últimos siete años de su vida organizando la felicidad de otras personas con una precisión milimétrica, tan concentrada en no fallarle a nadie que se había olvidado, casi por completo, de dejar espacio para su propia felicidad, para el desorden hermoso de sentir algo sin poder anticiparlo del todo.

Se levantó del sofá, con una determinación que llevaba días sin sentir, y marcó el número de Priya antes de poder arrepentirse.

—Necesito tu ayuda con algo —dijo, en cuanto su ayudante contestó—. Y necesito que sea mañana mismo, porque no creo que pueda esperar ni un día más.

Antes de colgar, sin embargo, decidió llamar también a su padre, algo que no había hecho en toda la semana desde la descalificación pública.

—Papá, necesito preguntarte algo, y necesito que seas sincero conmigo.

—Lo que necesites, cielo.

—¿Te sientes decepcionado de mí? Por lo que pasó en la boda. Por haberos mentido a ti y a mamá sobre cómo empezó todo.

Se hizo un silencio breve al otro lado de la línea, y cuando Walter Sterler habló de nuevo, su voz sonó más suave de lo que Charlotte recordaba haberla escuchado nunca.

—Charlotte, llevo cuarenta años viendo cómo te exiges a ti misma más de lo que le exigirías a cualquier otra persona.

Lo único que me decepcionaría de verdad es que dejaras que el miedo a haberte equivocado te impidiera ir tras algo que, según todo lo que he visto en las últimas semanas, es real y vale la pena pelear por ello.

—¿Y si ya es demasiado tarde para pelear por ello?

—Nunca es demasiado tarde, mientras ambos sigan sintiendo lo mismo. —Walter hizo una pausa breve—. Y por lo que vi en los ojos de ese joven la última vez que lo vi, dudo mucho que él haya dejado de sentir lo mismo en apenas unos días.

Charlotte colgó el teléfono con una determinación renovada, sintiendo, por primera vez en toda esa semana de dudas, que tenía el apoyo incondicional de las dos personas que más le importaban para dar el paso que llevaba días posponiendo por puro miedo.

Esa misma noche, mientras repasaba con Priya los detalles logísticos de lo que tenía planeado para el día siguiente, Charlotte se detuvo un momento, con el bolígrafo suspendido sobre su libreta.

—¿Y si llego y él ya ha pasado página? —preguntó, con una vulnerabilidad que rara vez mostraba delante de nadie, ni siquiera delante de Priya—. ¿Y si mi silencio de aquel día fue suficiente para que decidiera que no merece la pena seguir intentándolo?

Priya dejó su propio bolígrafo sobre la mesa y miró a Charlotte con una seriedad poco habitual.

—Entonces al menos sabrás que lo intentaste, en lugar de pasarte el resto de tu vida preguntándote qué habría pasado si hubieras tenido el valor de hacerlo.

Y conociendo a Jonah Pierce, aunque sea solo de las últimas semanas, dudo mucho que un hombre capaz de dibujar un pabellón entero años antes de conocerte haya pasado página tan rápido.

Charlotte sonrió, a su pesar, y volvió a concentrarse en la lista de tareas, sintiendo que cada detalle que confirmaba esa noche la acercaba un paso más a una decisión de la que, por primera vez en su vida, no tenía ningún plan de contingencia preparado por si salía mal.

Antes de irse a dormir, revisó una última vez las noticias del sector, buscando cualquier mención de la gala de entrega del contrato definitivo, y encontró un breve comunicado de Sterling Hospitality confirmando que el evento tendría lugar al día siguiente por la tarde, en el Gran Salón del hotel insignia, con la pareja finalista restante como única candidata ya confirmada para recibir el contrato.

Leyó el comunicado tres veces, memorizando cada detalle logístico —hora, lugar, protocolo de acceso— con la misma meticulosidad que aplicaba a cualquier evento profesional, aunque esta vez, por primera vez en su vida, el objetivo no era organizar nada, sino simplemente presentarse, sin invitación, dispuesta a decir en voz alta lo que llevaba días sin atreverse a pronunciar.

Se acostó esa noche con el teléfono cargando junto a la cama y el vestido que Priya le había preparado ya colgado, listo para el día siguiente, sintiendo, por primera vez desde la boda de demostración, que por fin tenía un plan claro, aunque este, a diferencia de todos los anteriores, dependiera enteramente de un final que no podía anticipar del todo.