CAPÍTULO 19
Charlotte encontró a Jonah en la carpa de los novios, quitándose la chaqueta con movimientos bruscos, muy distintos de la calma que solía caracterizarlo incluso en los peores momentos de una boda real.
—Jonah.
—No hace falta que digas nada. —No se giró para mirarla—. Ya has dicho suficiente con el silencio de ahí fuera.
—No sabía qué decir. —Charlotte sintió que la voz se le quebraba, algo que rara vez le ocurría delante de nadie—. Todo pasó tan rápido, y delante de tanta gente, y mis padres estaban ahí, y...
—¿Y qué, Charlotte? —Jonah se giró por fin, con una expresión que mezclaba dolor y una especie de resignación cansada que a ella le dolió más que cualquier grito—.
¿Y necesitabas anticipar la reacción perfecta antes de poder decir lo que sientes?
Porque eso es exactamente lo que llevas haciendo toda tu vida, y una parte de mí pensaba, ingenuamente, que conmigo habías empezado a dejarlo de lado.
—Eso no es justo.
—Puede que no lo sea. —Se pasó una mano por el pelo, revolviéndolo todavía más—.
Pero llevo dos meses preguntándome si lo que sentías por mí era real, o si simplemente eras muy buena actuando, como siempre lo has sido en todo lo demás.
Y ahí fuera, delante de doscientas personas, cuando más necesitaba escuchar que era real, te quedaste callada.
—Me quedé callada porque estaba en shock, no porque dudara de lo que siento.
—¿Y qué sientes, exactamente? —La pregunta salió con una urgencia que Charlotte no le había escuchado nunca antes—. Porque yo acabo de admitir delante de todo el sector que te quiero de verdad, y tú te quedaste mirándome como si acabara de anunciar el fin del mundo.
Charlotte abrió la boca para responder, pero las palabras se le atascaron en algún punto entre el corazón y la garganta, y en ese instante de vacilación, algo en la expresión de Jonah se cerró por completo, como una puerta que decide, finalmente, no esperar más.
—Ya veo —dijo, en voz baja—. Creo que los dos necesitamos tiempo para pensar en esto sin la presión de un concurso, de un contrato, o de doscientas personas mirándonos.
Voy a llamar a Deja para que recoja mis cosas del estudio compartido.
No hace falta que volvamos a vernos hasta que ambos tengamos claro qué queremos, de verdad, sin todo lo demás de por medio.
—Jonah...
—Charlotte. —Su voz sonó, por primera vez desde que se conocían, completamente derrotada—.
Creo que ambos necesitábamos este contrato desesperadamente, y creo que eso, sin darnos cuenta, contaminó todo lo demás.
No sé si lo que sentimos habría llegado a existir sin la presión de fingirlo primero.
Y esa duda, ahora mismo, me pesa demasiado como para seguir aquí de pie contigo.
Salió de la carpa sin mirar atrás, dejando a Charlotte sola entre las flores silvestres que sus padres habían cortado esa misma madrugada, con el vestido de novia todavía puesto y el maquillaje corrido por lágrimas que no había planeado derramar delante de nadie.
Priya la encontró allí quince minutos después, todavía sentada en el suelo de la carpa entre pétalos sueltos que se habían caído de algún arreglo floral cercano.
—Los invitados ya se están yendo —dijo, con suavidad, arrodillándose a su lado—. Adaline Ferris ha pedido disculpas en nombre de Sterling Hospitality y ha dado por terminado el evento oficialmente. ¿Quieres que te lleve a casa?
—Necesito un minuto más, Priya. Solo uno.
Priya se quedó a su lado en silencio, sin presionarla, mientras el sonido de los últimos invitados marchándose se perdía poco a poco entre los robles, y Charlotte, mirando el vestido que se había puesto esa mañana con tanta esperanza, sintió que aquel día, que debía haber sido el más feliz de su año, se había convertido en el más doloroso de toda su carrera profesional.
Los días siguientes transcurrieron para Charlotte en una nebulosa parecida a la de las noches de preparación frenética, solo que ahora sin la energía compartida que las había hecho soportables.
Sterler Occasions siguió funcionando, porque Charlotte no sabía hacer otra cosa que trabajar cuando algo le dolía, pero Priya notó, con una preocupación que expresaba en miradas cada vez más frecuentes, que su jefa revisaba los cronogramas con menos precisión de la habitual, que se equivocaba en pequeños detalles que jamás se le habrían escapado antes, y que en más de una ocasión la había encontrado mirando por la ventana de su despacho con una expresión ausente que no encajaba en absoluto con la mujer que llevaba años dirigiendo cada minuto de su vida con precisión quirúrgica.
El segundo día después de la boda de demostración, Charlotte cometió un error que jamás se habría permitido en circunstancias normales: confirmó el mismo proveedor de flores para dos eventos distintos programados exactamente a la misma hora, un descuido tan impropio de ella que Priya tuvo que resolverlo con tres llamadas de emergencia y una disculpa personal a ambas clientas.
—Esto no eres tú, Charlotte —le dijo, esa misma tarde, con la delicadeza de quien no quiere empeorar una herida ya abierta—. Necesitas tomarte al menos un día libre, aunque sea solo para llorar tranquila sin tener que fingir que todo va bien delante de un cliente.
—No puedo permitirme un día libre. No con la reputación de la agencia todavía tambaleándose después de lo que pasó.
—La reputación de la agencia va a sobrevivir mucho mejor si su directora está entera, Charlotte, que si sigue cometiendo errores por dormir tres horas cada noche.
Charlotte no respondió, pero esa noche, por primera vez desde la boda de demostración, se permitió llegar a casa antes de las nueve, y se sentó en el sofá con la intención de llorar tranquila, como Priya le había sugerido, aunque descubrió que las lágrimas, esta vez, tardaban más en llegar de lo esperado, sustituidas por una especie de vacío silencioso que le resultaba, de alguna manera, todavía más difícil de soportar.
—¿Has hablado con él? —preguntó Priya, la tarde del cuarto día, dejando sobre el escritorio un chocolate caliente que Charlotte no había pedido.
—No. —Charlotte no levantó la vista de la pantalla, aunque llevaba diez minutos mirando el mismo correo sin leerlo—. Y no sé si debería.
—¿Por qué no?
—Porque la última vez que intenté improvisar una respuesta sincera delante de él, me quedé completamente en blanco, y él tiene razón: llevo toda la vida necesitando anticipar cada reacción antes de permitirme sentir nada de verdad. No sé si sé cómo hacer esto de otra manera.
Priya se sentó en el borde del escritorio, algo que jamás se habría atrevido a hacer en circunstancias normales, y miró a Charlotte con una ternura que esta no esperaba.
—Charlotte, llevas siete años organizando bodas ajenas con una precisión perfecta, pero nunca te he visto tan viva como en las últimas semanas, discutiendo con Jonah Pierce sobre el color de las servilletas o el tipo de música para el baile.
Puede que la respuesta perfecta no exista para lo que sientes por él, y puede que esté bien que no exista.
Charlotte se quedó mirando el chocolate caliente, ya tibio, sobre el escritorio, y por primera vez en cuatro días, sintió que las lágrimas que llevaba conteniendo desde la carpa de los novios empezaban, por fin, a caer sin que ella hiciera ningún esfuerzo por detenerlas.
Al otro lado de la ciudad, en el estudio de Wildflower Weddings, Jonah tampoco lo estaba llevando mejor.
Deja lo encontraba, cada mañana de esa misma semana, sentado frente a su cuaderno de cuero con una página en blanco delante, incapaz de dibujar nada, incapaz de concentrarse en ningún cliente nuevo, repitiendo en bucle, según le confesó una tarde, la imagen de Charlotte quedándose callada delante de doscientas personas.
—¿Has pensado en llamarla? —le preguntó Deja, dejando sobre la mesa una taza de sidra que él ni siquiera tocó.
—Cada día. Y cada día decido que no, porque no sé qué le voy a decir que no suene a reproche, y no quiero que lo último que recuerde de mí sea un reproche.
—Podrías decirle, simplemente, que la echas de menos. Sin ningún reproche de por medio.
Jonah se quedó mirando su cuaderno cerrado, sin abrirlo, y no respondió durante un buen rato.
—La echo de menos de una manera que no sabía que era posible echar de menos a alguien con quien solo llevo conociéndome de verdad unas semanas —admitió, al fin, con una voz que Deja no le había escuchado nunca—. Y eso me asusta más de lo que me asustó la propia descalificación del concurso.
Deja se sentó a su lado, en silencio, ofreciéndole la misma compañía tranquila que él le había ofrecido tantas veces a sus clientes nerviosos antes de una ceremonia, y por primera vez en sus tres años trabajando juntos, fue ella quien tuvo que sostener a Jonah, en lugar de al revés.
Wildflower Weddings, mientras tanto, empezó a recibir cancelaciones.
Dos clientes potenciales, que habían mostrado interés semanas atrás, escribieron correos educados pero firmes explicando que preferían "esperar a que se aclarara la situación mediática" antes de comprometerse con la agencia.
Deja los gestionó todos sin molestar a Jonah con los detalles, consciente de que él ya cargaba con suficiente peso propio.
—No puedes seguir así indefinidamente —le dijo, la sexta noche, encontrándolo todavía en el estudio mucho después de la hora de cierre—. El negocio necesita que estés presente, aunque sea solo a medias.
—Lo sé. —Jonah se frotó los ojos, agotado—. Es solo que cada vez que intento concentrarme en un cliente nuevo, me doy cuenta de que estoy comparando su historia de amor con la nuestra, y ninguna me parece tan real como lo que sentí con ella, aunque técnicamente empezara como una mentira.
—Entonces deja de compararlas. O mejor todavía, deja de esperar a que el tiempo resuelva esto solo, porque no lo va a hacer.
Jonah la miró, sorprendido por la firmeza poco habitual en la voz de su ayudante.
—¿Desde cuándo das consejos sentimentales, Deja?
—Desde que llevo tres años viéndote organizar la felicidad de otras personas sin permitirte, ni una sola vez, ir a buscar la tuya propia. Se acabó el plazo, Jonah. Ve a buscarla.
Jonah se quedó mirando el cuaderno cerrado sobre la mesa, sopesando las palabras de Deja con una seriedad que rara vez aplicaba a los consejos ajenos.
—¿Y si voy y ella ya ha decidido que esto no vale la pena? ¿Si el silencio de aquella noche significaba, sencillamente, que prefiere quedarse con la Charlotte que conocía antes de todo esto?
—Entonces al menos lo sabrás con certeza, en lugar de pasarte el resto de tu vida preguntándotelo.
—Deja se levantó, recogiendo su propia chaqueta del respaldo de la silla—.
Conozco a los dos desde hace suficiente tiempo para saber que ninguno se arrepiente jamás de intentarlo.
Los dos os arrepentiríais, en cambio, de no haberlo hecho.
Jonah asintió, despacio, sintiendo que algo en su interior, apagado desde la boda de demostración, empezaba a encenderse de nuevo con una claridad renovada.
—Tienes razón. Como siempre.
—Como casi siempre —corrigió Deja, con una sonrisa cansada—. Ahora vete a dormir algo, aunque sea un par de horas. Mañana vas a necesitar la cabeza despejada para lo que sea que decidas hacer.
Jonah no durmió mucho esa noche, pero por primera vez en una semana entera, el insomnio no vino acompañado de la sensación de vacío que llevaba días arrastrando.
Se quedó despierto repasando mentalmente cada momento compartido con Charlotte desde el error de inscripción, ordenándolos no de manera cronológica sino por intensidad emocional: el primer beso durante el ensayo de baile, la noche que se quedaron dormidos en el suelo del estudio, la mirada que ella le había dedicado justo antes de que todo se desmoronara delante de doscientas personas.
Hacia el amanecer, exhausto pero con una claridad que no sentía desde antes de la boda de demostración, tomó una decisión: no iba a esperar más días preguntándose qué hacer.
Iba a actuar, sin ningún plan perfecto detrás, confiando por una vez en que el instinto que lo había guiado durante toda su carrera profesional también sabría guiarlo en esto, lo más importante que jamás había tenido que resolver.