El falso compromiso CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

La ceremonia transcurrió con una perfección que, en cualquier otra circunstancia, habría llenado a Charlotte de un orgullo profesional inmenso: el oficiante pronunció las palabras con la calidez justa, el cuarteto acompañó cada momento con una discreción impecable, y cuando llegó el turno de los votos —los mismos que habían escrito juntos entre risas durante una de aquellas noches de preparación frenética, discutiendo cada palabra como si de verdad importara— la audiencia entera pareció contener la respiración.

—Prometo discutir contigo cada detalle que no comparta tu visión —dijo Jonah, sosteniendo las manos de Charlotte entre las suyas, con una voz que no necesitó fingir ninguna emoción—, y prometo, también, aprender a confiar en que a veces tu manera de anticipar el desastre es, sencillamente, amor disfrazado de cronograma.

Charlotte sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas que no había planeado derramar, y respondió sin mirar la tarjeta donde tenía escritos sus votos, porque de pronto las palabras memorizadas le parecieron insuficientes.

—Prometo aprender de tu manera de confiar en que las cosas se acomodan solas —dijo, con la voz quebrada—, porque contigo he descubierto que el caos, cuando se comparte con la persona correcta, deja de dar miedo.

El "sí, quiero" de ambos sonó tan real que ni el propio jurado, sentado en la primera fila con sus libretas de evaluación, pareció capaz de distinguir dónde terminaba la actuación y dónde empezaba la verdad.

Se besaron entre aplausos, entre el llanto genuino de Willow Pierce y la sonrisa contenida de Margaret Sterler, y por un instante, Charlotte permitió que la felicidad del momento eclipsara por completo el miedo que llevaba cargando desde la mañana.

La recepción se trasladó al espacio junto al muelle, donde las mesas, dispuestas exactamente como Charlotte y Jonah habían planeado durante aquellas noches de preparación frenética, brillaban bajo la luz de docenas de velas de distintas alturas.

El chef de Sterling Hospitality había cumplido con creces su parte del trato: las ostras al vapor con maíz se sirvieron entre risas y comentarios elogiosos, y los cócteles con nombre —el Beso de Sidra, el Atardecer del Muelle— circularon entre los invitados con una popularidad que superó las expectativas de ambos.

—Esto está saliendo mejor de lo que me atrevía a esperar —le susurró Jonah a Charlotte, durante uno de los pocos momentos en que ambos consiguieron sentarse juntos, lejos del bullicio de los invitados que se acercaban a felicitarlos.

—No lo digas en voz alta. Vas a gafarlo.

—Tú y tus supersticiones de organizadora de bodos, Sterler.

—No son supersticiones. Es experiencia acumulada. Cada vez que alguien dice "esto está saliendo perfecto" en voz alta durante una recepción, algo se tuerce en los siguientes diez minutos.

Jonah se rio, sin poder evitarlo, y por un instante, ninguno de los dos anticipó lo cerca que estaba de cumplirse aquella superstición particular.

Fue durante la recepción, con las copas de "Atardecer del Muelle" circulando entre los invitados y el sol ya bajo sobre el agua, cuando todo se derrumbó.

Un hombre que Charlotte no reconoció de inmediato —hasta que Priya, pálida, se lo señaló desde el otro lado del salón — se acercó a la mesa de prensa con una tablet en la mano, hablando en voz lo suficientemente alta como para que varias mesas cercanas giraran la cabeza.

—Soy Dean Sutter, del portal Charleston Society Weekly —anunció, dirigiéndose directamente a los periodistas de Lowcountry Weddings que cubrían el evento—.

Tengo documentación que confirma que la inscripción de Charlotte Sterler y Jonah Pierce en el Concurso Ever After se produjo por un error administrativo, no por un compromiso preexistente, y que ambos firmaron un acuerdo privado para fingir su relación durante toda la duración del concurso.

El murmullo que recorrió el salón fue instantáneo, como una ola que se extiende sin que nadie pueda detenerla. Charlotte sintió que la sangre se le helaba, buscando con la mirada a Jonah, que ya se abría paso entre los invitados hacia ella con una expresión de alarma que reflejaba la suya.

—¿De dónde ha sacado eso? —le susurró Charlotte, en cuanto lo tuvo cerca.

—No lo sé. —Jonah miró hacia Dean Sutter, que ya mostraba en la pantalla de su tablet lo que parecía ser una fotografía del papel arrancado de una libreta, con la letra de ambos claramente visible—.

Ese es el pacto. El que firmamos en la cafetería.

No tengo ni idea de cómo ha conseguido una fotografía de eso.

Adaline Ferris se acercó al micrófono central del salón con una expresión que, por primera vez desde que Charlotte la conocía, dejaba entrever una genuina consternación profesional.

—Damas y caballeros, vamos a hacer una pausa en la recepción mientras Sterling Hospitality verifica la autenticidad de esta información.

No hizo falta ninguna verificación adicional.

Dean Sutter, con la seguridad de quien ha investigado durante semanas, procedió a leer en voz alta, ante un salón entero en silencio absoluto, las cinco reglas que Charlotte y Jonah habían escrito aquella tarde en la cafetería del edificio Sterling, incluyendo la que decía, con toda claridad, que aquello era "estrictamente profesional" y que "no había sentimientos reales de por medio".

—Es evidente —concluyó Sutter, dirigiéndose directamente al jurado— que el Concurso Ever After ha sido, en este caso, objeto de un fraude deliberado por parte de dos concursantes dispuestos a fingir un compromiso amoroso a cambio de un contrato multimillonario.

Charlotte sintió que doscientos pares de ojos se giraban hacia ella y hacia Jonah, y por primera vez en toda su carrera profesional, no tuvo ni idea de qué decir, ni de cómo organizar un desastre que ninguna lista, ningún cronograma, había anticipado.

Entre los invitados, Isabelle, la novia de la boda de los Whitmore que Charlotte había organizado meses atrás, se llevó una mano a la boca, susurrándole algo a su marido que Charlotte no alcanzó a escuchar pero que imaginó, con una punzada de vergüenza, no debía de ser nada halagador.

Otros invitados, clientes actuales y antiguos de ambas agencias, intercambiaban miradas de incredulidad, algunos ya con el teléfono en alto, grabando la escena para sus propias redes sociales.

—Es cierto —dijo Jonah, de pronto, con una voz que cortó el murmullo del salón como un cuchillo—.

Empezamos esto como una mentira. Nos inscribimos por error y decidimos seguir con la farsa porque ambas agencias necesitaban este contrato desesperadamente.

Eso es innegable, y no voy a insultar la inteligencia de nadie en este salón negándolo.

El silencio se hizo todavía más denso.

Margaret Sterler, entre el público, se llevó una mano al pecho, mirando a su marido con una expresión de incredulidad que Walter compartía sin poder disimularlo.

A su lado, Willow Pierce apretó la mano de Hollis con fuerza, sin apartar la vista del escenario, mientras el resto de la sala esperaba, en un silencio casi absoluto, a que la confesión de Jonah terminara de desplegarse.

—Pero lo que ese papel no dice —continuó Jonah, girándose hacia Charlotte con una intensidad que hizo que a ella se le cortara la respiración— es lo que pasó después.

No sé exactamente cuándo dejó de ser mentira.

Puede que fuera la noche que discutimos el menú hasta la madrugada.

Puede que fuera la tarde en el pabellón junto al río, mirando el agua en silencio.

Lo que sí sé es que en algún momento del camino, dejé de fingir que la amaba, porque empecé a hacerlo de verdad.

Charlotte quiso responder, quiso decir algo que igualara la sinceridad de aquella confesión pública, pero el pánico y la vergüenza de verse expuesta delante de doscientas personas, delante de sus propios padres, delante de la prensa nacional, la paralizaron por completo, y en el silencio que siguió, mientras Jonah esperaba una respuesta que no llegaba, algo en su expresión se quebró.

—Entiendo —dijo él, en voz baja, casi solo para ella, antes de que Adaline Ferris tomara de nuevo el micrófono para anunciar, con pesar evidente, la descalificación inmediata de ambos concursantes del Concurso Ever After.

Charlotte, rodeada del murmullo de doscientos invitados y el flash de las cámaras de prensa, vio cómo Jonah se daba la vuelta y se alejaba hacia la carpa de los novios, y por primera vez en su vida, no supo cómo detener algo que se estaba desmoronando delante de sus propios ojos.

Entre la multitud, Margaret Sterler se llevó una mano a la boca, y Walter, a su lado, se quedó tan pálido como el mantel de la mesa presidencial. Willow Pierce, en cambio, se abrió paso entre los invitados hacia Charlotte con una determinación que nadie esperaba de ella.

—Cariño —dijo, cogiéndole las manos con una firmeza que contrastaba con su habitual ligereza—, sea lo que sea que haya pasado entre vosotros dos, sea mentira o no como empezó, he visto cómo te mira mi hijo, y eso no se puede fingir durante meses sin que se note en algún momento. Ve tras él.

—No sé qué decirle, Willow. Me he quedado paralizada delante de todo el mundo, justo cuando más necesitaba hablar.

—A veces el silencio también dice algo, cariño. Solo que a veces dice lo contrario de lo que queremos que diga.

Dean Sutter, todavía junto a la mesa de prensa, seguía tecleando en su tablet con una satisfacción evidente, y varios periodistas más se acercaban ya a Charlotte con preguntas que ella no tenía fuerzas para responder en ese momento.

Priya se interpuso entre ellos y su jefa con una firmeza poco habitual.

—Sin comentarios por ahora —anunció, con una autoridad que sorprendió incluso a Charlotte—. La señorita Sterler necesita un momento.

Charlotte, aprovechando el escudo improvisado de Priya, se abrió paso entre los invitados hacia la carpa de los novios, con el corazón latiéndole con una fuerza que no recordaba haber sentido nunca antes, ni siquiera en los momentos más críticos de su carrera profesional.