El falso compromiso CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Wildflower Weddings, sin Jonah del todo presente en cuerpo y alma desde la boda de demostración, empezaba a notar las grietas de su ausencia mental de una manera que Deja, después de tres años trabajando a su lado, no había visto jamás.

—Los Harrington quieren saber si el pastel va a tener forma de barco velero o de faro —le dijo, el quinto día, encontrándolo sentado frente a su cuaderno de cuero con una página en blanco delante, el lápiz inmóvil entre los dedos—. Llevas dos días sin responder ese correo.

—Diles que decidan ellos. Cualquiera de las dos opciones va a estar bien.

Deja se cruzó de brazos, con la paciencia de quien ha decidido que ya es hora de intervenir.

—Jonah, tú nunca dejas que un cliente decida algo así sin discutirlo contigo primero. Siempre dices que un buen organizador ayuda a la pareja a descubrir lo que de verdad quieren, no que simplemente les entrega opciones como un menú de restaurante.

—Pues esta vez que decidan ellos. —Jonah cerró el cuaderno de golpe, sin haber dibujado nada—. No tengo la cabeza para pensar en pasteles con forma de faro ahora mismo.

Los Harrington, al final, llamaron ellos mismos esa tarde, preocupados por el silencio prolongado de la agencia, y Deja tuvo que inventar una excusa razonable sobre "una sobrecarga temporal de eventos" para explicar por qué Jonah Pierce, famoso por responder cada consulta en menos de veinticuatro horas, llevaba casi una semana entera sin contestar nada.

—No podemos seguir perdiendo clientes por esto, Jonah —le dijo Deja, esa misma noche, con una firmeza que rara vez usaba con él—.

Sé que estás pasando por algo difícil, pero Wildflower Weddings te necesita presente, aunque sea solo para tomar las decisiones básicas que ningún cliente debería tener que tomar solo.

—Tienes razón. —Jonah se frotó la cara, agotado—. Mañana llamo a los Harrington y les propongo el faro. Con una pequeña ola rompiendo contra la base, para no perder del todo mi firma.

—Eso suena más a ti.

—¿Vas a hablar con ella? —preguntó Deja, cambiando de tema con la delicadeza de quien lleva días esperando el momento oportuno para preguntarlo.

—No sé de qué serviría. —Se levantó, caminando hasta la ventana del estudio que daba a la calle empedrada—. Se quedó completamente callada, Deja. Delante de doscientas personas, después de que yo dijera en voz alta que la quería de verdad, ella se quedó callada.

—¿Y eso significa, necesariamente, que no siente lo mismo?

Jonah no respondió de inmediato, porque en el fondo, en algún rincón de sí mismo que llevaba días evitando escuchar, sabía que la pregunta de Deja tocaba algo más complicado de lo que su propio orgullo herido le permitía admitir.

—Ella necesita procesar las cosas de una manera distinta a la mía —dijo, al fin, despacio—. Yo confío en el instante. Ella confía en la anticipación. Y yo le exigí, delante de todo el mundo, que reaccionara a mi manera en lugar de darle el tiempo que necesitaba para reaccionar a la suya.

Deja se sentó frente a él, con una suavidad que contrastaba con la firmeza de sus palabras.

—Llevas siete años organizando bodas confiando en que las cosas se acomodan solas, Jonah.

Y la mayoría de las veces funciona, porque tienes un don genuino para leer lo que la gente necesita en el momento exacto.

Pero esta vez, con Charlotte, quizás necesitabas algo más que confiar en el instante.

Quizás necesitabas, por una vez, un plan.

Jonah se quedó mirando por la ventana un rato largo, observando a los turistas pasar en sus calesas tiradas por caballos, ajenos por completo a la crisis que se desarrollaba en el pequeño estudio a sus espaldas.

—¿Sabes qué es lo más irónico de todo esto?

—dijo, al fin, sin girarse—. Que llevo toda mi carrera profesional diciéndole a mis clientes que confíen en el instinto, que no todo necesita un cronograma perfecto para salir bien.

Y ahora, cuando más lo necesito, resulta que soy incapaz de aplicarme mi propio consejo sin sentir que me falta algo.

—Puede que el consejo funcione para las bodas de otras personas, Jonah, pero el amor propio a veces exige reglas distintas de las que uno predica para el amor ajeno.

La observación golpeó a Jonah con una fuerza que no esperaba, porque en el fondo, sabía que Deja tenía razón de una manera que iba mucho más allá de aquella conversación puntual.

Toda su filosofía profesional se basaba en la fe ciega de que las cosas encontrarían su propio orden, y esa fe le había funcionado durante años, construyendo una carrera exitosa sin necesidad de anticipar cada detalle.

Pero el amor —entendió esa tarde, mirando el cuaderno cerrado sobre la mesa— quizás no fuera algo que se pudiera resolver únicamente confiando en la improvisación del momento.

Quizás requiriera, también, la clase de estructura que Charlotte llevaba años construyendo con tanta disciplina: la certeza de que alguien iba a estar ahí al día siguiente, y al siguiente, sin necesidad de reinventar las reglas cada vez que la vida se complicara.

Recordó, entonces, cada momento de las últimas semanas en que Charlotte, sin proponérselo, le había enseñado precisamente eso.

La manera en que ella anticipaba los problemas antes de que se convirtieran en crisis.

La manera en que organizaba, con una precisión casi terapéutica, el caos que él generaba a su alrededor sin darse cuenta.

La manera en que, incluso en medio del pánico por la boda de demostración, ella había conseguido convertir siete días imposibles en un evento que había funcionado, contra todo pronóstico, a la perfección.

Jonah necesitaba esa estructura tanto como Charlotte necesitaba su capacidad de dejarse sorprender.

No eran opuestos irreconciliables, entendió con una claridad que le dolió en el pecho por haber tardado tanto en verla.

Eran, sencillamente, las dos mitades de algo que solo funcionaba completo cuando estaban juntos.

—Necesito verla —dijo, levantándose de golpe.

—¿Y qué le vas a decir?

Jonah se quedó un momento en silencio, sopesando la pregunta con un cuidado que rara vez aplicaba a sus propias decisiones.

—Que tenía razón en algo que jamás le había reconocido: que confiar en el instinto está bien, pero que el amor de verdad también necesita un plan. Y que quiero que ese plan lo hagamos juntos, de ahora en adelante.

Salió del estudio sin coger siquiera su cuaderno de cuero, algo que no le había ocurrido en siete años de carrera, y por primera vez en su vida profesional, caminó hacia una situación importante sin la menor idea de improvisación en la cabeza, solo con la certeza, sólida y sin fisuras, de lo que quería decir cuando la viera.

Condujo hacia el apartamento de Charlotte con la radio apagada, repasando mentalmente cada palabra que quería decirle, hasta que, al llegar, descubrió que el edificio entero estaba a oscuras, salvo por una ventana en el tercer piso que, sospechó, era la de ella.

Se quedó un momento en el coche, con la mano en la manija de la puerta, sin decidirse todavía a bajar.

Marcó su número, pero colgó antes del primer tono, consciente de que lo que tenía que decirle no cabía en una llamada improvisada desde un coche aparcado en plena noche.

Necesitaba algo más grande, algo que igualara la magnitud de lo que había arruinado delante de doscientas personas apenas una semana atrás.

Arrancó el coche de nuevo, sin subir, con una idea empezando a formarse en su cabeza: si Charlotte necesitaba pruebas de que aquello no era ninguna actuación, iba a dárselas de la única manera que él sabía hacer las cosas de verdad bien.

En público, sin red de seguridad, delante de todo el mundo que hiciera falta.

Condujo de vuelta al estudio, donde Deja lo esperaba todavía despierta, preocupada por su ausencia.

—¿Qué ha pasado? ¿La has visto?

—No he subido. —Jonah se sentó frente a ella, con una energía distinta a la de los últimos días, algo parecido a la determinación que Deja no le veía desde antes de la boda de demostración—.

He decidido que necesito algo más grande que una conversación privada.

Sterling Hospitality anuncia mañana al ganador definitivo del concurso, en una gala pública. Voy a ir.

—¿A la gala? Jonah, os descalificaron. No tenéis ningún motivo oficial para estar allí.

—Lo sé. Voy a ir de todos modos.

Deja lo miró un momento, sopesando la locura evidente del plan, antes de esbozar una sonrisa que confirmaba que, en el fondo, aprobaba la idea por completo.

—Eso suena exactamente a la clase de improvisación temeraria que te ha funcionado durante siete años de carrera. Adelante, entonces. Pero llévate algo preparado esta vez, aunque sea solo en la cabeza. No querrás quedarte en blanco justo cuando más cuenta.

—No pienso quedarme en blanco, Deja. Llevo días sabiendo exactamente lo que quiero decirle. Solo necesitaba encontrar el lugar correcto para decirlo.

Esa noche, antes de intentar dormir, Jonah sacó su cuaderno de cuero por primera vez en días y, en lugar de dibujar algo nuevo, releyó las páginas de las últimas semanas: el boceto del pastel con forma de ola, las notas sobre la canción del abuelo de Marcus Whitfield, el dibujo del pabellón junto al río, hecho años antes de conocer a la mujer que finalmente lo había llenado de sentido.

En la última página en blanco, escribió, por primera vez sin ningún cliente ni ningún concurso de por medio, una sola frase que pensaba decirle a Charlotte al día siguiente, sin importarle quién más estuviera escuchando: "El amor de verdad no necesita un jurado que lo valide, solo alguien dispuesto a discutir contigo el resto de la vida sobre cosas que en realidad no importan tanto. "

Cerró el cuaderno, lo guardó junto a la puerta para no olvidarlo al día siguiente, y por primera vez en una semana entera, se durmió con la certeza tranquila de saber exactamente qué quería hacer al despertar.