CAPÍTULO 17
El pabellón junto al río estaba irreconocible.
Jonah había insistido en que fuera esa la propiedad elegida entre las tres que Sterling Hospitality les había ofrecido, y Charlotte, después de discutirlo apenas cinco minutos —un récord histórico entre ambos—, había estado de acuerdo: el atardecer sobre el agua no necesitaba artificio, solo el espacio suficiente para que doscientas personas se sentaran a presenciarlo.
Las sillas blancas se alineaban en filas perfectas frente a un arco decorado con las flores silvestres que Willow y Hollis Pierce habían cortado de su granja esa misma madrugada, todavía con rocío en los pétalos.
El cuarteto de cuerda que Jonah había contratado afinaba sus instrumentos junto al muelle, y en la carpa de espera, Charlotte se miraba al espejo con un vestido que había elegido ella misma, sencillo, sin el exceso de detalles que solía recomendar a sus clientas más nerviosas, porque en algún momento de la última semana había decidido que aquel día, aunque fuera una actuación, merecía sentirse verdadero al menos en ese aspecto.
El equipo de catering terminaba de disponer las mesas junto al agua, cada una decorada con velas de distintas alturas exactamente como Jonah las había imaginado semanas atrás, mientras un pequeño grupo de camareros repasaba el recorrido de servicio bajo la atenta supervisión de Priya, que llevaba desde el amanecer coordinando cada detalle logístico con una intensidad que ni siquiera las bodas más exigentes de Sterler Occasions habían requerido nunca.
Deja, por su parte, revisaba junto al cuarteto la lista de canciones, asegurándose de que el repertorio incluyera, además de la marcha nupcial tradicional, la misma melodía sin letra que Jonah había elegido para el ensayo de baile semanas atrás.
—Estás preciosa —dijo Priya, ajustándole el último mechón de pelo con manos temblorosas—. ¿Cómo te sientes?
—Aterrada —admitió Charlotte, con una honestidad que no solía permitirse ni siquiera con su ayudante más cercana—. Y no por el motivo que debería.
No estaba aterrada por el jurado, ni por la prensa que ya ocupaba una sección reservada a un lado del pabellón con cámaras y libretas listas.
Estaba aterrada porque, después de la conversación de la noche anterior, después de leer y releer el artículo de Priscilla Vaughn hasta memorizarlo por completo, no sabía si el amor que sentía por Jonah Pierce iba a sobrevivir al escrutinio público de un día entero, ni si merecía sobrevivir a algo que había empezado, después de todo, con una mentira.
Fuera, en la carpa de los novios, Jonah se anudaba la corbata con dedos que no estaban tan firmes como le hubiera gustado, mientras Deja lo observaba con una preocupación que rara vez mostraba delante de él.
—¿Has hablado con ella esta mañana? —preguntó Deja.
—Un mensaje. Corto. Dice que nos vemos en el altar y que hablamos después de la ceremonia.
—Jonah se miró en el espejo, sin reconocer del todo al hombre que le devolvía la mirada, vestido con una formalidad que jamás había buscado en su vida profesional—.
No sé si eso es buena señal o si significa que ya ha decidido que esto se acabó.
—Significa que Charlotte Sterler necesita terminar lo que empezó antes de decidir nada. —Deja le colocó bien el cuello de la camisa, con un gesto casi maternal—. Conoces cómo funciona. No va a improvisar una decisión de esta magnitud. Va a esperar a tener toda la información.
—¿Y si la información la lleva a decidir que esto fue un error?
Deja no respondió de inmediato, porque no tenía una respuesta que ofrecerle que no sonara a mentira piadosa, y Jonah, por primera vez en toda su carrera de confiar ciegamente en que las cosas encontrarían su propio orden, sintió que aquel día, precisamente aquel día, el universo podía fallarle.
Adaline Ferris, impecable con un traje color champán, se acercó a la carpa de los novios diez minutos antes de la hora prevista, con una expresión que Charlotte, al verla desde la carpa contigua, no supo interpretar.
—Un placer verlos a punto de empezar —dijo Adaline, con una sonrisa profesional que no revelaba nada—.
Antes de la ceremonia, quiero que sepan que Sterling Hospitality ha recibido, esta misma mañana, cierta información circulando en medios digitales del sector, sugiriendo que su compromiso podría no ser del todo... convencional en su origen.
Charlotte sintió que el estómago se le encogía.
—¿Qué va a pasar? —preguntó, con una voz más firme de lo que sentía por dentro.
—Por ahora, nada. —Adaline los miró a ambos, a Charlotte primero, después a Jonah, con una atención que parecía medir algo que iba más allá de las palabras—.
El jurado ha decidido continuar con la ceremonia según lo previsto.
Pero les advierto que, dado el revuelo mediático, es posible que alguien en la audiencia —periodista o invitado— formule preguntas directas durante la recepción posterior.
Cómo manejen esa situación formará parte, quiéranlo o no, de la evaluación final.
Se marchó tan silenciosamente como había llegado, dejando tras de sí un peso que Charlotte sintió instalarse en el pecho de ambos, en carpas separadas, a escasos metros de distancia, sin poder verse todavía.
Priya entró en la carpa de Charlotte apenas un minuto después de que Adaline se marchara, con el rostro pálido y el teléfono todavía en la mano.
—¿Has visto los comentarios en las redes del sector? —preguntó, aunque la expresión de Charlotte ya le confirmaba que sí—. Se está hablando de esto en todas partes. Algunos incluso están compartiendo capturas del pacto original.
—Lo sé. —Charlotte se miró las manos, todavía temblorosas por los nervios—. No podemos hacer nada al respecto ahora mismo, salvo seguir adelante con la ceremonia y decidir, en algún momento de la recepción, cómo vamos a responder si alguien nos pregunta directamente.
—¿Y si nadie pregunta?
—Entonces habremos tenido suerte. Pero no pienso apostar el resto de mi reputación profesional a la suerte, Priya. Si alguien pregunta, pienso responder con la verdad, sea cual sea el precio.
Priya la miró un momento, con una mezcla de orgullo y preocupación que Charlotte reconoció de inmediato.
—Eso no suena a la Charlotte que conozco. La que yo conozco anticiparía cada posible pregunta y prepararía una respuesta ensayada para cada una.
—La que tú conoces está a punto de casarse, aunque sea de mentira, con el hombre del que se ha enamorado de verdad. Puede que esté empezando a aprender que no todo se puede ensayar de antemano.
Fuera de la carpa, el murmullo de doscientos invitados llenando sus asientos empezó a filtrarse a través de la lona, y Charlotte, respirando hondo, se colocó por última vez el velo frente al espejo, decidida a afrontar lo que fuera a suceder esa tarde con la misma determinación con la que había afrontado cada crisis profesional de los últimos siete años, aunque esta vez, por primera vez, el resultado le importaba mucho más allá de cualquier contrato.
Walter Sterler entró en la carpa un momento antes de que empezara la ceremonia, ajustándose los gemelos de la camisa con una solemnidad que Charlotte reconocía de todas las ocasiones importantes de su vida.
—Estás preciosa, cariño —dijo, con la voz ligeramente quebrada—. Tu abuela estaría muy orgullosa de verte hoy.
—Gracias, papá.
Walter se quedó un momento mirándola, con una expresión pensativa que Charlotte no supo interpretar del todo.
—¿Sabes? Cuando tu madre me contó lo del concurso, hace semanas, me preocupó bastante que todo esto fuera demasiado rápido, demasiado público, demasiado expuesto a la opinión de desconocidos.
Pero he visto cómo te mira ese joven durante las últimas semanas, y he decidido confiar en mi instinto de padre, aunque nunca antes lo hubiera puesto tanto a prueba.
Charlotte sintió una punzada de culpa tan intensa que por un momento temió que se le notara en la cara, pero se limitó a abrazar a su padre, con una fuerza que él no esperaba, y que decidió no cuestionar.
—Te quiero, papá. Pase lo que pase hoy.
—Yo también te quiero, cariño. Pase lo que pase.
En la carpa contigua, Jonah se anudaba la corbata frente al espejo por tercera vez, incapaz de conseguir que el nudo le quedara perfecto, hasta que Hollis Pierce, entrando sin llamar, se acercó para ayudarle.
—Deja que te ayude, hijo. Aunque llevo treinta años sin usar corbata yo mismo, todavía recuerdo cómo se hace.
Jonah se dejó ayudar, en silencio, mientras su padre le ajustaba el nudo con una destreza sorprendente para alguien que se enorgullecía de su rechazo permanente a la formalidad.
—Papá, necesito preguntarte algo antes de salir ahí fuera.
—Dime.
—¿Cómo supiste que mamá era la persona correcta? Quiero decir, de verdad. No la versión bonita que contáis en las fiestas familiares.
Hollis se quedó pensativo un momento, terminando de ajustar el nudo antes de responder.
—Lo supe cuando me di cuenta de que prefería discutir con ella sobre cualquier tontería antes que estar de acuerdo con cualquier otra persona sobre cualquier cosa importante.
—Le dio una palmada suave en el hombro—.
El amor de verdad no siempre se siente como paz, hijo.
A veces se siente como la certeza tranquila de que quieres seguir discutiendo con esa persona el resto de tu vida.
Jonah sonrió, pensando en las incontables discusiones que había tenido con Charlotte en las últimas semanas, cada una de ellas, ahora se daba cuenta, más viva que cualquier acuerdo pacífico que hubiera tenido con nadie más en toda su vida.
—Gracias, papá.
—Ve a casarte, hijo. Aunque sea de mentira por ahora. Algo me dice que no va a seguir siéndolo por mucho tiempo.
Fuera del pabellón, los últimos invitados terminaban de acomodarse en sus asientos mientras el equipo de Sterling Hospitality ultimaba los detalles técnicos de la retransmisión: dos cámaras principales enfocando el altar, una tercera móvil para capturar reacciones del público, y un pequeño equipo de streaming preparado para compartir fragmentos de la ceremonia en las redes oficiales del concurso.
Adaline Ferris recorrió el pasillo una última vez, verificando que cada detalle estuviera en su sitio con la misma meticulosidad que Charlotte habría aplicado ella misma, y se detuvo un momento junto al jurado, sentado ya en primera fila con sus libretas de evaluación preparadas.
—Esta pareja lleva la puntuación más alta de todo el concurso hasta la fecha —le comentó a uno de los periodistas, sin poder disimular cierto entusiasmo profesional—.
Si la ceremonia de hoy confirma lo que todos hemos visto en las fases anteriores, van a ser prácticamente imposibles de superar en la valoración final.
El periodista asintió, tomando nota, sin sospechar todavía que en menos de una hora, aquella misma valoración iba a quedar completamente invalidada por una revelación que ninguno de los presentes anticipaba.
El cuarteto de cuerda empezó a tocar los primeros compases de la marcha nupcial diez minutos después, y Charlotte, de pie en la entrada del pabellón con el brazo de su padre —el verdadero, orgulloso y todavía sin saber la verdad completa— entrelazado con el suyo, miró hacia el fondo del pasillo de flores silvestres y encontró a Jonah esperándola junto al arco, con una expresión que no era la de un actor a punto de terminar su papel, sino la de un hombre genuinamente asustado de perder algo que le importaba de verdad.
Caminó hacia él sin saber, todavía, cómo iba a terminar aquel día.